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jueves, 7 de julio de 2016

Estamos ante el fin del orden mundial

El distrito financiero de la City de Londres al atardecer (Reuters)

¿Qué pasa cuando los bancos de inversión se mudan a Frankfurt y los británicos más pobres tienen que recoger fresas en Kent? Sería un espejismo pensar que el Reino Unido puede sobrevivir sin la UE. Tenemos que encontrar un modelo económico alternativo.


Paul Mason   


No es la primera vez que lo hacemos. En septiembre de 1931, cuando supieron que les iban a pagar un 25% menos debido a los planes de austeridad del gobierno, la Marina Real Británica se amotinó en el puerto escocés de Invergordon. Los marineros de la embarcación HMS Rodney se negaron a realizar sus tareas, arrastraron un piano hasta la cubierta y entonaron canciones de taberna. Otros barcos decidieron seguir su ejemplo. No fue exactamente como el acorazado Potemkin pero consiguieron destruir el orden económico mundial.

Empezó a circular la libra y el Reino Unido se convirtió en el primer país que abandonó el patrón-oro. Uno tras otro, los países dejaron el patrón-oro y apostaron por el nacionalismo económico. Esto tuvo un efecto favorable sobre el Reino Unido: bajaron los tipos de interés, disminuyeron las medidas de austeridad y, una vez devaluaron la libra, se recuperaron las exportaciones. Sin embargo, el abandono del oro supuso el fin del sistema económico mundial.

En estos momentos, vivimos unos acontecimientos igual de trascendentales; pero contados con las mentiras de la prensa sensacionalista y los memes de Internet, y con unas perspectivas económicas más deprimentes. El Brexit será recordado como el gran logro del neoliberalismo; el sistema de la economía de libre mercado y del comercio mundial que empezó en la década de los noventa.

En último término, se desencadenó porque un porcentaje suficiente de ciudadanos asociaron sus problemas económicos y sus escasas perspectivas con un tratado que coordina las políticas económicas de distintos países.

El impacto ha sido inmediato. Aunque prácticamente ha pasado desapercibido en medio de la histeria post-Brexit, lo cierto es que el presidente francés François Hollande ha anunciado su intención de vetar el tratado de libre comercio entre la UE y Estados Unidos. Para entendernos; esto supone la muerte de este tratado.

El peligro es que la colaboración transnacional retroceda. Cuando los gobernantes estudian el periodo comprendido entre Invergordon y la victoria electoral de Hitler en 1933, aprenden la siguiente lección: en los años treinta los primeros en abandonar el sistema global fueron también los primeros en recuperarse. El gráfico más deprimente de la historia económica es el relativo al desempleo en Alemania tras la toma de posesión de Hitler. Pasaron de 5,5 millones de desempleados en 1932 a tener solo medio millón seis años más tarde. Esto demuestra que la derecha nacionalista tiene soluciones que, a corto plazo, a menudo funcionan mejor que las propuestas por los demócratas y los partidarios de la globalización.

Si quieren entender el motivo por el cual los progresistas del Reino Unido partidarios de la globalización están histéricos, deben entender que se han percatado de que no solo hemos cortado nuestra relación con Europa sino que además hemos dado un paso al vacío.

La derecha más conservadora, a diferencia de Stanley Baldwin y Ramsay MacDonald en la década de los treinta, no tiene un John Maynard Keynes al que acudir. Solo tiene la promesa que se hizo a sí misma: que muchos países en el mundo van a querer cerrar acuerdos bilaterales con el Reino Unido y que, de algún modo, el Reino Unido terminará siendo más global y que tendrá más amplitud de miras que cuando tenía un mercado potencial de 500 millones de personas.

Esto es un espejismo. No pasará. Y si se sinceran con ellos mismos, muchos de los que votaron a favor de la salida de la UE saben que no pasará. Hablen con ellos: quieren mercados menos libres, menos inmigración y menos libre comercio. Y, a diferencia de lo que pasaba en los años treinta, tienen periódicos y radios que difunden su mensaje. Así que la auténtica pesadilla no es el Brexit sino lo que va a pasar, social y económicamente, cuando el Brexit fracase.

¿Qué pasará cuando los bancos de inversión se muden a Frankfurt, la industria del automóvil a Hungría, los genios de los paraísos fiscales a Dublín, y las compañías tecnológicas a la nueva Escocia independiente? ¿Qué va a pasar cuando ya no sean los polacos sino los ingleses los que recojan las fresas de Kent para intermediarios mafiosos que luchan contra los derechos sindicales?

No podemos extrapolar lo que ha pasado en los últimos días a los próximos tres años; pero lo cierto es que el patrón produce escalofríos: pedidos cancelados, contratos cancelados, y la posible exclusión de las universidades británicas de los proyectos de salud y ciencia europeos que cuentan con un presupuesto multimillonario.

Nos tenemos que cargar el neoliberalismo

Desde el colapso de Lehman Brothers es evidente que si queremos salvar la globalización nos tenemos que cargar el neoliberalismo. Tenemos que encontrar un modelo económico alternativo que promueva el crecimiento, el bienestar, el aumento de salarios y la movilidad social para las personas del mundo desarrollado. La pregunta que todo político partidario de la globalización debe hacerse, incluidos los tories y Mark Carney, el presidente del Consejo de Estabilidad Financiera del G20, tiene que ver con cuanta globalización podremos salvar durante el proceso de desconexión con la UE.

Esta semana, la política del Reino Unido parece fluir, ya que todas las fuerzas se están alineando hacia dos proyectos completamente opuestos: aquellos que quieren reforzar la desarticulación económica y los que quieren minimizarla. Yo estoy a favor de minimizarla a través de un instrumento concreto: el EEE; el Espacio Económico Europeo en el que también participan Noruega e Islandia. En la batalla para la sucesión de Cameron, la primera pregunta que debe formularse al Partido Conservador (y también al Laborista) es: El Espacio Económico Europeo, ¿Sí o no?

Permanecer en el EEE debería ser la piedra de toque de todos aquellos que quieren que el Reino Unido salve la globalización cuando se cargue el neoliberalismo. Nos permite seguir en un mercado único, nos obliga a definir nuestra nueva política migratoria en el marco del principio de libertad de movimiento de la UE. Podríamos pedir, e incluso obtener, cierta flexibilidad en relación a qué reglas del mercado debemos seguir y optar por una libertad de movimiento con limitaciones. También podemos fracasar pero vale la pena intentarlo.

La otra posibilidad es la estrategia de "golpear y esperar" propuesta por Michael Gove y el UKIP. No funcionará y les diré por qué. En los años treinta la apuesta por el nacionalismo económico produjo perdedores pero también ganadores ya que unos y otros podían competir ya que había crecimiento. En la actualidad, nos encontramos en medio de una crisis bastante más profunda. Los bancos mundiales temen que se produzca una situación de estancamiento mundial.

En 1931, el Banco de Inglaterra pudo elevar los tipos de interés, que pasaron del 4,5% al 6%. Esta semana, en el supuesto de que haga algún movimiento, el Banco tendrá que rebajarlos directamente a cero. Esta es la diferencia entre tener municiones o una sola bala.

En la década de los treinta, el nacionalismo económico permitía arrebatarle riqueza a un país rival, incluso a un imperio, por medio de medidas intervencionistas agresivas y de la rivalidad comercial. Ahora no tenemos un modelo o un caso de estudio a seguir si un país apuesta por el nacionalismo económico pero se produce una situación de estancamiento del todo el sistema. En este caso, el juego terminará en cifras negativas.

Así que olvídense del espectáculo ideológico. Resulta aburrido si lo comparamos con los discursos nacionalistas y racistas que se pueden oír en las tabernas y en los baños públicos. La única pregunta que los líderes de los partidos deben responder ahora es la siguiente: ¿Van a luchar por mantener el Reino Unido en el EEE?

Traducción de Emma Reverter

Fuente: The Guardian - eldiario.es

sábado, 27 de febrero de 2016

El ‘striptease’ del liberalismo



¿libertad, democracia, progreso?
El liberalismo promete el mejor de los mundos posibles: libertad, democracia, progreso, todo junto. Estado también, pero sin pasarse. Así como un mercado que haga posible la libertad de cada uno y la felicidad de todos.
Después del fin del socialismo soviético, muchos han buscado abrigo en el liberalismo, social demócrata para algunos, neoliberal y de derechas para otros. El objetivo es no tener que defender más el Estado, ni los derechos. Basta promover una “sociedad civil” contra el Estado, los partidos y la política, yendo más allá de la clásica división derecha/izquierda.
Pero llega un momento en que el liberalismo accede al gobierno, ya sea mediante golpes o a través de unas elecciones. Llega su hora de la verdad, de mostrar en la práctica esa manera tan fantástica de funcionar. Ahí comienza el striptease del liberalismo.
Porque en su nombre se han cometido y se siguen cometiendo las peores barbaridades en la economía. Porque el mercado no parece ser tan mágico como promulgan, porque la libertad pregonada no es de las personas, sino del capital, porque lo que viene no es el poder de los individuos, sino del dinero.
Los golpes militares en América Latina se han hecho en nombre de los valores del liberalismo: defender la democracia en contra de los riesgos del totalitarismo, defender el individuo en contra del Estado, proteger al mercado, a las empresas, a los empresarios, la libertad de prensa respecto al autoritarismo de los gobiernos. Más recientemente, el liberalismo se ha erigido como la tabla de salvación contra el bolivarianismo, el chavismo, el lulismo, el kirchnerismo, el evismo, el correismo y otras variantes que amenazarían nuestros países.
Pero cuando empiezan a gobernar, los discursos liberales cambian de tono, las promesas tranquilizadoras dan lugar a los llamados al sacrificio, a los planteamientos de que solo los más capacitados son los que pueden acceder al empleo, que hay que pasar por un período de sufrimientos para purgar las herencias populistas recibidas hasta llegar al paraíso prometido por el liberalismo. Es entonces cuando se avecina el desempleo, los recortes salariales, el poder transferido del Estado a las grandes corporaciones privadas. Y, como corolario inevitable, represión, para contener a los que se movilizan para defender sus intereses corporativos a expensas de los gastos del Estado.
En América Latina en particular, el liberalismo ha fracasado de forma sucesiva. En el período más reciente ninguno de los gobiernos neoliberales funcionó ni en lo económico ni en lo político. México y Perú son países que han dado continuidad a modelos neoliberales y es precisamente allí donde la situación social ha mejorado menos o incluso ha empeorado entre las sociedades latinoamericanas.
Los candidatos liberales proponen combinar duros ajustes fiscales con políticas sociales, porque en las campañas electorales es fácil decirlo. Pero cuando ganan, tienen que enfrentarse con los dilemas concretos de la realidad y ahí tienen que demostrar si eso es compatible.
El gobierno de Mauricio Macri en Argentina tiene la responsabilidad de intentar probar lo que los liberales pregonan en sus campañas electorales. Pareciera ser que efectivamente Macri y sus ministros creen en lo que planteaban en la campaña electoral y ponen en práctica un duro ajuste fiscal, conforme los preceptos que siempre han pregonado.
Se ve que en la Argentina de hoy, sin las “trabas” del kirchnerismo, lo que se impone es la libertad de los capitales, de los grandes empresarios, de las grandes corporaciones, hasta de los fondos buitres. Sin el contrapeso del Estado, no son los individuos los que ganan poder y libertad, sino los grandes pulpos económicos y sus representantes.
Las promesas del liberalismo quedaron en la campaña. A los que sobrevivan, se les ofrece un largo camino de espinas para llegar al jardín de rosas del liberalismo. Todo el sufrimiento es imputado a los largos 12 años de engaño, en que los argentinos tenían la ilusión de que comían mejor, de que vivían mejor, de que la sociedad era menos injusta, de que tenían una posición externa soberana, de que eran hermanos de los latinoamericanos, de que los retratos en la Casa Rosada eran de sus líderes, de que Argentina había superado la peor crisis de su historia.
Europa tuvo el momento más generoso de su historia con los Estados del bienestar social. Europa fue menos desigual, cuando fue menos liberal. Hoy se vuelve brutalmente injusta de nuevo, bajo las ilusiones liberales.
Eso es lo que el liberalismo promete para Venezuela, lo mismo que le gustaría hacer en Brasil, Ecuador, Bolivia o Uruguay. La historia del liberalismo es la historia de los peores fracasos. Fracasos en los que se tornan esas promesas de libertad y democracia, que desembocan en injusticias, exclusiones sociales y represión.

Emir Sader
Emir Sader es profesor universitario brasileiro, autor, entre otros, de 'El nuevo topo - Los caminos de la izquierda latinoamericana' (Ed. El Viejo Topo).
Fuente: Público.es

domingo, 14 de febrero de 2016

La historia del precio del petróleo: subidos a una montaña rusa





Ignacio MártilCatedrático de Electrónica de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de econoNuestra

Desde finales del año 2014, asistimos a una bajada continuada en el precio del petróleo, bajada que se ha acentuado en las primeras semanas del año en curso y que lo ha llevado a cotizar por debajo de 28 $/barril. El asunto es de gran trascendencia, dada la enorme importancia que el petróleo juega en las economías de los países que, como el nuestro, no disponen de recursos energéticos propios (salvo agua, viento y sol, pero ese es otro debate que queda fuera del objetivo de este artículo).
El transporte depende casi exclusivamente del petróleo, ya que alrededor del 90 % de las necesidades de combustible de automóviles, aviones, trenes, buques, etc., se abastecen con gasolinas, gasóleos y querosenos. Además, el petróleo (y su principal derivado, el gas) se usa para producir energía eléctrica, lubricantes, fertilizantes, pesticidas, plásticos y una gran diversidad de productos químicos; de ahí que las variaciones en el precio de esta materia prima, tanto al alza como a la baja sea siempre noticia de primera página.
En este artículo voy a hacer un recorrido histórico por el precio del petróleo desde la segunda mitad del siglo XIX, momento en el que comenzó su uso masivo por la incipiente industria del automóvil, hasta nuestros días. Dividiré el análisis en dos períodos: hasta 1970 y desde ese año al momento presente.

1. Desde 1860 hasta 1970

La figura muestra la evolución del precio del barril de petróleo para este período:
1860-1970
Precio del barril de petróleo (1 barril = 159 litros) para el período 1860-1970. Línea verde: precios nominales; línea naranja: precios ajustados a la inflación hasta 2013. Fuente: Historical crude oil price
El primer yacimiento de petróleo propiamente dicho se descubrió en 1859, en Pensilvania (EE.UU.), descubrimiento que trascendió rápidamente y dio origen a la moderna industria del petróleo de EE.UU. La producción de los primeros yacimientos de Pennsylvania fue superada rápidamente por la demanda, lo que promovió un crecimiento espectacular de la producción en otros estados como Ohio, Texas, Oklahoma y California. Esto marcó un período fuertemente especulativo, durante el que el precio del petróleo sufrió un verdadero carrusel en los años comprendidos entre 1860 y 1870, tal y como se aprecia en la figura. La fiebre del petróleo de aquellos años propició la fundación, en 1870, de Standard Oil, compañía de gran renombre, cuyo principal accionista fue John D. Rockefeller. Su posición de dominio en el mercado llevó al gobierno de Estados Unidos a tomar medidas antimonopolio que culminaron en 1911 con la obligación de segregar Standard Oil en 34 compañías.
En el período 1870-1880 se descubrieron los ricos yacimientos de Bakú, en el Cáucaso. En 1880, la banca Rotschild concedió un préstamo a gobierno de Rusia para construir una línea de ferrocarril desde Bakú hasta el mar Negro para facilitar la exportación a Europa. La producción rusa llegó a significar un tercio de la producción de los EEUU, lo que inundó el mercado con petróleo barato, de manera que entre 1880 y 1890 el precio del barril bajo al nivel nominal de 0.8 $/barril (20 actuales).
La industria petrolera creció en el siglo XIX impulsada inicialmente por la demanda de queroseno para las lámparas de iluminación, pero el auténtico impulsor, a comienzos del siglo XX, fue la industria del automóvil. En 1908 apareció en el mercado el célebre Ford T, que propició el uso masivo del mismo (se fabricaron más de 15 millones de unidades de este modelo). En vísperas de la primera guerra mundial, había en el mundo más de un millón de automóviles; en 1922 ya había 18 millones y en 1929 el número subió a 32 millones.
Al finalizar la primera guerra mundial, hubo un repunte en el precio del barril, motivado por la generalización del automóvil entre las clases medias, lo que llevó aparejado un fuerte incremento del consumo de combustible y por consiguiente de su precio, pero ese aumento duró poco tiempo. Ni siquiera la Gran Depresión de los años 30 incidió significativamente en su precio, aunque en 1931 marcó el más bajo de su historia (0,65 $/barril nominales, 9,94 actualizados).
Durante los años 20 y 30 se sucedieron continuos descubrimiento de grandes yacimientos en Irak, Golfo Pérsico y Arabia Saudí, que aseguraban el abastecimiento de la demanda creciente; esa es una de las razones por la cual el precio no sufrió alteraciones de importancia durante esos años. De hecho, en el lapso de tiempo que va de 1930 a 1970, el precio del barril osciló en la franja 1-2 $/barril nominales (10-20 actualizados), y esa tendencia se mantuvo incluso durante la segunda guerra mundial y en las sucesivas crisis de la posguerra.
En los años 50 y 60, la industria petrolera creció de manera continua y estuvo dominada por siete grandes compañías occidentales, conocidas como “Las Siete Hermanas”, que mantuvieron el control del mercado hasta los años 80:
7 hermanas
“Las Siete Hermanas”: British Petroleum, Chevron, Esso. Gulf, Mobil, Shell y Texaco. Las grandes compañías anglosajonas que dominaron el mercado del petróleo en el mundo hasta los años 80.
A comienzos de 1960, se convocó en El Cairo el Primer Congreso Árabe del Petróleo, como reacción a las reiteradas reducciones unilaterales del precio del petróleo provocadas por “Las Siete Hermanas”. Inmediatamente después, entre el 10 y el 14 de septiembre de ese mismo año, los representantes de los gobiernos de Irak, Irán, Kuwait Arabia Saudí y Venezuela celebraron una conferencia conocida como Conferencia de Bagdad, que dio lugar a la creación de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP). La influencia de este poderoso cártel se notaría mucho en años posteriores, como se verá a continuación.

2. Desde 1970 hasta hoy: evolución en los últimos 50 años

La figura muestra la evolución en el precio del barril de petróleo para el período que va desde 1970 hasta nuestros días:
precio petroleo 1970-2015
Evolución del precio del barril de petróleo desde 1970. Precios ajustados a la inflación hasta 2015, con indicación de los acontecimientos que influyeron en sus variaciones. La figura recoge los inicios de la bajada de finales de 2014. Está indicado el precio del barril en enero de 2016. Fuente: Crude oil price history 1970-2014.
La primera gran convulsión en el precio del petróleo se produjo en el otoño de 1973, a raíz de la guerra del Yom Kipur (el conflicto que enfrentó a Israel con Egipto y Siria), la OPEP decretó el embargo de las ventas de petróleo a los estados que apoyaron a Israel, principalmente a EE.UU. Dicho embargo se prolongó por espacio de seis meses y al finalizar, en marzo de 1974, los precios nominales habían subido de 3 a 12 $/barril (en moneda actual, de 14 a 58). Pero lo peor estaba por venir, pues a comienzos de 1979, la revolución de Irán primero y el inicio de la guerra Irán-Irak después, provocaron alzas indiscriminadas en los precios, subiendo de 13 a 34 $/barril entre 1979 y 1981, (de 50 a 120 actuales).
A principios de la década de los 80, los países importadores comenzaron a diversificar sus compras a productores no pertenecientes a la OPEP, con lo que en 1984, el precio se había reducido a valores nominales de 15-25 $/barril (25-40 actuales). En 1990, Iraq invadió Kuwait, tras lo que la ONU impuso un embargo a Iraq y el 11 de octubre de 1990 el precio marcó un valor nominal de 42 $/barril (60 actuales), pero recuperó los precios anteriores en muy poco tiempo.
Al comenzar el siglo XXI, diversos acontecimientos hicieron subir lenta pero inexorablemente el precio del barril: los atentados del 11 de septiembre de 2001, la segunda guerra del golfo (2003), la eterna crisis de Oriente Medio y la enorme burbuja financiera que se fue cebando desde los últimos años del siglo XX. El precio del barril alcanzó su cota máxima en la primavera del 2008, cuando llegó a rozar los 140 $/barril. Inmediatamente después comenzó la Gran Recesión y la caída libre de su precio hasta niveles de 40 $/barril en la primavera de 2009. Tras un período de convulsiones en el mundo árabe (primavera árabe y su impacto en Libia, uno de los grandes productores; sanciones a Irán), el precio se estabilizó en una franja de 80-100 $/barril, franja en la que se ha mantenido con ligeras fluctuaciones desde mediados de 2012 hasta finales de 2014.
Desde el otoño de 2014, asistimos a una bajada continuada en su precio y a comienzos del presente año, el precio se ha situado en la franja 28-32 $/barril. Es pronto para saber a qué obedece un descenso tan acusado; los primeros análisis apuntan a tres factores: gran producción de Arabia Saudí para forzar la bajada de precios y así afectar severamente a los productores de EEUU que emplean la técnica del fracking, levantamiento del embargo a Irán tras los acuerdos del verano de 2015 sobre su programa nuclear y reducción de la demanda por parte de China. El tiempo dirá si hay otras causas añadidas.

3. Conclusiones

Aunque en los últimos meses parece que vivimos una época de bajos precios del petróleo, su evolución durante los últimos 50 años no debe infundir optimismo. La gran volatilidad de su precio durante el último medio siglo demuestra que este se mueve en una auténtica montaña rusa, dado su carácter estratégico, lo que hace que su cotización sea extraordinariamente sensible a gran número de condicionantes que la alteran al alza o a la baja en períodos de tiempo muy breves. De hecho, nos encontramos ante la paradoja de unos precios muy bajos en un tiempo en el que el final del petróleo se acerca a pasos agigantados. Y ese final, según se temen muchos expertos, puede ser muy doloroso.
Reducir la fuerte dependencia que tiene nuestra economía de esa materia prima (el 70-75% de la energía primaria que consumimos) debería ser una absoluta prioridad para cualquier gobierno, sea del signo político que sea.
Fuente: Público.es

lunes, 18 de enero de 2016

Tiembla el negocio del petróleo

 
 
 
 
PETROLEO
 
 
 
 
Algo que puede cambiar el mundo


TomDispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García.

El aspecto de un planeta completamente bañado en petróleo Introducción de Tom Engelhardt.
Cuando se trata de las noticias sobre Arabia Saudí, la ejecución de Nimr al-Nimr –clérigo chiíta opositor– ha encabezado recientemente los titulares de la prensa; poco asombro ha habido. Está claro que el avejentado rey Salman bin Abdulaziz al-Saud y su hijo favorito –de 30 años–, Mohammed bin Salman, el nuevo ministro de Defensa que ya ha involucrado a su país en una clásica guerra-atolladero en Yemen, han hecho todo lo posible para que la muerte del clérigo se convierta en una provocación regional. El nuevo liderazgo saudí incluso rechazó entregar el cuerpo del ejecutado a sus familiares para que lo sepultaran y en cambio lo enterró junto con los más de 40 sospechosos de ser terroristas de al-Qaeda ajusticiados al mismo tiempo. En otras palabras, después de muerto, al-Nimr fue dejado en incómoda compañía. Esto puede ser interpretado como un insulto que va más allá de su sepultura. El provocativo mensaje escondido en el anuncio de su ejecución es tan obvio que Irán, donde predomina el chiísmo, muchedumbres de seguidores de la línea dura religiosa en ese país (con sus propias políticas de horrendas ejecuciones) se apresuraron a incendiar la embajada Saudí en Teherán. En los días que siguieron, mientras los saudíes rompían relaciones diplomáticas con Irán, acabó una fracasada tregua en Yemen (rápidamente, durante el bombardeo a ciegas de una casa fue alcanzada también la embajada iraní en Saná) y Arabia Saudí llamó a los países vecinos de profesión sunní para que también rompieran sus vínculos con Irán o al menos los redujeran; toda la exasperada región fue noticia a medida que crecían los temores de una guerra.
El 10 de septiembre de 2001, ¿presagiaría alguien que el corazón petrolero del planeta se convertiría en una década y media en una airada mezcolanza de países fallidos, feroces luchas sectarias y étnicas, diseminación de grupos terroristas y el primer “califato” de la historia? Si en una reunión de entendidos y expertos usted hubiese sugerido que Arabia Saudí, uno de los países más estables del mundo, un día podía empezar a perder cohesión, Libia colapsaría, Siria dejaría de existir e Iraq se transformaría en una tierra partida en tres, habría hecho reír a todos. Por eso, la reciente intensificación de tal estado de situación, que involucra a dos países con enormes reservas de energías fósiles es sin duda una noticia importante, aunque no quizá la más importante de la región.
Mi propio pronóstico podría ser una historia que pasó mayormente desapercibida en Estados Unidos. Sentada encima de una de las reservas de crudo más grandes del planeta y obteniendo el 73 por ciento de sus ingresos de la venta de petróleo (estos ingresos han bajado un 23 por ciento este año), la familia real saudí acaba de aumentar un 40 por ciento el precio de la gasolina en el surtidor. A pesar de que para los estándares internacionales continúa siendo baratísima, este hechoque es como cobrar por el agua salada en medio del océano es un indicador de que está pasando algo sorprendente. Tenga en cuenta que los gobernantes de esa monarquía están pensando en recortar en los próximos años otros subsidios similares: “electricidad, agua, gasóleo y kerosene”. Para decirlo de otro modo, el mayor productor de petróleo, un país de una riqueza asombrosa (y reservas de divisas extranjeras,) ya no se siente cómodo regalando la gasolina a su población, a pesar incluso de que esto forma parte de un arreglo al que se llegó hace muchos años para asegurar la paz en el reino.
El porqué de esto poco tiene que ver con Irán, Siria, Yemen, Iraq o el Estado Islámico. El problema es más fundamental, tal como nos lo explica Michael T. Klare, experto en energía e integrante regular de TomDispatch. El problema es el precio del crudo, que en los últimos 18 meses ha caído en picado. En cierto sentido, el negocio del petróleo –con su constelación de gigantescas empresas de la energía, hasta hace poco tiempo entre las más rentables de la historia, y sus países productores, que hasta muy recientemente marchaban muy bien– puede acabar siendo, en relación con los recursos naturales, el equivalente a un estado fallido; como Klare lo expone palmariamente, la cambiante economía del petróleo transformará el rostro político de nuestro planeta. Por lo tanto, no quite el ojo de Arabia Saudí. Ciertamente, las cosas podrían ponerse muy feas allí.
* * *
Agitación política en un tiempo de bajos precios de la energía
Mientras acababa 2015, muchas empresas de la energía en el mundo estaban rezando para que el precio de crudo rebotara en el fondo del abismo, restaurando así la normalidad de los últimos 50 años: un mundo centrado en el petróleo. Sin embargo, todo indica que en 2016 continuará la depreciación del “oro negro”; de hecho, esta tendencia podría mantenerse en la segunda década del siglo y aún más allá. Dada la centralidad del petróleo (y de los beneficios económicos que el crudo produce) en la ecuación de poder mundial, esta situación se traducirá en una profunda reorganización del orden político, una reorganización en la que países productores de petróleo –desde Arabia Saudí hasta Rusia– perderán importancia y peso geopolítico.
Pongamos las cosas en perspectiva: no hace tanto tiempo –en junio de 2014, para ser más exactos– el petróleo Brent, referencia mundial para el crudo, se vendía a 115 dólares el barril. En ese entonces, los analistas del ramo de la energía supusieron que en el largo plazo el precio se mantendría bien por encima de los 100 dólares y que podía subir poco a poco a niveles todavía más impensables. Estos presagios animaron a las empresas petroleras más grandes para invertir miles de millones de dólares en lo que dio en llamarse reservas “no convencionales”: el petróleo en el Ártico, las arenas bituminosas de Canadá, las reservas marinas a gran profundidad y el petróleo en formaciones de roca de esquisto (shale). En ese momento, parecía obvio que cualesquiera que fuesen los problemas técnicos y los costos de extracción, más temprano que tarde esas reservas de crudo proporcionarían excelentes beneficios. Importaba poco que el costo de explotación de esas reservas pudiera llegar a los 50 dólares por barril, o más.
Sin embargo, ahora el crudo Brent se está vendiendo a 33 dólares el barril, es decir, a la tercera parte del precio que tenía hace 18 meses, el umbral de rentabilidad de cualquier emprendimiento con “petróleo difícil”. Incluso peor, en un escenario facilitado recientemente por la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), los precios podrían no alcanzar el nivel 50 a 60 dólares hasta los años veinte de este siglo ni regresar a los 85 dólares el barril hasta 2040. En el mundo de la energía, esto es equivalente a un monstruoso terremoto –un preciomoto– que no solo condena muchos proyectos de “petróleo difícil” que ya están en marcha sino también algunos otros de empresas (y gobiernos) que se han arriesgado más allá de sus posibilidades.
La evolución actual del precio del crudo tiene implicaciones obvias para las mayores empresas del sector y todos los negocios secundarios –fabricación y provisión de equipo, operadores de torres de perforación, transporte marítimo, empresas de catering, etcétera– que dependen de ellas para su existencia. También amenaza con un profundo giro en las vicisitudes geopolíticas de los principales países productores de energía. Como resultado de ello, muchos de ellos, entre ellos Nigeria, Arabia Saudí, Rusia y Venezuela ya están viviendo problemas económicos y políticos (por ejemplo, las sacudidas por las que está pasando Nigeria por la caída del precio del petróleo son una ayuda para el grupo terrorista Boko Haram).
Una tormenta perfecta
Generalmente, el precio del petróleo se va para arriba cuando la economía mundial es robusta, la demanda aumenta, los abastecedores bombean crudo al más alto nivel y la capacidad de almacenar excedentes es escasa. Por el contrario, tienden a bajar –como ahora– cuando la economía mundial se estanca o decae, la demanda de energía se debilita, los abastecedores clave no son capaces de frenar la producción en consonancia con la caída de la demanda, los excedentes de crudo se acumulan y el abastecimiento futuro parece garantizado.
En los alegres años del boom del ladrillo, los primeros de este siglo XXI, la economía mundial era próspera, la demanda aumentaba sin cesar y muchos analistas presagiaron un inminente “pico” en la producción mundial [de petróleo] al que seguiría una significativa escasez. Lógicamente, el precio del Brent se puso por las nubes; en julio de 2008 llegó al record de 143 dólares por barril. Con la quiebra de Lehman Brothers, el 15 de septiembre del mismo año y el consiguiente derrumbe de la economía global, la demanda del petróleo se evaporó y ese diciembre el precio bajó hasta los 34 dólares.
Con fábricas cerradas y millones de trabajadores en el paro, la mayor parte de los analistas asumieron que los precios permanecerían bajos durante cierto tiempo en el futuro. Por lo tanto, imagine el lector la sorpresa del mundo del petrolero cuando, en octubre de 2009, el crudo Brent subió hasta los 77 dólares el barril. Apenas dos años más tarde –febrero de 2011–, otra vez superó el listón de los 100 dólares, donde prácticamente se mantuvo hasta junio de 2014.
Eran varios los factores que explicaban esta recuperación del precio del crudo, ninguno más importante que lo que pasó en China, donde las autoridades decidieron estimular la economía y para ello invirtieron con fuerza en infraestructura, sobre todo carreteras, puentes y autopistas. Añádase la incitación a la posesión personal del coche en la clase media urbana del país; el resultado fue un vigoroso aumento de la demanda de combustibles. Según el gigante del petróleo BP, entre 2008 y 2013, el consumo de petróleo en China dio un salto del 35 por ciento, de ocho millones de barriles por día a los 10,8 millones. Y China no hizo más que mostrar el camino: rápidamente, países en desarrollo como Brasil e India le siguieron justamente en un momento en el que la extracción en muchos yacimientos de petróleo convencional en el mundo había empezado a decaer. De ahí la carrera hacia las reservas “no convencionales”.
Este era más o menos el panorama a comienzos de 2014 cuando de pronto el péndulo del precio del crudo empezó a oscilar en la dirección contraria, cuando la producción en los yacimientos no convencionales de Estados Unidos y Canadá empezaba a hacer sentir su presencia por todo lo alto. Súbitamente, la producción de crudo en EEUU, que había caído de los 7,5 millones de barriles por día en enero de 1990 a apenas 5,5 millones en enero de 2010, empezó a aumentar hasta llegar a unos sorprendentes 9,6 millones en julio de 2015. Casi todo el petróleo extra había sido extraído en las formaciones “shale” de North Dakota y Texas. Canadá experimentó un salto similar en la producción, debido a que la fuerte inversión en la explotación de la arena bituminosa empezó a surtir efecto. Según BP la producción canadiense de petróleo trepó desde los 3,2 millones de barriles por día en 2008 hasta los 4,3 millones en 2014. No olvidemos que la producción también se elevó en, entre otros lugares, en las explotaciones profundas en el océano Atlántico, tanto en Brasil como en el oeste de África, que justamente entonces entraban en liza. En ese mismísimo momento, sorprendiendo a muchos, un Iraq destrozados por la guerra consiguió levantar su producción en cerca de un millón de barriles diarios.
La suma de todo esto fueron unos guarismos asombrosos, pero la demanda ya se había quedado atrás. En buena medida, el paquete de estímulos de China estaba agotado y la demanda de bienes manufacturados chinos se estaba ralentizando, debido al débil o inexistente crecimiento económico en Estados Unidos, Europa y Japón. De una impresionante tasa de crecimiento anual del 10 por ciento en los 30 años anteriores, China pasó a una tasa anual de un dígito. Pese a que se espera que la demanda de petróleo de este país se mantenga en aumento, ya no será nada parecido al ritmo de los últimos años.
Al mismo tiempo, el incremento de la eficiencia en el uso de los combustibles en Estados Unidos –el principal consumidor del mundo–, empezó a notarse en el panorama global de la energía. En lo más álgido de la crisis económica de este país, cuando la administración Obama rescató a General Motors y Chrysler, el presidente forzó un acuerdo con las principales automotrices para establecer un conjunto de normas de eficiencia que ha reducido notablemente la demanda de petróleo en EEUU. En el marco de un plan anunciado por la Casa Blanca en 2012, la eficiencia media en el uso de combustibles de los coches y vehículos ligeros fabricados en Estados Unidos llegará en 2025 a 4,34 litros por cada 100 kilómetros recorridos [54,5 millas por galón], lo que redundará en una reducción de la expectativa de consumo de petróleo del orden de los 12.000 millones de barriles de aquí a entonces.
A mediados de 2014 estos factores, y otros, han confluido para producir una “tormenta perfecta” en la contención del precio [del crudo]. En ese momento, muchos analistas creían que, como había pasado antes, los saudíes y sus aliados de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) responderían disminuyendo la producción para sostener los precios. Sin embargo, el 27 de noviembre de 2014 –Día de Acción de Gracias, en EEUU– la OPEP frustró esas expectativas, aprobando el mantenimiento de los cupos de producción de los países de la organización. Un día después, el precio del crudo cayó otros cuatro dólares; el resto es historia.
Una perspectiva deprimente
A principios de 2015, muchos ejecutivos de las empresas petroleras tenían la esperanza de que esos datos cambiaran pronto y que los precios volverían a subir. Pero acontecimientos recientes han derrumbado esas expectativas.
Además de la continuación de la desaceleración económica de China y el repentino aumento de la extracción en América del Norte, el factor más significativo del poco prometedor panorama del petróleo –que ahora se extiende sombríamente a todo el 2016 y más allá– es la categórica resistencia saudí a cualquier propuesta de reducir su producción o la de la OPEP. El pasado 4 de diciembre, por ejemplo, los integrantes de la OPEP votaron una vez más a favor de mantener los cupos de producción en el nivel actual y, al mismo tiempo, bajar el precio del crudo en otro 5 por ciento. Como si esto no fuera suficiente, en estos momentos Arabia Saudí ha aumentado su producción.
Se han dado varias razones para explicar la resistencia de los saudíes a la reducción de la producción de crudo, entre ellas el deseo de castigar a Irán y Rusia por su apoyo al régimen de al Assad en Siria. Según el punto de vista de unos cuantos analistas de la industria del petróleo, los saudíes se ven a sí mismos mejor posicionados que sus rivales para aguantar un precio bajo en el largo plazo debido a su menor costo de producción y a la protección dada por las enormes reservas de la OPEP. Aunque la explicación más probable, que ya fue adelantada por los propios saudíes, es que están tratando de mantener un contexto de precios en el que los productores estadounidenses y otros operadores de crudo no convencional sean expulsados del mercado. “No hay dudas sobre esto; la caída de los precios de los últimos meses ha hecho que los inversores dejen de pensar en los combustibles de alto costo de extracción, entre ellos el petróleo no convencional de Estados Unidos, el de aguas profundas y los crudos pesados”, le dijo un funcionario saudí a Financial Times la última primavera.
A pesar de los esfuerzos de los saudíes, la mayor parte de los principales productores estadounidenses, se han adaptado a un entorno de precios bajos, reduciendo costos de explotación y abandonando las operaciones no redituables, aunque también muchas empresas más pequeñas se han declarado en quiebra. Como resultado de todo esto, la producción estadounidense de crudo, unos 9,2 millones de barriles por día, es ligeramente mayor que la de hace un año.
En otras palabras, aun a 33 dólares el barril, la producción continúa superando a la demanda global y parece muy poco probable que los precios aumenten en un futuro cercano. Especialmente desde que, entre otras cosas, tanto Iraq como Irán continúan incrementando su producción. Con el Estado Islámico perdiendo terreno poco a poco en Iraq y la mayor parte de los yacimientos petrolíferos más importantes todavía en manos del gobierno de Bagdad, se espera que la producción del país continúe su espectacular crecimiento. De hecho, algunos analistas pronostican que la producción iraquí podría triplicarse en los próximos 10 años desde los actuales tres millones de barriles por día hasta los nueve millones.
Durante años la producción iraní de petróleo ha estado maniatada por las sanciones impuestas por Washington y la Unión Europea, que le impedían tanto exportar crudo como importar del mundo occidental la más avanzada tecnología de perforación. Ahora, gracias al acuerdo nuclear con Washington, esas sanciones se están levantando. Según la Administración de información sobre la Energía de Estados Unidos (USEIA, por sus siglas en inglés), la producción iraní podría alcanzar los 600.000 barriles diarios en 2016 y aún más en los años siguientes.
Solo tres acontecimientos posibles podrían alterar el actual contexto de precios para el petróleo: una guerra en Oriente Medio que eliminara a uno o más de los principales abastecedores de combustibles; que Arabia Saudí decidiera reducir su producción para aumentar los precios; que se produjera un repentino aumento de la demanda mundial.
La perspectiva de otra guerra entre, digamos, Irán y Arabia Saudí –dos potencias que se odian en este mismo momento– nunca se puede descartar; aunque no se cree que ninguno de ellos tenga la capacidad ni el deseo de arriesgarse a acometer semejante empresa. Dada la caída en picado de los ingresos del gobierno de Teherán, que los saudíes decidan reducir la producción para incrementar los precios es algo más probable antes que después; sin embargo, los saudíes han expresado más de una vez su determinación respecto de no dar un paso en ese sentido, ya que eso beneficiaría a los mismos productores que ellos quieren eliminar, es decir, quienes explotan el crudo no convencional en Estados Unidos.
La eventualidad de un súbito aumento de la demanda parece ciertamente improbable. No solo que la actividad económica continúa ralentizándose en China y en muchas otras partes del planeta; además hay un inconveniente que debería preocupar a los saudíes al menos tanto como todo ese crudo no convencional que se está extrayendo en América del Norte: el petróleo está empezando a perder parte de su atractivo.
Mientras los nuevos ricos de China e India continúan comprando coches movidos por derivados del petróleo –si bien es cierto no al ritmo vertiginoso que se predijo alguna vez– un cada vez mayor número de consumidores de los países industriales tradicionales está mostrando su preferencia por los coches híbridos o eléctricos, y por los medios de transporte alternativos. Por otra parte, a medida que crece en todo el mundo la preocupación por el cambio climático, cada vez más jóvenes urbanitas están optando por una vida sin coches y se mueven en bicicleta o con el transporte público. Además, el empleo de energías renovables –solar, eólica e hidráulica– está en aumento y lo hará aún más rápidamente en este siglo.
Estas tendencias han propiciado que algunos analistas presagien que la demanda global de petróleo pronto llegará a un pico al que le seguirá un periodo de descenso del consumo. Amy Miers Jaffe, director del programa de energía y sustentabilidad de la Universidad de California, en Davis, ha sugerido que la combinación del crecimiento de la urbanización y el avance tecnológico en materia de renovables reducirá espectacularmente la demanda futura de crudo. “Cada vez más, las ciudades de todo el mundo están tratando de conseguir el sistema más inteligente de transporte público y al mismo tiempo penalizar y restringir el uso del coche particular. Las nuevas generaciones de Occidente ya han optado por la urbanización, la eliminación del viaje de cada día y el interés por la propiedad del coche personal”, escribió ella el año pasado en el Wall Street Journal.
Cambio de la ecuación mundial del poder
Muchos países cuya obtención de fondos depende en buena parte de la exportación de petróleo y gas natural y han conseguido una gran influencia como exportadores de petróleo ya estás experimentando una significativa erosión en su importancia relativa. Sus gobernantes, reforzados en otros tiempos por los altos ingresos proporcionados por el petróleo –lo que significaba dinero para gastar y comprar popularidad–, ahora están cayendo en desgracia.
Es el caso de Nigeria, por ejemplo, donde el 75 por ciento de sus ingresos provienen de la exportación de crudo; de Rusia, el 50 por ciento; y de Venezuela, el 40 por ciento. Con el petróleo a un tercio del precio que tenía hace 18 meses, los ingresos del Tesoro en los tres países se han desplomado y, con ello, la posibilidad de acometer iniciativas ambiciosas.
En Nigeria, la disminución del gasto del Estado más la rampante corrupción han desprestigiado al gobierno del presidente Goodluck Jonathan y dado lugar a la feroz insurgencia de Boko Haram, haciendo que el electorado nigeriano lo abandonara en las últimas elecciones e instalara en su lugar a un ex jefe militar, Muhammadu Buhari. Desde que asumió su cargo, Buhari ha prometido acabar con la corrupción, aplastar a Boko Haram y –en un claro signo de los tiempos– diversificar la economía para reducir la dependencia del petróleo.
Venezuela ha pasado por un shock político similar como consecuencia de la caída del precio del crudo. Cuando los precios eran altos, el presidente Hugo Chávez utilizó dinero proveniente de Petróleos de Venezuela S.A., la petrolera estatal, para construir viviendas y distribuir otros beneficios entre los pobres y los trabajadores venezolanos, consiguiendo así un gran apoyo popular para su Partido Socialista Unido de Venezuela. También buscó el apoyo regional ofreciendo combustibles subsidiados a países amigos como Cuba, Nicaragua y Bolivia. Después de la muerte de Chávez, en marzo de 2013, su elegido sucesor, Nicolás Maduro, trató de prolongar esta política, pero el petróleo no colaboró y, lógicamente, el apoyo público para él mismo y el PSUV empezó a flaquear. El pasado 6 de diciembre, la oposición de centro-derecha consiguió una victoria electoral y la mayoría de los escaños de la Asamblea Nacional; ahora intenta desmantelar la “Revolución Bolivariana” de Chávez, aunque los seguidores de Maduro han prometido una firme resistencia a cualquier acción en ese sentido.
La situación de Rusia sigue siendo algo más fluida. El presidente Vladimir Putin continúa gozando de un amplio apoyo y popularidad y, desde Ucrania a Siria, ha estado moviéndose con ambición en el frente internacional. Aun así, la caída del precio del petróleo y las sanciones económicas impuestas por la UE y EEUU han empezado a avivar algunas expresiones de descontento, entre ellas una manifestación de camioneros de larga distancia por el aumento del peaje en las autopistas. Se espera que la economía rusa sufra una importante contracción en 2016, y que esto afecte a la calidad de vida de la clase media rusa y dispare un aumento de las manifestaciones contra el gobierno. De hecho, algunos analistas creen que Putin se ha arriesgado a intervenir en el enfrentamiento sirio en parte para desviar la atención del deterioro de la economía nacional. También puede haberlo hecho para crear una situación en la que la ayuda rusa para llegar a una solución negociada de la cada día más enconada e internacionalizada guerra civil siria pueda ser intercambiada por el levantamiento de las sanciones a Ucrania. De ser así, es una jugada muy peligrosa; nadie –menos aún Putin– puede tener una certidumbre sobre el resultado.
Arabia Saudí, el mayor exportador mundial de petróleo, también ha sido sacudida, pero parece estar –de momento, al menos– algo mejor posicionada para aguantar el impacto. Cuando el precio del petróleo estaba alto, los saudíes mantuvieron escondidas sus reservas, estimadas en 7,5 billones de dólares. Ahora, cuando el precio ha caído, han echado mano a esas reservas para costear generosos gastos sociales destinados a conjurar el malestar en el reino y para financiar su ambiciosa intervención en la guerra civil en Yemen, que ya está empezando a parecerse al Vietnam de Arabia Saudí. Sin embargo, durante el año pasado esas reservas han disminuido en unos 90.000 millones de dólares y el gobierno ya está anunciando recortes en el gasto público, lo que ha hecho que algunos observadores se pregunten durante cuanto tiempo podrá la familia real contener el creciente descontento popular en el país. Incluso si los saudíes fuesen a dar marcha atrás y limitar la producción de petróleo del reino para que vuelvan a subir los precios, es poco probable que esa producción fuese a aumentar lo suficiente como para sufragar las actuales y generosas prioridades de gastos.
Otros importantes países productores de crudo también se enfrentan con la perspectiva de agitación política, entre ellos Argelia y Angola. Los líderes de ambos países han conseguido el acostumbrado y engañoso nivel de estabilidad de los países de producción de combustibles mediante la típica largueza gubernamental. Esta situación se está agotando; eso significa que ambos países pueden verse ante importantes retos internos.
Es necesario tener en cuenta que sin duda los remezones producidos por el seísmo de los precios del petróleo todavía no han alcanzado toda su magnitud. Por supuesto, algún día los precios volverán a subir. Considerando la forma en que los inversores están cancelando en todo el mundo proyectos en el rubro de la energía, eso es inevitable. Aun así, en un planeta que está en camino de una revolución verde en relación con la energía no hay ninguna seguridad de que alguna vez se recuperen los niveles superiores a los 100 dólares que en otros tiempos se daban por sentado. Pase lo que pase con el petróleo y los países que lo producen, el orden político del planeta –que una vez descansaba sobre un precio elevado del crudo– está condenado. Mientras esto puede significar penurias para algunos, especialmente los ciudadanos de los países dependientes de la exportación de petróleo como Rusia y Venezuela, es posible que ayude a allanar el camino de la transición a un mundo movido por las energías renovables.


Michael T. Klare , integrante regular de   TomDispatch , es profesor de estudios sobre paz y seguridad mundial en el Instituto Hampshire y autor del muy reciente libro   The Race for What’s Left . Una versión documental en vídeo de este libro,  Blood and Oil, está disponible en la Fundación Media Education.
Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176089/tomgram%3A_michael_klare%2C_the_look_of_a_badly_oiled_planet/#more

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la traducción.

lunes, 9 de noviembre de 2015

La próxima recesión

 

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El verano pasado había una creciente preocupación de que la economía mundial, con la recuperación más débil desde la recesión más profunda de producción e inversión desde 1945, se está desacelerando.

De hecho, ahora parece que la horrible posibilidad de otra recesión, que es como los economistas llaman a una contracción de la producción, los ingresos y el gastos, es una posibilidad seria en pocos años o incluso antes. El FMI establece la probabilidad de recesión en las llamadas 'economías emergentes’ de América Latina, China, Asia y el resto del mundo en un 50%.

La desaceleración de las economías emergentes ha comenzado por la significativa desaceleración de la poderosa economía china, que ha caído de un crecimiento real del PIB de dos dígitos apenas hace algunos años a menos del 7% actual segun las cifras oficiales (muchos "expertos" creen que el crecimiento del PIB real es mucho menor que el oficial). A medida que China frenaba, su demanda inexorable de energía, materias primas y otros bienes de exportación provenientes de otras economías, se redujo. Otras economías emergentes grandes cayeron también en recesión (Brasil, Rusia, Sudáfrica).

De hecho, como he señalado anteriormente, antes de la crisis el comercio mundial tendía a crecer casi dos veces más rápido que el PIB mundial, pero desde 2012 el crecimiento del comercio sólo ha igualado al del PIB.

"La economía global está peligrosamente cerca del abismo", ha señalado David Stockton, analista senior del derechista y ortodoxo Instituto Peterson de Economía Internacional. "La economía no es una ciencia exacta como la fabricación de cohetes, e incluso los cohetes con frecuencia caen a tierra en el lugar equivocado o explotan en el aire", escribió Willem Buiter, economista jefe global de Citigroup, que ha estimado que hay una probabilidad del 55% de que el año que viene tenga lugar una contracción mundial moderada o severa.

Esta preocupación ha llevado incluso a la Reserva Federal de Estados Unidos a retrasar su planeado y muy esperado aumento de su tipo de interés básico, que afecta al coste de los créditos de dólares en los EE.UU. y en el mundo. Si las economías emergentes se desploman, sería un mal momento para frenar el gasto de los hogares y la inversión empresarial.

Sin embargo, los optimistas entre los economistas ortodoxos descartan estos pronósticos. Las economías emergentes pueden estar ralentizándose y algunas pueden haberse contraído directamente, pero las principales economías avanzadas no van mal y Europa parece recuperarse un poco de su depresión de 2010-13. Por lo tanto, no va a haber una recesión económica mundial.

Pero ahora estamos conociendo los datos de crecimiento económico real del tercer trimestre de 2015 (de junio a septiembre) de las principales economías avanzadas - y no son buenas noticias para el escenario optimista. La desaceleración de la actividad económica en China y en la mayoría de las economías emergentes se está contagiando a las economías avanzadas.

La economía de Estados Unidos es la más grande en el mundo y hasta ahora se ha estado recuperando relativamente mejor que las otras grandes economías de Europa y Japón. En el T3, la economía estadounidense se expandió, pero sólo a un ritmo anualizado del 1,5%, por debajo del 3,9% del segundo trimestre. Eso significaba que la economía estadounidense se expandió en términos reales en los últimos 12 meses sólo un 2%, frente al 2,7% en el T2.

Esta tasa de crecimiento del 2% se ha convertido en la norma para los EE.UU. desde el fin de la Gran Recesión. No parece que haya posibilidad de un retorno a la tendencia de crecimiento anterior y eso significa que se ha producido una pérdida permanente de valor para la gente en EE.UU. desde la Gran Recesión.

En el T3, la inversión empresarial de Estados Unidos se desaceleró a su tasa interanual más baja desde hace más de dos años. La inversión empresarial creció más lentamente, representando sólo una tasa anual del 2,1%, en comparación con el 4,1% en el T2. La inversión en nuevas plantas en realidad se redujo un 4%, mientras que la inversión en software y similares aumentó al ritmo más lento desde 2013. Y, como porcentaje del PIB, la inversión se mantiene por debajo de los niveles previos a la crisis.

Algunos han venido defendiendo que la inversión empresarial en plantas, maquinaria y equipo es menos necesaria dadas las nuevas "tecnologías de punta" de Internet, software, algoritmos, etc. que no requieren estructuras tangibles. Así que la inversión se lleva a cabo, pero ahora cuesta mucho menos y no se refleja realmente en los datos.

Por ejemplo, McKinsey sostiene que "la economía estadounidense se ha desplazado hacia las empresas basadas en la propiedad intelectual. Las empresas que producen dispositivos médicos, productos farmacéuticos y tecnología aumentaron su participación en los beneficios empresariales hasta el 32% en 2014, desde un 13% en 1989. Dado que la tasa de crecimiento y la rentabilidad del capital de una empresa determinan cuánto necesitan invertir, estas y otras empresas de alta rentabilidad pueden invertir menos capital y aún así lograr el mismo crecimiento de los beneficios que las empresas con rendimientos más bajos". (McKinsey- US – Are share buybacks jeopardizing future growth)

O dicho de otra manera: "mientras que el gasto de capital ha superado el crecimiento del PIB por poco, las inversiones en investigación, desarrollo y propiedad-intelectual han aumentado mucho más rápido. En cifras ajustadas a la inflación, las inversiones en propiedad intelectual han crecido a más del doble de la tasa de crecimiento del PIB, un 5,4% al año frente al 2,4%. En 2014, estas inversiones ascendieron a 690 mil millones de dólares”. McKinsey concluye: "Ciertamente, algunas empresas concretas están probablemente gastando demasiado poco en crecimiento, del mismo modo que otras demasiado. Pero en conjunto, es difícil defender en general que la inversión sea insuficiente".

Sin duda hay algo de verdad en esto. Pero incluso si la inversión es cada vez más en "propiedad intelectual" y no en fábricas y robots (¿en serio?), incluso en el primer caso, parece haber habido una desaceleración en los EE.UU.. La inversión en software ya no es superior a la inversión en hardware.

El gasto de los hogares en Estados Unidos aumentó un 3.2% este trimestre. El impuesto sobre la renta disponible de las personas se redujo, por lo que el ingreso fiscal sobre la renta disponible de las personas aumentó un 4,8% en comparación con el 3,4% en el T2. Y con la inflación general cerca de cero, el ingreso personal disponible real aumentó. Por eso aumentó el gasto de los hogares. Pero si bien es cierto que la tasa de desempleo de EE.UU. sigue cayendo, el ritmo de esa mejora se está reduciendo.

La desaceleración del crecimiento de la economía de EE.UU. también ha tenido lugar en el Reino Unido, la única otra economía avanzada importante que ha experimentado un crecimiento del PIB real por encima del 2% en el último año. El PIB real aumentó sólo un 0,5% en el tercer trimestre de 2015, de modo que el PIB real es ahora un 2,3% mayor que hace un año, frente a una tasa de crecimiento del 2,4% interanual en el T2. Aunque el PIB real del Reino Unido es ahora un 6,4% superior a su punto máximo a principios de 2008 (antes de la Gran Recesión), hace casi siete años, una vez que se tiene en cuenta el aumento de la población (unos 3 millones, en parte por la inmigración neta), el PIB real per capita apenas ha alcanzado el nivel de 2008.

Al igual que en los EE.UU., el crecimiento en el reino Unido se ha restringido casi totalmente a los "servicios". De hecho, el sector manufacturero y construcción se han contraído. Dentro de los servicios, la principal contribución ha sido del sector inmobiliario y las finanzas, los sectores "improductivos" de la economía.

En 2008, la industria manufacturera representó  casi el 10% del PIB y el sector inmobiliario el 8,5%. Ahora el sector manufacturero supone el 8,6% y el sector inmobiliario el 10,4%. Este último ha aumentado más de un 20% desde 2008, mientras que el sector manufacturero se ha contraído cerca de un 7%. De hecho, en el Reino Unido, la industria pesada como el acero está siendo aplastado por la caída de los precios de las materias primas, el débil crecimiento económico en Europa y el dumping del acero chino en los mercados mundiales. Esa es la naturaleza del crecimiento económico del Reino Unido: improductivo e inflado a base de crédito.

En cuanto a las otras economías del G7, la desaceleración es aún peor. Canadá se encuentra en una "recesión técnica", dos trimestres consecutivos de contracción del PIB real.

Japón está al borde de una recesión. Y justo hoy, el Banco de Japón (BoJ) ha reducido su pronóstico de crecimiento económico real hasta 2018. El Banco de Japón prevé ahora un crecimiento anual hasta abril de 2016 de sólo un 1,2%, por debajo del 1,7%. Hasta marzo de 2017, el Banco de Japón espera un crecimiento anualizado del 1,4%, por debajo de la previsión del 1,5% en julio. Y para el mismo período de 2018, el Banco de Japón prevé un crecimiento de sólo el ¡0,3%!

Las otras economías del G7 están en la zona euro. Alemania ha mantenido una tasa de crecimiento muy modesta en los últimos años de alrededor de un 1,0% a 1,5%; Francia tiene un crecimiento aún menor cada año; e Italia se ha estancado (a pesar de que parece estar finalmente experimentando una leve recuperación en los últimos dos trimestres). Sabremos más cuando las cifras del PIB del T3 se publiquen la próxima semana. Pero Alemania es probable que registre un crecimiento más lento en la medida que las exportaciones a Asia y China han caído.

España ha sido la economía con un crecimiento más rápido de la zona euro en el último año, después de haber sufrido mucho en la Gran Recesión con un colapso de la construcción y un aumento masivo del desempleo. Pero la recuperación iniciada en 2013 parece haber terminado. Las cifras dadas a conocer para el T3 de 2015 del crecimiento real del PIB muestran una desaceleración del 0,8% ese trimestre, en comparación con el 1% en el trimestre anterior. La tasa interanual aumentó hasta el 3,4%, aunque en comparación con 3,1% del T2. Pero podría haber acabado ahí.

Así que la recuperación de las principales economías avanzadas se está desacelerando en paralelo con una fuerte caída del crecimiento del PIB en las economías emergentes. De hecho, Taiwán, una economía industrial asiática clave, acaba de anunciar que su PIB real en el T3 se redujo en un 1% respecto al año anterior, la primera contracción en seis años.

Desde la Segunda Guerra Mundial, las recesiones han ocurrido a intervalos regulares, entre 6-10 años. La expansión actual dura más de seis años, desde julio de 2009. La economía ortodoxa ha fracasado rotundamente a la hora de predecirlas. Por ejemplo, en la primavera de 2001, la economía de Estados Unidos se enfrentó a un débil crecimiento en el extranjero y a las consecuencias del estallido de la burbuja de las empresas punto com, pero sólo el 15% de los economistas encuestados creía ese verano que había comenzado una recesión. Sin embargo, la economía se encontraba ya en medio de una recesión que duró nueve meses. En cuanto a la Gran Recesión, el fracaso de casi todos los economistas ortodoxos y de las principales instituciones internacionales, como el FMI y la OCDE, para predecir la gravedad de la crisis que se avecinaba está bien estudiado. (The causes of the Great Recession).

La próxima recesión planteará grandes problemas a los responsables de las políticas económicas de los principales países. La política monetaria de flexibilización cuantitativa (con tasas de interés cero) ha sido prácticamente agotada (aparte de ser bastante ineficaz de todos modos a la hora de impulsar la "economía real" a diferencia de los mercados de valores y los bancos). Hasta ahora se ha frenado o rechazado hacer uso del gasto público, como sugieren los keynesianos, porque los niveles de deuda del sector público son muy altos y la rentabilidad de las empresas muy baja.

Hay quienes, como Ben Bernanke, el ex jefe de la Fed o Andy Haldane, actual economista jefe del Banco de Inglaterra, que defienden que los bancos centrales han salvado a las principales economías de una Gran Depresión y aún se puede hacer más imprimiendo dinero para dárselo directamente a los hogares o con unas tasas de interés negativas para evitar una nueva recesión.

Y los keynesianos como Paul Krugman, Larry Summers, Simon Wren-Lewis y muchos otros continúan presionando para que aumente el gasto público y los déficits presupuestarios para 'cebar la bomba’ de la economía. Pero es probable que ello reduzca aun más la rentabilidad y la inversión del sector capitalista en vez de salvarlo.

No se podrá evitar la próxima recesión y no está muy lejos.

Michael Roberts

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2015/10/30/the-next-recession/

Traducción:

G. Buster

 

Fuente: SinPermiso

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