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martes, 6 de diciembre de 2016

Una Constitución para los vivos



JUAN CARLOS ESCUDIER

Con la Constitución debe de andar el personal un tanto confuso, especialmente si tiene algunos años. Tantas flores se han derramado sobre sus páginas, tantas alabanzas ha recibido por su contribución a la convivencia y a la paz galáctica, que parece extraña tanta unanimidad en que hay que cambiarla porque es una antigualla. No es cosa de ahora ni de los mismos. Hace diez años, en aquella cercana prehistoria en la que gobernaba Zapatero en España y Montilla en Cataluña, hasta Rajoy estaba subido a ese carro: “La Constitución no es perfecta. Ha podido quedar obsoleta. Es hija de su tiempo y debe de adaptarse a su tiempo”, decía el del PP en el 28 cumpleaños de la Carta. En aquel entonces no había crisis y las angulas corrían por el Congreso. Vivir para ver.

Algún maleficio ha de rodear al texto porque a diferencia de sus pares en otras democracias, sobre las que se pasa el tippex y se sobrescribe sin mayor problema, sus dos únicas enmiendas en casi cuatro décadas –permitir el voto de los extranjeros en las elecciones municipales y la reforma exprés para dar prioridad al pago de la deuda pública- vinieron impuestas desde fuera. En lo demás, no se ha tocado ni una coma pese a la evidencia de que los suyos no sólo son problemas de pintura sino fudamentalmente de chapa.

Puestos a detectar defectos, el principal es que tenemos una Constitución que no se cumple y, lo que es peor, no se puede hacer cumplir. De nada sirve a los millones de parados tener derecho al trabajo ni al que vive en una chabola saber que le corresponde una vivienda digna, porque los auténticos derechos han de poder ejercerse ante los tribunales, y éste no es el caso. ¿De qué sirve tener derecho a la protección de la salud si una Administración puede decidir no comprar los medicamentos para la hepatitis C con el argumento de que son muy caros y le viene mal para cumplir el objetivo de déficit?

De hecho, la Constitución ampara cosas increíbles. A saber: que el voto de algunos valga más que el de otros, que la iniciativa legislativa popular, es decir la ciudadanía, no pueda ni siquiera intentar modificar determinadas leyes que sufren, o que los diputados no estén ligados por mandato imperativo a sus electores, de manera que identificar la voluntad del Parlamento con la del pueblo que dice representar es sencillamente una entelequia.

Diseñada para colmar en lo posible las aspiraciones de algunas fuerzas nacionalistas, la experiencia ha demostrado que, si para algo ha servido el café para todos que consagra el texto y con el que se quiso calmar a los espadones que vigilaban el proceso constituyente, ha sido para desquiciar el modelo de Estado y convertirlo en una fuente inagotable de conflictos. La igualdad es un derecho de los ciudadanos y no de los territorios, ya que llevado al extremo Castilla-La Mancha debería sentirse discriminada en las inversiones para puertos aunque la única experiencia marinera sea la de su presidente García Page como grumete de Bono.

El avance más significativo en este tiempo ha sido identificar algunas reformas cosméticas, tal que hacer referencia a la Unión Europea, incluir el nombre de las comunidades – especialmente el de Navarra para desactivar la previsión constitucional de que en algún momento pudiera unirse a Euskadi-, reformar el Senado, que como cementerio ya no da abasto a tantos elefante, para convertirlo en cámara territorial y eliminar la prevalencia del varón en la sucesión del trono, que está muy bien si antes se pudiera elegir si se quiere trono o no.

En aquella recepción de 2006 que se mencionaba al principio asistieron entre otros, Fraga y Carrillo, ambos con bastón, el expresidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, el que lo fuera del Constitucional, Jiménez de Paga, y el exjefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campos. Todos ellos y bastantes más están hoy muertos. Era su Constitución y se entiende que celebraran su aniversario.

Hace algunos años, Alberto Noguera, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Extremadura, denunciaba en un artículo el desfase de la carta Magna dentro de una obra colectiva en la que se reclamaba una asamblea constituyente. Mencionaba que durante la revolución norteamericana, Jefferson escribió a Madison, padres ambos de la Constitución de 1787, para preguntarle si una generación tenía derecho a mediatizar a otra. Ambos concluyeron que no.

Cada generación debe de ser libre para adaptar la Constitución a su propio tiempo y ese es el derecho que asiste a quienes nacieron después de 1978 y por razones obvias no pudieron votarla. A ellos les corresponde decidir si quieren una monarquía o una república, si creen o no que el derecho de autodeterminación debe ser recogido, si hay una nación o quince o si el Ejército se mantiene como garante de la unidad de España o se transforma en una ONG. Noguera mencionaba esta frase Jefferson: “El presente es de los vivos, no de los muertos”. Y las Constituciones, también.
Fuente: Público.es

viernes, 29 de julio de 2016

Rajoy lleva la Constitución al límite para evitar el examen de la investidura sin garantías

Mariano Rajoy y Felipe VI en una imagen de archivo EFE


Gonzalo Cortizo


La advertencia del candidato popular sobre la posibilidad de declinar si fracasan las negociaciones ha encendido a las formaciones entre las que debe buscar votos
La Constitución no prevé que un candidato pueda bajarse en marcha tras haber sido designado por el rey y tras haber iniciado las negociaciones

Mariano Rajoy no quiere problemas y ha jugado todas sus cartas para evitar el escenario de una investidura fallida. Desde Moncloa, el candidato conservador comunicó este jueves que aceptaba el encargo del rey para intentar la presidencia, pero con condiciones. Si durante el proceso que ahora se inicia el del PP no consigue los apoyos necesarios para ser presidente podría bajarse del tren y dejar las cosas en el mismo punto en el que estaban antes del encargo del monarca. "No adelantemos acontecimientos", ha dicho Rajoy a los periodistas para sacudirse la polémica cuestión del nombramiento a medias.

El escenario que dibuja el candidato popular no tiene precedentes pero tampoco los tenía su decisión de enero de declinar el ofrecimiento del rey sin siquiera intentar empezar a negociar con nadie. Según fuentes jurídicas consultadas por esta redacción, la decisión del 23 de enero fue mucho más grave que la que acaba de tomar ahora, aunque ambas llevan al límite una Constitución que no ha previsto los equilibrios en los que el del PP quiere encontrar seguridad.

La sorprendente solución que el rey y Rajoy han encontrado para que el segundo se animase a aceptar el encargo no es de recibo para casi nadie en el arco parlamentario. Según fuentes de la dirección socialista, "el candidato popular no tiene derecho a declinar más adelante el encargo que hoy ha aceptado si eso no lo acompaña con su carta de dimisión". En Ciudadanos han pedido explicaciones y en Podemos el formato impreciso tampoco ha caído con agrado.

En caso de que Rajoy lleve adelante su amenaza, la situación política volvería al punto de partida del bloqueo y el reloj de dos meses para convocar elecciones no empezaría a moverse.

Entre la primera renuncia de Rajoy y la que ahora anuncia como posible para un futuro han pasado muchas cosas y algunas significativas. En la primera ocasión el político del PP no contaba con la tranquilidad de tener al frente del Congreso a una persona bajo su mando. En aquellas circunstancias Rajoy no se atrevió a dejar en manos del socialista Patxi López la gestión de los tiempos para convocar el pleno de investidura y por eso declinó en primera instancia. Ese reloj está ahora en manos del PP, y más concretamente de Ana Pastor, una de sus principales colaboradoras, además de amiga personal.

En este control del escenario se ha cimentado la decisión de Rajoy de dar un paso al frente, pero el político gallego quería más garantías. En Génova 13 son conscientes de su incapacidad para encontrar apoyos y llegar al Gobierno, por eso Rajoy no quiere ir a una investidura sin llevar en el bolsillo el boleto ganador.

La amenaza de declinar en diferido sitúa al PP en una posición de ventaja de cara a las negociaciones. El candidato del PP pretende hacer del as en la manga que se ha traído de Zarzuela un elemento de peso para negociar.

La historia dice, sin embargo, que para negociar hay que hacer otras cosas. El caso más cercano es el de Aznar en 1996, cuando necesitó un mes para convencer a nacionalistas catalanes y vascos de que le hicieran presidente. En aquella negociación, además de partidas presupuestarias, Aznar tuvo que ceder y eliminar el servicio militar (como le pedía CiU) o borrar del mapa la figura de los gobernadores civiles (como pedía el PNV).  

Al finalizar su esperada rueda de prensa, Rajoy ha bromeado al recomendar a los demás líderes políticos que no viajasen a playas demasiado lejanas de Madrid. El presidente en funciones cree que la responsabilidad que le ha otorgado el rey ni siquiera es toda suya: "Haré cuanto esté en mis manos pero no depende exclusivamente de mí".

Fuente: eldiario.es

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