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lunes, 6 de marzo de 2017

La mansedumbre




ANÍBAL MALVAR

Da mucha pena un país que encarcela a raperos, tuiteros y titiriteros y deja impunes a los grandes ladrones con título de rey, banquero, duque, infanta, diputado, juez, presidente del FMI y en ese plan. Da mucha pena no porque suceda. Cuando uno, de niño, empieza a ser consciente del mundo que le rodea, sabe que va a tener que enfrentarse a muchas injusticias, tropelías y desórdenes. Hay quien elige luchar, quien elige sufrir mansamente y quien, avariciosamente, elige ser cómplice. Pero nunca te prepara Natura para convivir con la gente que no elige nada. Que le da igual. Que rumia hierba agradecida sin saber que el paisaje le pertenece.

Esta semana he pensado mucho en todos mis amigos y familiares que han votado a Ciudadanos. Según Fernando Martínez Maíllo, el partido que rumia lentejas: o las tomas o las dejas. Esa es la disculpa del PP por el incumplimiento ya fehaciente e insultante del pacto anticorrupción que firmó con C´s. Albert Rivera de momento se deja vejar, insultar, agredir, menoscabar, traicionar, apuñalar y encular los viernes de consejo de ministros por Mariano Rajoy. Pero eso era predecible. Es solo la muñeca hinchable de la derecha española, de la oligarquía de siempre. Se la goza, y después se la desinfla.

Pero muchos no olvidamos que C´s no significa casi nada ni social ni parlamentariamente. Que el verdadero socio de Gobierno de este PP es el PSOE, que se deja vejar, insultar, agredir, menoscabar, traicionar, apuñalar y encular los viernes de consejo de ministros, pero en forma de simulación diferida.

Cuando el tejerazo, de reciente cumpleaños feliz, los grandes filósofos, politólogos y arguyentes profesionales españoles coincidieron en explicar el triunfo arrollador de Felipe González en el hecho de que el PSOE era el partido que más se parecía a la España real. Ahora es el pueblo español el que se parece a PSOE. A su mansedumbre histórica. Realmente, Ciudadanos no es la marca blanca del PP, como decíamos muchos cuando nació, sino la marca blanca del PSOE. Es la máscara que necesitaba el PSOE para bailar sin vergüenza el rigodón ultraliberal del neofascismo económico.

El PSOE de hoy no nació del PSOE de Pablo Iglesias I ni de Fernando de los Ríos o la Segunda República, sino de ese PSOE del franquismo que viejos rojos como Manuel Vázquez Montalbán resumieron en un tuit avant twitter: “Cien años de honradez, cuarenta de vacaciones”. Pero ya se apuntó arriba. Es el pueblo español el que ha decidido parecerse a este PSOE. La democracia, como el algodón, no engaña.

Es desesperante que la gente se indigne más de la excarcelación suiza de Iñaki Urdangarín que de la encarcelación de un rapero o de una tuitera. Y es significativo que los medios también nos distraigan engrandeciendo uno de los hechos y ocultando el otro. Lo del tuitero es una anécdota, lo del Urdangarín es contingente. Yo creo todo lo contrario.
Fuente: Público.es

martes, 21 de febrero de 2017

Bauman aquí en el Sur

Zygmunt Bauman



Nuestra modernidad viscosa
Bauman aquí en el Sur

Eduardo Gudynas
Rebelión

Las referencias a una “modernidad líquida” se repitieron en toda América Latina tras el fallecimiento de Zygmunt Bauman, el pasado 9 de enero. Por momento parecía que nuestro continente era uno de los mejores ejemplos de la fluidez moderna que postulaba el sociólogo polaco. Sin duda es bienvenido que se difunda y celebre su obra, pero también es importante no caer en el simplismo de trasplantar esas ideas. Es necesario insistir en un pensamiento propio que no copie pero sí dialogue con Bauman. Y si así se hace, sospecho que coincidiríamos en que la modernidad sudamericana actual es viscosa.
La métafora de la “modernidad liquida” (título de su libro del año 2000; 1) se volvió muy popular, y se expandió a otros temas (como “amor líquido”, “vida líquida” o “miedo líquido”, que son los títulos de sus siguientes libros; 2). En esa obra, sea en sus conceptos como en sus metáforas, hay una infinidad de ideas provocativas. Pero siempre hay que tener presente que la obra de Bauman sobre todo responde a la coyuntura de los países industrializados, en particular los europeos (3). Son circunstancias muy distintas a las que ocurren en Latinoamérica. Reconociendo esa particularidad, en la obra de Bauman como la de otros intelectuales, se pueden tomar imágenes o ideas para hurgar en nuestras propias circunstancias. Quisiera compartir algunos ejemplos.

Modernidades sólidas y líquidas

Bauman describe la modernidad que observa como “líquida”, en contraposición a una fase anterior que sería “sólida”. Esta última descansaba en certezas, se mantenía un orden y la certidumbre, se contaba con códigos morales, y la sociedad se aferraba a metas civilizatorias. En cambio, desde el contexto de fines del siglo XX, y desde el norte, Bauman anuncia que la modernidad se ha vuelto fluida, con una prevalencia de la incertidumbre y el relativismo moral, el descreimiento en grandes sueños civilizatorios a favor de cierto hedonismo. Son los tiempos de la privatización, la desregulación, y del despliegue de la globalización.

Si uno se atiene a muchos de los artículos sobre Bauman que circularon tras su fallecimiento, parecería que América Latina también está dentro de esa modernidad “líquida”. Es necesario pensar eso con más detenimiento. Sin duda observamos varios elementos de esa condición líquida, tales como el individualismo y el relativismo. Pero en nuestro continente siguen muy presentes unos cuantos atributos de la modernidad sólida. Consideremos un solo aspecto como ejemplo. En su libro sobre este tema, en el capítulo sobre espacio / tiempo, Bauman afirma que la modernidad pasada (sólida) “fue la época de la conquista territorial”, y agrega que la “riqueza y el poder se arraigaban firmemente en la tierra –eran macizos enormes e inamovibles como los yacimientos de hierro y las minas de carbón-” (4). ¿No es esta una imagen muy familiar? Nuestros políticos ¿no continúan insistiendo en que la riqueza nacional está en los minerales o el petróleo del subsuelo o la fertilidad del suelo?

La conquista de los territorios y la obsesión por demostrar el poder estatal en imponer los sigue muy presente. La nueva frontera de la conquista está en la imposición de los extractivismos minero, petrolero y agrícola, en especial en los bosques tropicales o los Andes. También está en marcha una nueva conquista sobre los territorios que se mantenían por fuera del capitalismo extractivista, como las tierras indígenas o campesinas. Eso desencadena enormes conflictos locales, como ocurre en varios sitios de México y América Central.

Con ese fin, sea el Estado o las empresas, siguen imponiéndose sobre las comunidades locales, especialmente grupos campesinos o indígenas. Tan sólo en los últimos meses, en Ecuador, desde el progresismo, el gobierno de Rafael Correa impone la minería en las tierras indígenas amazónicas de los shuar (5), y en Argentina, desde el conservadurismo, la administración de Mauricio Macri reprime a los mapuches que se resisten a la expansión ganadera en lo que entienden son sus tierras en la Patagonia (6). Situaciones similares se repiten en otros países. Es que en América Latina, aun en el siglo XXI, seguimos bajo una dinámica de conquista territorial que responde a concebir que las riquezas se encuentran en yacimientos mineros o petroleros o en el suelo para la agropecuaria.

Bauman da otro paso más al decir que aquello que se extendía en los sitios más distantes “era considerado tierra de nadie, espacio vacío, y el espacio vacío era un estímulo para la acción y un reproche para los ociosos” (7). Aunque el sociólogo describe un cuadro propio del siglo XIX, una vez más hay que preguntarse si esa situación no persiste en este inicio del siglo XXI latinoamericano. No podemos olvidar a un presidente peruano que afirmaba que la selva amazónica está casi vacía y los pocos que la habitarían serían haraganes (como “perros del hortelano” según Alan García; 8), o al gobierno boliviano que ignora o minimiza los efectos de la ampliación petrolera sobe áreas naturales, tierras indígenas y pueblos no contactados (9). Por lo tanto, nuestra modernidad es más sólida de lo que se cree.

Modernidades viscosas

En efecto, lo que nos rodea en América Latina parece ser más bien una mezcla de componentes que, según la terminología de Bauman, serían sólidos y líquidos. Estamos dentro de una modernidad viscosa.

El continente sigue descansando en estrategias de desarrollo ancladas en la tierra, tanto desde gobiernos conservadores como progresistas. Existe una cultura, con sus creencias, imágenes, mitos y narrativas que asume estar inmersa en una enorme riqueza ecológica que puede, y debe, ser aprovechada intensamente, y que cualquier obstáculo a ese propósito expresa pensamientos retrógrados y peligrosos que justificadamente pueden ser combatidos o anulados. Salvo excepciones, no tuvo lugar una masiva industrialización, que se expresara en un fordismo vigoroso, lo que es otro de los atributos de la modernidad sólida. Pero el papel del Estado en muchos sitios sigue cargando con vicios heredaros desde el siglo XIX, y una dinámica política acartonada, repleta de caudillos y que tolera el autoritarismo.

Pero también se expresan los componentes de una modernidad fluida, aceptando el individualismo y el relativismo, el hedonismo amarrado al consumismo junto a las aperturas a una pluralidad moral. Hay grupos sociales que disfrutan de la hiperconectividad y de las estéticas globalizadas.

Todo esos componentes están mezclados, entreverados, incluso generando expresiones propias que no se repiten en ningún otro sitio. Eso explica la viscosidad de nuestras modernidades criollas.

Es importante advertir que esta condición heterogénea no se debe a que estemos en el tránsito de una modernidad sólida, como etapa pasada, que evoluciona hacia una modernidad más líquida. No nos encontramos ante una evolución lineal, sino que la modernidad latinoamericana se organiza y reproduce de otra manera. Es nuestro propio entrevero entre fenómenos sólidos como los relatos de un maravilloso progreso, la necesaria conquista de la naturaleza y una rigidez en la moralidad pública, mientras que hay dinámicas líquidas como pueden ser el individualismo, el relativismo moral privado, el reemplazo de la ciudadanía por el consumidor, la desprotección y la inseguridad, y por supuesto, la globalización.

Sin duda los elementos centrales de la modernidad permanecen, tales como la búsqueda del progreso o el dualismo sociedad naturaleza, pero aquí, en latinoamericana, se organizan de manera distinta a la que describe Bauman, donde la viscosidad resulta de esa mezcla de componentes.

La viscosidad de nuestra modernidad no es homogénea en el continente y ni siquiera es homogénea dentro de cada país. No es la misma la modernidad que, pongamos por casos, se celebra en los barrios de clase alta de la ciudad de São Paulo que la que se vive en las comunidades del sur mexicano.

Modernidades violentas

Una particularidad de las modernidades viscosas latinoamericanas es que están inmersas en una violencia de muy variadas formas. En cambio, los abordajes de Bauman sobre este asunto son diferentes, y aunque ha incursionado en cuestiones como la maldad y el holocausto, tal vez sean más conocidas sus proposiciones sobre el Unsicherheit, un término alemán que integra las ideas de incertidumbre, inseguridad y desprotección. Esta cuestión se explora en su libro “En busca de la política”, una obra conceptualmente más densa y con menos metáforas, y por ello muchas veces más provocativa (10).

La violencia latinoamericana alcanza los niveles de una tragedia por ejemplo en México, pero se repite en todas las naciones. La criminalidad urbana resulta escandalosa en ciudades centroamericanas, pero también en Venezuela y Brasil. La situación va mucho más allá de los robos en una ciudad, la policía de gatillo fácil o las guerras entre traficantes, ya que penetra en todos los ámbitos de la cotidianidad y en todos los rincones del territorio. Las propias estrategias de desarrollo, y en especial los extractivismos, se imponen apelando a la violencia. Unas veces es sutil, como forzar la aprobación de ciertos proyectos económicos, aunque también puede ser muy directa, como la ola de asesinatos de líderes sociales locales. El reciente reporte de Global Witness indica que Honduras es el país más peligroso del mundo para los activistas ambientales; más de 120 personas han sido asesinadas allí por su resistencia a mineras, represas o a la deforestación (11).

Esta proliferación de la violencia, su persistencia por tan largo tiempo, y su diversificación, podría decirse que son aspectos de una pesada solidez, que sin duda contienen a la incertidumbre, inseguridad y desprotección de Bauman, pero también los trascienden por todos lados.

Aprovechando a Bauman

Es por este tipo de razones que la obra de Bauman no puede ser trasplantada a América Latina, como si todo el continente siguiera, o debiera copiar el mismo sendero histórico que los países del norte. Pero sus escritos ofrecen provocaciones conceptuales y desafiantes imágenes que son muy útiles para reflexionar sobre nuestra realidad.

Este ir y regresar, leyendo a Bauman para retornar a nuestras circunstancias, es posiblemente el mejor homenaje para la obra del sociólogo. La novedad no está en repetir ni copiar, afirmando con ligereza que América Latina está dentro de algunas de las imágenes líquidas de Bauman, sino en aprovecharla para promover nuestros propios análisis. Se pueden usar algunas de sus ideas, cambiándolas, o desechando otras, creando nuevas síntesis, y es allí donde reside el interés en Bauman.

Todo esto permite argumentar que nuestro continente está inmerso en unas modernidades viscosas, donde se mezcla lo viejo y lo nuevo. Pero más allá de cuál sea la imagen que se utilice, queda en claro que la modernidad sigue delimitando la vida social latinoamericana.


Notas

1. Bauman, Z. Modernidad líquida. Fondo Cultura Económica (FCE), México, 2002 (edición original Polity Press, 2000).

2. Amor líquido, FCE, México, 2005; Vida líquida, Piadós, Barcelona, 2006; Miedo líquido, Paidós, Barcelona, 2007.

3. Zygmunt Bauman nació en Polonia el 19 de noviembre de 1925. En su juventud trabajó en la agencia militar de seguridad interna, para después ingresar y ser docente en la Universidad de Varsovia. Sufrió persecución por su ascendencia judía por lo que abandonó Polonia, para residir en Israel, y luego en Inglaterra. Desde entonces se desempeñó como profesor en la Universidad de Leeds. Falleció el 9 de enero de 2017.

4. “Modernidad líquida”, pág. 122.

5. La explotación del cobre provoca violencia y represión en Morona Santiago, Plan V, Quito, 28 noviembre 2016. http://www.planv.com.ec/historias/sociedad/la-explotacion-del-cobre-provoca-violencia-y-represion-morona-santiago

6. Recrudece el conflicto de los mapuches de Chubut con violentos desalojos, Infobae, Buenos Aires, 12 enero 2017. http://www.infobae.com/politica/2017/01/12/recrudece-el-conflicto-de-los-mapuches-de-chubut-con-violentos-desalojos/

7. “Modernidad líquida”, pág. 122; cursivas de Bauman.

8. O. Espinosa de Rivero, ¿Salvajes opuestos al progreso?: Aproximaciones históricas y antropológicas a las movilizaciones indígenas en la Amazonía peruana, Antropológica (Pontificia Universidad Católica de Perú), 27: 123-168, 2009.

9. Extractivismo petrolero en amazonía boliviana invade territorio que ocupa y habita pueblo en aislamiento voluntario y amenaza su existencia, Georgina Jiménez, CEDIB (Cochabamba), 2016, http://www.cedib.org/wp-content/uploads/2016/11/I1informe-No-contactados-.pdf

10. En busca de la política, FCE, México, 2001.

11. Honduras: el lugar más peligroso del mundo para defender el planeta, Witness, 2017, https://www.globalwitness.org/en/campaigns/environmental-activists/honduras-el-pa%C3%ADs-m%C3%A1s-peligroso-del-mundo-para-el-activismo-ambiental/

Eduardo Gudynas es investigador principal en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES), en Montevideo. Una primera versión del artículo se publicó en Palabras al Margen (Colombia), edición No 99, febrero 2017. Twitter: @EGudynas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Entrevista a François Houtart, sociólogo y teólogo. "El bien común de la humanidad como matriz de la nueva sociedad"

François Houtart



Cira Pascual Marquina
PolítiK

Esta conversación con el sociólogo y teólogo de la liberación François Houtart, que apareció por primera vez en el número 17 del mensuario PolítiK, explora los límites de los procesos de cambio en América Latina y el concepto de bien común de la humanidad. 

-Cira Pascual Marquina (CPM): En el libro Más allá de la economía, el bien común de la humanidad (2013), planteas que para asegurar la continuidad de la humanidad y de la vida en el planeta hay que construir un nuevo paradigma en el que el bien común esté por encima del bien individual. ¿Podrías explicar el concepto de “bien común de la humanidad”?

-François Houtart (FH): El concepto de bien común de la humanidad tiene varias dimensiones. La primera es la dimensión de lo que se llaman los comunes o en inglés the commons: los bienes que no son individuales sino comunes, por ejemplo la tierra antes del capitalismo y hoy en día los servicios públicos. Hay muchas luchas en el mundo para proteger, recuperar o aumentar la dimensión de los bienes públicos. Ahora tenemos como bienes públicos la educación, la salud, pero también el agua, la comunicación, etc. Este es un primer nivel de lo que podemos llamar el bien común de la humanidad.

Sin embargo hay un segundo nivel, y el segundo nivel es el concepto clásico del bien común: cosas que le pertenecen al conjunto de la sociedad y que no pueden ser propiedad de individuos como, por ejemplo, en una ciudad, los parques o los espacios verdes, etc. Eso es un bien común. Pero hay sectores que no son directamente materiales, que son más bien de tipo jurídico, por ejemplo el código de circulación (si no se organiza, es el caos). En verdad este es un concepto que existe ya desde la filosofía griega, en particular Aristóteles, que reconoce que hay espacios en la vida colectiva que son espacios comunes, de bien común, y esta fue la base sobre la que la iglesia católica construyó su doctrina social.

Pero pienso que debemos ir un poco más allá y por eso he hablado del bien común de la humanidad: un principio de organización de la vida colectiva de la humanidad en el planeta que se base sobre la vida y no sobre la muerte... así este concepto se opone al concepto fundamental del sistema capitalista. Y cuando digo que el nuevo paradigma se basa sobre la vida, esto implica la posibilidad de crear, de conservar, de mejorar la propia vida –la vida en su sentido completo, no solamente la vida física, biológica, sino también la vida cultural, la vida espiritual–. Y no solamente construir en función de la vida de los seres humanos, sino también de otros géneros: los animales, las plantas, etc. Lo que se llama hoy el derecho de la naturaleza.

Este concepto es más amplio que el concepto de los comunes y que el concepto del bien común, pero integra estos dos conceptos. Este concepto que he llamado el bien común de la humanidad, es evidentemente un nombre; no importa el nombre, lo que importa es el contenido. Podemos darle otros nombres, por ejemplo el sumak kawsay que es el buen vivir, el concepto de los indígenas andinos, o podemos llamarlo socialismo del siglo XXI.

-CPM: En el libro que mencioné anteriormente enumeras cuatro elementos clave para aterrizar el concepto del bien común de la humanidad; podríamos decir que estos elementos son una especie de hoja de ruta para organizar la tarea colectiva en cuanto a la definición de la nueva sociedad postcapitalista. ¿Puedes explicárnoslos?

-FH: Sí, debemos concretar las cosas porque todo esto puede parecer algo abstracto. Precisamente he tratado de ver, como sociólogo, qué significa esto en la práctica de la vida colectiva humana. Por eso he tomado cuatro realidades fundamentales de toda sociedad, que son, por una parte la relación con la naturaleza, ya que ninguna sociedad puede vivir sin la naturaleza; después la producción material de la vida, porque la vida no es una abstracción y sin producción material no hay vida; la organización social de la vida, que debe ser colectiva en lo social y en lo político; y finalmente la cultura, porque el género humano es el único que puede reflexionar sobre su propia realidad y eventualmente anticipar el futuro, y que es, como dicen los mayas, “la parte consciente de la naturaleza”.

Reflexionando sobre estos cuatro elementos fundamentales de toda sociedad podemos entrar en detalles, especialmente comparando con la situación actual del sistema capitalista. Por ejemplo, en cuanto a las relaciones con la naturaleza: ¿cómo ve el capitalismo la naturaleza? Para el capitalismo la naturaleza es recursos naturales, es decir, una naturaleza que se debe explotar, y explotar en función de los intereses del capital y de la acumulación del capital. Por el contrario, en lo que se refiere a la nueva organización del bien común de la humanidad, la naturaleza debe ser respetada: es la fuente de toda vida, de la vida física, biológica, cultural, espiritual, y en este sentido la naturaleza no es solamente un objeto de explotación.

Esto, si queremos ir más allá en la práctica, tiene muchas consecuencias para la vida cotidiana y también para la organización nacional e internacional. Por ejemplo, si aceptamos que la naturaleza es la fuente de la vida, no podemos aceptar que personas individuales o corporaciones, grandes empresas multinacionales, se apropien de la naturaleza (y en particular las riquezas naturales que son los minerales, las fuentes de energía, etc.) por la simple razón que estas cosas deben entrar en la concepción del bien común. Aquí no digo que no se debe extraer, porque la madre tierra es generosa, sino que se debe hacer respetando los derechos de la naturaleza, la posibilidad de regenerarse y de continuidad de la vida. Este es un ejemplo práctico. También, por ejemplo, no se puede aceptar la mercantilización de bienes básicos para la vida como las semillas o como el agua. Ese es un primer paso.

El segundo es la producción de la base material de la vida. Como he dicho, cada vida tiene su base material y no se puede continuar sin esta base. Ahora la base material de la vida –la economía–, está organizada por la lógica del capital. El capital es el único motor de la economía, con su necesidad inagotable de tener ganancias para poder acumularse. Frente a esto la lógica debe ser absolutamente diferente: no una lógica de acumulación del capital, de valorización única del valor de cambio. Porque hay dos tipos de valores para todo servicio o bien: el valor de uso, es decir lo que es útil para la humanidad, para la naturaleza, para el mundo, y el valor de cambio o lo que permite ganancia. Solamente el valor de cambio, es decir, si una cosa es una mercancía, contribuye a la acumulación del capital. Por eso en el capitalismo todo debe convertirse en mercancía. Esta es la lógica del capital. Debemos salir de esta lógica, con todas las consecuencias en cuanto a la propiedad de los medios de producción, significa, en lo práctico, que no podemos aceptar la dominación del capital financiero, los paraísos fiscales, etc.

Un tercer elemento es la organización social y política, que debe ser democrática, para permitir que todos los seres humanos sean actores y no solamente sujetos de una política decidida desde arriba o por una minoría. No hay nada menos democrático que la economía capitalista que concentra el poder y desconoce lo que se llaman las “externalidades”: los daños ambientales y los daños sociales, que no paga el capital. Se deben promover procesos democráticos en todas las instituciones, desde las políticas y económicas hasta las culturales, sociales, religiosas. Esto también debe extenderse a todas las relaciones sociales, como las relaciones entre hombres y mujeres. Este es el tercer aspecto que tiene muchas aplicaciones en el mundo.

Finalmente, en cuanto a la cultura, hablamos de la interculturalidad. El hecho de no permitir que la cultura occidental, totalmente inmersa en el concepto de modernización, absorbida por la lógica del capital, sea la única cultura aceptable en el mundo, y comprender que todas las culturas, los saberes y las espiritualidades pueden contribuir al bien común de la humanidad y a la ética necesaria para esta construcción.

Ahora, todo esto puede parecer una bella utopía pero no lo es. No es una utopía en el sentido de ilusión, porque en el mundo hay millares de grupos que luchan por construir mejores relaciones con la naturaleza, por otro tipo de economía social y solidaria, por los derechos de todos los grupos humanos y finalmente por la interculturalidad. Esto significa que existe ya en la realidad la posibilidad de perseguir valores que no son puramente abstractos, sino que ya son el proyecto concreto de muchos movimientos y organizaciones en el mundo. Por eso pienso que sobre esta base se puede construir una perspectiva nueva.

-CPM: En algunas intervenciones has planteado que los procesos de cambio en América Latina se caracterizan por ser posneoliberales, pero todavía no se han dado pasos concretos hacia el postcapitalismo. ¿Podrías profundizar sobre esta caracterización de los procesos en Nuestra América y cómo avanzar hacia el postcapitalismo?

-FH: Sí, yo pienso que hay muchos aspectos en todos los dominios. Voy a tomar solo un ejemplo práctico: el problema de la agricultura. Los países que se dicen progresistas en América Latina –y que realmente han sido posneoliberales en el sentido que han reconstruido un Estado que trabaja por una cierta redistribución de la riqueza y también por un mejor acceso a los servicios como la educación o la salud para las clases desfavorecidas– promueven el monocultivo para la exportación, con todas sus consecuencias ambientales: destrucción de la selva amazónica, destrucción de los suelos, contaminación de las aguas, y también, finalmente, daños muy graves para las poblaciones, para la salud, y en cuanto a los efectos sociales como las migraciones hacia las grandes ciudades o al exterior.

Así han promovido esta agricultura en detrimento de la agricultura campesina, que podría dar una respuesta muchísimo mejor a la primera función de la agricultura, que es nutrir la población: es un hecho que la agricultura campesina en América Latina está nutriendo más del 60% de la población del continente. Una segunda función es participar en la regeneración de la Madre Tierra: muchas veces los campesinos trabajan con agricultura orgánica y de manera respetuosa de la naturaleza. Y, finalmente, el bienestar de los campesinos, frente a una agricultura de monocultivos, mucho más productiva, pero que proletariza al campesino o lo integra al sistema capitalista de monopolios, que crea dependencia de las grandes multinacionales de producción o de distribución. La agricultura campesina no es una cosa arcaica, del pasado, sino una cosa del futuro, y esto es reconocido incluso por la FAO.

Lo que hemos visto en América Latina es un intento de construir sociedades posneoliberales –pero no postcapitalistas, y en este sentido continuando con la idea de la modernización de las sociedades, y finalmente con un “capitalismo moderno”; esto tiene como consecuencia, por ejemplo en el campo de la agricultura, que no se promueve una nueva agricultura campesina que podría resolver muchos de los problemas de la pobreza rural y también de la producción de alimentos y de la soberanía alimentaria. Este es un ejemplo, pero podríamos dar otros ejemplos de otros aspectos que nos permiten decir que los ensayos de cambio, de los países progresistas, que fueron muy interesantes y tuvieron varios logros muy reales, finalmente no han transformado la lógica fundamental de la organización de las sociedades. Por eso me parece que desarrollar el concepto de Bien Común de la Humanidad podría ser un paso adelante frente a la crisis que afecta a todos estos países actualmente.

-CPM: Hablando de la crisis, un camino que impulsa el Gobierno Bolivariano para la salida es el Arco Minero. Se supone que explotar el oro y otros minerales en la enorme cuenca del Orinoco nos ayudará a salir de la crisis. Así, tras el anuncio de apertura, más de 150 corporaciones mineras han expresado interés, y ya se han firmado contratos con la canadiense Gold Reserve y con empresas chinas. ¿Qué opinión tienes sobre este tipo de propuestas?

-FH: Esta situación no es particular a Venezuela aunque el caso del Arco Minero es impresionante. Encontramos situaciones similares, tal vez a menor escala, en Ecuador, Bolivia, Brasil, Argentina. El problema es que la única respuesta que ven los gobiernos progresistas actuales frente a la crisis, que es una crisis a escala mundial y que afecta a muchos de estos países porque son exportadores de bienes primarios (explotación minera, petrolera o agrícola), es abrirse más al mercado y entrar en políticas de tipo neoliberal. Evidentemente es una contradicción fundamental. Pienso que estos gobiernos no han reflexionado suficientemente sobre las alternativas al capitalismo.

Debemos reconocer la realidad: Estas medidas contradicen de manera fundamental lo que se ha planteado como meta, y vemos un creciente abismo entre el discurso y las prácticas. La verdad es que estas prácticas van a llevar a una mayor concentración del capital y al desconocimiento de las externalidades, es decir, la destrucción de la naturaleza y la destrucción social y cultural. Eso debemos reconocerlo y debemos tratar de ver qué soluciones podemos encontrar que no entren en contradicción con lo que se había propuesto.

-CPM: Tenemos una tarea clara: la superación del capitalismo. Pero también nos encontramos con múltiples barreras como la enajenación o la pérdida de la esperanza. ¿Qué hacer en estas circunstancias difíciles?

-FH: Precisamente por la situación que vivimos debemos tratar de redefinir la tarea de la izquierda y reflexionar sobre las estrategias posibles. Por eso me parece que un trabajo de conjunto entre movimientos sociales e intelectuales va a ser necesario primero para redefinir las metas (definir qué tipo de sociedad queremos); aquí entra la propuesta de Bien Común de la Humanidad, donde tocamos un espectro que va desde la relación con la naturaleza hasta la organización colectiva de la política y la sociedad, y también la espiritualidad, la manera de vivir las cosas en lo cotidiano...

Entonces, el primer aspecto significa que juntos debemos trabajar por una redefinición colectiva de las metas de la sociedad, no solamente con intelectuales que tienen toda la verdad que se debe imponer a las masas. No, este concepto de vanguardia es obsoleto. Debe ser un trabajo colectivo: por una parte con la experiencia de los movimientos políticos y sociales de izquierda que debemos recoger y tratar de sistematizar, y por otra parte, con el trabajo de los intelectuales. Con todos los logros que hemos desarrollado en los dos últimos siglos, la reflexión fundamental del marxismo, pero también de otras corrientes intelectuales que pueden ser útiles. La cuestión es cómo redefinir la meta fundamental de la humanidad y de la sociedad.

El segundo aspecto es cómo definir las transiciones. Es evidente que no podemos construir el socialismo o comunismo instantáneamente. Eso provocaría catástrofes económicas derivadas del boicot y de los embargos o incluso intervenciones militares. Eso no es posible, pero sí, podemos pensar transiciones, es decir, pasos que nos ayudan a construir el paradigma nuevo. No se trata de adaptar el capitalismo a nuevas situaciones sino de construir una sociedad diferente. En cuanto a la cuestión de cómo construir transiciones, hay que hacerlo desde una perspectiva dialéctica, sin caer en la idea del progreso de la modernidad –un progreso lineal sobre un planeta inagotable (un concepto muy capitalista de la “modernidad”, por cierto.

Es necesario redefinir la modernidad, encontrar transiciones y actores que pueden actuar en cada aspecto. Este es el gran reto no solamente para América Latina sino también para el mundo entero. Y ya podemos empezar, de forma humilde y cotidiana, a pequeña escala, como lo han hecho por ejemplo los zapatistas, y después poco a poco ampliar esta visión para construir otra matriz de desarrollo humano. Esto es absolutamente necesario frente a la destrucción de la naturaleza que el capitalismo está provocando, y también de destrucción humana, cultural y espiritual.

-CPM: Has mencionado en algunas intervenciones que para entender la sociedad hay que hacerlo en términos de clase. En el periódico PolítiK estamos absolutamente de acuerdo. ¿Podrías profundizar sobre la necesidad del análisis de clase?

-FH: El análisis de la sociedad desde una perspectiva de clases es ciertamente importante. También es verdad que en el siglo XIX –en la Europa en que Carlos Marx reflexionó y escribió– la clase obrera era la clase fundamental para iniciar el cambio. En este sentido el papel de la clase obrera para cambiar el conjunto de la sociedad era absolutamente fundamental. Hoy en día debemos reflexionar frente a la realidad actual: una clase obrera muy segmentada por el sistema capitalista y que ha cambiado en los países industrializados, donde han desplazado la actividad de producción hacia las periferias y que se especializan en servicios.

Esto significa que la clase obrera hoy es diferente a la clase obrera del siglo XIX europeo o norteamericano. Así, otras clases sociales, como los campesinos por ejemplo, están también afectadas por la lógica del capital, y hoy vemos que frente a esta destrucción sistemática del pequeño campesinado, hay movimientos que son más radicales que el movimiento obrero. En particular, en el plano internacional, la Vía Campesina, la organización mundial de los campesinos, es más radical contra la Organización Mundial del Comercio o el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional que la organización Internacional de los sindicatos. Este es un hecho y debemos reflexionar sobre las nuevas realidades.

Es verdad que son los trabajadores los que enfrentan la contradicción fundamental con el capital, pero ya no son solo los trabajadores industriales, también están los trabajadores del campo, los precarizados, todos estos grupos sociales que son afectados hoy por la lógica del capital , y por eso la lucha y la organización de la lucha social debe ser pensada de otra manera que en el siglo XIX. Esta es una de las tareas para los movimientos sociales y los movimientos políticos de izquierda, para no equivocarse ni en el vocabulario –lo cual es secundario pero importante–, ni en las prácticas sociales y políticas, es decir: la definición de las luchas sociales.

Fuente: Rebelión

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

¿Por qué vota la gente lo que vota?




Juan José Téllez

¿Por qué vota la gente lo que vota? Porque llueve o no llueve, porque falta pasión, vida o poesía. Vaya usted a saber.

La gente vota lo que vota porque quiere. Así de simple. O porque cree que quiere lo que quiere.

En las elecciones gallegas, si las encuestas no se equivocan esta vez, ganará por amplia mayoría Alberto Núñez Feijoo, un candidato que ha intentado por todos los medios esconder las siglas del Partido Popular, aquejado de un ataque de tribunales y síndrome de corrupción generalizada. No le hubiera hecho falta: a pesar de la millonaria pérdida de votos, los conservadores mantienen un electorado fiel que estaría dispuesto a perdonarle incluso que trinquen a Mariano Rajoy robando el cepillo de la iglesia en donde acabe de comulgar su ministro Jorge Fernández Díaz, que esta misma semana vino a identificarse como ganador de la guerra civil durante la exhumación de los restos de Mola y de Sanjurjo.

¿Quiere decir que todos los electores del Partido Popular, en Galicia o en donde sea, son fachas y corruptos? Claro que no, pero no les importa que sus líderes lo sean.


Sin memoria democrática.-


¿Por qué? Porque corre el rumor de que la corrupción es generalizada, a pesar de que el PP gane por goleada en ese palmarés y, por otra parte, en España no ha existido un ejercicio real de memoria democrática. El discurso oficial abundó durSiante años en el supuesto de que la Ley de Aministía de 1977 había cerrado las cicatrices de la guerra y de la posguerra. Aunque nunca se le calificó como ley de punto final era una ley de punto final, muy distinta a Argentina y a Chile, en donde los verdugos terminaron en el banquillo, cuando se normalizaron los procesos democráticos. Aquí los franquistas se reciclaron sin que nadie le pasara factura alguna. Como se reciclan los protagonistas de este vodevil de intrigas y cleptocracia en donde Rita Barberá es una actriz de carácter que interpreta a una bonachona alcaldesa a la que se quiere implicar en lo que estuvo implicada o el pequeño Nicolás habrá de sentarse en el banquillo por su afición adolescente hacia los selfies en las altas esferas. ¿Quién no querría tener en su cena de nochevieja a un cuñado como Rodrigo Rato, a unos primos lejanos como Jaume Matas, Francisco Camps o Pedro Gómez de la Serna?

Sus votantes pueden pensar que todo es un embuste de las hordas marxistas. O que nada de ello importa sino la estabilidad económica o el supuesto milagro que ha pregonado el gobierno Rajoy, a pesar de que la deuda pública supere el PIB y que el empleo crezca pero la precariedad se multiplique.

Quizá haya algo más, cuya esencia ignoro si se relaciona con esa percepción que lleva a muchos a rechazar que Joaquín Sabina o Bruce Springteen –a punto de sacar sus memorias—puedan ser de izquierdas aunque, salvadas las distancias, sean millonarios. Aquí se acepta fácilmente que un obrero pueda votar a la derecha, pero sigue sin gustar que el Teodulfo Lagunero o el aristócrata Nicolás Sartorius fueran militantes del Partido Comunista o que el magnate Georges Soros –eso afirman sus detractores– simpatice con Podemos después de haberlo hecho con Barack Obama, con la marihuana o con el sindicato polaco “Solidaridad”.

En cambio, la única manera de ser rico, parece rezar una ley no escrita, es votar por lo que votarían los ricos.

La txapela incorrupta.-


El PNV de Iñigo Urkullu ganará por similares razones en el País Vasco, aunque el caso De Miguel apenas sea una gota en el agua de otros océanos de podredumbre, según apunta la investigación judicial por comisiones ilegales del antiguo hombre fuerte del nacionalismo vasco en Álava. Ni le afecta de manera decisiva la borrasca de las corruptelas ni la querencia franquista, por más que los nacionalistas vascos negociaran con los fascistas la rendición de Bilbao en junio de 1937 y la entrega a los sublevados de la margen izquierda de la ría, donde se asentaba la poderosa industria vasca. Es una derecha con pedigrí sin la retórica de la derechona españolista; una derecha a la europea aunque a veces le pese en exceso la txapela incorrupta de Sabino Arana.

Hay un recuerdo decisivo del voto y el voto al PNV ha sido un trending topic en la historia de la democracia vasca. Muy mal tendrían que irle las cartas de hoy para que el resto de las fuerzas políticas le hagan salir de Ajuria Enea. El silencio de las pistolas de ETA favorecería la inclusión democrática de Bildu y de Arnaldo Otegui, pero el eco de sus disparos siguen oyéndose en la memoria colectiva de este país por lo que, probablemente, su cielo o su infierno tengan que esperar.

En caso de que la mayoría del PP no vuelva a ser absoluta en Galicia, quizá cupiese otra alternativa de gobierno, construida con la complicidad del BNG, En Marea y lo que quede del Partido Socialista Gallego. Toni Cantó, sin duda, no aprobó matemáticas. El actor, en su mudanza desde UPyD a Ciudadanos, apostaba esta semana por el mantra de que Mariano Rajoy ha sido elegido por la mayoría social de este país, cuando en realidad, si se recuentan los votos que no han refrendado sus listas, la mayoría social de España no quiere que el inquilino en funciones de La Moncloa vuelva a ocuparla de pleno derecho.  En rigor, no importan unas y otras opiniones. Lo que manda es la aritmética y que algún partido logre los respaldos suficientes en el congreso para que invistan como presidente a su candidato.

Un voto fragmentado.-


¿Por qué está tan fragmentado el voto anti-Rajoy? Porque la derecha española, hoy por hoy, sigue siendo unívoca aunque ahora le haya surgido al PP el spin-off de Ciudadanos, un melón al que ahora empezamos a catar y que puede ser lo mismo aunque puede que no sea igual. Al este de la derecha, no sólo está la izquierda: buena parte del nacionalismo periférico, desde la antigua Convergencia a Coalición Canaria, no se sitúa bajo dicho paraguas ideológico. Como tampoco, parte del segmento electoral y político del PSOE, más pragmático y tecnocrático que con una clara decantación ideológica a estas alturas de la historia, cuando Felipe González ya no es aquel joven abogado con chaqueta de pana en su despacho laboralista de la sevillana calle de capitán Vigueras.

¿Es así de simple o la fragmentación del voto izquierdista no obedece tal vez a la caída en picado de la clase media durante los años de la crisis? Los desesperados no aceptan las medidas tintas ni el viejo contrato social que garantizaba que, a cambio del trabajo y de la docilidad, los jóvenes universitarios tendrían empleo e íbamos a repartir la riqueza en lugar de la precariedad.

Esta semana, el duelo en twitter de Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, basculaba en torno a la posibilidad de que Podemos sedujera a quienes todavía no les votan o que siguiera dando miedo no sólo al poder establecido sino a parte del electorado. Hay muchas formas de seducir y el PSOE lo hizo al electorado de la transición porque el imaginario franquista había logrado que muchos españoles siguieran viendo como un demonio al Partido Comunista, pagado –decían—por el oro de Moscú como ahora ingenian que Podemos está a sueldo de Caracas.

Los socialistas del 82 encarnaban mejor que la UCD el axioma formulado varios años antes por Adolfo Suárez sobre la reforma política: “Sin pausa pero sin prisa”. Ahora, la opinión pública –sin demasiada formación democrática y devota de los dogmas de la sagrada comunicación—le niega el favor al PSOE de Pedro Sánchez que, por otra parte y a la luz también de las encuestas, parece más cerca de sus electores y de sus militantes que de sus dirigentes. Sin embargo, no hay tiempo material para un Suresnes, un congreso extraordinario que apaciguara las aguas de los históricos y propiciase una renovación en el partido de la rosa y del puño similar a la que, en 1974, sustituyó el yunque y la pluma del viejo socialismo en el exilio.

¿Por qué ha dejado de votarle la gente? Porque casi nadie se enamora de una persona con conflictos de personalidad y el PSOE, de un tiempo a esta parte, necesita una terapia de familia. Hay mucha estética futbolística en las aficiones partidistas. Los votantes de Izquierda Unida y los de Podemos no suelen considerar que los socialistas lo sean realmente. Y muchos votantes socialistas contemplan con recelo a las otras formaciones porque, en lugar de haber cedido para introducir pequeños avances en la hoja de ruta de la historia española, han favorecido a veces la división de la izquierda y la llegada al poder de los populares. Mientras los hooligans de una y de otra corriente se echan los trastos a la cabeza, el PP –según vaticinan también los sondeos– se aprestará a ganar por mayoría absoluta las terceras elecciones generales, en caso de que finalmente se convoquen una semana antes de Navidad.

El cansancio es de izquierdas.-


También ha perdido muchos votos Unidos Podemos en las elecciones de junio. ¿Por qué no les votan ya tantos indignados? Porque hay gente que se cansa de votar: la inercia de la transición ha convertido a los ciudadanos en consumidores. La crisis ha provocado que mucha gente se movilice ahora en sucesivas y esperanzadoras mareas, pero demasiados millones de españoles llevan desmovilizados desde que el espíritu del pelotazo sustituyera al del cambio, más de treinta años atrás. Lejos del movimiento ciudadano, con tasas de afiliación sindical ridículas y mucha más población en la sociedad civil festiva o piadosa que en la reivindicativa y justiciera, a veces justificamos nuestra pereza democrática en la presunción de culpabilidad de los políticos profesionales, como si en democracia no tuviéramos todos que ser políticos amateurs. La mayoría se cansa de que no resulte fácil gobernar. Estima en tanto su voto –y tiene razón—que exige que sus representantes cuenten con la mayor parte de las prestaciones posibles. Cualquier atisbo de complicación, les ahuyenta de las urnas y les acerca al nihilismo del “todo son iguales”.

Aunque estas sigan siendo, si hemos de creer a Antonio Machado, “tierras para el águila, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín”, los españoles no somos tan diferentes. Ochenta años después de la guerra civil, algo es algo, la paz la ha ganado la desidia. Pero el electorado conservador suele despabilar de la modorra y acudir a votar, disciplinadamente, cuando toca. ¿Por qué lo hace? En rigor, no tengo ni la menor idea. Pero ocurre.



Juan José Téllez

Fuente: Público.es

viernes, 2 de septiembre de 2016

Karl Polanyi caracteriza el fascismo en “La gran transformación»



KARL POLANYI “LA GRAN TRANSFORMACIÓN”



El fascismo proponía un modo de escapar a una situación institucional sin salida que, esencialmente, era la misma en un gran número de países, por lo que intentar aplicar este remedio equivalía a extender por todas partes una enfermedad mortal. Así perecen las civilizaciones.
Se puede describir la solución fascista como el impasse en el
que se había sumido el capitalismo liberal para llevar a cabo
una reforma de la economía de mercado, realizada al precio de
la extirpación de todas las instituciones democráticas tanto en
el terreno de las relaciones industriales como en el político. El
sistema económico, que amenazaba con romperse, debía así
recuperar fuerzas, mientras que las poblaciones quedarían sometidas
a una reeducación destinada a desnaturalizar el individuo
y a convertirlo en un ser incapaz de funcionar como un
miembro responsable del cuerpo político1. Esta reeducación,
que incluía dogmas propios de una religión política y que
rechazaba la idea de fraternidad humana en cualquiera de sus
manifestaciones, se llevó a cabo mediante un acto de
conversión de masas impuesto a los recalcitrantes mediante
métodos científicos de tortura.
La aparición de un movimiento de este género en los países
industriales del globo, e incluso en un determinado número de
países poco industrializados, nunca debió de ser atribuida a
causas locales, a mentalidades nacionales o a historias locales,
como pensaron con contumacia los contemporáneos. El fascismo
tenía tan poco que ver con la Gran Guerra como con el Tratado
de Versalles, con el militarismo junker o con el temperamento
italiano. El movimiento hizo su aparición en países victoriosos
como Yugoslavia, en países de temperamento nórdico
como Finlandia y Noruega y en países de temperamento
meridional como Italia y España. En países de raza aria como
Inglaterra, Irlanda y Bélgica, o de raza no aria como Japón,
Hungría y Palestina, en países de tradición católica como Portugal
y en países protestantes como Holanda, en comunidades de
estilo militar como Prusia y de estilo civil como Austria, en
viejas culturas como Francia y en culturas nuevas como los Estados
Unidos y los países de América Latina. A decir verdad, no
existió ningún trozo de tierra -de tradición religiosa, cultural o
nacional- que proporcionase a un país un carácter invulnerable
frente al fascismo, una vez reunidas las condiciones que
hicieron posible su aparición.
Resulta relevante observar la escasa relación existente entre
su fuerza material y numérica y su eficacia política. El propio
término de «movimiento» es engañoso, puesto que implica
una determinada forma de encuadramiento o de participación
personal en masa. Si existiese un rasgo característico del
fascismo sería que no dependía de ese tipo de manifestaciones
populares. Pese a que, por lo general, el fascismo tuvo por
objetivo ser seguido por las masas, su fuerza potencial no se
manifesta tanto por el número de sus seguidores cuanto por la
influencia de personas de alto rango, de quienes los
dirigentes fascistas se granjearon el apoyo: podían contar con su influencia sobre la comunidad para protegerlos contra las consecuencias de un
posible golpe frustrado, con lo cual se neutralizaban los riesgos
de una revolución.
Cuando un país se acercaba a una fase fascista, presentaba una serie de síntomas, entre los que no figuraba necesariamente un movimiento propiamente fascista. Citemos algunos otros signos tan importantes como este: la difusión de filosofías irracionalistas, opiniones heterodoxas sobre la moneda, críticas
al sistema de partidos e infamias dirigidas contra el «régimen», cualquiera que fuera su forma democrática. Algunos de sus múltiples y diversos precursores fueron la denominada filosofía universalista de Othmar Spann en Austria, la poesía de Stephan George y el romanticismo cosmogónico de Ludwig Klages en Alemania, el vitalismo erótico de D. H. Lawrence en Inglaterra y el culto del mito político de Georges Sorel en Francia. Hitler fue conducido, por último, al poder por la camarilla feudal que rodeaba al presidente Hindenburg, al igual que Mussolini y Primo de Rivera, quienes consiguieron su ascensión gracias a sus soberanos respectivos. Hitler podía, sin embargo, apoyarse en un amplio movimiento; Mussolini en uno pequeño, mientras que Primo de Rivera no contaba con un movimiento de apoyo. No se produjo en ningún caso una verdadera revolución contra la autoridad constituida; la táctica fascista consistía invariablemente en un simulacro de rebelión, organizado con un acuerdo tácito de las autoridades, que pretendían haberse visto desbordadas por la fuerza. Estas son las grandes líneas de un marco complejo, en el que había que conferir un puesto a personajes tan variados como el demagogo católico francotirador de Detroit, ciudad industrial, el «Kingfish» de la retrasada Luisiana, los conspiradores del ejército japonés y los saboteadores ucranianos antisoviéticos.
El fascismo era una posibilidad política siempre dispuesta,
una reacción sentimental casi inmediata en todas las comunidades
industriales después de los años treinta. Al fascismo se
lo puede considerar como un impulso, una maniobra, más que
un «movimiento», para indicar la naturaleza impersonal de la crisis cuyos síntomas eran con frecuencia vagos y ambiguos.
Muchas veces no se sabía realmente si un discurso político, una obra de teatro, un sermón, un desfile, una metafísica, una corriente artística, un poema o el programa de un partido eran fascistas o no. No
existía un criterio general para definir el fascismo, ni tampoco para dilucidar si éste poseía una doctrina en el sentido habitual del término. Todas sus formas organizadas presentaban, sin embargo, rasgos significativos: la brusquedad con que aparecían y desaparecían, para estallar con violencia tras un periodo indefinido de latencia. Todo esto se adecúa a la imagen de una fuerza social cuyas fases de crecimiento y de declive corresponden a una situación objetiva.
Lo que nosotros hemos denominado, para ser breves, «una situación fascista» no era más que la oportunidad típica de victorias fascistas fáciles y totales. De repente, las formidables organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores y de otros partidarios declarados de la libertad constitucional se
dispersaban y grupos fascistas minúsculos barrían lo que hasta entonces parecía constituir la fuerza irresistible de los gobiernos, de los partidos y de los sindicatos democráticos. Si una «situación revolucionaria» se caracteriza por la desintegración psicológica y moral de todas las fuerzas de la resistencia, hasta el punto de que un puñado de rebeldes mal armados son capaces de tomar por la fuerza las ciudadelas dominadas por la reacción, entonces la «situación fascista» es muy semejante, salvo que, en este caso, son los bastiones de la democracia de las libertades constitucionales quienes son derrotados; resulta llamativo el carácter insuficiente de sus defensas.
En Prusia, en julio de 1932 el gobierno legal socialdemócrata,
escudado en el poder legítimo, capituló ante la simple amenaza
de violencia institucional proferida por Herr von Papen. Cerca
de seis meses más tarde, Hitler tomó posesión pacíficamente de
las posiciones más elevadas del poder, desde las que pronto
lanzó un ataque revolucionario de destrucción total contra las
instituciones de la república de Weimar y los partidos constitucionales.
Pensar que es la potencia del movimiento la que creó situaciones
como ésta, es no darse cuenta de que, en este caso, fue la
situación la que dio origen al movimiento, y, por tanto,
equivale a no extraer la lección principal de los acontecimientos
ocurridos en los últimos decenios.
El fascismo, como el socialismo, estaba enraizado en una
sociedad de mercado que se negaba a funcionar. Abarcaba, pues,
todo el planeta, su alcance era de escala mundial, universal en
sus efectos; sus consecuencias trascendían la esfera económica
y engendraron una especie de gran transformación de carácter
claramente social. El fascismo irradió a casi todos los ámbitos
de la actividad humana, políticos o económicos, culturales o
filosóficos, artísticos o religiosos. Y, hasta un cierto punto, se
fundió con tendencias propias del lugar y de la esfera de actividad.
Resulta imposible comprender la historia de este
periodo si no se diferencia el impulso fascista subyacente, de
las tendencias efímeras con las que su acción se fusionó en los
diferentes países.
En la Europa de los años veinte, dos de estas tendencias
figuraban de manera predominante y recubrían la configuración
menos clara, pero mucho más amplia, del fascismo: la
contrarrevolución y el revisionismo nacionalista. Estas tendencias
se apoyaban de forma inmediata en los tratados y las revoluciones
de la postguerra; estaban estrictamente determinadas
y, se limitaban a sus objetos específicos, pero se podían confundir
fácilmente con el fascismo.
Las contrarrevoluciones formaban el habitual retorno del
péndulo político hacia un estado de cosas que había sido
violentamente trastocado. Estos desplazamientos habían sido
característicos en Europa a partir de la Commonwealth of
England (1649-1660) por lo menos, y no tenían más que
relaciones limitadas con los procesos sociales de la época.
Karl Polanyi

Fuente: Sociología Crítica
https://dedona.wordpress.com/2016/08/28/karl-polanyi-caracteriza-el-fascismo-en-la-gran-transformacion/

martes, 9 de agosto de 2016

“La desposesión de la vida cotidiana”


El Seminari Crític de Economia Taifa publica el informe “La desposesión de la vida cotidiana”
Las claves del despojo global


Enric Llopis
Rebelión


“Mientras asistimos a la mayor desposesión de derechos y recursos que afecta especialmente a la población más vulnerable, se está generalizando un discurso que pretende animarnos a salir de la crisis con esfuerzo, empeño y buena disposición, siempre en clave individualista”. El informe número 11 del Seminari d’Economia Crítica “Taifa”, dedicado a “La desposesión de la vida cotidiana”, analiza las claves del despojo, para lo que toma como punto de partida las nuevas orientaciones del capitalismo mundial y se centra en la merma del sistema fiscal en el estado español, los procesos de desindustrialización, la liquidación del Estado del Bienestar y las desigualdades, la mercantilización del sistema de salud y los entresijos de la factura eléctrica, entre otros puntos. “El sector público se vacía y los servicios sociales se debilitan o desaparecen”, apunta el informe de 144 páginas publicado en junio de 2016.

El capítulo final del documento –“Las estrategias invisibles de subsistencia ante la crisis económica”- aborda las consecuencias del modelo en la vida corriente de la población. Según la Encuesta de presupuestos familiares, el gasto medio de los hogares cayó entre 2007 y 2013 un 27,1% (en términos constantes). La debacle fue incluso mayor de lo que se podría augurar si se considera la mengua de los ingresos familiares. Éste es el resumen: la crisis y los mecanismos de desposesión han pasado factura. Según el informe FOESSA de integración social y necesidades sociales de 2010, el 16% de la población española reconocía tener una dieta inadecuada por la falta de recursos económicos. Además, un 4% (1,9 millones de personas) padecían “insolvencia” alimentaria, por la que no podían afrontar las necesidades de nutrición básica. El Síndic de Greuges llegó a cifrar en 50.000 (sólo en Cataluña) los menores con privaciones en la alimentación por la pobreza de sus familias. El defensor del pueblo catalán agregó que 751 niños sufrían malnutrición infantil. El Seminiari Taifa constata además, a partir de informaciones del diario El País, que sólo en 2009 la empresa proveedora del suministro eléctrico detectó 9.000 “enganches” a la red en el País Valenciano.

A escala global se reproduce la tendencia predatoria y la concentración de la riqueza en pocas manos. Intermón-Oxfam ha revelado, de acuerdo con informaciones de Credit Suisse, que el 1% de la población mundial acumula una riqueza mayor que el 99% restante; y que en 2015 se podía equiparar la riqueza de 62 personas con la de 3.600 millones de seres humanos (la mitad más pobre de la humanidad). Eran 62 personas que habían incrementado su patrimonio un 45% en un quinquenio. Al tiempo que se produce esta evolución, la OIT señala que en 2014 había más de 201 millones de personas desempleadas en el planeta, lo que suponía 31 millones de parados más desde los inicios de la crisis. Asimismo, se ha impuesto con toda su fortaleza el “casino” global. De acuerdo con las cifras del Banco de Pagos Internacionales, el dinero ficticio creado en el mundo financiero multiplica por más de diez los bienes y servicios. Y el capital ficticio continúa aumentando de manera sustancial.

¿Dónde se localizan los recursos? La economía sumergida en el estado español se estima en torno a los 253.000 millones de euros (entre el 19% y el 29% del PIB, aunque el porcentaje más citado es el del 24,6%). Se trata de uno de las cifras más elevadas de la UE, que además podría haber aumentado durante la crisis (entre 2008 y 2012) en 60.000 millones de euros. El fraude fiscal en la UE se calcula en torno a un billón de euros, y España se sitúa en los primeros lugares de la UE-15 en este apartado, según el informe del Grup d’Economia Crítica “Taifa”. “Son los más ricos, los más poderosos económicamente quienes defraudan más”, resaltan los autores del estudio. El 86% de las personas con fortunas superiores a los 10 millones de euros evaden sus obligaciones fiscales. A ello se agregan casos conocidos de elusión tributaria como el de Inditex, que canalizaba las operaciones de comercio electrónico mediante una sociedad –irlandesa- con domicilio fiscal en Dublín. El documento “La desposesión de la vida cotidiana” recuerda que la transnacional abonaba así el 12,5% del impuesto de sociedades, un tipo muy inferior al 30% que debería pagar en España. Por otro lado, 33 de las 35 sociedades del IBEX 35 cuentan con filiales en paraísos fiscales, de las que apenas facilitan información. La presión fiscal sobre estas grandes empresas “es excepcionalmente baja y llegan a pagar un 3,5% sobre el total de los resultados”, abundan los economistas del Grupo Taifa.

Otro proceso que ha acelerado la crisis es el de la desindustrialización del estado español. En 1970 España ocupaba la novena posición mundial en producción manufacturera, con una cuota del 2,3% global. El porcentaje ha caído actualmente al 1,7%, lo que sitúa a España en el lugar número 14 de la ratio mundial. La producción manufacturera representaba el 30% del PIB a principios de los 70 y el 22% de los puestos de trabajo, porcentajes que han descendido hoy al 12% y 13% respectivamente. En cuanto al capítulo quinto del informe, “la gestión del desempleo: menos y peor trabajo, y más beneficio”, los autores subrayan que las reducciones de plantilla continúan en la actualidad y que los mayores porcentajes se registran en las grandes empresas: el 75% de las sociedades con al menos 500 empleados han realizado despidos. Menos personas realizan más trabajo que antes de la crisis. La OIT se ha hecho eco de esta tendencia, al advertir que las nuevas tecnologías están sustituyendo al trabajo humano a un ritmo “muy rápido y preocupante”.

El informe “La desposesión de la vida cotidiana” pone también el acento en los procesos de exclusión laboral. Según la empresa de trabajo temporal Manpower, son tres millones de personas las que en el estado español tienen pocas posibilidades de acceder al mercado laboral. Se trata de un mercado “gestionado de tal manera que quienes no cumplen suficientemente los criterios empresariales de ocupabilidad dejan de existir como fuerza de trabajo”, subrayan los economistas. El 42% de los parados de larga duración tienen más de 45 años. Además, según la Encuesta de Población Activa (EPA), más de dos millones de parados se hallan en situación de subempleo, ya que trabajan menos horas de las que quisieran. En cuanto a la duración de los contratos, el 12% de la generación de empleo durante 2015 fue a tiempo parcial, capítulo en el que España cuenta con el récord del mundo respecto a la población joven. Los números de la precariedad pueden espigarse en múltiples fuentes. En España hay más de seis millones de personas ocupadas con sobrecualificación (el 30% del empleo total), según la OCDE. El informe “Estado del trabajo decente en el mundo” de la OIT también apunta que uno de cada cinco trabajadores en el estado español son pobres. La categoría de “trabajador pobre” (quienes perciben por debajo del 60% de la renta media) pasó del 18% al 22,2% entre 2000 y 2014.

En “La sociedad del cansancio” el filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han destaca que la explotación a la que uno mismo hoy se somete “es mucho peor que la externa, ya que se ayuda del sentimiento de libertad; esta forma de explotación resulta mucho más eficiente y productiva debido a que el individuo decide voluntariamente explotarse a sí mismo hasta la extenuación”. Sobre la comunicación en el mundo capitalista, también sometida a procesos de despojo, el informe del Seminari “Taifa” recoge las palabras con las que el antipsiquiatra marxista, David Cooper, se dirigió a los jóvenes en mayo del 68: “En 1871 los comuneros de París, antes de disparar contra las tropas, dispararon contra los relojes, destrozando todos los relojes de París. Con ello, acababan con el tiempo de los otros, con el tiempo de los patrones”. El grupo de economistas hace hincapié en la “descontextualización” y la “aceleración hasta el paroxismo de la ‘inmediatez’” a la que conducen las nuevas tecnologías de la información. “Está sucediendo, te lo estamos contando”, fue durante mucho tiempo el lema de la CNN. Por último, enfatiza el documento, “la crisis ha exacerbado las diferencias entre los ganadores y los perdedores”. Entre los 34 países miembros, la OCDE señala a España como uno de los que presentan un peor coeficiente de desigualdad (Gini). De hecho, sólo seis países muestran peores resultados: Estonia, Grecia, Israel, México, Reino Unido y Estados Unidos.

Fuente: Rebelión

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

jueves, 4 de agosto de 2016

CECILIA



Aníbal Malvar

Hace cuarenta años, cuando la radio dio noticia de la muerte de Cecilia, yo estaba rodilla en tierra masacrando a unas hormigas y el tío Hipólito sentado a la sombra y bebiendo de un botijo.

–Qué pena –dijo el niño que fui yo, y que cantaba mucho con la radio la de las violetas.

–Esa era una puta –me corrigió el tío Hipólito con ronco didactismo militar (era guardia).

Yo quería y admiraba al tío Hipólito, pues era guapo, gruñón, siniestramente divertido y nos hacía poco caso, salvo en las escasas ocasiones en que sacaba su pistola y nos enseñaba a empuñar un arma sin que nos viera nadie, entre los olivos o tras los cañaverales del reguero.

Yo me quedé asombrado y dolido. Nunca había imaginado que unas palabras del tío Hipólito me pudieran hacer tanto daño. Fue mi primer vacío en el pecho. Mi primer e inolvidable derrumbamiento. Mi primer gran desengaño amoroso. Yo amaba a Cecilia. La veía en la televisión con su pelo caído sobre el mástil de la guitarra, y escuchaba su voz de ir sembrando trigo en la radio y en un magnetofón de bobinas que tenía mi padre.

Y resulta que Cecilia, mi primer amor platónico, mi musa, no solo había muerto aquella mañana, sino que además me había salido puta. Lo había dicho el tío Hipólito, ná menos.

No sé por qué ese recuerdo se ha quedado ahí tantos siglos. Es tan inmortal como algunos post-it de la nevera. No quiero ponerme freudiano, pero es como una minucia incansable en busca de significado dentro de mi limitado cerebro: un coñazo: una metáfora con jaqueca. Como mucho me hacía pensar en lo difícil que debió ser Cecilia en tiempos de Cecilia. Considero que, en tiempos de Cecilia, era mucho más difícil ser Cecilia que ser Joan Manuel, o ser Lluis, o ser Paco, o ser Moustaki (et je t’ai trahi pour / une prison d’amour et sa belle geôlière).

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En Castilla-La Mancha, nos enteramos de que se acaba de derogar una orden que permitía a la Junta despedir a profesoras interinas cuando estaban embarazadas. Ahora el punto 1b de aquella orden se acaba de modificar en el Boletín Oficial de la comunidad quijotesca para que las mujeres “puedan seguir disfrutando de los derechos reconocidos en la situación de maternidad o el proceso asociado correspondiente, aun en el caso de serles asignadas una plaza disponible en la función pública docente, manteniendo el puesto correspondiente a dicha asignación”.

La orden recién modificada se había firmado en tiempos de la presidencia de María Dolores de Cospedal, la musa del diferido español. Así que mi metáfora con jaqueca se revolvió en su tumba de inmortalidad. Qué difícil es ser Cospedal en tiempos de Cospedal, qué difícil es ser María Dolores en tiempos de Cospedal, qué difícil es ser cualquier mujer en tiempos de Cospedal. Qué poco han cambiado los tiempos para la mujer desde que mi primera novia platónica fue declarada puta sencillamente por cantar.

Yo intuía que mi antigua metafora con jaqueca tenía que ver con la mujer, junto “a un perro ladrando a la luna con otra figura que recuerda a mí”. Pero, como decimos los gallegos, aun no la doy entendido de todo. Con estas cospedaleces y tal que pasan “en forma, efectivamente, de simulación, de… simulación, o de… lo que hubiera sido en diferido en partes de una… de lo que antes era una retribución “. O sea.



Fuente: Público.es

viernes, 29 de julio de 2016

Un crimen contra el futuro




Tom Engelhardt
TomDispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García


Eterno estado de guerra en Estados Unidos

El mundo después de mí


Hace unos días, en las profundidades del armario de mi dormitorio, encontré un álbum de fotos de cuando mi madre era pequeña. Cuando lo abrí me di cuenta de que la cola que ella había usado de niña para pegar unos momentos su vida en el sitio correspondiente se había evaporado, y las fotos estaban mezcladas.

Mi madre nació en los primeros años del siglo pasado. Ahora, la mayor parte de esa vieja colección de fotos y objetos de interés –dibujos (indudablemente suyos), un programa de la escuela de piano Caruthers, un folleto de Camp Weewan-Eeta, un billete infantil de promoción de la escuela de Hyde Park y fotos de niños, niñas y adultos desconocidos–, ya no queda nadie que pueda decirme quién es quién ni qué es cada cosa.

En algunas de las fotos todavía puedo reconocer el rostro juvenil de mi madre y el de su hermano, que murió hace tanto tiempo pero se mantiene bastante reconocible (incluso el de muchos años antes de que yo le conociera). En cuanto al resto –la niña que parece una gimnasta haciendo el pino, todas esas jóvenes alineadas en una playa llevando lo que entonces serían atrevidos bañadores, el chico arrodillado con sus brazos extendidos hacia mi madre de unos ocho años– todas ellas habían sido arrastradas por la corriente del tiempo.

Y así es la cuestión, por supuesto. Para todos nosotros, más pronto o más tarde.

Mi madre no era muy amiga de hablar del pasado. Tratando de convertirse en una caricaturista profesional, dejó la casa familiar en Chicago para ir a la ciudad de sus sueños, Nueva York; sobre todo nunca miraba hacia atrás. Por alguna razón, el mirar atrás le asustaba.

Y en todos esos años en los que yo podría haberla presionado para saber mucho más sobre ella, su familia, sus años de juventud, yo era demasiado joven que eso me importara. Ahora, no podría deciros lo que daría por preguntarle y saber esas cosas que ya nunca podré saber. Su madre y su padre, mis abuelos, murieron antes de que yo naciera, su hermana –a quien vi una vez cuando yo tenía quizá seis años–, sus amigos y vecinos, sus festejantes y compañeros, todos ellos, son ahora polvo de historia en un álbum que se está deshaciendo en un montón de laminillas negras al menor toque. Incluso a mí, la mayor parte de las fotos del álbum nada me dicen (aunque, extrañamente, me conmueven) como esas que uno recogería en una antigua tienda o una casa abandonada.

Niños perdidos en un caótico planeta


Acabo de cumplir –no diría celabrar– mi 72º cumpleaños. Se trató de un momento adecuado para reflexionar tanto sobre el pasado que se estira detrás de mí como el truncado futuro que está por delante. De hecho, hace unos días la cuestión de la muerte estuvo dando vueltas en mi cabeza. Estoy pensando en hacer una copia de mi vieja libreta de direcciones; seguramente, será la última vez que lo haga (sí, tengo bastantes años como para preferir que toda esa información esté escrita sobre papel, no en el éter). Y, por supuesto, cuando recorro esas desteñidas páginas, veo –como corresponde a mi edad– algo que se parece a un libro de los muertos, y me doy cuenta de que la próxima reescritura será bastante más breve.

A veces se dice de los muertos que se han ido “al más allá”. En el contexto del mundo en que vivimos hoy, empecé a pensar en ellos como algún tipo de refugiados, cada uno de ellos arrancado de su vida (como todos lo estaremos un día) y mandado a cruzar una frontera desconocida para entrar en un territorio verdaderamente extranjero. Pero si nuestro destino es, al final, ser los últimos refugiados, entrando en un sitio en el que no habrá campos de reasentamiento –presumiblemente, nada de nada– me pregunto también sobre el mundo que dejaré detrás de mí, el que dejaré a mis espaldas cuando por fin atraviese la frontera.

También me pregunto –¿cómo podría no hacerlo con mi futuro de ‘refugiado’ en la mente– acerca de los 65 millones de se seres humanos que han sido arrancados de su hogar solo en 2015, sobre todo en aquellos lugares donde nosotros, los estadounidenses, hemos estado librando nuestras guerras de esta última década y media. Resulta difícil no haberse enterado de cuántos más han seguido sus pasos este año, entre ellos los por lo menos 80.000 sunníes que vivían en la recientemente “liberada” y parcialmente destruida ciudad iraquí de Fallujah. En tanto pasaba eso, decenas de millones han continuado siendo exiliados interiores en su propio país (o lo que queda de él), mientras otras decenas de millones se han convertido oficialmente en refugiados después de atravesar fronteras y poner el pie en Turquía, Líbano o Jordania o hacerse a la mar en endebles y sobrecargadas embarcaciones con rumbo a Grecia (desde Turquía) o Italia (desde Libia) moviéndose en oleadas en las que se mezcla la desesperación y la esperanza, y ahogándose en alarmantes cantidades. Al final de su viaje, algunas veces han encontrado ayuda y socorro, pero demasiado a menudo solo hostilidad y hostilidad, como si fueran criminales o hubiesen hecho algo malo.

Del mismo modo pienso en ese 10 por ciento de niños iraquíes, un millón y medio de niños en un país sumido en el caos, la guerra, el conflicto sectario, la insurgencia y el terror, quienes –según un informe reciente de UNICEF– han abandonado su casa desde 2014, o ese 20 por ciento de pequeños (¡chicos!) que están “en serio riesgo de morir, ser heridos, sufrir violencia sexual o ser obligados a alistarse en grupos armados”. Y pienso en ese 51 por ciento de refugiados afganos, iraquíes, sirios y libios, o de donde sean, que son niños, muchos de ellos separados de sus padres y están solos en el planeta Tierra.

Ningún niño merece semejante suerte. Jamás. Cada pequeño desarraigado que ha perdido a sus padres y tal vez el acceso a la educación y a la niñez, es un crimen contra el futuro.

Y bastante a menudo pienso sobre nuestra respuesta a todo esto, la que hemos practicado durante los últimos 15 años: más bombas, más misiles, más ataques con drones, más asesores, más irrupciones con unidades de operaciones especiales, más entregas de armamento y, pese a todo ello, ni un solo éxito ni victoria mesurable por cualquier estándar imaginable; solo más desestabilización de cada vez más regiones del mundo, más proliferación de grupos terroristas y la producción de todavía más seres humanos desarraigados, niños perdidos y refugiados... esto es, constantemente más y más gente aterrorizada y más terroristas.

Si usted vive en Estados Unidos, es muy posible que se impresione (a menos que sea usted un seguidor) cuando Donald Trump hace un llamamiento por la prohibición de los musulmanes en este país, o cuando Newt Gringrich aboga por hacer una prueba a “todas las personas para verificar si tienen ascendencia musulmana y si creen en la sharia para, en ese caso, expulsarlas” de EEUU, o cuando varios gobernadores republicanos hacen lo imposible por mantener fuera de su estado a unos pocos refugiados sirios. Es bastante fácil sentir desagrado respecto de esos sentimientos si se tiene en cuenta la larga tradición de xenofobia y racismo estadounidenses, y todo eso. Sin embargo, la verdad es que, aunque pongan los pelos de punta, todos esos dichos no pasan de ser unas bravatas. La verdadera acción ‘xenofóbica’ se ha realizado en aquellas tierras lejanas en las que el poder de la fuerza aérea de Estados Unidos es absoluto, en un país que supo poner en marcha el Plan Marshall para reconstruir un continente arrasado por la guerra pero hoy ni se le ocurre crear o invertir en otra cosa que no sea más devastación y desestabilización.

Los musulmanes a quienes Donald Trump quiere prohibir su entrada son, después de todo, los mismos que su país han hecho todo lo posible para arrancarlos de su hogar y ponerlos en movimiento. ¿Cómo pueden compararse los pocos que acaso pudieran alguna vez poner el pie en este país con los millones que han entrado en avalancha en Jordania, Turquía y Líbano, entre otros lugares, desestabilizar todavía más Oriente Medio (que, por si lo habéis olvidado, sigue siendo la mayor región petrolera del planeta)? ¿Dónde está el Plan Marshall para ellos o para el resto de una región que está siendo arrasada por Estados Unidos y sus aliados (con la entusiasta ayuda del Estado Islámico [en adelante, el Daesh], variadas organizaciones extremistas, Bashar al-Assad y todo un variopinto conjunto)?

Qué bombas no podemos construir


Los estadounidenses tenemos una buena opinión de nosotros mismos. Desde nuestro presidente hacia abajo, es raro que titubeemos: nuestro país es singularmente ‘excepcional’; no solo eso, además es excepcionalmente generoso. En los últimos años, sin embargo, esa generosidad no se ha hecho notar entre nosotros ni en el extranjero (excepto en aquellos sitios en los que las fuerzas armadas de Estados Unidos están interesadas). En el ámbito nacional, la sociedad se ha escindido entre un floreciente1 por ciento (y sus gestores y operadores) y partes del otro 99 por ciento, que se sienten en el camino hacia el infierno. Con la ayuda del circo político de Donald Trump, esto ha hecho que Estados Unidos tenga el aspecto de una tierra que está cambiando hacia el tercermundismo, aunque siga siendo la ‘única superpotencia’ y el país más rico del mundo. Mientras tanto, nuestra pretendida generosidad no ha llegado hasta nuestra propia infraestructura, aquella que –hablando de los mundos que han sido arrastrados por las corrientes del tiempo– dejaba pasmado a mis padres y a otros estadounidenses de su época. La idea de que las autopistas, carreteras, puentes, puertos, oleoductos y demás pueden estar deteriorándose significativamente por falta de dólares sin que haya una respuesta de la clase política habría sido algo inconcebible para ellos. Y sin duda representa un sorprendente mensaje de mezquindad enviado por esa clase política a los niños y jóvenes de un futuro Estados Unidos: “Vosotros, y el mundo en que vosotros viviréis, no valéis nuestra inversión”.

En aquellos años –gracias, Osama bin Laden, Daesh y la interminable lista de políticos, funcionarios, jefes militares y expertos en ‘terrorismo’ de Estados Unidos– el miedo a un fenómeno –el terrorismo–, que aunque peligroso, es uno de los menores riesgos que enfrenta la vida de este país, ha atenazado su cuerpo político. No importa. La discusión sobre la forma de mantenernos ‘a salvo’ del terrorismo, es incesante. Ciertamente, en un mundo en el que unos lunáticos que van por libre armados con un fusil de asalto o conduciendo un camión pueden provocar una matanza en una operación suicida. El problema es que, en estos tiempos, la protección de nuestra ‘seguridad’ siempre implica la utilización de todavía más bombas y misiles lanzados en tierras remotas, más soldados y operadores especiales que deben entrar en acción, más vigilancia de nuestra población y la del mundo. En otras palabras, hablamos de todo aquello que es militarizar aún más la política exterior de Estados Unidos, poner el comando en manos del estado de la seguridad nacional y asegurar la continua desmovilización de una ciudadanía asustada y nerviosa. Al mismo tiempo que, en otros sitios, se hace crecer el número de seres desarraigados, de niños sin niñez y de refugiados.

Nuestros líderes –y nosotros, también– han crecido habituados a nuestra particular versión de eterno ‘estado de guerra’ y a las guerras sin final, unas guerras cuyo rasgo esencial es que continuarán interminablemente, mientras más y más partes del planeta se hunden en el infierno. En este contexto, cualquier noción de generosidad estadounidense y del espíritu de fondos, parecen haberse perdido en acción. Aquí no existe la menor comprensión de que si realmente no se quiere crear generaciones de terroristas en el seno de poblaciones despojadas de todo lo que define la vida normal, lo mejor que se puede hacer es poner en marcha un Plan Marshall para el Gran Oriente Medio.

Debería ser obvio (aunque no lo es en nuestro mundo estadounidense) que las bombas, sea lo que sea lo que pueden hacer, nunca podrán construir nada. En lugar de ellas, lo mejor es estar preparados para echar una auténtica mano, una mano muy grande, para hacer posible que millones y millones de personas que hoy viven en el caos puedan tener una vida medianamente decente. Deberíamos saber que en realidad la guerra no es una respuesta para esta situación, que si para acabar con el Daesh no dejamos piedra sobre piedra y destruimos toda esperanza en la región, dentro de unos pocos años esa brutal organización podría parecer buena en comparación con cualquiera de nosotros que sea visto por allí. Lo mejor sería saber que las acciones pacíficas –la palabra ‘paz’, aun como recurso retórico, es algo anticuado en el Washington de ‘tiempos de guerra’– todavía son posibles en este mundo.

Perdidos para el futuro


Antes de que nos arrastren la corriente que mencionaba más arriba, siempre está el anhelo de asegurar que dejamos algo detrás de nosotros. Me temo que ya estoy percibiendo algunas vislumbres de lo que podría ser ese mundo después de mí, un mundo estadounidense que nunca habría querido entregar a mi nieto, ni al de nadie. Mi país, Estados Unidos, es precisamente el único implicado en lo que parece ser una cada vez más generalizada debacle global de desestabilización: es necesario quitarse el sombrero ante los pakistaníes, los saudíes, nuestros aliados europeos, los británicos del brexit, los rusos... y tantos otros.

Sin embargo, debo admitir que mi atención –mi sentido del deber, podría decirse– está centrada en este mi país. Nunca me agradaron esas palabras tan nuestras, tan estadounidenses; ‘patriota’ y ‘superpatriota’, que solo las utilizamos con nosotros mismos, o sus alternativas ‘nacionalista’ y ‘ultranacionalista’, que reservamos peyorativamente para los extranjeros exaltados o belicosos. Pero si bien soy bastante poco inclinado a verme como un patriota estadounidense o un nacionalista estadounidense, sobre todo me preocupa mucho lo que este país elige ser, en qué quiere convertirse. Siento cierta responsabilidad por esta cuestión, y me duele ver lo que nos está pasando, a nosotros, al país y a las personas de nuestro entorno –los niños– que se están preparando para ser. Es probable que también nosotros estemos empezando a vivir las tensiones de la desestabilización global en curso y que, aunque sin duda incómodos, continuamos arruinando el futuro en una forma todavía difícil de aquilatar.

Tal vez algún día alguien tendrá en sus manos uno de los álbumes de fotografías de mi propia niñez. La cola quizá ya no esté y las fotos estén sueltas, las páginas estén desmenuzándose y los rostros que en ellas se vean, incluyendo el mío, se hayan perdido en el pasado, como tantos de esos niños por los que hemos hecho todo lo posible para arrancar de su casa y convertirlos en refugiados perdidos para el futuro. En ese momento, mi suerte será la norma y no habrá que llorar por ella. La suerte de esos niños perdidos, aun si ellos se convierten en lo normal, será el escándalo del siglo y no será otra cosa que un auténtico crimen contra el futuro

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project y autor de The United States of Fear como también de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. En miembro de The Nation Institute y administra TomDispatch.com. Su nuevo libro es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/176168/

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.

viernes, 22 de julio de 2016

Las mujeres y el género en Iraq




Entrevista a Zahra Ali, socióloga especializada en el estudio de la mujer y del género en relación con el Islam y Oriente Próximo



Elodie Descamps
Investig' Action

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos


Zahra Ali, socióloga especializada en el estudio de la mujer y del género en relación con el Islam y Oriente Próximo, está a punto de publicar un libro sobre “las mujeres en el Iraq después de Sadam”. La autora estudia la evolución del marco jurídico relativo a la mujer desde la formación del Estado iraquí al periodo posterior a la invasión estadounidense. Aunque esta invasión exacerbó las tensiones etno-confesionales ya presentes en el seno del país, también contribuyó a crear una visión retrógrada de los derechos de las mujeres en la sociedad. De este modo, Zahra Ali reivindica la necesidad de “descolonizar el feminismo” e invita a tener en cuenta la complejidad de los contextos de emergencia en el análisis de los movimientos sociales. Al suprimir las cuestiones políticas y económicas en la interpretación de los fenómenos sociales y al tratar las consecuencias sin analizar nunca las causas, los medios de comunicación crean miedo y división ahí donde deberían unir.

Dentro de poco va a publicar una obra sobre el tema de «las mujeres en Iraq después de Sadam» donde examina el activismo político de las iraquíes y la evolución de la cuestión del género en el seno de la sociedad. ¿Cuál es la conclusión principal de este trabajo de campo?


 Si nos remontamos un poco en la historia se constata de entrada que la formación del Estado iraquí por el imperio británico se hizo excluyendo a la mayoría de la población. En aquella época las mujeres estaban «tribalizadas».

Dicho de otra manera, únicamente se tuvo en cuenta a las mujeres de la elite urbana cercana al poder colonial y se relegó a ser ciudadanos de segunda categoría a los hombres y las mujeres de los medios rurales que, sin embargo, eran la mayoría del país. Las mujeres de los medios rurales fueron las más desfavorecidas en esta configuración ya que no disponían de derechos jurídicos formales.

En el periodo revolucionario de 1958, marcado por la lucha contra el imperialismo británico y una militancia comunista que dominaba el paisaje político, las mujeres se van a organizar en un movimiento de defensa de los derechos de las mujeres.

Es en este contexto donde aparece el Código del Estatuto Personal, que representa el marco jurídico del conjunto de los derechos de las mujeres, como la herencia, el matrimonio, el divorcio, etc. Se establece en 1959 y revela dos cosas. En primer lugar, la unidad de la nueva «nación» iraquí, puesto que el Código une las jurisprudencias sunní y chií. A continuación, una visión muy progresista de los derechos de las mujeres, ya que en esta época es el código más avanzado de la región de Oriente Próximo en materia de derechos de las mujeres. De hecho, en su elaboración participaron militantes del movimiento de las mujeres.

¿Evolucionó este Código del Estatuto Personal en el curso de los diferentes regímenes?

En la década de 1970 el régimen quería poner de relieve una ideología nacionalista y moderna. El Código se modificó entonces varias veces y de manera muy progresista reforzando el derecho al divorcio para las mujeres o prohibiendo los matrimonios al margen del tribunal, por ejemplo.

Más adelante, en la década de 1990, cuando Sadam se presenta como un líder «musulmán» y lanza su «Campaña de fe» con el trasfondo del embargo y la crisis política, social y económica del país, se volverá a modificar el Código a favor del conservadurismo. Por ejemplo, se van a tolerar los llamados crímenes de honor.

En 2003 el régimen de ocupación estadounidense institucionalizará el comunitarismo. La sociedad iraquí, que ya estaba herida por décadas de guerras, de autoritarismo y de sanciones internacionales, verá cómo se le impone un sistema político basado en la pertenencia etno-confesional.

Las identidades etno-confesionales en Iraq ya eran objeto de tensiones vinculadas a las políticas nacionalistas excluyentes y genocidas de Sadam Husein, sobre todo contra la población kurda y chií. Con la invasión estadounidense en 2003 estas tensiones se van a llevar a su paroxismo.

Es como si en Francia o Bélgica se institucionalizara el racismo; las consecuencias de ello son fáciles de imaginar. En Iraq se cayó en la guerra civil y desde 2003 no ha terminado el ciclo de violencia.

¿Qué impacto tuvo la invasión estadounidense sobre este Código?

En este contexto de fragmentación extrema la elite política chií en el poder va a proponer una confesionalización del Código del Estatuto Personal, siguiendo el ejemplo del Código de familia libanés, de manera que cada confesión se rigió por su propio código. Este periodo estuvo marcado tanto por un aumento del conservadurismo social y religioso como por una violencia confesional generalizada.

Por consiguiente, la reforma del Código va a suponer un auténtico cuestionamiento de los derechos jurídicos elementales de las mujeres, pero también de toda la herencia revolucionaria de izquierda. Se trata de una verdadera regresión en lo que concierne a la igualdad de tratamiento de las mujeres y de los ciudadanos de todas las confesiones.

En definitiva, al igual que en la época colonial, la ocupación e invasión estadounidenses impusieron una vez más su propia visión de la sociedad iraquí, una visión comunitaria y arcaica. Hoy esta visión sigue siendo el origen de la fragmentación de la ciudadanía y del territorio iraquíes, al norte los kurdos, al oeste DAESH y al sur los chiíes.

Esta fragmentación tiene un carácter de género y las cuestiones referentes a los derechos de las mujeres desempeñan un papel fundamental en ella. El régimen de ocupación las instrumentaliza en una retórica neocolonial que pretende «liberar a las mujeres». Pero también las instrumentalizan las fuerzas políticas conservadoras que siguen el juego de las identidades confesionales bajo el pretexto de una supuesta «autenticidad islámica».

En sus obras habla mucho de la necesidad de «descolonizar el feminismo», ¿qué entiende por esta expresión?

Descolonizar el feminismo significa a la vez reivindicar unos modelos alternativos de lucha contra el patriarcado, emancipados de las normas de las feministas hegemónicas blancas y burguesas, y también rechazar todo esencialismo. Hay que entender que los feminismos toman forma en y a partir de sus diferentes contextos y no a partir de unos modelos de emancipación predefinidos. Se trata de una emancipación contra todas las formas de opresión, ya sean de raza o de clase.

En su opinión, la religión no se puede entender ni definir fuera del contexto. ¿Puede decirnos algo más sobre ello, quizá poniéndonos algunos ejemplos concretos?

Entender la religión fuera de aquellas personas que la practican y la reivindican, y no situar a estas personas es caer en el esencialismo. Es decir, se hace existir lo religioso como una esencia que se sitúa fuera de sus diferentes realidades de práctica y de expresión.

En mis investigaciones he demostrado que lo religioso siempre ha estado imbricado en cuestiones de nacionalismo y de régimen político. Si en la década de 1950 lo religioso se interpretó y practicó de manera bastante igualitaria y progresista, sobre todo en materia de los derechos de las mujeres, después de la ocupación lo dominante es una lectura confesional y conservadora.

Hay que volver a los contextos que desarrollé antes para comprender por qué se interpreta el Islam de determina manera en una época dada y de manera diferente en otra época.

Se observa en nuestros medios de comunicación y en nuestros políticos una tendencia a reproducir un discurso islamófobo, por ejemplo, relacionando directamente yihadismo e islamismo. ¿Cómo interpreta usted este discurso y qué retos presenta?

Este discurso es producto de esta esencialización del Islam. En vez de contextualizar y de mirar en su complejidad los grupos y movimientos en cuestión, se les mete a todos en el mismo saco diciendo que es a causa del Islam y del fundamentalismo religioso.

En el fondo, este discurso mediático y el discurso yihadista coinciden. Los grupos que utilizan el Islam para justificar sus actos de violencia y quienes interpretan esta violencia como un producto del Islam tienen en común esta misma esencialización del Islam.

De lo que se trata es del culturalismo y el racismo. En vez de interpretar un fenómeno social utilizando unos esquemas analíticos que implican cuestiones sociopolíticas y económicas, se crea un esquema a medida: la causa y las consecuencias son idénticas. Sería a causa del Islam, debido a su fundamentalismo. Analizando de esta manera no se avanza mucho y lo único que se hace es crear odio y racismo.

Militante desde los 15 años, Zahra Ali fue una de las fundadoras del Colectivo Feminista para la Igualdad. En 2011 dirigió Féminismes Islamiques, la primera recopilación de trabajos feministas musulmanes publicada en Francia. Es investigadora de la Universidad Chester de Reino Unido y de IFPO-Iraq, y está a punto de publicar su tesis, Les femmes et le genre en Irak: entre construction nationale et fragmentation [Las mujeres el género en Iraq: entre construcción y nacional y fragmentación].

Fuente: http://www.investigaction.net/les-femmes-et-le-genre-en-irak-entretien-avec-zahra-ali/#sthash.Qz0CTgtI.dpuf

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y a Rebelión como fuente de la misma.

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