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lunes, 3 de abril de 2017

¿Destruir Daesh?


por Thierry Meyssan

Mientras Washington multiplica las señales que confirman su intención de destruir el Emirato Islámico (Daesh), británicos y franceses –y tras ellos el conjunto de los europeos– se plantean un rumbo diferente. Londres y París parecen haber coordinado una ofensiva contra las ciudades sirias de Damasco y Hama para obligar al Ejército Árabe Sirio a concentrarse en su defensa, debilitando así la presencia de tropas del gobierno sirio alrededor de Raqqa. Los europeos esperan organizar la huida de los yihadistas hacia la frontera turca.

La reunión de la coalición anti-Daesh realizada en Washington el 22 y el 23 de marzo estuvo muy lejos de ser una muestra de unidad. En apariencia, los 68 miembros de esa coalición reafirmaron su voluntad de luchar contra esa organización terrorista. En realidad, lo que hicieron fue exponer sus profundas divergencias.

El secretario de Estado Rex Tillerson recordó a sus socios que el presidente Donald Trump se comprometió ante el Congreso de Estados Unidos a acabar con el Emirato Islámico (Daesh) y no a limitarse a reducirlo, como pretendía hacer la administración Obama. A la vez que hacía ese recordatorio, y sin aceptar discusiones, Tillerson puso a los demás miembros de la coalición ante hechos consumados.

Primer problema: si ya no se trata sólo de desplazar a los yihadistas sino realmente de liquidarlos, ¿cómo podrán los europeos, sobre todo los británicos, salvar a “sus” yihadistas?

El secretario de Estado Tillerson y el primer ministro iraquí Haider al-Abadi, presentaron un balance de la batalla de Mosul. A pesar de las muestras publicas de satisfacción, es evidente para todos los expertos que los combates por Mosul están llamados a durar aún por largos meses dado el hecho que en esa ciudad iraquí prácticamente cada familia tiene al menos uno de sus miembros enrolado en las fuerzas de Daesh.

En el plano militar, la situación en Raqqa es mucho más simple. En esa ciudad siria los yihadistas son extranjeros. La prioridad sería entonces comenzar por cortarles el aprovisionamiento y después separarlos de la población siria.

Segundo problema: el ejército de Estados Unidos debe obtener previamente la autorización del Congreso, y también la autorización de Damasco, para desplegarse en Siria. Los generales James Mattis –secretario de Defensa– y John Dunford –jefe del Estado Mayor Conjunto estadounidense– han tratado de convencer a los congresistas, pero nada garantiza que obtengan esa autorización. Habrá entonces que negociar con Damasco y, por tanto, aclarar cierto número de cosas.

A la pregunta de los europeos sobre lo que Washington haría con Raqqa después de la liberación de esa ciudad, Rex Tillerson respondió enigmáticamente que haría regresar la población desplazada o refugiada. Los europeos sacaron como conclusión que, dado que esa población es masivamente favorable al gobierno de Damasco, la intención de Washington sería devolver ese territorio a la República Árabe Siria.

Al hacer uso de la palabra, el ministro de Exteriores de Portugal, Augusto Santos Silva, señaló que esa proposición contradecía lo que se había decidido anteriormente. Y afirmó seguidamente que los europeos tiene el deber moral de continuar su esfuerzo por proteger a los refugiados que huyeron de la «dictadura sanguinaria». Eso da a entender que, después de ser liberada de los yihadistas, Raqqa no sería todavía una zona segura ya que el Ejército Árabe Siria sería peor que el Emirato Islámico (Daesh).

No es por casualidad que los europeos optaron por el representante de Portugal para hacer esta intervención. El actual secretario general de la ONU, Antonio Guterres, fue primer ministro de Portugal y tuvo a Santos Silva entre los miembros de su gobierno. El hoy secretario general de la ONU Antonio Guterres fue también presidente de la Internacional Socialista, organización totalemente controlada por las estadounidenses Hillary Clinton y Madeleine Albright. En otras palabras, Guterres es la nueva fachada en la ONU del embajador estadounidense Jeffrey Feltman –a cargo de los “Asuntos Políticos” en la organización internacional– y del clan belicista.

Tercer problema: Todos parecen de acuerdo para liberar Raqqa de Daesh, pero –según los europeos– no para restituirla a Damasco, de ahí las maniobras de Francia en el terreno.

Inmediatamente después del encuentro de Washington, los yihadistas atrincherados en Yobar –un barrio en la periferia de Damasco– iniciaron una ofensiva hacia el centro de la capital. Y los de la provincia de Hama emprendieron ataques contra aldeas aisladas. Quizás se trata para ellos de un intento desesperado por obtener un premio de consuelo en Astaná y Ginebra antes de que termine la partida. Pero es también posible que sea una estrategia coordinada por Londres con París.

En este último caso, seguramente veremos una gran operación de las potencias coloniales en Raqqa. Londres y París decidirían atacar Raqqa antes de que esté completamente cercada, propiciando así la huida de Daesh, o sea obligando a los yihadistas a desplazarse nuevamente y salvándolos con ello del exterminio. Daesh se replegaría entonces hacia la frontera turca y sería la fuerza que podría liquidar a los kurdos por cuenta de Recep Tayyip Erdogan.

Thierry Meyssan
Fuente: Al-Watan (Siria)
Thierry Meyssan
Artículo bajo licencia Creative Commons

La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

Fuente : «¿Destruir Daesh?», por Thierry Meyssan, Al-Watan (Siria) , Red Voltaire , 29 de marzo de 2017, www.voltairenet.org/article195785.html

domingo, 31 de julio de 2016

El submarino de nunca acabar


HMS Ambush, Foto eldiario.es



Juan José Téllez

Mira que ya te echo de menos, HMS Ambush, submarino nuclear británico que has puesto proa esta semana hacia el Reino Unido, después de haber chocado con un barco en la Bahía de Algeciras; o en la Gibraltar Bay como rezan las cartas marinas escritas en inglés. Añoro tu venteveo de átomos, tu si quieres la guerra, prepárate para la guerra, tu oscurantismo militar.

Hay serpientes de verano y submarinos de nunca acabar: la insólita reparación en el Peñón del submarino HMS Tireless, quince años atrás, sólo fue un episodio más en la larga lista de despropósitos vividos en el Estrecho, desde que el mundo es mundo, y en el que los intereses bélicos siempre primaron sobre la seguridad de sus vecinos. Una larga serie de incidentes con este tipo de naves, en distintos puntos del territorio español, debiera alertarnos sobre la conveniencia de ejercer un mayor control sobre su paso. O sustanciar, con luz y taquígrafos, un protocolo en materia de protección civil que nos permita decidir qué hacemos en caso de un accidente de mayores proporciones qie los que hasta ahora hemos conocido.

Desde la transición, la desnuclearización española se convirtió en un brindis al sol por parte de los primeros ayuntamientos democráticos, salvando el cementerio atómico de Hornachuelos. Al menos, en 1981, los submarinos del escuadrón número 16, cargados con misiles Polaris y Poseidon—de mayor alcance y poder destructivo– dejaron la base de Rota y zarparon hacia King Bay, en Georgia, a partir de la renovación del Tratado entre España y Estados Unidos firmado en 1979 , tras la dictadura franquista. A partir de entonces, al menos oficialmente, los submarinos de propulsión o carga nuclear sólo pisaron puertos peninsulares en circunstancias excepcionales, en maniobras conjuntas o en tareas de reaprovisionamiento: no fue del todo así. Ni en Rota ni, por supuesto, en la base británica de Gibraltar.

Paso inocente.-

Ahora, el Reino Unido –a través de su ministro de Defensa, Michael Fallon– ha pedido disculpas a España por el accidente protagonizado por el submarino nuclear británico HMS Ambush —de la moderna clase Astute, con 7.400 toneladas y equipado con misisles de crucero Tomahawk—, que chocó contra un mercante panameño a la deriva en aguas próximas al Peñón. Este suceso recuerda a otros dos acaecidos en esta misma zona hace más de treinta años cuando, en el primero de ellos, un submarino inglés estuvo a punto de impactar con la corbeta española Cazadora a dos o tres millas al sur de Punta Europa.

Posteriormente, y aún en plena guerra fría, un submarino soviético de la Clase Viktor, chocó contra un mercante ruso, el “Brastsvo”, que cubría su señal con dicho carguero para que no fuera detectado por la red de sonares submarinos que tanto la Royal Navy desde Gibraltar como la US Navy desde Rota controlaban el paso del Estrecho. Si el Ambush navegaba a dos millas de la costa, tal y como sospecha la Armada española, se encontraba dentro del llamado Mar Territorial cuya tutela concierne a España; la Convención del Mar de 1982 fija que, en dichos tramos, los submarinos deben navegar en superficie con el pabellón enarbolado. Se llama “paso inocente”, pero suele ser culpable. Sólo si cruzan un Estrecho, se permite la travesía en inmersión ya que se aplica el derecho del “paso de tránsito” rápido.

Aunque no llevaba armas atómicas a bordo, si la colisión del submarino Viktor con el mercante ruso hubiera afectado a la cápsula que protegía al reactor, las consecuencias hubieran sido imprevisibles. La revista “Cambio 16”, en dicha época, se atrevió incluso a formular una prospección de las dimensiones de un posible desastre, basándose en los datos meteorológicos y en las corrientes, a partir de un supuesto resquebrajamiento de la cápsula de protección del reactor nuclear, “que funciona a una temperatura cercana a los 300 grados y a una presión de más de diez atmósferas”.

“Automáticamente –suponía la revista– se habría producido una nube de vapor radiactivo y una contaminación masiva de las aguas circundantes. A las tres de la madrugada, la nube radiactiva habría contaminado las poblaciones de Ceuta y La Línea de la Concepción, según los datos del Instituto Meteorológico Nacional. A esa misma hora y teniendo en cuenta le desplazamiento de las corrientes en superficie, la mancha contaminante por los radionucleidos liberados por el accidente, estaría a tres millas al Este del submarino adentrándose en el Mediterráneo y amenazando las poblaciones turísticas de la Costa del Sol. Por otra parte, el uranio radiactivo que por su densidad hubiera descendido por debajo de los cien metros marinos, se desplazaría a razón de dos millas por hora en dirección al Atlántico, de acuerdo con el régimen general de mareas en el Estrecho, poniendo en peligro a la ciudad de Cádiz y a las poblaciones del Campo de Gibraltar. Los efectos del accidente sobre la flora y la fauna marina habrían sido catastróficos. Las especies situadas en varias millas alrededor del submarino habrían quedado contaminadas y en el futuro para consumir el pescado que abunda en aquella zona y las especies migratorias que pudieran estar de paso, habría que hacer análisis de sus escamas, de su carne y su médula espinal para determinar si estaban afectadas por la radiactividad”.

El juego del escondite.-

La opinión pública española se enteró del suceso varios días más tarde, cuando el submarino arribó al puerto tunecino, para ser reparado. Las únicas diferencias entre el caso de aquella unidad de la clase Viktor y la actual de la clase Astute estriba en el alcance del accidente, por una parte, y en que,en aquel momento, las tensiones entre los bloques militares propiciaban un cierto juego del gato y el ratón entre la inteligencia aliada y la del Pacto de Varsovia. Sin embargo, ¿qué hacía el HMS Ambush jugando al escondite con un país amigo, cuando el Reino Unido puede estar abandonando la UE pero sigue en la OTAN? No faltarán partidarios de la teoría de la conspiración que supongan que Londres envió al Ambush hasta el sur de España para reforzar las defensas del Peñón en caso de que, en una maniobra conjunta, Pedro Morenés y José Manuel García Margallo, en pleno gobierno en funciones, hubieran decidido invadir Gibraltar aprovechando el Brexit, a la manera en que las fuerzas armadas de Mohamed VI tomaron por sorpresa El Perejil. Más allá de esa hipótesis caricaturesca, la presencia del Ambush en el Peñón obedecía a un gesto de fuerza por parte de las autoridades británicas que, en una difícil coyuntura política, remarcaban la importancia que siguen dando a esa base.

Lo cierto es que el choque no afectó a la planta de propulsión nuclear del Ambush, que resultó seriamente afectado en la torreta donde se sitúan el periscopio y las antenas. Ni los análisis del Grupo Operativo de Vigilancia Radiológica de la Armada española (GOVRA), ni la red de vigilancia radiológica del Consejo de Seguridad Nuclear registraron un incremento de la radicoactividad. Eso sí, lo especialistas insisten en que la colisión hubiera deparado mayores problemas si el submarino, en lugar de chocar contra el mercante al emerger –esa es la versión oficial del caso– lo hubiera hecho accidentalmente delante de su proa, siendo arrollado por el mismo. Como en ocasiones anteriores, la diligencia a la hora de informar del caso por parte del Gobierno británico se centró en el gobierno de la Roca, cuyo ministro principal, Fabian Picardo, obtuvo garantías inmediatas de Mike Penning, secretario de estado de las Fuerzas Armadas, asegurando que no existía riesgo alguno para la población de la zona: “He hablado con él hoy para que me garantizara que el reactor del submarino quedó intacto y que, por lo tanto, su presencia en el South Mole(Muelle Sur) no supone ningún riesgo para Gibraltar”, aseguró Picardo.
¿Y para el resto de la zona? La alta densidad industrial de la comarca gaditana que rodea a la colonia produce grandes beneficios macroeconómicos pero serios inconvenientes a la vida cotidiana de los pobladores: en mayo de 1985, en el pantalán de la Refinería de Cepsa, en San Roque, se registraron más de cuarenta muertes entre los empleados de la misma y los tripulantes del “Petragen One” y el “Camponavia”, dos buques que se aprovisionaban allí y cuyos gases explotaron por simpatía. También suponen un riesgo añadido las maniobras de bunkering en las gasolineras flotantes de dicho área.


Suele entenderse que un escape a bordo revestiría similares riesgos al de una central atómica, por lo que las circunstancias serían catastróficas para el área donde se produjera la emisión. Hay quien sostiene, sin embargo, que el armamento es inerte y no supone riesgo añadido de no ser activado mientras que el reactor se encuentra alojado en la zona más protegida del navío, que no resultaría afectada incluso si la unidad se partiera en dos. Mejor evitarlo, pero nadie parece dispuesto a establecer precauciones. Ningún accidente nuclear, por otra parte, se pararía a considerar las diferencias geopolíticas de la región, a partir del Tratado de Utrecht o del llamado Acuerdo de Lisboa o de Bruselas, que permitireron la reapertura de la frontera entre Gibraltar y España, bajo el compromiso de resolver las cuestiones derivadas del contencioso en los ámbitos de la UE que ahora abandona el Reino Unido.

El sector más integrista de la diplomacia española considera que el Brexit supone una oportunidad para recobrar al menos la cosoberanía del Peñón si los yanitos no quieren abandonar su estatus comunitario. No obstante, un accidente nuclear pondría en riesgo, en primera instancia, a toda la población circundante –entre 300.000 y 500.000 habitantes–, con independencia del pasaporte que llevasen en sus bolsillos.

La sombra del “Tireless”.-

A las autoridades gibraltareñas parece no preocuparles la presencia frecuente de submarinos atómicos en su puerto, como una servidumbre de paso por el constante apoyo de su metrópolis: “Gibraltar ha acogido con frecuencia a submarinos nucleares, algo que el Gobierno ve con buenos ojos, puesto que contribuye a demostrar el valor estratégico del Reino Unido y de la Royal Navy en particular –asumió Picardo–. Esta semana, el Reino Unido renovó su compromiso para mantener una capacidad nuclear permanentemente en el mar a bordo de sus submarinos”.

Esa declaración remite directamente al caso del “HMS Tireless” que, entre mayo de 2000 y de 2001, mantuvo en vilo a la población de un lado y otro de la frontera, cuando las autoridades británicas decidieron repararlo en el Peñón, a pesar de que su puerto carecía de suficientes garantías para ello. Desde entonces, hasta ahora, las organizaciones ecologistas han contabilizado la llegada hasta allí de, al menos, setenta submarinos dotados de propulsión nuclear. La avería del “Ambush” –que no es la primera ya que lleva dando disgustos desde su botadura en 2013– ha permitido que zarpara hacia Gran Bretaña, donde será reparado. La crisis ha durado poco pero eso no quiere decir que no haya existido: el Gobierno británico tardó veinticuatro horas en informar al español, pero el Gobierno español tampoco fue especialmente ágil a la hora de comunciarse con el gobierno andaluz.

Gibraltar, en este tipo de incidencias militares, no es un grajo blanco en Andalucía. El fantasma de las bombas de Palomares sigue ahí, cuarenta años después del suceso. También está Rota, claro, la base oficialmente española pero que mantiene una clara dependencia de los intereses estadounidenses, máxime a partir del actual despliegue del escudo antimisiles que ha multiplicado la presencia de marines en la base y en sus alrededores. Si la presencia de sumergibles nucleares en el Peñón no es un ejemplo de transparencia, en Rota tampoco existe una información fluida hacia las autoridades civiles que debieran poner en marcha los protocolos cautelares de seguridad en presencia de este tipo de unidades. Por allí van y vienen submarinos como el “Anapolis”, el “Pittsburg”, el “Providence” o el “Florida”, que tuvieron un papel crucial en la Operación Odisea al Amanecer contra Libia, en la que Rota y Morón desempeñaron un papel crucial, y que también recalaron en el Peñón.

Submarinos de ida y vuelta.-

¿Demasiados casos para considerarlos aislados? En mayo de 1986, el submarino nuclear estadounidense Atlanta encalló en el Estrecho y sufrió la perforación de un tanque de lastre y una avería en su sonar de proa, siendo llevado también hasta el South Mole de Gibraltar: wikileaks rebeló la infructuosa correspondencia cruzada en 2008 entre el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y Washington para que los sumergibles de la US Navy recalaran preferentemente en Rota en lugar de hacerlo en el Peñón. A partir de 2014, se obtuvo ese compromiso por parte de la marina estadounidense, pero ya con anterioridad se había reducido significativamente el número de unidades de la US Navy que atracaban en la Roca, a la busca, a veces, de un aceite especial del que carece las instalaciones roteñas. Un momento crítico del pulso diplomático entre La Moncloa y el Pentágono se produjo en 2006, a partir del atraque en el Peñón del submarino nuclear “USS Minneapolis-Saint Paul”, que repatriaba a dos suboficiales fallecidos en un accidente que había tenido lugar en Pittsburgh. El soberbio embajador norteamericano Eduardo Aguirre –nada que ver con el conciliador Georges Costos que ocupa actualmente la legación norteamericana en Madrid– insistió en que el submarino iba a permanecer en la Roca hasta que concluyera la investigación del caso. Cuando España le pidió garantías de que no existían problemas en su sistema de propulsión nuclear, el diplomático repuso contundentemente: “Estados Unidos ha tomado nota sobre la preferencia de España para que los submarinos de propulsión nuclear fondeen Rota en vez de Gibraltar. Pero si el Gobierno se extralimita al solicitar información, Gibraltar volverá a convertirse en la alternativa más atractiva”.

Las marchas contra la base de Rota reclaman su desmantelamiento, pero cada día que pasa crece más su importancia logística y la progresiva primacía de las barras y estrellas sobre su conjunto, en una situación similar al de la UEO, desmantelada hace cuatro años por no poder desarrollar unidades propias, capaces de competir militarmente contra las patentes norteamericanas.

Nos hemos ido acostumbrando a esos submarinos de ida y vuelta, unos visitantes silenciosos y a menudo invisibles que ponen en peligro el espacio que se supone que defienden. En octubre de 1999 otro sumergible –cuya identidad y bandera nunca trascendieron– se enredó entre las redes del pesquero “José María Pastor”, con base en Almería, que fue arrastrado durante media hora cuando faenaba al Oeste de Cabo Espartel. Por no hablar de los submarinos que duermen bajo aguas próximas a costas españolas, desde la primera a la segunda guerra mundial. O en fechas más recientes, como ocurrió con el “Scorpion”, hundido en el Atlántico por causas que se desconocen, con 99 marinos a bordo, después de haber pasado por Rota. Mención aparte merce el dramático hundimiento del K-8 de la Armada Soviética, acaecido el 12 de abril de 1970 a 264 millas del Cabo de Finisterre (La Coruña), con 52 bajas a bordo: sus marineros lograron al menos evitar una explosión nuclear térmica ya que consiguieron restablecer la protección de las barras de control de los reactores nucleares. Lo curioso es que los detalles concretos de este accidente permanecieron secretos hasta el año 1994. Sus restos, incluyendo sus dos reactores nucleares y cuatro torpedos con cabeza atómica además de otros 16 torpedos con cabeza convencional, siguen ahí. Como siguen ahí las preguntas: ¿podemos impedir de una manera efectiva nuestra sumisión a los intereses geoestratégicos de Estados Unidos? ¿Por qué solemos ponernos de acuerdo en materia militar con el Reino Unido y no lo hacemos a la hora de facilitar la vida cotidiana de la población civil que cruza a diario entre el Peñón y La Línea? Desde la incorporación a la OTAN, se supone que han mejorado nuestros sistemas defensivos, pero no así nuestro complejo de inferioridad. Los submarinos de propulsión o carga nuclear siguen pasando frente a nuestras costas, rumbo a cualquier carnicería. De momento, no pasa nada. De momento. Continuará.
Juan José Téllez
Fuente: Público.es

jueves, 21 de julio de 2016

El Brexit, la geopolítica y la amistad con derecho a roce



Causas inmediatas y la venganza de la democracia

En los últimos días, los expertos han ido señalando las principales causas del Brexit. Coinciden en señalar el deterioro del Estado de Bienestar por los recortes, el desempleo y la precarización del empleo, la creciente desigualdad social y territorial… La nostalgia de los más mayores por la época imperial y el desinterés de los jóvenes a la hora de votar, también han jugado lo suyo.

En relación a la cuestión de los extranjeros, se han propuesto interpretaciones divergentes. Algunos remiten al racismo y a “los nacionalismos de siempre, excluyentes y chovinistas, que dibujan sociedades cerradas al exterior y empobrecidas moralmente” (editorial de El País, 3 de julio de 2016). Para otros, el asunto tiene más calado. Manuel Castells (La Vanguardia, 2 de julio de 2016) opina que “en contraste con las acusaciones de racismo, la crítica no fue contra las personas del Tercer Mundo, porque estas necesitan visado”, sino contra la inmigración de Europa del Este porque  “sin control compiten legalmente por trabajo, sanidad y educación gratuitas, vivienda pública y subsidio de paro”. No afecta al Gran Londres pero sí a otras regiones industriales ahora envejecidas y en plena depresión. No se trataría  pues de un nacionalismo étnico sino de resistencia frente a la globalización y a la pérdida de control del país, y a lo que se le llama populismo sería “en realidad una defensa de la vida que les queda”. Las dos serán ciertas, aunque quizás una más que otra.

Si sumamos a todo ello la reciente crisis de los refugiados que huyen de las guerras, cuanto menos alimentadas por los propios poderes occidentales, y la deriva terrorista nacida de sus políticas insensatas en Palestina, Afganistán, Libia, Irak, Siria…, y le añadimos el rechazo a las élites de la UE que han protagonizado las respuestas europeas a la crisis financiera que pronto cumplirá 10 años, dispondremos de un retrato robot suficiente para inventariar las causas inmediatas de la desafección de los ingleses y del Brexit. En definitiva, ha sido un voto de edad, de clase y territorial. Me permito sugerir la hipótesis de un voto religioso: los católicos habrían apoyado la permanencia y los anglicanos la salida.

En cualquier caso, ha sido la venganza de la democracia, del voto de la gente “corriente” frente a la frialdad tecnocrática de las elites. La imagen del expresidente de la Comisión Europea Barroso usando las puertas giratorias de Goldman Sachs (a quien muchos consideran la entidad financiera más influyente en el mundo) para ganar cinco millones de euros al año, sin renunciar a su pensión “europea” de 18.000 euros mensuales por su anterior cargo dice mucho del fondo del asunto. ¿En qué manos estamos? se preguntarán más de uno.

Alguien ha resumido con pocas palabras el estilo de quienes gobiernan Europa: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. El Brexit es una bofetada espectacular en los morros de Bruselas y la primera factura que la UE pagará. Y el proyecto descarrilará si se empeñan en un europeísmo ilustrado paternalista que no puede funcionar en el siglo XXI con la democracia como única fuente legítima para hacer política. Atentos al futuro.

El Brexit es una venganza de la geografía o la razón geopolítica de fondo

Tres semanas después, las bolsas se han recuperado del momentáneo derrumbe post-Brexit. Todo vuelve a la normalidad, tal vez porque geopolíticamente el Brexit es lo normal…

Un celebrado ensayo del ensayista geopolítico Robert Kaplan lleva por título “La venganza de la geografía” y en él se nos dice que la geografía es el telón de fondo sobre el que discurre la historia. Pero, ¿porqué relacionar esta sentencia con el Reino Unido? ¿Acaso hay algo más detrás del Brexit?

Inglaterra, mil cien años objeto del deseo y la codicia continentales

Inglaterra, o el territorio que hoy conocemos como tal, se vinculó a la Europa continental con la conquista romana iniciada por Julio César a mitad del I a.C. y culminada un centenar de años después por Claudio. Esta etapa se cierra a principios del siglo V cuando nuevas y sucesivas invasiones irán construyendo a partir del sustrato anterior celta-britano-romano un conglomerado social dominado primero por los anglo-sajones, más ocasionalmente por los vikingos daneses  y al final por los normandos (con la batalla de Hastings en 1066). En números redondos, durante 1.100 años Inglaterra y el resto de pueblos británicos fueron invadidos una y otra vez por grupos humanos procedentes del Continente.

Cuatro siglos para cimentar la rivalidad anglo-francesa y quinientos años de estrategia extra-continental

La conquista normanda supone una inflexión histórica. Inglaterra pasa de ser tierra de conquista por parte de pueblos y élites continentales a constituir un poder con intereses territoriales, feudales  y dinásticos en Francia, en el Continente. Durante cuatrocientos años la herencia francesa de los normandos y las políticas matrimoniales fueron la manzana de la discordia entre unos y otros.

La historia moderna inglesa comienza con su derrota (1453) en la guerra de los Cien años ante Francia, lo que supone su renuncia a seguir disputando la corona francesa a la dinastía de los Valois  y la pérdida de sus posesiones territoriales en el continente. De este modo sus intereses directos en el continente fueron extinguiéndose y más aún tras los conflictos dinásticos que enfrentaron a las casas de Lancaster y de York durante los últimos 50 años del siglo XV. Francia por su parte convirtió a Juana de Arco (la archienemiga de los ingleses) primero en heroína y mucho después  la hizo Santa y Patrona de la Nación (no sin antes pasarla por la hoguera con la complicidad de nobles y eclesiásticos del país). Desde entonces la estrategia de Inglaterra iba a descansar en el repliegue insular respecto a Europa, sin renunciar a influir para impedir, o cuanto menos dificultar, que una potencia llegase a acumular tanto poder como para dominar el Continente. Complementariamente, el diseño exigía la consolidación de su predominio en las Islas Británicas (conquista de Irlanda y control de Escocia) y buscar su destino en ultramar (aprovechando los océanos abiertos ante sus costas occidentales) con un poderoso imperio marítimo.

Enrique VIII puso las bases para esta política británica, de espaldas al Continente y parapetada detrás del Canal de la Mancha y del Mar del Norte; y así puede entenderse, entre otras cosas, su ruptura con las autoridades eclesiásticas de Roma y la creación de una iglesia nacional inglesa (1534). Suponía un desafío en toda regla a cualquier pretensión de unidad religiosa y política, con una sola Iglesia (la Romana) y un solo Emperador (fuesen reyes “católicos” como los hispánicos, “cristianísimos” como los monarcas franceses, emperadores del Sacro Imperio Romano-Germánico o emperadores novísimos como Napoleón…). Ahí y así se forjan la identidad nacional inglesa y la construcción institucional del Reino Unido. Durante quinientos años no hubo más invasiones. Por el contrario, el sentido de los movimientos se invirtió. Los británicos se expandieron por todo el planeta con sus ejércitos, sus negocios y sus emigrantes colonizadores.

Inglaterra, entre los siglos XVI y XIX, cuando no guerrea contra los Austria lo hace contra Francia o contra ambas a la vez. Las dos conflagraciones  mundiales de la primera mitad del siglo XX modifican su política de alianzas cuando el enemigo a batir son los “imperios” germánicos y Francia es un socio inevitable y cada vez menos poderoso. Siempre “controlando” lo que sucede en el Continente…

La temida -y derrotada – invasión de la Armada Invencible ha funcionado como metáfora de los miedos de la sociedad británica. La fallida invasión alemana de 1941 la actualizó y el Brexit coincide con una gran visibilidad del poder rector alemán en la Unión Europea y con una Francia progresivamente más impotente.

Principio y final de la amistad con derecho a roce

Cuando el 25 de marzo de 1957 se firma el Tratado de Roma que alumbró la Comunidad Económica Europea, el Reino Unido era aún un poderoso y orgulloso Imperio. No hacía demasiado que había perdido la “joya” india, entre otras colonias, pero la bandera de la Union Jack seguía ondeando en todos los continentes.

Tuvo que llegar 1963 para que el Reino Unido, con el conservador Harold Macmillan, pidiese la entrada en el club europeo. Su Imperio se iba desvaneciendo: en 1960 se independizaban Nigeria, Camerún y Chipre; al año siguiente, Sierra Leona y Tanganica; en 1962, Uganda; en 1963, Zanzíbar y Kenia… La Francia de De Gaulle vetó su incorporación.

En 1967, con el laborista Harold Wilson de primer ministro, el RU insiste para ver como De Gaulle de nuevo rechaza su petición. Han seguido perdiendo colonias. En 1964, Malta y Zambia; en 1965 Gambia…

Por fin, el 1 de enero de 1973 el conservador Edward Heath lograba el ingreso de su país. El referéndum de 1975 (el año de la muerte de Franco) celebrado para conocer la opinión de los ciudadanos daba el visto bueno con un 67% de votos afirmativos. Está claro que los británicos ya aplicaban entonces un patrón democrático para resolver sus grandes cuestiones. La paz firmada en el Ulster, el referéndum escocés y la consulta del Brexit son pruebas renovadas de ello. (En España, Mariano Rajoy es partidario de que las decisiones importantes no las tome el pueblo sino las personas sabias como él. Por ejemplo, con la sabiduría demostrada cuando formaba equipo con el presidente Aznar y decidieron y jalearon la guerra contra Irak…).

Cuando en 1992 el Tratado de Maastrich modifica la CEE para llamarla simplemente Comunidad Europea y cuando en 1993 pasa a ser la Unión Europea, el Reino Unido había  perdido casi enteramente su imperio colonial, pero había sabido crear una Comunidad de Naciones (la Commonwealth) y con ella mantener una notable influencia económica y política a lo largo y ancho del planeta y su monarca seguía (y sigue) siéndolo de muchas naciones independizadas, como Australia, Canadá o Nueva Zelanda… Con esto cuentan ahora; además de sus relaciones excepcionales con los EE.UU.

Los británicos se las prometían muy felices en la Europa de los mercaderes que tanta prosperidad anunciaba. Pero se convirtió en una Unión política, contradictoria con sus  quinientos años más importantes de historia. Cuando la amistad con “derecho a roce” y sin excesivos compromisos (el Mercado Común), se ha convertido en un proyecto matrimonial cada vez más irreversible, se han activado las alarmas y la geografía y la historia han pedido la palabra.

Los resultados del referéndum iban a validar si prevalecía la geopolítica del largo periodo 1453-1975 (su historia sobre el telón de fondo de la brecha defensiva del Canal de la Mancha y el Mar del Norte) o el tímido golpe de timón de los últimos 41 años que impulsaba al Reino Unido hacia el Continente. Parece que la geografía se ha vengado y la Autopista-Túnel se ha anegado. El mar del Norte, el Canal de la Mancha y la historia de quinientos años han impuesto su lógica geopolítica. El sueño de la prosperidad creciente se ha roto y el precio político y social a pagar no compensa a muchos; y el Brexit (la independencia) ha ganado.

Es inquietante que los candidatos más citados por los expertos para emular al Reino Unido sean Francia, Holanda y Dinamarca. Todos ellos antiguos Aliados de los Británicos en las dos Guerras Mundiales. ¿Tendrá algo que ver Alemania y otras dimensiones geopolíticas europeas en lo que está sucediendo ahora?
Ricardo Romero de Tejada
Fuente: Público.es

lunes, 18 de julio de 2016

INGLATERRA, ¿Y AHORA QUÉ?



El llamado Reino Unido al parecer desde 1707 con la reina Ana, anda que si se desune o no. En España y en otros países a ese Estado, tal vez sin mucha exactitud, se le denomina INGLATERRA, porque pese a la Historia, es la parte más poderosa de las islas marinas y la titular de la lengua,  esa “lingua franca”, en la que se expresa el imperio formando la incontestable ANGLOSFERA, el viejo latín de la edad media cuando Roma hacía muchos siglos que se había extinguido. Al otro lado del mar Estados Unidos viene a jugar el papel de Bizancio, pero con la misma lengua que su madre insular.

Como algunas especies animales, esta etnia se fragmenta para aumentar su poder, en ese poder de LOS CINCO OJOS, llamado también red ECHELON que espía sin poder ser espiada. Todo este entramado, parece que ha conmovido, su férrea armonía, con el extraño referendo sobre eso de estar o no estar en la UE.

Tras las dos guerras mundiales, alguien a lo mejor con buenas intenciones, inventó aquello de la EUROPA UNIDA, la utopía del final de las guerras. Aquello fue por 1957, era algo para los belicosos continentales que se metían en líos idealistas, para ahogar a la Alemania tenida por culpable y  detener a RUSIA, que era el gran peligro para el liberalismo que hoy gobierna desde la OTAN y desde el castillo de Bildenberg.

Pese a los discursos de CHURCHILL que patrocinaba lo de la unidad europea, la isla de Albión no se unió a aquel aparato de filiación demócrata cristiana. Eso era para el otro lado del canal donde estaba la niebla. El valiente general DEGAULLE lanzó el último grito de independencia francesa y vetó la entrada de los ingleses. Pero murió y sus sucesores no pudieron resistir las presiones y hubo que admitir en el club de los ricos a la Isla Grande. No había mucha ilusión, pero los ingleses dicen que por su famoso pragmatismo dijeron que si y en 1973 se pusieron a las órdenes de Bruselas.
Han pasado 43 años, ya ni existe la URSS y el llamado Occidente es el amo del mundo, aunque esté cada vez más cuestionado. Inglaterra recuerda su no tan lejano pasado imperial y la fuerza de lo inglés en el mundo, ¿para qué queremos una UE dominada por Alemania, con una Francia desobediente y, un sur arruinado?. Los ingleses desean su mundo oceánico su relación especial con Estados Unidos y el renacer de esa unidad cultural y doctrinal que es la comunidad británica de naciones, encabezada por la Reina.

               El partido por la independencia UKIP, es muy poderoso en votos, aunque no en escaños y los conservadores lo han sabido y se han arriesgado, el llamado pragmatismo parece que de momento ha perdido, y ha ganado el nacionalismo inglés, que luchó contra la Armada Invencible hasta las Guerras Napoleónicas. El gran acorazado ingles se dispone a navegar en solitario por los siete mares sin limitaciones impuestas por los sórdidos oficinistas corruptos de BRUSELAS. El inglés es el idioma de la UE pero los ingleses no aprenden ni francés ni alemán.

Los ingleses temen las avalanchas de inmigrantes, pero observan que el nuevo alcalde de Londres es de raza pakistaní, ¡QUE LÍO! ¿Dónde está la raza inglesa? La que sometió al mundo y aún lo sujeta con mano de hierro.

El BRESXIT es la expresión de la etnicidad de la isla frente a la homogeneización, la expresión de que eso de ser británico es una presunción, los escoceses quieren marchar hacia Bruselas y en Belfast se acuerdan de la larga guerra.

¿Durará la unión del Reino Unido? es difícil predecir el futuro, la historia es demasiada pesada, ¿Inglaterra en solitario?, ¿el Estado 51 de USA?

Los cambios serán muy lentos, Inglaterra será cada vez más americana australiana o canadiense y se irá olvidando del otro lado de canal, los trenes del túnel son una broma ferroviaria. Inglaterra es de barcos y de aviones, el Reino Unido seguirá unido, aunque con cierta rabia de sus pequeñas nacionalidades célticas. Los anglo-normandos y los sajones seguirán dominando el cuadro, habrá otra vez pasaportes y una aduana para ingleses y otra para el mezquino resto del mundo. Pese a todo lo que se diga Nueva York estará cada vez más cerca y París cada vez más lejos, no digamos donde quedarán Madrid, Viena o Moscú, desde España se podrá decir adiós Inglaterra, adiós, aunque ese mando, se note como un mando a distancia.

Los ingleses tendrán derechos y no cumplirán obligaciones su ley será la famosa del embudo.
MADRID 18 DE JULIO DE 2016


José Ramón Montes GATONEGRO

miércoles, 15 de junio de 2016

A los ingleses que les vayan dando

Resultado de imagen de brexit referendum

Mientras Europa se mantiene en vilo por el referéndum británico para la salida o la permanencia en la UE, en España el asunto sólo parece preocupar a las Bolsas, que se están dando un talegazo del quince. En el debate entre candidatos del pasado lunes el tema ocupó alrededor de un minuto, algo menos de lo que se tarda en comentar en los bares el último ‘balconing’ de Magaluf. El desconocimiento de las implicaciones para España del Brexit es enciclopédico, como si hubiésemos convertido en indiferencia el resentimiento histórico que ya se aprende en las escuelas y que se alimenta al estudiar la lista de los verbos irregulares del inglés.

Ya sea por la Armada Invencible que no lo era tanto, por sus piratas, por el idioma, por el críquet, que es tan aburrido como incomprensible, por sus turistas bolingas, por Gibraltar o por que circulan por la izquierda, los británicos –singularmente los ingleses- no son por aquí los más populares, pese a que Gran Bretaña es esencial para nuestra economía y nos haría un siete de los gordos si decide irse con el bombín a otra parte.

Los últimos datos cifran en 55.000 millones de euros los intercambios comerciales anuales entre ambos países, al punto de que las islas ocupan el cuarto lugar en el ranking de nuestras exportaciones. Por delante de Iberoamérica, Reino Unido es el principal destino de las inversiones españoles que, a su vez, es el cuarto inversor directo en España. Más de 300.000 británicos viven por estos lares, aunque algunos estudios elevan la cifra al millón, de los que apenas un 20% son jubilados ansiosos de sol. Al mismo, más de 200.000 españoles residen en Gran Bretaña. Anualmente, cerca de 30 millones de pasajeros van o vienen entre ambos países, y los más de 21,5 millones de británicos constituyen el grupo más numeroso de turistas que nos visitan cada año, muy por encima de franceses, alemanes o nórdicos.

El Brexit, por tanto, debería preocuparnos, aunque sólo sea porque nadie tiene claro qué pasaría después de un eventual portazo a la Unión, que es lo que ahora mismo auguran las encuestas. Siendo la consecuencia más esperada, la devaluación de la libra esterlina tendría efectos muy negativos tanto para las exportaciones españolas como para el turismo. Por supuesto, nadie se ha preocupado de evaluar de manera aproximada el impacto, no vaya a ser que en vez de españoles nos tomen por alemanes.

Lo que sí parece tenerse algo más claro son los efectos políticos del Brexit. Salvador Llaudes, investigador del Real Instituto Elcano, advierte de que el abandono de la UE por parte de Gran Bretaña provocaría probablemente un segundo referéndum de independencia en Escocia, que en el caso de consumar la ruptura tendría derivadas en Cataluña. A ello habría añadir nuevas dificultades para abordar el contencioso de Gibraltar, aunque sea éste un tema que sólo preocupa al ministro Margallo, cuya obsesión es tal que nadie descarta que decida emprender él solo la invasión del Peñón en una zodiac.

Como en tantos otros temas, la actitud del Gobierno en funciones ha rozado lo lamentable. Aparentemente y por todo lo anterior, la posición española debía de ser favorable a alcanzar un acuerdo con Gran Bretaña, pese a que las demandas de Cameron para apoyar el Bremain (o sea la continuidad) rozaban lo vergonzante, no tanto sobre la gobernanza europea sino en el tema de la inmigración. El acuerdo de febrero recogió finalmente el llamado “freno de emergencia”, según el cual se faculta a Londres a limitar las prestaciones sociales por un plazo máximo de cuatro años de los trabajadores comunitarios que lleguen por primera vez a Reino Unido.

Lo normal hubiera sido que Rajoy compareciese en el Congreso para consensuar una postura común que defender en el Consejo Europeo, como le pidieron el resto de partidos, pero el presidente en funciones hizo oídos sordos como viene siendo habitual. Se desperdició la oportunidad de explicar a la opinión pública lo que nos jugamos en el envite del referéndum del 23 de junio por el miedo de Rajoy a que le dieran estopa o para evitar que se le recordase que consultar a la ciudadanía ni es pecado ni engorda. En la cumbre, lógicamente, estuvo de perfil, el ángulo favorito del presidente en Europa.

La desidia presidencial por la votación británica se ha contagiado en esta interminable campaña al resto de formaciones políticas, que se llenan la boca de europeísmo pero que, llegado el momento, creen que la política exterior aburre y no da votos. Otra cosa sería si el referéndum se celebrara en Venezuela, obviamente, pero con los ingleses se tiene claro:  que les vayan dando.
Juan Carlos Escudier
Fuente: Público.es

lunes, 6 de junio de 2016

La UE se interroga se interroga sobre su futuro presionada por el referéndum británico

La UE se interroga se interroga sobre su futuro presionada por el referéndum británico
Una partidaria del ‘Brexit’ muestra una bandera del Reino Unido en un mitin de los partidarios de salir de la UE, en Londres (Neil Hall / Reuters)

Beatriz Navarro, Bruselas. Corresponsal



  • Las encuestas apuntan un avance del frente por la salida de la UE
  • La UE se interroga sobre su futuro presionada por el referéndum británico





Bajo la aparente calma con que Bruselas afronta el referéndum británico del 23 de junio, bulle un debate de fondo de alto voltaje: ¿Debe la Unión Europea prepararse para seguir adelante un matrimonio de conveniencia que dura ya más de 40 años pero con nuevas reglas de convivencia? O, más bien, ¿debería hacer planes para un divorcio que será cualquier cosa menos amistoso, y seguir adelante con su viaje?

“Estamos preparados para cualquier resultado”, dijo la semana pasada Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo. Cada uno en su terreno, también el resto de instituciones comunitarias y los gobiernos nacionales están pertrechándose para los acontecimientos que vendrán después de abrir las urnas. Gane el Brexit (irse) o el Bremain (quedarse). La apuesta de la mayoría de fuentes consultadas en los últimos días en la capital comunitaria –miembros de la Comisión Europea, embajadores y altos funcionarios– es que se imponga la opción de seguir “en la organización”, como suele referirse a la UE el primer ministro británico, David Cameron.

La victoria del sí sería una auténtica primicia porque en los últimos 10 años casi siempre que se ha preguntado a los ciudadanos por Europa la respuesta ha sido no. Esa es sin embargo la tendencia de fondo de las encuestas más serias y lo que corroboran las casas de apuestas, otro indicador clave, si bien no científico, en el Reino Unido.

En los últimos días, sin embargo, el número de indecisos ha aumentado. La media de encuestas que realiza la cadena BBC apunta a un empate entre los partidarios de irse y los de seguir en un 41%, mientras un 13% de votantes no se decanta todavía por ninguna de las dos opciones. Un sondeo publicado ayer por el diario The Guardian indica que la estrategia de Boris Johnson y Michael Gove, principales líderes de la campaña por la salida de la UE, de centrar el debate en la inmigración está dando frutos: un 43% de los votantes apoya la opción del Brexit (cuatro puntos más que en la anterior encuesta), mientras un 40% prefiere seguir dentro.

¿Qué ocurriría si los británicos dan un portazo a la UE, qué haría el resto de países? Hasta hace poco tiempo, la respuesta estándar habría sido que sería el momento de dejar atrás las dudas y los titubeos, de profundizar en la integración europea, de dejar claro que el proyecto va en serio, apuntalar el euro con una mejor arquitectura institucional y financiera (aunque Reino Unido no lo haya adoptado, su estabilidad podría verse afectada) y seguir adelante con quienes estén dispuestos a avanzar... Es la respuesta que se sigue dando en las instituciones comunitarias y en especial la Comisión Europea pero fuentes diplomáticas advierten que no es lo que cabe esperar. La respuesta al Brexit no será necesariamente “más Europa”.

La “falta de ideas y de terreno común” entre Alemania y Francia sobre el destino europeo aconseja no abordar aún un debate excesivamente divisivo, que precisa más tiempo de maduración, advierten fuentes diplomáticas. “Estamos muy lejos de un consenso básico” sobre hacia dónde debería avanzar el proyecto europeo.

Tanto Francia como Alemania celebran elecciones en el 2017. Sólo pasado ese momento sus respectivos gobiernos se plantearán qué hacer con la UE. El contexto político y económico actual, con los franceses en pide de guerra contra su Gobierno por las reformas económicas impulsadas desde Berlín y Bruselas y la gran coalición alemana bajo presión por la crisis de los refugiados y el ascenso de AfD no invita a apretar el acelerador si la UE se enfrenta por primera vez a su ruptura. Se teme que, aunque se hiciera para intentar no perder a más países por el camino, resultaría contraproducente. En Holanda, Suecia o Dinamarca amplios sectores de la opinión pública lo interpretarían como que la UE ignora el mensaje del referéndum británico.

Mientras el horizonte a medio y largo plazo está lleno de interrogantes, en el corto plazo el camino del Brexit está mínimamente balizado por el tratado europeo. Desde su firma en Lisboa en el 2007, su artículo número 50 prevé la posibilidad de que un Estado miembro deje la Unión. Esa puerta de salida antes no existía. El texto prevé la apertura de negociaciones con el resto de países para fijar los términos del divorcio y estipula un plazo de dos años, ampliables por unanimidad, para llegar a un acuerdo.

Fuentes europeas auguran “durísimas negociaciones” en las que sería la UE, y no Londres, quien tendría una posición de fuerza, afirman fuentes comunitarias. Deshacer más de 40 años de relación será complicado. La UE no tiene experiencia en encogerse, sólo en ampliarse. En la Comisión Europea consideran que hará falta hasta 10 o 15 años para lograr la separación real debido a los estrechos lazos económicos, normativos y comerciales existentes entre el Reino Unido y la UE. También porque los políticos británicos partidarios de la adhesión no renuncian a mantener una intensa relación comercial con la UE y son reacios a pagar por tener acceso al mercado común europeo, un modelo de relación diferente al que tienen Noruega o Suiza con el club.

¿Y si finalmente los británicos se inclinan por seguir dentro? Es obviamente el desenlace más esperado y deseado, aunque varias fuentes inciden en que después del referéndum británico ya nada será igual. El país se ha desvinculado formalmente del objetivo de avanzar hacia “una unión cada vez más estrecha”, como prevén los tratados europeos, un cambio que puede tener consecuencias a la hora de lanzar iniciativas comunes, por ejemplo en el terreno de la defensa. Todo dependerá de la actitud que adopten los próximos gobiernos británicos hacia la UE. “Si el sí gana por una diferencia muy estrecha, Cameron estará acabado. Lo está pase lo que pase. Y el próximo gobierno volverá a Bruselas a pedir más excepciones. Va a ser el cuento de nunca acabar, una pérdida de tiempo”, vaticina una alta fuente europea. (Las casas de apuestas dan una posibilidad sobre dos a que David Cameron deje de ser primer ministro, más que al Brexit).

La Comisión Europea ha permanecido prácticamente en silencio los últimos meses sobre la cuestión británica. Sus representantes han sido ridiculizados durante años por los detractores de la UE y la conclusión fue que su intervención sólo podría ser contraproducente, por muy racionales que fueran sus argumentos a favor. Si gana el sí, Bruselas se prepara para “subirse a la ola” e intentar dar la vuelta al clima de opinión actual con un discurso de fuerza y optimismo. “No creo que sea una garantía pensar que la UE ha avanzado con cada crisis, no creo que podamos confiar en eso y no hacer nada, porque entonces nos derrumbaremos”, avisa Margrethe Vestager, comisaria europea de Competencia. Para acabar con el desapego si no rechazo actual hacia la UE, lo que hace falta es poner por delante las razones por las que necesitamos Europa y “quizás añadir un poco de pasión a nuestro discurso”, decía hace unos días a este diario. “Cuando veo la pasión de los euroescépticos me digo que por qué no la mostramos nosotros un poco más también para defenderla. Yo soy apasionada con las cosas en las que creo y Europa es algo fantástico, la sociedad más fascinante jamás desarrollada y la tenemos aquí mismo”.

Fuente: La Vanguardia
    

miércoles, 1 de junio de 2016

"I, Daniel Blake" y la lucha por otro mundo mejor


“Otro mundo es posible y necesario”


Ken Loach

Peter Bradshaw

Ken Loach

Palabras de Ken Loach al recibir la Palma de Oro en el LXIX Festival de Cine de Cannes:

“Recibir la Palma de Oro resulta algo curioso, pues hay que recordar que los personajes que han inspirado esta película (“I, Daniel Blake”) son los pobres de la quinta potencia mundial, que es Gran Bretaña. Hacer cine es una cosa formidable y, como vemos esta tarde, muy importante. El cine hace que viva nuestra imaginación, aporta al mundo el sueño, pero nos presenta el verdadero mundo en el que vivimos. Pero ese mundo se encuentra en una situación peligrosa.

“Estamos en el filo de un proyecto de austeridad, que se dirige con ideas que llamamos neoliberales que amenazan con llevarnos a la catástrofe. Estas prácticas han provocado la miseria de millones de personas, de Grecia a Portugal, con una pequeña minoría que se enriquece de manera vergonzosa. El cine es portador de numerosas tradiciones, y una de ellas es la de presentar un cine de protesta, un cine que antepone al pueblo frente a los poderosos, y espero que esa tradición se mantenga. Nos acercamos a periodos de desesperación, de los que extrema derecha puede aprovecharse. Algunos de nosotros somos lo bastante mayores para recordar lo que eso pudo suponer. Por eso, debemos decir que hay otra cosa posible, que otro mundo es posible y necesario”.
Cannes, 22 de mayo de 2016

Franca, digna y brutalmente conmovedora
Peter Bradshaw

Con esta película — tal vez la última de las suyas, y tal vez, no —, Ken Loach se constituye todavía más en John Bunyan del cine británico contemporáneo. Sobre la base de la investigación y las entrevistas realizadas por el guionista Paul Laverty, esta película cuesta la historia imaginada de Daniel Blake, viudo de mediana edad del noreste [de Inglaterra] que no puede trabajar ni recibir prestaciones después de un infarto casi fatal, y la historia se cuenta con una llaneza pura y feroz: sin adornos, sin disculpas, hasta sin desarrollo. La película de Loach es una ofensa a las reglas tácitamente aceptadas del buen gusto sofisticado: sutiliza, ironía y oblicuidad. La película no es objetiva y acaso Loach y Laverty subscriben la máxima de Churchill de negarse a ser neutral entre la brigada de bomberos y el fuego.
Ken Loach insistirá en comportarse como si hubiera de verdad algo malo de un modo apremiante, y que no deberíamos o no tenemos que acostumbrarnos a los bancos de alimentos como una realidad de la vida; lo retrata todo como algo respecto a lo cual podríamos de verdad hacer alguna cosa en el mundo real, por oposición a lo que supone invocar la injusticia como gesto estético, o como ingrediente que dé sabor a una ficción realista social moderna. Hay muchos que están encantados de reconocer el valor de películas como ésta si se localizan en el mundo en vías de desarrollo, mostrando a gente solidaria que trata de conservar su dignidad mientras pasa hambre. Pero si eso mismo se desarrolla en la Gran Bretaña moderna se desecha con un encogimiento avergonzado  igualmente estridente o amedrentador, como si pasar hambre fuera imposible para los británicos que no son unos gandules.
I, Daniel Blake, tiene, desde luego, errores, y estaría por reconocerlo. Hay un par de escenas muy grandes, probablemente demasiado, y se veía venir cómo iba a acabar veinte minutos antes de que terminara la película. Sería un error etiquetar este estilo de austero, por supuesto. Pero tiene pasión y franqueza e idealismo, y magníficas interpretaciones, en un estilo que no es de actor, del cómico monologuista Dave Johns, en el papel de Daniel Blake, y de Hayley Squires como Katie, la madre soltera de Londres, a la que reubican en una vivienda municipal de Newcastle, donde el coste de la vida es más barato.
Desde el principio mismo, Blake se encuentra en una tormenta perfecta de infortunio burocrático. Ha sobrevivido a un paro cardiaco y su especialista del NHS le dice que debe descansar y no tratar de trabajar a destajo como carpintero. Pero de modo catastrófico, se presenta como si estuviera bastante bien; carece del ingenio o de la astucia para ofrecer al funcionariado el relato más pesimista posible de su dolencia, y de hecho pone instintivamente la mejor cara. Una valoración por parte de un funcionario que va marcando las casillas del Departamento de Trabajo y Pensiones decide que no tiene derecho a subsidio de enfermedad.
El círculo vicioso resultante concluye que sus únicos ingresos sólo pueden provenir de su asignación como demandante de empleo, que únicamente puede ganarse si le ven buscando trabajo agotadoramente y asistiendo a talleres sobre cómo hacer un currículo;  este hombre jovialmente abierto, nada reflexivo, es ingenuamente honesto acerca de su intención de evitar el trabajo debido a su salud, de manera que se le etiqueta de modo humillante de gorrón. Todo tiene que solicitarse por vía digital, pero Blake carece de ordenador, de teléfono inteligente, de Internet, y es incompetente de forma vergonzante a la hora de usar los terminales de su biblioteca pública, que se cae o se cuelga cuando llega al final del formulario, de manera que tiene que volver a empezar.
Su única amiga es Katie, la madre soltera de sangre caliente de la que Daniel se hace amigo, convirtiéndose en una figura amable, como de abuelo, para sus dos niños. Aunque es inocente como un niño cuando se trata de la Red, demuestra que puede arreglar su destartalado piso y les da diestros consejos para mantenerlo todo lo cálido que sea posible. En realidad, le gusta hacer trabajos.
La fría y dura gravedad del Centro de Empleo, con su plana iluminación y sus cubículos separados de aglomerado pintado pone un barniz brutal sobre muchas escenas. Lo mismo vale en el caso del lenguaje. Los funcionarios tienen la espeluznante costumbre de desactivar todas las quejas, ya sea cara a cara o por teléfono, insistiendo en que ellos no son los que deciden: es todo responsabilidad “del que toma las decisiones”, como si fuera una sola persona: “responsable” es jerga burocrática casi risiblemente torpe, que tiene también algo distintivamente orwelliano en ello.
Y luego está la escena clave: el afrentoso momento del banco de alimentos, cuando la desdichada y orgullosa Katie soporta una indecible humillación, que resulta casi insufriblemente conmovedora. La escena es una evocación butal, insensible de a qué cosas impensables puede llevar el hambre. Escribió Dickens en Bleak House que “lo que son los pobres para los pobres es poco conocido, salvo para ellos y para Dios”. Esta película interviene en el desordenado y desagradable mundo de la pobreza con la intención secular de hacernos ver lo que verdaderamente está pasando, y en un país próspero, además. I, Daniel Blake es una película con una dignidad propia feroz y sencilla.
(1936) es el mayor de los cineastas políticamente comprometidos del realismo social británico.
forma parte del plantel de críticos cinematográficos del diario británico The Guardian.

Fuente:
The Guardian, 12 de mayo de 2016
Traducción:
Lucas Antón  

miércoles, 27 de abril de 2016

ANTE EL POSIBLE” BREXIT”, UNA VEZ MÁS, INGLATERRA, ¿DONDE VAS?.

WESTMINSTER




Victoria falleció en 1901 portando en su corona imperial, el mayor dominio mundial extendido en todo el globo, una verdadera globalización sin subterfugios, con la escuadra y las tropas coloniales marcando el territorio, con el diamante de la India como la joya suprema. Hoy a sus 90 años su descendente Isabel tiene una corona casi tan rica como su antepasada ya que es cabecera sutil de la etnia más poderosa del mundo, unos 450 millones de privilegiados que sin estar bajo la misma bandera forman una unidad política, militar, lingüística y cultural incontestable, desde la ciencia a la música popular comercial a las modas, modos pautas juveniles sin olvidar por supuesto el armamento y la gran manipulación financiera.

La gran ISLA, no fue hollada por ejércitos extranjeros, desde el mítico año 1066 y tras el francés cortesano de los normandos, el inglés ha llegado a ser la LINGUA FRANCA como el viejo latín eclesiástico durante la larga edad media.

Pero este siglo XXI trae conmociones y en el Continente europeo, asoman divergencias y distanciamientos. Tras las dos Guerras Mundiales del XX, y la consolidación de la URSS como gran potencia rival, el mundo llamado LIBRE, es decir la nueva corona inglesa asentada y hegemónica sobre las dos orillas del Atlántico decretó la excomunión de la Rusia soviética y de este modo el liberalismo occidental es decir anglo sajón fue tejiendo las grandes instituciones, la OTAN y sobre todo la CEE también llamada UNIÓN EUROPEA.

Con bastante pereza y no mucho entusiasmo y con el rechazo inicial del GENERAL DE GAULLE de 1966, Inglaterra se adhiere al entramado de Bruselas en 1972.

Paulatinamente Bruselas va acrecentando su poder mientras lentamente decae el de los Estados miembros a la vez que van resurgiendo los escepticismos hacia la llamada EUROPA y crecen con vigor los Partidos anti Bruselas.

En Inglaterra, la población nunca se mostró muy partidaria de entregar parte de su soberanía milenaria a un mando lejano, extranjero y burocrático. La derecha conservadora, nacionalista e identitaria, exigió al Partido Conservador un REFERENDUM sobre la continuidad de Inglaterra en la UE. En estos momentos se puede contemplar una curiosa lucha de ideas entre dos formas de ser de derechas al discutirse el denominado “asunto europeo”, de un lado se hallan los conservadores nacionalistas que desean preservar la identidad histórica y cultural del país y de otra los liberales economicistas de la CITY que ven con razón en la UE la mejor defensa de sus multinacionales y de su globalización

¿Quiénes son los más ingleses?, esa etnia, triunfante joya de la corona participa de un acérrimo nacionalismo que, en algunos sectores, por ejemplo, los laboristas y liberales disimula con elementos mundialistas y globalizadores, suelen ser los más hábiles y al final se llevan el gato al agua como eso de TTIP. Obama es un inglés algo moreno. Si ganase el abandono de la UE, se armaría un lío porque en realidad los liberales capitalistas digan lo que digan no suelen tener PLAN B ya que se sienten muy seguros. Si ganase la salida de la UE. Se reforzaría al racismo y si se une esto, con una victoria de DONALD TRUMP en América ya tendríamos la INGLATERRA MUNDIAL, algo insoportable y brutal pero posible, aunque algo remoto. El barullo que han armado con lo de la muerte de ese llamado PRÍNCIPE no se sabe de qué reino, da un indicio de qué homenajes rinden y a quienes se los tributan. Los ingleses eso si saben muy bien ganarse los cuartos con el ROCK o con los papeles de Panamá

Jose Ramón Montes

sábado, 23 de abril de 2016

REGRESO A SEFARAD


Quince judíos sefardíes pasan cada mes en París las pruebas para la nacionalidad española

Piedad. La pintura muestra unos judíos pidiendo clemencia a los Reyes Católicos en presencia de un prelado de la Iglesia católica (Print Collector - Hulton Archive)


Quince judíos sefardíes pasan cada mes en París las pruebas para la nacionalidad española
Todos ellos son franceses –el 10% de origen argelino– que no necesitan otra nacionalidad, pero que han optado por la española “por razones afectivas


RAFAEL POCH, París. Corresponsal

El 3 de agosto de 1943 salió de la Gare de Lyon de París un tren con destino a El Havre. Iba cargado de soldados alemanes que regresaban de un permiso vacacional en España, pero en uno de sus vagones viajaban 77 judíos sefardíes con pasaporte español, a los que el cónsul español en París, Bernardo Rolland, había logrado salvar de la deportación –y de la muerte– repatriándolos a España. Aquella operación le había costado a Rolland serios choques con las autoridades de ocupación alemanas y conflictos con el embajador de España, el falangista José Félix de Lequería –que luego sería ministro de Exteriores de Franco– artífice de la deportación de Max Aub a Argelia, de la entrega del presidente Companys a la España de Franco y del encarcelamiento en Francia de tantos exiliados republicanos. Aquel fue el último servicio que prestó Rolland en París.

El vagón fue enganchado en El Havre con otro convoy, también lleno de soldados alemanes, con destino a Bayona y llegó a Irún el 10 de agosto. Los sefardíes del vagón eran casi todos originarios del imperio otomano (Salónica) o del norte de África, asentados en París. Sus apellidos: Saporta, Toledo, Francés, Hassid, Benosiglio, Carasso… Algunos habían sido rescatados en el último momento del campo de internamiento francés. Una familia lo fue directamente del campo de Bergen Belsen. En Irún, fueron ayudados por el doctor Sequerra, delegado del Joint, la eficaz organización humanitaria de los judíos de Estados Unidos, que llegó a Irún con 18.000 pesetas para cubrir los gastos de las familias. Desde España, los sefardíes fueron pasando al norte de África. Al término de la guerra muchos volvieron a París. Algunos de ellos, o sus descendientes, se acogen hoy al real decreto de octubre del 2015 sobre concesión de la nacionalidad española a los sefardíes.

En París unas quince personas están pasando cada mes los exámenes de conocimientos socioculturales y de lengua española, organizados en el Instituto Cervantes, desde la entrada en vigor del decreto, explica Laura Gil Merino, profesora de ese centro. Todos ellos son franceses –el 10% de origen argelino– que no necesitan otra nacionalidad, pero que han optado por la española “por razones afectivas”, explica Alfonso Iglesias, el funcionario que se encarga de las entrevistas con los sefardíes interesados, y se confiesa absolutamente fascinado con las historias que ha ido recogiendo.

Por el consulado de España en París han pasado más de 250 personas, que con sus relaciones y entornos representan a “varios miles”. “Es un asunto muy sentimental que toca la fibra sensible”, dice el hasta hace poco cónsul Javier Conde de Saro, que acaba de jubilarse, en su despacho del Boulevard Malesherbes. “El de los sefardíes ha sido uno de los gestos más profundos realizados por España en los últimos años”, explica. Desgraciadamente, en el Ministerio de Exteriores no hay gran sensibilidad –y pocos recursos– para apoyar esta iniciativa reparadora.

España expulsó en 1492 a su comunidad judía, la más numerosa y próspera de Europa. La medida, que implicó seguramente a más de 100.000 personas, no fue, en toda su crueldad, excepcional ni pionera. Inglaterra lo había hecho en 1290, Francia en 1394. En el siglo XV los judíos habían sido igualmente expulsados de las ciudades de la Europa Central y del norte de Italia. Como dice el historiador francés Joseph Pérez, “si algo debería extrañar en ese fin de siglo no es la decisión de los Reyes Católicos, sino la casi unanimidad de los soberanos de Europa en adoptar la misma postura”.

Para Tomás Sonsino Obadía, productor de cine y ciudadano francés que se ha acogido al real decreto, el motivo de este regreso a Sefarad es “en primer lugar constatar que España reconoce que la expulsión fue algo malo. La segunda es que gracias a España mis padres sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, porque tuvieron el estatuto de protegidos gracias al cónsul español en París”. Por tradición oral, Sonsino sabe que sus raíces sefardíes vienen de Andalucía, de Granada.

Para Murielle Timsit, informática, que también asiste a los cursos de español del Instituto Cervantes con miras a acceder a la nacionalidad, el impulso es “resolver el misterio de por qué me siento tan atraída por España, mi pasión por el flamenco, por qué cuando estuve de Erasmus en Córdoba en 1997 sentí algo tan fuerte como cuando entré en la judería. Estuve en Toledo y me sentía como en casa”, explica. El apellido de su abuela era Durán y los rastros de su familia le llevan hasta Melilla, Barcelona y Mallorca. “Esta nacionalidad, estando yo tan próxima a España, es como un regreso a los orígenes. Estoy muy feliz porque permite reparar un error histórico”, dice. Timsit se plantea fijar su residencia permanente en España.

Decoradora jubilada, Mireille-Rachel Valensi-Debaud, oriunda de Valencia como sugiere su apellido, habla judeo-español con su madre y lo hablaba con su abuela. “Mis hijos lo entienden”. “Cuando voy a España, vibro”, dice. Pasa sus vacaciones en el litoral de Levante, donde tiene un apartamento. “Cuando íbamos a España, tomábamos tapas y nos decíamos: “¡Pero si son nuestras recetas!”. Todos ellos hablan de empanadas, de borregas, de mantecaos, de recetas preservadas a lo largo de los siglos en el ámbito familiar. “No hay en el mundo un ejemplo de comunidad tan vinculada a un país después de tantos siglos”, constata el ilustre historiador Joseph Pérez.

“Es hermoso que estén tan ilusionados con el hecho de tener un pasaporte español, no en busca de ventajas sino por sentimiento”, dice el director del Cervantes de París, Juan Manuel Bonet. El 95% vienen de un sector social medio-alto: arte, empresas, profesiones liberales. Muchos tienen apartamentos estivales en España y, contra lo que se ha afirmado en alguna prensa francesa, pedir la nacionalidad española no es una reacción a los últimos atentados antisemitas registrados en Francia, que ha aumentado la emigración a Estados Unidos, Canadá o Israel. “En las entrevistas, sólo un 2% menciona ese aspecto”, dice Iglesias, según el cual el real decreto español no gustó demasiado en Israel pese a que el número de sefardíes que piensan asentarse en España será, en cualquier caso, reducido.

Fuente: La Vanguardia

lunes, 14 de marzo de 2016

“Consejos” míos a Jeremy Corbyn… y George Osborne



George Osborne



Yanis Varoufakis




Mucho eco ha tenido recientemente la declaración del líder de la oposición británica, Jeremy Corbyn, según la cual estaba yo prestando ayuda a su equipo “en cierta medida”. George Osborne, por mencionar a alguien, saltó al ver la oportunidad de tirar contra el Partido Laborista burlándose de mí, con visible regocijo en mi derrota a manos de una despótica UE. Hasta David Cameron, para no quedarse fuera, añadió su pequeña pulla [señalando con sorna en los Comunes que eso era equivalente a un “Acrópolis Now”].

Se tiene la impresión de que nuestras economías se están tambaleando y nuestros gobiernos andan perdidos cuando los tipos de interés a cero tienen como resultado una inversión más baja y los políticos más destacados recurren al insulto como respuesta a preguntas legítimas acerca una desfalleciente recaudación tributaria o lo inalcanzable de la vivienda.

Antes de ahondar en lo que aquí verdaderamente importa, es de rigor una corrección: nunca me pidieron (ni lo habría aceptado de habérmelo pedido) que fuera  asesor de Jeremy Corbyn o su equipo. Como político a tiempo completo e iniciador del MDeE25 (Movimiento por la Democracia en Europea), no es trabajo mío aconsejar a otros políticos. Entablar relación con partidos y organizaciones de toda Europa ya es otra cuestión. En esta “medida” me comprometo en Gran Bretaña con Jeremy Corbyn, con su canciller en la sombra, John McDonnell, y también con políticos de otros partidos políticos, entre ellos Caroline Lucas (de los Verdes) y mi buen amigo Norman Lamont (conservador).

Pero basta ya de detalles triviales. Lo que verdaderamente importa es que nuestra economía y nuestra política son un caos. Por toda Europa.

Los mercados desempeñan su función cuando sintetizan información dispersa, que no posee ningún agente, en señales que nos ayudan a coordinar nuestros esfuerzos productivos.  De manera parecida, la política democrática funciona bien cuando reúne a gente que no tiene respuestas individualmente, pero que puede generar, de modo colectivo, una política decente.

El problema es que en Europa fallamos en ambos casos. Estamos generando el nivel más bajo de inversión en relación con el ahorro (pese a tipos de interés en mínimos históricos) y el peor historial de coordinación política en la historia de la Unión Europea. Tanto en el continente como en Gran Bretaña, estos dos fracasos espectaculares conducen a reacciones espasmódicas, a políticas sin salida y a un pesimismo generalizado que refuerza el malestar económico.  

En el terreno económico, la austeridad contraproducente es síntoma de un círculo vicioso. La baja inversión engendra baja actividad económica, lo cual deprime la recaudación tributaria del Estado, lo que refuerza la tendencia improvisada a introducir nuevos recortes en un presupuesto que se vuelve insostenible, no por el volumen del gasto público sino por una baja inversión que va decreciendo. La austeridad, de acuerdo con esta lectura, es síntoma de una baja inversión que nunca puede curarse ni con la austeridad ni con tipos negativos de interés. Y esto se aplica a toda Europa, a la eurozona, pero también a Gran Bretaña.

Un bucle fatal semejante envenena la política europea: el malestar económico mina nuestra capacidad de entrar en un debate de gran altura sobre el mejor modo de afrontar la crisis económica sistémica. A falta de ese debate, nuestros pueblos y políticos caen en un lodazal de mezquinas riñas, de jugar a echarse la culpa, de crescendos nacionalistas y xenofobias que, a su vez, consolidan medidas políticas sin salida responsables del malestar económico.  

Todavía peor, los dos círculos viciosos de Europa, económico y político, se alimentan el uno al otro, empujando al buen navío de Europa hacia el ojo de la tormenta perfecta. Es hora de que los políticos se paren un momento a reflexionar sobre el mejor modo de enfrentarse a las causas de nuestro fracaso colectivo, no a sus síntomas

El Partido Laborista tiene el apremio instintivo de proteger a quienes se han quedado rezagados tras años de un crecimiento impulsado por la deuda privada y su conclusión austeritaria. Esto está bien y es lo adecuado.

Sin embargo, sería un error despilfarrar las energías del laborismo en diatribas contra la austeridad. Si tengo razón en que la austeridad es un síntoma de baja inversión (y de un gobierno amigo de poner el inevitable gravamen sobre los ciudadanos más débiles), el laborismo debería concentrarse en medidas políticas que muevan los ahorros ociosos hacia la financiación de inversiones, engendrando nuevas tecnologías que produzcan un desarrollo verde, sostenible y empleos de alta calidad.

Ese programa económico exigirá la creación de un banco de inversiones públicas que emita sus propios bonos (que tenga el apoyo de una estrategia de flexibilidad cuantitativa del Banco de Inglaterra no inflacionaria que se centre en esos bonos), pero también una nueva alianza con industriales ilustrados y aquellas partes de la City amigas de sacar provecho de una recuperación sostenible. El laborismo, creo yo, sólo superará sus querellas internas y la campaña de intoxicación de los medios en contra de su líder, si pone rumbo a un renacimiento británico verde y encabezado por la inversión.

El hecho de que esto sea también lo que la eurozona necesita le ofrece al laborismo una oportunidad de oro para vincularlo a su óptima campaña del referéndum con una agenda económica interna atractiva. Proponer un programa económico que sea pertinente tanto para el Reino Unido como la eurozona sería un buen comienzo.

Tras resumir mis ‘consejos’ al Partido Laborista, acabaré con un mensaje para el Canciller [de Exchequer, el ministro de Economía] (y su primer ministro):

Querido George:

Michael Gove, Michael Howard y Boris Johnson argumentan, al contrario que usted, en favor del Brexit [la salida de Gran Bretaña de la UE] sobre sólidas bases intelectuales relativas a la restricción de la soberanía democrática de su Parlamento a manos de la UE. Aunque nuestra democracia fuera aplastada el verano pasado por la UE, el caso es que estoy en desacuerdo con ellos.

Sin embargo, me siento intrigado porque no parece usted darse cuenta de que, burlándose de mí en ese mismo Parlamento, reforzó su defensa ya contundente de salida de la UE. Mi fracaso como Ministro de Economía se debió a la férrea determinación de una EU de continuar con su fallido programa económico. El programa político para Grecia de mi ministerio, que Bruselas echó  un lado, lo había yo armado con aportaciones de expertos económicos entre los que se contaba Lord Lamont  y [el economista norteamericano] Jeff Sachs. Yo habría confiado, a posteriori, en que no hubiera propinado ese golpe bajo. Fue algo que malamente puede permitirse la campaña a favor de “quedarse”.

Yanis Varoufakis

exministro de finanzas del gobierno griego de Syriza, es Profesor de política económica en la Universidad de Atenas. Su libro El Minotauro Global, para muchos críticos la mejor explicación teórico-económica de la evolución del capitalismo en las últimas 6 décadas, fue publicado en castellano por la editorial española Capitán Swing, a partir de la 2ª edición inglesa revisada. Una extensa y profunda reseña del Minotauro, en SinPermiso Nº 11, Verano-Otoño 2012.

Fuente:

Newsweek, 2 de marzo de 2016

Traducción:

Lucas Antón 

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