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martes, 24 de noviembre de 2015

"La seguridad total no existe pero la vigilancia masiva sí"

 

 

 

Entrevista con Ignacio Ramonet

 

Correo del Orinoco

Ignacio Ramonet dirigió durante 18 años Le Monde Diplomatique, uno de los medios más prestigiosos del mundo y principal tribuna del movimiento altermundista. Afincado en Francia, este periodista español que actualmente dirige LeMondeDiplo, la versión española del citado mensual, contempla cómo el Gobierno de François Hollande aprueba un recorte de libertades y una prórroga de tres meses del estado de emergencia intentando fortalecer las capacidades de sus fuerzas de seguridad.

Para el autor de El imperio de la vigilancia (Ediciones Galileo), los gobiernos “no pueden garantizar la seguridad total”. Sin embargo, “el estado de emergencia supone un abandono de las libertades democráticas y republicanas”, mientras que “hoy en día hay instrumentos para vigilarnos a todos”. Una vigilancia que, además, “es ineficaz”. Es la tesis de Ramonet en su nuevo libro, convertida casi en premonición, puesto que se publicó el jueves 12 de noviembre. Un día después tuvieron lugar los atentados yihadistas que han empujado a la “intimidada” sociedad francesa a no criticar las medidas propuestas por Hollande. Para Ramonet, es un error.

-¿Aceptará la sociedad francesa, que tradicionalmente ha defendido sus derechos de forma férrea, el cambio de menos libertad por más seguridad?

-Estamos en el momento más emocional. Los atentados se produjeron el pasado viernes, y desde entonces se han ido sabiendo los detalles de lo que ha ocurrido, con los testimonios de gente que ha vivido un infierno. En este momento el Estado puede pedirle prácticamente lo que quiera a su sociedad y ésta está en condiciones de otorgarlo.

Acabamos de ver como el presidente ha conseguido una unión nacional en plena campaña electoral para las elecciones del 6 de diciembre. Ha logrado aprobar una serie de medidas, algunas de ellas propuestas por la derecha además, en medio de un unanimismo general. Cuando ocurren monstruosidades como la de París las sociedades se intimidan, apenas ha habido críticas contra la prórroga del estado de emergencia, que supone un abandono de las libertades democráticas y republicanas. En mi libro hablo de lo que pasó tras el 11-S cuando EEUU promulgó la Patriot Act con esta misma idea, un contrato con los ciudadanos: aceptad perder un poco de vuestras libertades y yo os voy a garantizar una mayor seguridad. El problema es que la Patriot Act todavía está vigente.

-¿Supone la vigilancia más seguridad?

-No, la vigilancia masiva ha demostrado que no es eficaz. La seguridad total no existe, aunque obviamente los gobernantes no lo puedan decir, sobre todo en este momento. Lo que le pide la sociedad al gobernante es seguridad absoluta, y es lo que éste promete. Pero la seguridad absoluta no existe. Y en particular frente a grupos terroristas.

En cambio la vigilancia masiva sí que existe. Lo comprobamos tras las revelaciones de Edward Snowden. Hoy en día hay instrumentos para vigilarnos a todos. Es una especie de coacción: yo te doy seguridad total pero permíteme que te vigile totalmente. Porque mientras ellos pueden vigilarte, en cambio no te van a poder garantizar la seguridad total.

-¿Deben las sociedades aceptar ese canje?

-¡Claro que no! Ése es todo el sentido del libro que acabo de publicar. El problema es que en este momento es muy difícil emitir críticas, porque si lo haces apareces como un aliado de los terroristas.

-¿Cuál es la alternativa a la vigilancia?

-La vigilancia es legítima. Es perfectamente legítimo que un Gobierno vigile. En la medida en que lo haga de manera democrática, es decir, por orden de un juez y con un control democrático. Si un juez determina que una persona debe ser vigilada, hay que vigilarla. La cuestión no está en oponerse a toda vigilancia, el problema es que lo que se practica ahora es una vigilancia masiva y clandestina. El principio es “vigilamos a todo el mundo para poder, el día de mañana, identificar a aquellos que puedan cometer un atentado”. Estamos perdiendo libertades sin que esto se haya debatido lo suficiente, o discutiéndolo en un marco emocional muy determinado.

Francia promulgó una ley en mayo que permite la interceptación y escucha de conversaciones por parte de los servicios secretos sin que haya control judicial. Y se hizo en la emoción de los atentados de enero contra Charlie Hebdó. Solo debe autorizarlo el primer ministro, Manuel Valls. ¡Pero el primer ministro no es un magistrado! No es el poder judicial, es un político, es el poder ejecutivo.

-La herramienta para la vigilancia masiva es Internet, que permite un registro exhaustivo de todos nuestros movimientos y conversaciones. ¿Se puede decir que ya hemos perdido la libertad en la red?

-Cuando surgió Internet era un ambiente de libertad, porque democratizaba el acceso a la información. Sin embargo hoy se ha centralizado. El 99% de las personas que utilizan Internet recurren casi inevitablemente a una de las grandes cinco empresas digitales: a Google, a Apple, a Facebook, a Amazon o a Microsoft.

Hoy cuando utilizas Internet estás entrando por ese cuello de botella que permite a las autoridades tener acceso a todos tus datos, primero porque estas empresas se lo pasan al Gobierno de EEUU por ley, y segundo porque los estados han puesto en marcha sus propios sistemas de vigilancia. Hoy es mucho más seguro enviar una carta por correo que enviar un e-mail. La carta no la vigila nadie, en cambio cualquier comunicación digital deja una huella, los metadatos. Desde dónde te comunicas, con quién te comunicas, cuánto tiempo duró ese comunicado, cuándo se produjo… Toda una serie de datos con los que se puede hacer una especie de galaxia de todos tus contactos y conocimientos, un verdadero atlas de ti mismo. Sin que tú sepas lo que dice.

Aunque se graban, escuchar conversaciones es muy complicado porque hay que poner alguien allí a escucharlas. Sin embargo estos datos se recolectan automáticamente, de forma masiva, de todos nosotros.

-EEUU tiene acceso directo a esos datos gracias a las empresas que nombra. ¿Cree que existe un neocolonialismo en Internet? ¿Que la red, que aparenta ser abierta y supranacional, es un territorio controlado por EEUU?

-Está controlado por estas empresas americanas. En el libro por ejemplo publico un informe de la CIA al respecto, “El mundo en 2030”. Dice que de aquí a 2030, precisamente uno de los peligros para EEUU es que estas cinco empresas logren tener mayor poderío en términos de información que el propio Gobierno de EEUU, que la propia Administración estadounidense. No hablamos de imperialismo norteamericano, sino del dominio de empresas que efectivamente son estadounidenses.

-¿Dominamos la tecnología o la tecnología nos domina a nosotros?

-El problema es que hoy ya no podemos pasar de la tecnología. Sería muy difícil hacer todo lo que hacemos sin Internet. La pregunta es legítima. A día de hoy, yo creo que la respuesta es que la tecnología nos domina a nosotros, no podemos desconectarnos.

-Usted alaba en su libro a los “lanzadores de alertas”. Denomina “héroes” a personas como Julian Assange o Edward Snowden. Sin embargo, las alertas que han lanzado no han calado en la sociedad, muy poca gente ha tomado conciencia o modificado sus costumbres.

-Exacto. Ésa es una realidad. A la mayoría de la gente le da igual el estado de vigilancia, no les molesta. La prueba: ¿de qué vive Facebook? De los datos que nosotros ponemos voluntariamente, no nos los arranca.

Lo que colectivamente la sociedad dice con su comportamiento es que el que se moleste porque se le vigile es que algo debe querer esconder. Y si quiere esconder algo es porque, como dice Assange, es a uno de los cuatro caballeros del infocalipsis: o es un traficante de droga, o es un pedófilo, o es un tipo que está huyendo del fisco, o es un terrorista. Si yo no soy nada de esas cuatro cosas qué me importa a mí que me vigilen, no tengo nada que ocultar. Esta es la problemática.

El problema es cuando los gobiernos empiezan a hacer uso de esa información en tu contra, estamos todos desnudos ante ello. Es la distopía de 1984. Los europeos lo vemos como algo muy lejano, pero es algo que ya está pasando en Irán o Arabia Saudí, con gobiernos que persiguen a la disidencia.

-¿Estamos fracasando los periodistas a la hora de comunicar ese peligro?

-Yo creo que no, porque aunque quizá los periodistas tengan mayor sensibilidad, es la sociedad la que no acaba de tomar conciencia. La sociedad no valora suficientemente el heroísmo de gente como Assange. ¿Quiénes son las personas más perseguidas del mundo? Es Assange, es Snowden, es Chelsea Manning, condenada a 30 años de cárcel por haber revelado crímenes que no había que ocultar. Assange lleva tres años encerrado en la embajada de Ecuador en Londres y Snowden está exiliado en Rusia. ¿Y qué es lo que han hecho que merezca tal persecución? Demostrar que nos vigilan. Denunciar un atentado contra nuestras libertades.

Fuente original: http://www.correodelorinoco.gob.ve/politica/ignacio-ramonetla-seguridad-total-no-existe-pero-vigilancia-masiva-si/

Rebelión.org

lunes, 16 de noviembre de 2015

Y siguen apareciendo pasaportes

 

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por Jean-Claude Paye

Uno no sabe si reírse o llorar. Desde los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, no hay un atentado terrorista cuyos presuntos culpables no se las arreglen para dejar sus papeles de identidad al alcance de los investigadores. Para el sociólogo Jean-Claude Paye, la aparente estupidez crónica y repetitiva de los terroristas no es otra cosa que un truco del Poder para asustar a la ciudadanía. ¿Cuál es la lógica? La versión oficial es tan absurda que no podemos, ni debemos dudar de ella.

RED VOLTAIRE | BRUSELAS (BÉLGICA) | 16 DE NOVIEMBRE DE 2015

 

Durante la investigación de las masacres de París, se encontró un pasaporte sirio cerca de los restos de uno de los kamikazes del Stade de France. Ya designado por el presidente Hollande como responsable de los atentados, el «Estado Islámico» reconoció ser responsable de esos actos. Para el gobierno francés, que había declarado querer intervenir en Siria contra el «Estado Islámico» –cuando en realidad quiere hacerlo contra la República Árabe Siria y contra su presidente constitucional Bachar al-Assad, de quien sigue diciendo que «tiene que irse»– se trata de un indicio importante destinado a justificar una operación militar.

Pero no es el gobierno francés el único que recurre al procedimiento del doble discurso apoyando una organización a la que se designa como enemigo y nombrando terroristas a individuos a los que anteriormente se designaba como «luchadores de la libertad». La fabricación de su propio enemigo se ha convertido en el eje de la estrategia occidental, lo cual nos confirma que en la estructura imperial no hay separación entre el interior y el exterior, entre el derecho y la violencia pura, entre la ciudadanía y el enemigo.

En Bélgica, el predicador musulmán Jean-Louis Deni está enfrentando acciones legales «por haber incitado jóvenes a irse a la yihad armada en Siria», ya que se sospecha que tuvo contactos con Sharia4Belgium, grupo calificado como «terrorista», contactos que niega el acusado. Su abogado destacó el doblepensar de la acusación cuando señaló en su alegato ante el tribunal correccional de Bruselas: «Se ha empujado a niños hacia los brazos del Estado Islámico en Siria y son los servicios [de inteligencia] de ustedes quienes lo han hecho» [1]. El abogado defensor apoyó sus acusaciones resaltando el papel que ha desempeñado en el caso un agente infiltrado de la policía federal.

El regreso del significante

En cuanto a las masacres perpetradas en París, parecería que una de las primeras preocupaciones de los terroristas es hacerse identificar lo más rápidamente posible. Pero esa paradoja a penas nos sorprende. El documento de identidad, hallado milagrosamente, que designa claramente al autor de los atentados que acaban de cometerse, se ha convertido en un clásico. Se ha hecho incluso repetitivo, repetición que siempre designa a un culpable perteneciente a un «movimiento yihadista».

En la versión oficial del 11 de septiembre, el FBI afirmaba haber hallado el pasaporte intacto de uno de los kamikazes cerca de una de las dos torres pulverizadas por explosiones que desprendieron una temperatura capaz de derretir el acero de las estructuras metálicas de aquellos inmuebles pero que dejaron intacto un documento de papel. La caída del cuarto avión, que se estrelló a campo abierto en Shanksville, también permitió a la policía federal encontrar el pasaporte de uno de los presuntos terroristas. Ese documento, parcialmente quemado, permite sin embargo identificar a su titular porque podían verse su nombre, su apellido y su foto. Pero del avión no quedaba más que un cráter de impacto, ni siquiera un pedazo de fuselaje, sólo este pasaporte parcialmente quemado.

Lo increíble como demostración
de la verdad

En el caso de la masacre de Charlie Hebdo, los investigadores encontraron el documento de identidad del mayor de los hermanos Kouachi en el automóvil abandonado en el noreste de París. A partir de ese documento, la policía se da cuenta de que se trata de individuos ya conocidos en los servicios antiterroristas, son los «pioneros del yihadismo francés». Ya se puede iniciar la «persecución». ¿Cómo es posible que asesinos capaces de cometer un atentado con una sangre fría y un control de sí mismos calificados como dignos de profesionales cometan un error tan grande? No “trabajar” con sus papeles de identidad a cuestas es una regla elemental para el más simple ladronzuelo.

Desde el 11 de septiembre de 2001, lo increíble se ha convertido en parte de nuestra cotidianidad. Se ha transformado en la base de la verdad. La Razón ha sido expulsada de nuestro entorno. No se trata de creer lo que se dice sino más bien de aceptar lo que dice la voz que habla, sea cual sea el sin sentido que se enuncie. Mientras más evidente sea ese sin sentido, más ciega tiene que ser la creencia en lo que se afirma. Lo increíble se convierte así en medida y garantía de la verdad.

Prueba del ello es el discurso sobre los casos de Mohamed Merah o de Nemouche. Cercado por decenas de policías, Merah supuestamente logró, burlar la vigilancia de las fuerzas especiales, salir de su domicilio y regresar después a ese lugar para que allí lo abatiera un «francotirador» que supuestamente le disparó en «defensa propia» y con «armas no letales». Merah supuestamente salió de su casa para llamar desde un teléfono público, con intenciones de «esconder su identidad», cuando reconoció su culpabilidad telefoneando a una periodista de France24 [2].

En lo concerniente a Nemmouche, el autor de la matanza del Museo Judío de Bruselas, este personaje no se deshizo de su armamento porque… lo importante para él era revenderlo. Y no se le ocurrió nada mejor que recurrir al medio de transporte internacional más vigilado, transportando las armas que ya había utilizado en un autobús de la línea Ámsterdam-Bruselas-Marsella. Lo que supuestamente permitió su arresto fue un «control de aduana inesperado».

El choque emocional como recurso para construir «la unidad nacional»

En todos los casos, el carácter totalmente increíble de lo que nos presentan nos hace incapaces de reaccionar, nos petrifica, como la mirada de la Gorgona. Nos muestra que hay algo que no funciona en el discurso. Exhibe una falla cuyo efecto no es engañarnos sino fragmentarnos. El relato del desarrollo de los atentados es una exhibición impuesta al espectador. Escapa a toda representación y tiene un afecto paralizante. Esta última resulta no tanto del carácter dramático de los hechos como de la imposibilidad de descifrar lo real. El espectador sólo puede entonces hallar una apariencia de unidad acentuando su propia credulidad ante lo que se le dice. Se produce entonces una fusión entre el espectador y quien dice lo enunciado. Se hace conveniente renunciar a distanciarse de lo que se dice y se muestra, hay que renunciar a preguntar o a recobrar la palabra. La unidad nacional, la fusión entre vigilantes y vigilados, puede entonces instalarse.

La exhibición de las fallas del discurso sobre todos estos atentados tiene como efecto el surgimiento y propagación de una sicosis y la supresión de todo mecanismo de defensa, no sólo ante determinados actos o declaraciones sino ante cualquier acción o declaración del poder, por ejemplo ante leyes como la ley sobre la información de inteligencia, que saca la vida privada de las libertades fundamentales.

Un acto de guerra contra los pueblos

La ley [francesa] sobre la información de inteligencia, votada en junio de 2015, proyecto que ya tenía más de un año, nos fue presentada como una respuesta a los atentados perpetrados contra el semanario humorístico Charlie Hebdo. Esa ley autoriza sobre todo la instalación de «cajas negras» en los proveedores de acceso a internet para capturar en tiempo real los metadatos de los usuarios. También permite la instalación de micrófonos, de dispositivos de localización, de cámaras y de programas informáticos espías.

Quienes se verán sometidos a esas técnicas especiales de investigación no son los agentes de una potencia extranjera sino la población francesa. Así pasa esta a ser tratada como enemiga de un Poder Ejecutivo, que tiene en sus manos el poder de decisión y el «control» de esos dispositivos secretos. Utilizando como pretexto la lucha contra el terrorismo, esta ley legaliza una serie de medidas que ya venían aplicándose, poniendo así a la disposición del Ejecutivo un dispositivo permanente, clandestino y prácticamente ilimitado de vigilancia sobre la ciudadanía.

La ausencia total de eficacia en la prevención de los atentados nos confirma que no eran los terroristas sino, efectivamente, los pobladores de Francia quienes estaban en la mirilla de esa ley. Al modificar la naturaleza de los servicios de inteligencia, pasando del contraespionaje a la vigilancia sobre la ciudadanía, esta ley es un acto de guerra contra la población de Francia. Las masacres que acabamos de ver en París son la parte real de esa guerra.

Jean-Claude Paye

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[1] Julien Balboni, «Procès de Jean-Louis Denis : ’’Le parquet fédéral a envoyé des jeunes en Syrie"» , DH.be, 12 de noviembre de 2015.

[2] Ver, de Jean-Claude Paye y Tülay Umay, «L’affaire Merah (4/4): Le changement en se taisant: la parole confisquée», Réseau Voltaire, 30 de octubre de 2012.

Fuente: Red Voltaire

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