Mostrando entradas con la etiqueta Donald J. Trump. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Donald J. Trump. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de marzo de 2017

Trump: la aclaración

Luego de haber hecho declaraciones a todas luces apresuradas sobre diversos temas militares, el presidente Donald Trump está ateniéndose a las opiniones de su secretario de Defensa, el general James Mattis, en materia de cuestiones estratégicas y tácticas. La Casa Blanca decidirá sobre objetivos y medios políticos mientras que el Pentágono tendrá carta blanca en cuanto a la aplicación. Esta diferenciación entre política y acción militar no existía bajo la administración Obama: en aquella época, el Pentágono sometía toda acción letal a la aprobación de la Casa Blanca.

por Thierry Meyssan

Dos meses después de su llegada a la Casa Blanca, el presidente Donald Trump tendrá que aclarar su posición en relación con el plan de rediseño del Medio Oriente ampliado que sus predecesores trataron de imponer. Y si realmente quiere poner fin al yihadismo, tendrá que reconocer la resistencia de la República Árabe Siria y reposicionar tanto al Reino Unido como a Arabia Saudita y Turquía.


Desde la nominación del general James Mattis como nuevo secretario de Defensa, el presidente estadounidense Donald Trump solicitó al general la preparación de planes para liquidar definitivamente a los yihadistas en vez de limitarse a moverlos de un lugar a otro ni a conservar algunos para seguir utilizándolos.

En su discurso del 28 de febrero de 2017 ante el Congreso de Estados Unidos, Trump confirmó que su objetivo es acabar con el «terrorismo islámico radical». Y, para evitar errores de interpretación, recordó que las víctimas de ese terrorismo son tanto musulmanas como de confesión cristiana. Trump muestra así que no está en contra del islam sino contra una ideología política que recurre a referencias musulmanas.

Todo parece indicar que la cadena de mando estadounidense está siendo objeto de un proceso de corrección ya a punto de terminar. Cuando el presidente Trump haya fijado el objetivo y designado los medios a utilizar para alcanzarlo, los militares podrán concretar la operación como lo crean más conveniente. Y las responsabilidades estarán compartidas: al Pentágono le tocará asumir la responsabilidad por los errores de actuación o los «daños colaterales» mientras que la Casa Blanca asumirá las derrotas.

Es por eso que conviene precisar lo más rápidamente posible la posición de Estados Unidos frente a la República Árabe Siria. Esa posición debería anunciarse en Washington, el próximo 22 de marzo, en una reunión de los países miembros de la coalición anti-Daesh que debe contar con la participación del secretario de Estado, Rex Tillerson. Lo menos que puede decirse es que, por el momento, nada ha cambiado en ese sentido: en el Consejo de Seguridad de la ONU, la embajadora estadounidense Nikki Haley incluso respaldó recientemente un enésimo proyecto de resolución franco-británico contra Siria, que se estrelló contra el sexto veto chino y el séptimo veto ruso.

Por su parte, el embajador sirio Bachar Jaafari denunció que tras la maniobra franco-británica consistente en acusar sin pruebas –basándose en supuestos testimonios de los grupos empeñados en agredir a la República Árabe Siria– se escondía un intento de justificar un «cambio de régimen» y de absolver a Israel, país culpable de posesión de armamento atómico y por tanto violador del Tratado de No Proliferación.

Acabar con el yihadismo equivaldría a renunciar al plan conjunto de Londres y Washington tendiente a rediseñar el Medio Oriente ampliado y a instalar en el poder a la Hermandad Musulmana en todos los países de esa región. Sería también reconocer que las «primaveras árabes» sólo fueron la reedición –Made in CIA y MI6– de la «Revuelta Árabe» de 1916. Eso obligaría al Reino Unido a renunciar a una carta que desde hace un siglo había venido construyendo pacientemente; forzaría a Arabia Saudita a desmantelar la Liga Islámica Mundial, que desde 1962 coordina a los yihadistas; compelería a Francia a renunciar a su delirio de obtener un nuevo mandato sobre Siria, mientras que Turquía se vería obligada a dejar de apadrinar las organizaciones políticas de los yihadistas. No se trata, por tanto, de una decisión únicamente estadounidense sino que implicaría como mínimo a otros 4 Estados.

A pesar de las apariencias, esta decisión va mucho más allá del ámbito sirio. Pudiera incluso convertirse en el posible fin de la política imperial anglosajona, lo cual tendría múltiples consecuencias en el campo de las relaciones internacionales. Se trata, en efecto, del programa electoral de Donald Trump, pero nadie sabe si realmente podrá aplicarlo, debido a la extraordinaria oposición que ha encontrado en las élites estadounidenses.

Por su parte, el general Joseph Dunford, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, tuvo una reunión en Ankara con sus homólogos de Rusia y Turquía. El objetivo de ese encuentro era evitar que los militares de cada uno de esos países, presentes en el terreno, interfieran a los de los otros dos Estados en este conflicto caracterizado por la presencia de múltiples actores. Irán no fue invitado a Ankara ya que, en contraste con el Hezbollah– sus militares desde hace tiempo se limitan a defender solamente a las poblaciones chiitas.

Mientras que el Ejército Árabe Sirio liberaba nuevamente la ciudad de Palmira, el contingente militar de Estados Unidos ilegalmente presente en suelo sirio aumentó sus efectivos a 900 hombres y atravesó el norte de Siria haciéndose lo más visible que pudo.

La cuestión práctica más importante es saber en qué tropas se apoyaría Estados Unidos para atacar la ciudad siria de Raqqa, actualmente en manos del Emirato Islámico (Daesh). La prensa internacional sigue afirmando que el Pentágono cuenta con los kurdos del YPG, pero otras fuentes mencionan la posible aplicación de un esquema similar al de Mosul, en Irak, donde consejeros estadounidenses dirigen las acciones del ejército nacional iraquí.

En la reunión de Ankara, el general Dunford pareció preocupado ante la posibilidad de enfrentamientos entre los soldados turcos y los milicianos kurdos, sobre todo teniendo en cuenta que parte del YPG ha decidido ponerse bajo la protección de Damasco, ante el anuncio de un posible avance turco-mongol.

En el mejor de los casos, tendremos que esperar hasta el 22 de marzo para saber si el presidente Trump finalmente reconoce que la administración Obama perdió su guerra contra Siria y si él mismo es verdaderamente serio cuando dice querer erradicar el yihadismo. ¿Qué pasará entonces con quienes han sido, a lo largo de medio siglo, los fieles ejecutores de la política británica?

Thierry Meyssan
Thierry Meyssan Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).

Red Voltaire
Voltaire, edición Internacional

Artículo bajo licencia Creative Commons

La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

Fuente : «Trump: la aclaración», por Thierry Meyssan, Red Voltaire , 14 de marzo de 2017, www.voltairenet.org/article195609.html

domingo, 22 de enero de 2017

Empieza la era Trump...



Ignacio Ramonet
Rebelión


Unos días después del acuerdo entre Rusia y Turquía que permitió acabar con la interminable batalla de Alepo, leí en un célebre semanario francés el comentario siguiente : «La permanente crisis de Oriente Medio está lejos de resolverse. Unos piensan que la solución pasa obligatoriamente por Rusia, mientras otros creen que todo depende de Turquía. Aunque lo que queda claro ahora es que, de nuevo y definitivamente –por lo menos cabe desearlo-, Rusia tiene en sus manos los argumentos decisivos para poner punto final a esa crisis.» ¿Qué tiene de particular este comentario ? Pues que se publicó en la revista parisina L’Illustration... el 10 de septiembre de 1853.
O sea, hace ciento sesenta y tres años, la crisis de Oriente Medio ya era calificada de «permanente». Y es probable que lo siga siendo... Aunque un parámetro importante cambia a partir de este 20 de enero : llega un nuevo Presidente de Estados Unidos a la Casa Blanca : Donald Trump. ¿Puede esto modificar las cosas en esta turbulenta región ? Sin ninguna duda porque, desde final de los años 1950, Estados Unidos es la potencia exterior que mayor influencia ejerce en esta area y porque, desde entonces, todos los presidentes estadounidenses, sin excepción, han intervenido en ella. Recordemos que el caos actual en esta zona, es, en gran parte, la consecuencia de las intervenciones militares norteamericanas decididas, a partir de 1990, por los presidentes George H. Bush, Bill Clinton y George W. Bush, y por el (más reciente) azorado apoyo a las « primaveras árabes » estímuladas por Barack Obama (y su secretaria de estado Hillary Clinton).

Aunque globalmente la línea que defendió el candidato republicano durante su campaña electoral fue calificada de « aislacionista », Donald Trump ha declarado en repetidas ocasiones que la organización Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) es el « enemigo principal » de su país y que, por consiguiente, su primera preocupación será destruirlo militarmente. Para alcanzar ese objetivo, Trump está dispuesto a establecer una alianza táctica con Rusia, potencia militarmente presente en la región desde 2015 como aliada principal del gobierno de Bachar El Asad. Esta decisión de Donald Trump, si se confirma, representaría un cambio de alianzas espectacular que desconcierta a los propios aliados tradicionales de Washington. En particular a Francia, por ejemplo, cuyo gobierno socialista -por extrañas razones de amistad y negocios con Estados teocráticos ultrareaccionarios como Arabia Saudita y Qatar- ha hecho del derrocamiento de Bachar El Asad, y por consiguiente de la hostilidad hacia el presidente ruso Vladimir Putin, el alfa y el omega de su política exterior [i] .

Donald Trump tiene razón : las dos grandes batallas para derrotar definitivamente a los yihadistas del ISIS –la de Mosul en Irak, y la de Raqqa en Siria- aún están por ganar. Y van a ser feroces. Una alianza militar con Rusia es, sin duda, una buena opción. Pero Moscú tiene aliados importantes en esa guerra. El principal de ellos es Irán que participa directamente en el conflicto sirio con hombres y armamento. E indirectamente pertrechando a las milicias de voluntarios libaneses chiitas del Hezbollah.

El problema para Trump es que también repitió, durante su campaña electoral, que el pacto con Irán y seis potencias mundiales sobre el programa nuclear iraní, que entró en vigor el 15 de julio de 2015, y al que se habían opuesto duramente los republicanos en el Congreso, era “un desastre”, “el peor acuerdo que se ha negociado”. Y anunció que otra de sus prioridades al llegar a la Casa Banca sería desmantelar ese pacto que garantiza la puesta bajo control del programa nuclear iraní durante más de diez años a la vez que levanta la mayoría de las sanciones económicas impuestas por la ONU contra Teherán.

Romper ese pacto con Irán no será sencillo, pues se firmó con el resto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (China, Francia, Reino Unido, Rusia) y Alemania, a los que Washington tendría que enfrentarse. Pero es que, además, como se ha dicho, el aporte de Irán en la batalla contra el ISIS, tanto en Irak como en Siria, resulta fundamental. No es el momento de enemistarse de nuevo con Teherán. Moscú, que ve con buenos ojos el acercamiento de Washington, no aceptará que esto se haga a costa de su alianza estratégica con Teherán.

Uno de los primeros dilemas del presidente Donald Trump consistirá pues en resolver esa contradicción. No le resultará facil. Entre otras cosas porque su propio equipo de halcones, que acaba de nombrar, parece poco flexible en lo que concierne las relaciones con Irán [ii] .

Por ejemplo el general Michael Flynn, su asesor de Seguridad Nacional (lo que Henry Kissinger fue para Ronald Reagan), está obsesionado con Irán. Sus detractores le definen como "islamófobo" porque ha publicado opiniones que  muchos consideran abiertamente racistas. Como cuando escribió en su cuenta de Twitter : "El temor a los musulmanes es perfectamente racional." Flynn participó en las campañas para desmantelar las redes insurgentes en Afganistán e Irak. Asegura que la militancia islamista es una « amenaza existencial a escala global ». Igual que Trump, sostiene que la organización Estado Islámico es la « mayor amenaza » que enfrenta EE.UU. Cuando fue director de la Agencia de Inteligencia de la Defensa (AID), de 2012 a 2014, dirigió la investigación sobre el asalto al consulado estadounidense de Bengasí, en Libia, el 11 de septiembre de 2012, en el que murieron varios ‘marines’ y el embajador norteamericano Christopher Stevens. En aquella ocasión, Michael Flynn insistió en que el objetivo de su agencia, como el de la CIA, era « demostrar el rol de Irán en ese asalto » [iii] . Aunque jamás haya habido evidencia de que Teherán tuviera cualquier participación en ese ataque. Curiosamente, a pesar de su hostilidad a Irán, Michael Flynn está a favor de trabajar de manera más estrecha con Rusia. Incluso, en 2015, el general viajó a Moscú donde fue fotografiado sentado al lado de Vladimir Putin en una cena de gala para el canal estatal de televisión, Russia Today (RT), donde ha aparecido regularmente como analista. Posteriormente, Flynn admitió que se le pagó por hacer ese viaje y defendió al canal ruso diciendo que no veía « ninguna diferencia entre RT y el canal estadounidense CNN ».

Otro anti-iraní convencido es Mike Pompeo, el nuevo director de la CIA, un ex-militar graduado de la Academia de West Point y miembro del ultraconservador Tea Party. Tras su formación militar, fue destinado a un lugar de extrema tensión durante la Guerra Fría: patrulló el ‘Telón de Acero’ hasta la caída del Muro de Berlín en 1989. En su carrera como político, Mike Pompeo formó parte del Comité de Inteligencia del Congreso, y se destacó en una investigación que puso contra las cuerdas a la candidata demócrata Hillary Clinton por su pretendido papel durante el asalto de Bengasi. Ultraconservador, Pompeo es hostil al cierre de la base de Guantánamo (Cuba), y ha criticado a los líderes musulmanes de Estados Unidos. Es un partidario decidido de dar marcha atrás al tratado nuclear firmado con Irán, al que califica de « Estado promotor del terrorismo ».

Pero quizas el más rabioso enemigo de Irán, en el entorno de Donald Trump, es el general James Mattis, apodado 'Perro Loco', que estará a cargo del Pentágono [iv] , o sea ministro de la Defensa. Este general retirado de 66 años, demostró su liderazgo militar al mando de un batallón de asalto durante la primera guerra del Golfo en 1991 ; luego dirigió una fuerza especial en el sur de Afganistán en 2001 ; después comandó la Primera División de la Infantería de Marina que entró en Bagdad para derrocar a Sadam Husein en 2003 ; y, en 2004, lideró la toma de Faluya en Irak, bastión de la insurgencia suní. Hombre culto y lector de los clásicos griegos es también apodado el ' Monje Guerrero' , alusión a que jamás se casó ni tuvo hijos. James Mattis ha repetido infinitas veces que Irán es la « principal amenaza » para la estabilidad de Oriente Medio , por encima de organizaciones terroristas como el ISIS o Al Qaeda : "Considero al ISIS como una excusa para Irán para continuar causando daño. Irán no es un enemigo del ISIS. Teherán tiene mucho que ganar con la agitación que crea el ISIS en la región."

En materia de geopolítica, como se ve, Donald Trump va a tener que salir pronto de esa contradicción. En el teatro de operaciones de Oriente Próximo, Washington no puede estar –a la vez- a favor de Moscú y contra Teherán. Habrá que clarificar las cosas. Con la esperanza de que se consiga un acuerdo. De lo contrario, hay que temer la entrada en escena del nuevo amo del Pentágono, James Mattis ‘Perro Loco’, de quien no debemos olvidar su amenaza más famosa, pronunciada ante una asamblea de notables bagdadíes durante la invasión de Irak: " Vengo en paz . No traje artillería. Pero con lágrimas en los ojos, les digo esto: si me fastidian, ¡os mataré a todos!"

Notas:
[i] Aunque, como se sabe, hay eleciones en mayo próximo en Francia, a las cuales el actual presidente socialista François Hollande, muy impopular, ha decidido no representarse. El candidato conservador con mayores posibilidades de ganar, François Fillon, ha declarado por su parte que reorientará la política exterior francesa para normalizar de nuevo las relaciones con Moscú.

[ii] Léase, Paul Pillar, « Will the Trump Administration Start a War with Iran ? », The National Interest, 7 de diciembre de 2016. http://nationalinterest.org/blog/paul-pillar/will-the-trump-administration-start-war-iran-18652

[iii] Léase, The New York Times, 3 de diciembre de 2016. http://www.nytimes.com/2016/12/03/us/politics/in-national-security-adviser-michael-flynn-experience-meets-a-prickly-past.html?_r=0

[iv] James Mattis necesitará que el Congreso le conceda una excepción para esquivar la ley que exige que pasen siete años entre salir del Ejército y acceder a la jefatura del Pentágono.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Michael T. Flynn y el islam

El general Flynn estuvo, en 2015, entre los invitados extranjeros al aniversario de la televisión internacional Russia Today. Su particapación en esa celebración fue violentamente criticada desde la Casa Blanca, que ve en ese medio de prensa un “órgano de propaganda de Vladimir Putin” (sic).

por Thierry Meyssan
El general Michael T. Flynn, próximo consejero estadounidense para la Seguridad Nacional, fue en un tiempo ensalzado como uno de los oficiales de inteligencia más brillantes de su generación, pero hoy se le tilda de islamófobo y torturador. Entre el apogeo de su gloria y esta oleada de críticas, el general Flynn se enfrentó al presidente Barack Obama y finalmente se unió al candidato Donald Trump.

Con una enorme dosis de mala fe, la prensa clintonmaníaca describe al general Michael Flynn, seleccionado por el presidente electo de Estados Unidos Donald Trump para el cargo de consejero de seguridad nacional, como un islamófobo y partidario de la tortura. ¿Cuál es la realidad?

Michael T. Flynn es un católico de origen irlandés apegado a la estabilidad de su familia. Muy deportivo, practica tanto deportes de equipo como deportes individuales, pero prefiere los deportes de movimiento –como el waterpolo y el surf– a los de fuerza.

Considerado uno de los oficiales de inteligencia más brillantes de su generación –dirigió la DIA (Defense Intelligence Agency, o sea la agencia de inteligencia del Pentágono) desde julio de 2012 hasta agosto de 2014–, el general Flynn cuestionó les métodos de trabajo del servicio que dirigía. Para él, el uso sistemático de equipamiento sofisticado en la labor de espionaje no puede aportar la calidad que garantiza la labor de inteligencia humana [1] y la tendencia a presentar informes en forma de ponencia bien ilustrada no permite reflejar correctamente las situaciones complejas. Estima que más vale un análisis escrito que la exhibición de lindas presentaciones y fotos. Y, para terminar, la calidad del trabajo de inteligencia depende de su confrontación con el de otros analistas. Contrariamente a la práctica habitual en las agencias estadounidenses es por tanto la cooperación, y el intercambio, con los otros servicios del país y con los de las naciones aliadas. Se trata, como podemos ver, de posiciones finalmente muy clásicas, pero que en total contradicción con los hábitos de su país.

En lo tocante al yihadismo, tema sobre el que se concentra desde hace unos 15 años, Flynn ha llegado a la conclusión de que, aunque utiliza la terminología religiosa y cita el Corán, el islamismo no tiene nada que ver con una religión y que es única y exclusivamente una ideología política. Algo más perturbador, aunque no deja de ser cierto, es que afirma que el apoyo que los yihadistas encuentran en una parte de la población musulmana tiene sus raíces en el propio islam. Aunque no ha tomado posición sobre la religión musulmana, Flynn se las arregló para incluir al profesor Gabriel Sawma en el equipo de Trump. Este profesor de origen libanés es autor de un libro sobre los orígenes siriacos del Corán, trabajo que lo ha llevado a una interpretación muy tolerante del islam.

El enfrentamiento de Michael Flynn con Hillary Clinton y Barack Obama se produjo en agosto de 2012, al darse a conocer una nota secreta sobre los yihadistas en el Levante. En la parte desclasificada del documento, Flynn observaba que los yihadistas estaban en guerra contra la República Árabe Siria y que contaban con apoyo en las poblaciones tribales que viven entre Siria e Irak, circunstancia que podía llevarlos a crear un emirato en el noreste de Siria, lo cual correspondería a los intereses estratégicos de sus padrinos: Arabia Saudita, Qatar y Turquía. Flynn explicó que había escrito esa nota –justo después de que Francia reactivara la guerra contra Siria– para tratar de oponerse al respaldo de la administración Obama a la creación del Emirato Islámico (Daesh).

En cuanto a la tortura, Flynn ha explicado repetidamente que sus declaraciones no deben interpretarse como un estímulo a la generalización. Si combate a los yihadistas porque torturan y matan, es importante que estos sepan que él no piensa abandonar a sus propios compañeros de armas que han recurrido a la tortura y que no vacilará en torturar y matar él también de ser necesario. Pero no es esa su intención y, de hecho, en Afganistán intervino contra esa práctica.
Fuente original: Al-Watan (Siria)
[1] Se refiere al HUMINT o Human Intelligence, término utilizado para designar la información de inteligencia recogida y/o proporcionada por fuentes humanas. Nota del Traductor.

Thierry Meyssan
Thierry Meyssan Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).
Red Voltaire
Artículo bajo licencia Creative Commons
La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).
Fuente : «Michael T. Flynn y el islam», por Thierry Meyssan, Al-Watan (Siria) , Red Voltaire , 

jueves, 10 de noviembre de 2016

Trump y el momento populista



Pablo Iglesias Turión

Ha ganado un fascista. Decirlo no es banalizar el fascismo. El fascismo no es un fenómeno exclusivamente italiano y alemán de los años 30; es una forma de construir lo político. Algunos politólogos españoles trataron de delimitar el fenómeno fuera de nuestras fronteras para evitar hablar de fascismo en España. En España sólo habrían sido fascistas los camisas viejas de la minúscula Falange joseantoniana. No es cierto. El fascismo en España se construyó con los materiales ideológicos disponibles para un proyecto de masas; el catolicismo más reaccionario. Lo que algunos llamaron nacional-catolicismo es la versión española del fascismo. Y fascismo ha habido en muchos países de Europa y de América con diferentes combinaciones discursivas de patrioterismo, xenofobia, reivindicación de un pasado nacional glorioso, religión, una fraseología anti-élites, chovinismo y ningún cuestionamiento de las relaciones de propiedad. Trump es un fascista viable en los EEUU; no hace el saludo romano ni luce esvásticas, pero ha sido apoyado explícitamente por fascistas inviables, desde el Ku Klux Klan hasta varias milicias armadas americanas.

Quienes llamen a lo de Trump populismo de derechas tendrán razón ¿Hay una forma mejor de describir el fascismo que como populismo de derechas? El populismo no es una ideología, ni un paquete de políticas públicas, es una forma de construcción de lo político desde un “afuera” que se expande en los momentos de crisis. Ese afuera es el que ha movilizado a la white american working class con Trump, del mismo modo que movilizó a la británica a favor del Brexit. Ese desprecio aristocrático tan políticamente correcto por los rednecks americanos, por los chavs británicos o por los badaloneses que hicieron alcalde a Albiol,  revela la miopía de cierto progresismo cosmopolita que sólo es paletismo urbano.

Los populistas son outsiders y pueden ser de derechas, de izquierdas, ultraliberales o proteccionistas. ¿Quiere esto decir que los “extremos” se tocan o se parecen? En ningún caso. No por repetido es menos ridículo ese argumento mediante el que un extremista de centro se autoidentifica como el virtuoso término medio y en un triple salto mortal dice que los puntos más lejanos a un lado y a otro en realidad están cerca. Trump no está cerca de Sanders, está cerca de las políticas migratorias de Bush y de la Unión Europea. Trump, multimillonario, está cerca del mundo construido por los presidentes que le precedieron, incluido Obama, que dejaron a la intemperie a las clases populares americanas. Trump simplemente ha aprovechado el momento.

Y es que en realidad el populismo no define las opciones políticas sino los momentos políticos. Hubo un momento populista Berlusconi, un momento Putin, un momento Perón y Estados Unidos acaba de vivir el momento Trump. Pero no es un momento aislado. El colapso financiero de 2007 fue la antesala de la crisis de buena parte de los sistemas políticos occidentales. No olvidemos que esos sistemas, sustentados sobre la mejora de las expectativas de vida de la clase trabajadora, el consumo de masas, la redistribución y los derechos sociales, nacieron sobre el espíritu del antifascismo, en un contexto geopolítico bipolar. Todo eso entró en crisis con Thatcher y Reagan y se acabó definitivamente con la caída del muro de Berlín. Lo que reveló la crisis financiera de 2007 fue un conjunto de verdades económicas que, tarde o temprano, habrían de tener traducción política: el empobrecimiento de los sectores medios y asalariados y el deterioro de los servicios públicos y los derechos sociales. La traducción política en EEUU se llama Trump, en Francia se llama Le Pen y en España, gracias a la virgen que diría Esperanza Aguirre, se llama Podemos. ¿Nos parecemos en algo? En nada, lo que se parecen son los momentos políticos.

Lo importante de los momentos políticos populistas es que desnudan la política de sus ropajes parlamentarios (y de paso ponen de moda al Carl Schmitt de Chantal Mouffe incluso entre los politólogos mainstream). Trump es eso: desnuda obscenidad que tenía enfrente a la candidata de Wall Street. Qué distinto hubiera sido todo si Trump hubiera tenido enfrente a alguien que, sin obscenidad fascista, hablara al pueblo llamando a las cosas por su nombre. Ese rival existía y era Bernie Sanders. Los populistas también pueden ser socialistas porque en realidad el populismo sólo define los momentos y el momento de EEUU era el de Trump y Sanders, no el de la candidata del establishment. ¿Hubo alguna vez un momento más populista que aquel en el que hace 99 años alguien dijo paz y pan? Lo que tiene similitudes, insisto, son los momentos políticos, no las opciones políticas que los aprovechan.

Piensen ahora en España. Pregúntense cuál ha sido el asunto político más importante de este año. Algunos dirían que el bloqueo político. Pero tratemos de concretarlo. Juan Miguel Villar Mir lo dijo bien claro: “lo importante de verdad es que Podemos no esté en el Gobierno porque desajustaría la economía”.

La política cuando es de verdad es descarnada, agonista, dura. Los matices, la cortesía, la mesura, las formas palaciegas y la pulcritud aparecen a veces en los parlamentos y en las recepciones pero si se habla de lo importante se acabaron las buenas formas. No hay nada más elegante que la diplomacia pero todo el que conozca las relaciones internacionales sabe que detrás de la diplomacia hay divisiones acorazadas e inmensos poderes económicos. Por eso lo de Trump es ya un acontecimiento geopolítico que transciende su propio momento.

En estos días nosotros estamos saboreando el amargo caramelo de lo que significa ser una oposición que es realmente alternativa y que puede ganar. No tiene nada que ver con los debates parlamentarios, por mucho que allí nos llamen gilipollas, sinvergüenzas o nos acusen de trabajar para dictaduras. No se engañen, al lado de Villar Mir, Rafa Hernando es un osito de peluche, su obscenidad es cándida. En el Congreso, aunque el árbitro no sea imparcial, al menos podemos hablar con libertad y darnos el gusto de decir desde la tribuna verdades que casi nadie dijo antes.

Pero es mentira que el Congreso sea hoy el escenario más importante de la política, como es mentira que en el banco azul del Gobierno se sienten los hombres y mujeres más poderosos del país. Lo decía el otro día Rubén Juste en su valiente artículo en Ctxt: “hay un Estado paralelo y privado, o semiprivado, con un apellido propio: sociedad anónima”. Juste señala el parlamento privado de ese Estado en la sombra, compuesto por 417 consejeros entre los que solo hay 74 mujeres y señala también a sus ministros: los Villar Mir, los Echenique Landiribar, los Isla… Dueños de Repsol, Telefónica, ACS, Inditex, OHL, Santander, ex ejecutivos en Goldman Sachs, y dueños de casi todo lo que los españoles pueden ver, oír y leer para informarse. Esa sí es la política de verdad y la excepcionalidad del momento que vivimos tiene que ver también con la desnudez de los dueños de la opinión. Nunca como ahora el viejo proverbio según el cual perro no come carne de perro había estado tan lejos de la realidad. Hemos viso al dueño de un grupo mediático despedir y llevar a los tribunales a periodistas por informar sobre él. Política de la verdad en estado puro.

La victoria de Trump nos deja una importante lección, que tiene mucho que ver con nuestros debates internos. El antídoto frente a los Trump, los Albiol, los Le Pen, el antídoto frente al fascismo y el autoritarismo finaciero es la política que interpela y organiza a la gente asumiendo al enemigo como lo que es. Tiene muchos riesgos. Desata la ira de los poderosos y sus aparatos y es mucho más áspera que la política parlamentaria. Tiene muchas dificultades porque implica dotar de instrumentos de poder y auto-organización a la sociedad civil y a los movimientos populares. Tipos como Trump sólo pueden avanzar allí donde no hay trincheras de la sociedad civil organizada, allí donde la anomia y la soledad de los desposeídos imperan, allí donde puede enfrentar al penúltimo contra el último.

Pero esa política que interpela y habla claro, esa política que da instrumentos para la organización de lo popular es la única que toca las conciencias y la única que puede ganar.

Fuente: Público.es

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Trump, un ejemplo y un acicate para el fascismo mundial

Donald Trump. EFE


La incógnita está en saber cómo y cuánto influirá esa fuerza en el devenir político de otros países; sobre todo a la luz de que movimientos similares o coincidentes en muchos puntos con el de Trump crecen sin parar en el resto del mundo

Carlos Elordi

Los medios de comunicación vinculados al establishment, en Europa y en todas partes, llevan meses en campaña contra Donald Trump. La prensa francesa cercana a la oligarquía y a la derecha, y la alemana y británica, se emplean con mucho más ardor contra el candidato norteamericano del nuevo fascismo que contra sus correligionarios locales, la señora Le Pen, los instigadores xenófobos del Bréxit o la Allianz fur Deutschland. Más allá de algún papanatismo, tanta pasión por algo que pasa en un país que no es el suyo, sólo indica una cosa: que Estados Unidos sigue siendo el centro del mundo, que lo que allí ocurre determina, como ha venido haciéndolo desde hace décadas, el devenir del resto del planeta.

Se habla, sobre todo lo dice Trump, de la decadencia de Norteamérica en el mundo. No es un puro invento para movilizar a las decenas de millones de estadounidenses descontentos con su suerte, una nueva versión de los mensajes de Hitler y de todos los fascismos que en el mundo han sido, incluidos los de nuestros días. Estados Unidos ha perdido parte de su capacidad de decisión en los asuntos mundiales, en buena medida por los errores que han cometido sus dirigentes. Su economía tiene que hacer frente, no siempre con éxito, a poderosos rivales comerciales. El mensaje imperial de la época de Bush ha sido arrumbado porque ya no tiene eco.

Pero en un mundo que está cambiando a marchas forzadas y cuyas dinámicas y posiciones de fuerza tienen cada vez menos que ver con las que había hace un cuarto de siglo, el poder de Estados Unidos sigue mandando en las cuestiones más decisivas e influyendo como nunca en la formación del pensamiento colectivo, de los hábitos y tendencias de todo el resto del planeta.

No sólo porque las norteamericanas son las fuerzas armadas más poderosas del mundo, con enorme diferencia sobre cualquier otro rival. Sino porque los sectores punteros de la economía mundial –el de la tecnología y comunicación, el químico, el farmacéutico o el alimentario, para empezar– están dominados por empresas norteamericanas. Porque buena parte de las innovaciones, científicas, tecnológicas, y también intelectuales, particularmente las que se refieren a las maneras de trabajar, de dirigir y controlar a los trabajadores, a los consumidores, a la gente, salen de laboratorios estadounidenses. Por no hablar del poderío incontestado y creciente de su industria cultural.

Desde el final de II Guerra Mundial, hace ya 70 años, todos los grandes cambios de orientación de la ideología dominante, todas las novedades importantes en este terreno, han surgido en Estados Unidos o no han sido realmente influyentes hasta que los norteamericanos las han recogido e impulsado. La última, el neoliberalismo, y su secuela social más determinante, la obsesión por enriquecimiento por encima de cualquier otro valor, que ha modificado sustancialmente las bases de la política y del desarrollo social en todo el mundo. Por no hablar de los modos de la política misma: hoy en todas partes se copia el modelo norteamericano de lucha por el poder, de las campañas electorales, su concepto de liderazgo.

Por eso las elecciones presidenciales norteamericanas se siguen en todo el mundo con tanto interés. Los mercados financieros y los gobiernos las consideran un asunto prioritario y desde hace unos días el más importante, al menos hasta que se sepa su resultado. Y mucha de la gente corriente se apunta. Entre otras cosas porque son un espectáculo que atrae y mucho, que los norteamericanos han inventado eso y lo hacen como nadie. Y también porque los medios estadounidenses dominan el mundo de la comunicación y buena parte del resto no puede sino utilizar el material que éstos le proporcionan.

Es obvio que la cuestión decisoria en este martes es la de quién obtendrá la presidencia. Pero a la luz de todo lo anterior surge otra que no es secundaria. Todos los analistas que merecen ser atendidos coinciden en que, gane o pierda, el movimiento que ha impulsado Donald Trump ha llegado para quedarse y que la política norteamericana de los próximos años estará determinada por la influencia de un muy amplio electorado aglutinado en torno a muy claras pulsiones xenófobas, anti-liberales, de derecha radical y de vuelta atrás en el camino de la democracia social y de la tolerancia hacia lo diverso.

La incógnita está en saber cómo y cuánto influirá esa fuerza en el devenir político de otros países. Sobre todo a la luz de que movimientos similares o coincidentes en muchos puntos con el de Trump crecen sin parar en el resto del mundo, particularmente en Europa. La experiencia de lo que ha ocurrido desde hace ya demasiado tiempo lleva a concluir que influirá. Y no poco.

Fuente: eldiario.es

martes, 8 de noviembre de 2016

Los españoles nunca votarían a Trump

Donald Trumo, en una imagen de archivo. EFE


Cada sistema genera sus propios monstruos, y Trump es un hijo natural de la democracia norteamericana

Isaac Rosa


Me parece increíble que vaya a ganar las elecciones Donald Trump, un reconocido enemigo de los derechos sociales y con un pasado manchado de corrupción. Es inexplicable que tantos ciudadanos voten a Trump, responsable de los peores recortes en educación y sanidad, bajo cuyo mandato han crecido la pobreza y la desigualdad. No entiendo que haya trabajadores que voten a Trump, cuya reforma laboral liquidó derechos y devaluó salarios. Y solo una sociedad corrompida puede hacer presidente a Trump, líder de un partido vinculado a tramas de comisiones y financiación ilegal. El propio Trump es sospechoso de haber cobrado sobresueldos, mientras su tesorero…

¿Hace falta que siga, o ya se entiende la broma? No, tranquilos, no pretendo comparar al volcánico Trump con nuestro serenísimo Rajoy. Ni de lejos. En serio. Nuestros compatriotas no votarían a un mentiroso, machista, racista, autoritario y tramposo fiscal. Aquí nos van más otros perfiles. Una encuesta decía ayer que solo un 3% de españoles apoyaría a Trump. Dato lógico, sobre todo con el alineamiento unánime de la prensa anti Trump. Pero sospecho que Rajoy no tendría un apoyo muy superior en Estados Unidos si la prensa de allí contase su historial con el detalle que aquí conocemos el de Trump.

No los comparo, porque son incomparables. El mismo pasmo que sentimos por el auge de Trump, lo podrían sentir muchos norteamericanos con la victoria electoral del PP o su actual crecimiento en las encuestas. Estos días leo en España decenas de análisis y columnas que intentan explicar al lector local lo inexplicable, buscan y rebuscan todo tipo de teorías sociológicas, históricas, económicas y hasta antropológicas para entender cómo es posible que Trump esté a pocas horas de ganar las elecciones (sí, yo creo que puede ganar). Los mismos analistas no dedican ni la mitad de esfuerzo a explicar la primacía del PP en España, porque no les parece tan extraña, ni mucho menos monstruosa.

Insisto: Rajoy no es Trump, ni los votantes del PP son los de Trump. Pero es que tampoco Jesús Gil era Trump, ni Berlusconi, ni Le Pen. Cada sistema genera sus propios monstruos, y Trump es el hijo natural de una democracia como la norteamericana, cada vez más degradada y sometida al dinero; el fruto previsible de un sistema económico salvaje y una sociedad profundamente fracturada por la desigualdad.

Los votantes de Trump no son todos unos reaccionarios, supremacistas, xenófobos y llenos de odio, como solemos caricaturizarlos, sino ciudadanos vulnerables, hartos de perder en el juego de la economía globalizada, cansados de enviar hijos a guerras lejanas y recibir ataúdes, de sostener a unas élites cuya genuina representante es Hillary Clinton, y desesperadamente necesitados de seguridad en una sociedad estructuralmente violenta (una violencia que es mucho más que tiroteos y delincuencia). El desprecio a sus votantes me parece tan gratuito como el desprecio a los votantes del PP, que tampoco son unos corruptos antisociales.

Sí, a mí también me sorprende que Trump vaya a ganar las elecciones. Pero no más de lo que me sorprendía el éxito del mamarracho Berlusconi, o el actual ascenso de la ultraderecha en buena parte de Europa. No más, por cierto, de lo que me sorprendería una victoria abultada de Clinton (cuyo principal y casi único activo es tener a Trump enfrente). Y no más de lo que puedan sorprender en otras culturas democráticas las españolísimas victorias del PP.
Fuente: eldiario.es

domingo, 16 de octubre de 2016

Es cierto; esto no tiene nada que ver con Trump..

.
Donald Trump

Tiempos de decadencia, de pastel de manzana y del terrorista suicida escogido de Estados Unidos


Tom Engelhardt
TomDispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García


Esto no tiene nada que ver con Trump; lo digo en serio...
Desde que el primer escriba grabó un panegírico a Nabucodonosor en una placa de piedra es razonable pensar que nunca en la historia los medios se han ocupado de una sola persona como está sucediendo con Donald Trump. Durante ya más de una año, a menos que un atentado terrorista sacudiera la vida de Estados Unidos, él es el centro de las noticias, él tema excluyente; mañana, tarde y noche, día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Cada una de sus palabras, frases, movimientos, insultos, comentarios hechos al pasar, observaciones improvisadas, reclamos, jactancias, mentiras descaradas, gritos, se han hecho nuestros también. En este tiempo, ha elogiado su plan secreto para destruir al EI (en adelante, el Daesh) y hacerse con el petróleo iraquí. Ha machacado una y otra vez con ese “gran, grueso y hermoso muro”. Ha dado inicio a una campaña que, bastante improbablemente, podría llevarle al Despacho Oval. Para ello ha competido con 17 rivales políticos, entre otros, el “mentiroso” Ted, el “flojo Jeb”, Carly (“¡Miren esa cara! ¿Votaría alguien a eso?”) Fiorini, la “deshonesta Hillary, una Miss Universo (“Miss Regordeta”), la “sobrevalorada” menstruación de Megyn Kelly (“La sale sangre por los ojos, por todas partes”), la socorrida Rossie O’Donnell (“una cerda de gorda y fea cara”), y tantos más. Trump hizo veladas amenazas de asesinato, hizo público su deseo de golpear a alguien en la cara, habló de dispararle a “alguien en medio de la Quinta Avenida”; defendió el tamaño de sus manos y de su ‘ya sabéis qué’; retuiteó mensajes de neonazis y una cita de Mussolini: denunció la deslocalización de empleos y productos estadounidenses mientras deslocaliza sus propios puestos de trabajo; vilipendió a los inmigrantes y trabajadores extranjeros mientras los contrataba; promociona la marca Trump en todas las formas imaginables; tuvo una estrecha amistad con Vladimir Putin; amenazó con permitir la proliferación del armamento nuclear; se quejó amargamente de elecciones amañadas, debates arreglados, moderadores amañados y micrófonos falsos; juró que él, y solo él, es capaz de hacer que Estados Unidos, y por extensión el mundo, vuelva a ser un lugar cuya grandeza solo él mismo puede igualar. Y esto es apenas el comienzo de la lista de cuestiones sobre el tema Donald.

En otras palabras, gracias a la atención de los medios, él está cosechando sin cesar, es la encarnación de nuestro momento estadounidense. No importa lo que se piense de él, la suya ha sido una travesía como nunca habíamos visto antes, un triunfo de primera magnitud, pase lo que pase el 8 de noviembre. Ha hecho brillar su marca; abierto un nuevo hotel en –sí– la avenida de Pennsylvania (donde solía promover y publicitar su carrera presidencial); vendido despiadadamente sus productos; promocionado a sus hijos; canalizado dinero hacia su familia y sus negocios; y, en una tácita alianza (pacto, entente, distensión), mantiene los telediarios de la noche y las redes de televisión de pago nadando en dinero y en el centro de la atención (mientras sigan cotorreando sobre él), a pesar del hecho de que los espectadores más jóvenes estaban emigrando hacia el mundo de las redes sociales, Internet en tiempo real y sus smartphones. Gracias a los millones, miles de millones, tal vez millones de millones, de palabras dedicadas a él por comentaristas, expertos, opinadores, generales y almirantes retirados, ex jefes de espías, ex funcionarios de la administración Bush que no paran de hablar y dios sabe quién más que han poblado las redes de cable diciendo algo sobre Trump durante casi las 24 horas de los siete días de la semana, él y su notable ego, y sus ahora conocidos gestos –y sus mandíbula prominente, su pelo anaranjado, su cara demasiado bronceada, su voz siempre tan fuerte– se ha convertido en el decorado de nuestra vida, algo estrechamente ligado con nuestra realidad. Si Donald fuese una película de acción, algún estudio de Hollywood se estaría derritiendo: nunca una actuación única consiguió semejante publicidad sin interrupción. Nunca habíamos visto nada como él o eso; aun así, con todo lo extraño que pueda ser el fenómeno Trump, si uno se detiene un momento para pensarlo es posible darse cuenta de que hay algo inquietantemente familiar en él, y no es precisamente de The Apprentice ni de Celebrity Apprentice * .

En un mundo en el que muchas cosas merecen que les prestemos atención y no lo consiguen; no es el caso de Donald Trump, Realmente no lo es.

En términos de cualquier candidato presidencial desde George Washington hasta Barack Obama, Trump está muy cerca de ser un bicho raro. Verdaderamente, no hay nadie con quien se le pueda comparar (aparte de, quizás, George Wallace). Algunas veces, su discurso sobre Estados Unidos –y la recuperación de su grandeza– tiene cierta resonancia reaganiana (pero sin nada del brillo ni el encanto de Ronald Reagan). ¿Se atreve usted a compararle con alguno?

Aun así, no nos dejemos engañar. De hecho, como fenómeno, Donald Trump no podría ser más estadounidense que lo que es un trozo de pastel de manzana de McDonald’s. Después de todo, ¿qué podría ser más estadounidense que sus dos papeles principales: vendedor (o buhonero) e ilusionista. Desde P.T. Barnum (que, dicho sea de paso, ya mayor llegó a ser alcalde de Bridgeport, Connecticut) hasta Willy Loman, la venta ha sido un modo típico de ganarse la vida en Estados Unidos. Un hombre que vende su vida y su marca como si fuera la esencia de la vida y marca estadounidenses... vamos, ¿no nos resulta familiar esto?

En cuanto a ser un timador, al menos desde Mark Twain (¿recuerdan al duque de Bridgewater y el Delfín, que se unieron a Huck y Jim en su balsa?) y Herman Malville (The Confidence Man) –dadas las circunstancias, perdonarme la expresión– no puede negarse la presencia del charlatán en la vida de Estados Unidos. Es algo que Donald Trump lleva en los huesos, incluso todos esos expertos y comentaristas y encuestadores (y para el caso, los asesores de Hillary Clinton), no hay un estadounidense que no ame a los timadores. Históricamente, a menudo hemos admirado –si no nos hemos identificado con– a alguien que haya actuado y derrotado al sistema, ya fuera mediante un engaño o mediante una actividad delictiva.

Después del primer debate presidencial, cuando Trump admitió por fin que alguna vez había eludido pagar sus impuestos (“eso me convierte en un tipo listo”) y que había jugado con el sistema impositivo todo lo que había podido, hubo todo aquel bla-bla-bla y la sugerencia de que semejante admisión inquietaría profundamente a los votantes que pagaban los impuestos cuando la agencia de recaudación golpeó a su puerta. No crea esto ni un segundo. Le aseguro que Trump siente que con esas declaraciones está en le medio del Mississippi de la política de Estados Unidos y que un sorprendente número de votantes le admirarán por ello (lo recepten o no). Después de todo, él derrotó al sistema, aunque ellos no lo hagan.

Cada vez que veo a Trump y leo algo sobre sus arreglos empresariales, me acuerdo de Al Capone, el capo del crimen del Chicago de los años veinte del pasado siglo, cuando le dijo al periodista inglés Claud Cockburn: “Oiga, no piense que yo soy uno de esos malditos que quieren darlo vuelta todo... No piense que estoy tratando de derribar el sistema estadounidense. Mis asuntos los manejo según las más estrictas líneas de este país. El capitalismo, llámelo usted como quiera, nos da a todos grandes oportunidades; solo hace falta cogerlas con las dos manos y sacar el mayor provecho posible”. Del mismo modo, los “asuntos” de Trump “son manejados según las más estrictas líneas de este país”. Él es el Tony Soprano del capitalismo de casino, y esto no podría ser más propio de este país.

Mi padre era vendedor. Yo crecí en el borde del universo de la venta, observándole mientras él se preparaba para hacer su trabajo; a pesar de que yo pensaba que rechazaba su mundo, la verdad es que si se dan las posibilidades y las circunstancias adecuadas, todavía me encanta venderme a mí mismo. Es algo adictivo y muy estadounidense. También había otro personaje en ese manido mundo de padres que una vez conocí y ahora reconozco en la aplastante personalidad de Trump: el perdonavidas. Esa pose matonesca, ese agresivo dirigirse al mundo, el modo de llevar tanto el cuerpo como la cara que parece innato y se muestra constantemente amenazante, era lo normal en el mundo en el que me crié. Ese era el aspecto que tenían los padres (y debe de seguir siendo así en muchas familias). Resumiendo, aquello era una parte esencial del mundo pre-trumpiano, una manera, una forma de ser que Donald ha destilado para dar lugar a una icónicamente brutal versión de sí mismo, no la de un perdonavidas tópico –variedad zona de juegos del parque– sino El Perdonavidas. Aun así, al menos para mí –y creo que para muchos compatriotas– no podría ser más reconocible; sospecho que entre quienes han crecido entre bravucones, la idea de tener a semejante perdonavidas en el Despacho Oval y hablando de una vez en nombre de ellos tiene un extraño atractivo.

Por si acaso en este punto estuviese usted asombrado: estoy hablando en serio, esto no tiene nada que ver con Donald Trump.

Aun así, no crea que todo lo que gira alrededor de Donald Trump no tiene nada de nuevo y es algo normal de Estados Unidos. En esta extraña temporada electoral hay aspectos de su papel que son tan novedosos que deberían asustarnos a todos. Comenzando por el hecho de que él es el primer candidato ‘disminucionista’ de nuestra época; dicho de otra manera, es el único político del país que se niega a participar en un ritual, hasta hoy prácticamente imprescindible para quien en este país quiera ser presidente o candidato o ya es presidente: repetir una y otra vez que Estados Unidos es la nación más grande, más excepcional y más indispensable de todos los tiempo y que tiene la “más magnífica fuerza de combate de la historia del mundo”.

Sin duda, esa ya visceral ansia de repetir semejante formulismo emocional refleja una engañosa falta de confianza en relación con el futuro del papel imperial de Estados Unidos. Tiene la calidad de un mantra mágico utilizado para exorcizar la realidad. Después de todo, cuando una gran potencia de verdad está en su apogeo, como lo estaba Estados Unidos cuando yo era joven, nadie sentía la necesidad –como si fuese una continua defensa– de insistir en que así eran las cosas

Trump rompió decididamente con esta manía de la ortodoxia política; esto nos habla tanto del momento que estamos viviendo como de que él está ahora en los tramos finales del proceso eleccionario 2016, no en el basural de la historia de Estados Unidos. Su reclamo, único en este momento, es que EEUU de ningún modo es grande, aunque él (y solo él) ¡puede –siéntanse libres de cantarlo conmigo– recuperar la grandeza de Estados Unidos! Sumemos a esto la insistencia de Trump en cuanto a que las fuerzas armadas de este país durante la administración Obama han sido cualquier cosa menos la más magnífica fuerza de combate de la historia. Según él, ahora es una fuerza vaciada, un “desastre” y un “desquicio”, cuya oficialidad superior “ha sido reducida a la nada”. No hace tanto tiempo, semejantes palabras habrían descalificado automáticamente a cualquiera que estuviese en la carrera por la presidencia (o algo similar). Que él pueda decirlas continuamente y hacer de las primeras de ellas el eslogan impreso en sus camisetas y gorras de campaña, nos dice que ciertamente estamos en un nuevo mundo estadounidense.

En relación con sus rivales republicanos, y ahora Hillary Clinton, él sigue siendo el único que reconoce –y destaca– el número cada vez mayor de estadounidenses, sobre todo blancos, que han llegado a sentir: que es evidente que este país esté en decadencia, que su grandeza es cosa del pasado o, como a los encuestadores le gusta expresarlo, que Estados Unidos ya no está “yendo en la dirección adecuada” y está ahora “en el camino equivocado”. De esta manera, él se sitúa en una forma de pensar profundamente inducida por la economía que prevalece especialmente entre los trabajadores blancos que ven que muchos buenos empleos han sido deslocalizados, es decir, un mundo cotidiano que se ha deteriorado.

O póngalo de otra manera (y esta podría ser la más novedosa de todas): al menos una parte significativa de la clase trabajadora blanca siente como si –sea económicamente, sea psicológicamente– tuviera la espalda contra el muro y ya no quedara un sitio adónde ir. Es evidente que en estas circunstancias, muchos de esos votantes han decidido que están preparados para lanzarse literalmente contra la Casa Blanca; están dispuestos a aprovechar el derrumbe del tejado, incluso aunque éste les caiga encima.

Este es el nuevo e irreconocible papel que Donald Trump ha escogido. Cuesta mucho encontrar un caso parecido en nuestro pasado reciente. Donald representa, como a un amigo mío le agrada decir, el terrorista suicida que todos tenemos dentro. Votar por él, entre otras cosas, será un acto de nihilismo, algo que encaja muy bien con la decadencia imperial.

Piense en él como si fuera un mensaje en botella que la marea trajo a nuestra playa. Después de todo...

... esto nada tiene que ver con Donald Trump. La cosa va con nosotros.

* Se trata de dos shows que son televisados en Estados Unidos. (N. del T.)

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176195/tomgram%3A_engelhardt%2C_this_is_not_about_donald_trump/#more

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Las seis posibles ‘sorpresas de octubre’ en las elecciones en EEUU


Nazanín Armanian

Cunde pánico en las filas demócratas. La imagen de una Hilary Clinton enferma está poniendo en jaque la campaña demócrata. Aunque la candidata aún goza de ventaja respecto a Donald Trump, puede que antes del 8 de noviembre se produzca una ‘sorpresa de octubre’, un incidente de gran impacto en el tramo final de la campaña que sea capaz de inclinar la balanza a favor de Trump y le traslade de las platós de televisión a la Casa Blanca.

Las ‘sorpresas más relevantes

– 1980: el republicano Ronald Reagan conseguía un acuerdo secreto con el ayatolá Jomeini para que no liberase a sus compatriotas rehenes en la embajada de Washington en Teherán antes de las elecciones. A cambio de participar en esta trama para derrotar al demócrata Jimmy Carter, Irán (invadido por Irak) recibiría armas a través de Israel─feliz de que los iraníes y los iraquíes se destruyesen mutuamente durante ocho años de guerra─, y desbloquear sus activos monetarios en los bancos de EEUU. El fiasco de la Operación militar Garra de Águila de los marines para rescatar a los rehenes en el abril del 1980, y la operación sucia de Reagan, acabaron con el mandato de Carter. Unos 20 minutos después de que Reagan jurase su cargo el 20 de enero de 1981, los 52 rehenes fueron liberados: 77 días de los 444 que estuvieron encerrados fueron gracias a la CIA y a su futuro presidente. ¿Por qué será que la película ‘Argo’ no cuenta este episodio?

– 1992: cuatro días antes de las elecciones estallaba el escándalo Irán-Contra. El Gobierno de Reagan vendía armas ilegales a la República Islámica de Irán y con sus ganancias cometía otra ilegalidad: financiar a los terroristas nicaragüenses para derrocar a los sandinistas.

– 2004: el 29 de octubre, la cadena Al Jazeera, empeñada en convertir a Bin Laden en un héroe, transmitió el vódeo en el que el supuesto terrorista saudí ─¡tres años después!─ se hacía responsable de los atentados del 11S. Así se echaba una mano a Bush para justificar su impopular agresión a Irak y seguir con su terror mundial. Por otro lado, Arabia Saudí unos meses antes de los comicios redujo el precio del petróleo para que Bush presumiera de la mejora de la economía durante su mandato.

– 2006: el 5 de octubre Saddam Husein, el jefe de estado de un Irak ocupado y colonizado, era condenado a muerte. Bush se ponía medallas mientras millones de iraquíes víctimas de las atrocidades de EEUU convertían a Saddam de verdugo a héroe y a mártir.

– 2008: cuatro días antes de la convocatoria electoral, la noticia de que Zeituni Onyango, la tía de Barack Obama, vivía como inmigrante ilegal en Boston se publicó para dañar al candidato demócrata.

Las posibles ‘sorpresas’ de 2016

Un informe que confirme la gravedad de la enfermedad de Hilary Clinton más allá de una neumonía, quizás la consecuencia de una conmoción cerebral en 2012 después de una caída. El Partido Demócrata prepara un “Plan B” ante la posible retirada de la candidata o una vez que ella se convierta en presidenta y tenga que apartarse.
Julian Assange, presidente de WikiLeak,s ha prometido liberar nuevos correos electrónicos embarazosos hackeados de Hillary Clinton. Una de las revelaciones que tuvo lugar el julio pasado, y que mostraba la confabulación de Clinton y la presidenta del partido, Debbie Schultz, para destruir a su compañero de partido, el “socialista” Bernie Sanders, forzó la dimisión de Schultz. Según Assange los correros a publicar podrán enviar a Clinton a la prisión puesto que muestran la venta de los documentos oficiales del Departamento de Estado a terceros a cambio de favores a la empresa familiar, la “Fundación Clinton”. Y lo hará en la víspera de la votación, para que el equipo no tuviera tiempo de reaccionar.
El día 1 de noviembre, la aseguradora más grande del país, United Health Group, va a aumentar las tasas de seguro médico de millones de ciudadanos que se han inscrito al programa de la Asistencia Asequible o “Obamacare”. Medida que perjudicaría a Hilary Clinton, que ha sido una de los artífices del programa.
Informaciones que impliquen al equipo de la señora Clinton en el asesinato sin resolver de Seth Rich, de 27 años, miembro del Comité Nacional Demócrata.
Una operación militar sobre Corea del Norte para mostrar la salud de acero de Clinton. China ha advertido a EEUU acerca del vuelo de los cazabombarderos B-1B sobre Corea del Sur. El equipo belicista-NeoCon del partido demócrata, encabezado por la candidata e integrado por Victoria Nuland, Samantha Power yAshton Carte,r es capaz de comerte esta locura.
Un acontecimiento relevante en la guerra de Siria o un incidente sobre su presidente Bashar Al Asad elevará las ventajas de los demócratas.
Tampoco se deben descartar una caída de la bolsa, un ataque terrorista (que suele beneficiar a los republicanos), o un desastre natural pondrán a prueba el tipo de respuesta que darían ambos partidos al “acontecimiento”, para no perder el voto de gente asustada. Se descartan sorpresas como que acusen a Clinton de ser lesbiana o bisexual, o que Bill Clienton no es el padre biológico de su hija Chelsea.

Una elección muy difícil

El nivel mediocre de ambos candidatos, incluso para los estándares del electorado estadounidense, hace que un importante sector se declare anti-Trump o anti- Clinton, avergonzándose de defender a unos de ellos. ¿Tiene posibilidades de ganar un multimillonario apolítico, grotesco, misógino, elitista, que tiene a gran parte de las mujeres, a los no blancos, a los musulmanes y a los aliados europeos en su contra? El narcisista magnate, que hubiera vuelto loco al mismísimo Sigmund Freud, recurre al lado oscuro de la psique de una masa lobotomizado. Su único mérito ha sido acabar con la saga Bush, la familia vinculada con Wall Street, el Senado, el petróleo, las armas y la Agencia Central de Inteligencia.

Sólo en teoría Trump es más peligroso para la paz mundial que Clinton. La sofisticada representante de la casta, del status quo, la mujer más belicistas de EEUU (tanto que hasta Obama se vio bligado a apartarla en su segundo gabinete) es la valedora del clintonismo, sinónimo del neoliberalismo vinculado con la guerra perpetua. Su “pragmatismo” garantiza un mundo seguro para las instituciones financieras y las compañías militares de EEUU. La principal diferencia entre Trump y Clinton es que el primero utiliza su dinero para comprar influencia política y la segunda utiliza su influencia política para hacer fortuna: ¿Cómo tales personajes iban a hablar de la escandalosa pobreza y otros graves problemas que azotan el país? Ya se sabe: en tiempos de incertidumbre, los votantes optan por quienes están vinculados con el poder institucionalizado.

Nazanín Armanian

Fuente: Público.es

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Sinvergüenzas



David Brooks
La Jornada


La buena noticia que restaura un tantito la fe en el pueblo estadunidense: una amplia mayoría repudia a ambos candidatos presidenciales. O sea, prefieren que ninguno de ellos los represente.

En el sondeo más reciente del Washington Post/ABC News de finales de agosto, aproximadamente seis de cada 10 perciben de manera desfavorable a Donald Trump y Hillary Clinton. El sondeo registró el nivel más bajo de aprobación de Clinton (sólo 41 por ciento tienen una percepción positiva, mientras 56 por ciento la ven desfavorablemente; Trump goza de 35 por ciento favorable, y 63 desfavorable). O sea, esto sigue siendo un momento sin precedente en la historia moderna del país, en que ambos candidatos padecen de un repudio mayoritario.

El problema, y es enorme, es que esa mayoría no tiene adónde ir, ni dónde expresar su repudio (hay dos candidatos más, uno del Partido Libertario y otra candidata del Partido Verde, pero por ahora son marginales). Con ello, el resultado es que los que no aguantan a Clinton están contemplando votar por Trump aunque no compartan sus posiciones, y los que temen a Trump están pensando en votar por Clinton aunque no le tengan confianza.

Es fácil entender por qué después de meses en que ambos han manipulado, engañado, mentido al pueblo estadunidense –desde asuntos de su comportamiento y personal hasta su manejo de negocios, a sus posiciones políticas–, no sean bienvenidos por el pueblo que desean representar.

Como resultado, muchos se preguntan cómo fue que las opciones políticas en favor de la democracia se han reducido a elegir entre un protofascista y una representante de la cúpula política y económica tan ampliamente repudiada y desprestigiada en este país.

Entre la gran mayoría que rechaza a Trump como opción, muchos se han resignado –y de hecho, es la carta más importante de la campaña de Clinton– a que la única razón para participar es frenar al derechista populista oportunista farsante y ahora amigo de los mexicanos. Opositores a Trump buscan apaciguar su ansiedad persistente de que no se puede descartar la posibilidad de su triunfo en las encuestas que siguen mostrando que Clinton mantiene la ventaja, y sobre todo en los estados claves que determinarán el resultado final.

"Estoy muerto de miedo", confiesa Mark, sindicalista veterano de innumerables luchas y combates políticos progresistas. Comentamos las últimas encuestas, proyecciones, lo que dicen los expertos, de las divisiones dentro del Partido Republicano, de los últimos exabruptos inaceptables de Trump. Pero no es suficiente para poder concluir que esto ya está cantado. "Conozco a demasiada gente, entre ellos en las filas de los sindicatos, que afirma que va a votar por Trump", me dice, y explica que no es porque estén de acuerdo con él en todo, sino que su promesa de cancelar los acuerdos de libre comercio, invertir en infraestructura y controlar las empresas que exportan sus chambas es un mensaje poderoso para un amplio sector, sobre todo de trabajadores blancos, que están desesperados por su situación económica y sienten que las cúpulas políticas de ambos partidos los han abandonado. El viejo truco populista de derecha sigue funcionando.

Más aún, en las últimas semanas, Trump ha buscado presentarse no sólo como la mejor opción para ese sector, sino increíblemente para los afroestadunidenses y latinos. A pesar de sus posiciones racistas, elogiadas por figuras como David Duke, el ex líder del Ku Klux Klan, y otros supremacistas blancos, el maestro de reality show se atreve a decir que él puede reparar las heridas raciales. Hasta llamó a construir una nueva agenda de derechos civiles y reconoció que hay demasiada división (sin mencionar que él tiene un largo historial de discriminación y fue uno de los principales promotores del cuestionamiento a la ciudadanía del primer presidente afroestadunidense). Declara en actos en iglesias afroestadunidenses y otros foros: "vean cuánto han sufrido las comunidades afroestadunidenses bajo el control de los demócratas. Están viviendo en pobreza. Sus escuelas no son buenas. Ustedes no tienen empleo. Un 58 por ciento de su juventud está desempleada. ¿Qué demonios tienen que perder al intentar algo nuevo, como Trump?" Recuerda que Abraham Lincoln fue republicano.

El problema con este argumento es que, hasta cierto grado, es cierto. Sin embargo, Trump tiene un apoyo microscópico entre la comunidad afroestadunidense, mucho menor que entre latinos, donde alcanza casi 20 por ciento, y nadie cree que esto cambiará mucho. Pero lo asombroso es la falta de vergüenza.

Mientras tanto, Clinton está perdiendo apoyo entre sectores que deberían ser automáticos para ella, como las mujeres, los latinos y los liberales. No ayuda que se ha dedicado a recaudar millones del 1 por ciento (unos 50 millones de dólares en 22 actos privados sólo en la última quincena de agosto, reportó el New York Times), que corteja el apoyo de figuras neoconservadoras y hasta de Henry Kissinger, a quien considera un amigo, pero sobre todo su espectacular arrogancia y sentido de impunidad al defenderse de críticas y acusaciones. Los famosos correos electrónicos que han demostrado o indicado un manejo no sólo irresponsable y violatorio de reglamentos, sino posibles casos de corrupción en los que se hicieron favores cuando era secretaria de Estado a ricos donantes a la Fundación Clinton han alimentado la desconfianza entre estas bases. Ni hablar de cómo logra encubrir su oportunismo político; sin pena.

Con sólo 64 días antes de la elección, los sondeos nacionales muestran que el margen de diferencia entre los dos se está cerrando –el promedio de encuestas nacionales calculado por Real Clear Politics se ha reducido a casi la mitad de la ventaja que tenía Clinton al concluir la Convención Demócrata (de 7.9 a 4.1 por ciento hoy). ¿Cómo es posible que un protofascista esté tan cerca de ser el próximo inquilino de la Casa Blanca?

Es el resultado de un concurso entre sinvergüenzas.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/09/05/opinion/027o1mun 

martes, 14 de junio de 2016

Estados Unidos, crecientemente inestable



Foto
Los precandidatos demócrata y republicano a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton y Donald Trump, en actos de campaña en Washington Foto Afp y Ap 




Estamos acostumbrados a pensar la inestabilidad de los Estados cual si ésta se localizara primordialmente en el sur global. Es en relación con estas regiones que los expertos y los políticos en el norte global hablan de Estados fallidos donde ocurren guerras civiles.La vida es muy incierta para los habitantes de estas regiones. Hay un desplazamiento masivo de sus poblaciones y esfuerzos por huir de estas regiones hacia las zonas más seguras del mundo. Estas partes más seguras se supone que tienen más empleos y altos estándares de vida.
En particular, a Estados Unidos se le considera el objetivo migratorio de un gran porcentaje de la población mundial. Alguna vez esto fue cierto en gran medida. En el periodo que a grandes rasgos transcurrió entre 1945 y 1970, Estados Unidos fue la potencia hegemónica en el sistema-mundo y la vida para sus habitantes era, de hecho, mejor en lo económico y social.
Y aunque no era que las fronteras estuvieran exactamente abiertas para los migrantes, aquellos que pudieron llegar, de una u otra manera, lograron estar contentos con lo que consideraban una buena fortuna. Y otros, procedentes de los países de origen de los migrantes exitosos, siguieron intentando seguir sus huellas. En este periodo hubo muy poca emigración procedente de Estados Unidos –salvo, temporalmente, por asumir algún empleo muy bien pagado, como mercenarios económicos, políticos o militares.
La época dorada del sistema-mundo comenzó a deshacerse cerca de 1970 y se ha seguido desmadejando desde entonces de modo creciente. ¿Cuáles son los signos de todo esto? Hay muchos. Algunos de ellos al interior del mismo Estados Unidos, y algunos otros en las cambiantes actitudes del resto del mundo hacia este país.
En Estados Unidos estamos atravesando una campaña presidencial que casi todos califican de inusual y transformadora. Hay grandes números de votantes que se han estado movilizando contra elestablishment, muchos de ellos entrando por primera vez en el proceso de votación. En el proceso republicano, Donald J. Trump ha construido su búsqueda de la nominación montándose precisamente en la ola de un descontento así. Alentando de hecho tal descontento. Y parece haberlo logrado, pese a todos los esfuerzos de quienes se podría pensar que son los republicanostradicionales.
En el Partido Demócrata el relato es similar, pero no idéntico. Un senador, previamente oscuro, Bernie Sanders, ha sido capaz de montarse en el descontento verbalizado con una retórica más de izquierda y, para junio de 2016, ha estado conduciendo una muy impresionante campaña contra la candidatura de Hillary Clinton, postulación que alguna vez se pensó que no era desafiable. Aunque parece que no obtendrá la nominación, ha forzado a Clinton (y al Partido Demócrata) mucho más hacia la izquierda de lo que parecía apenas hace unos cuantos meses. Y Sanders logró esto sin nunca haberse presentado en una elección como demócrata.
Pero, uno puede pensar, esto se va a calmar una vez que la elección presidencial se decida y prevalezcan de nuevo los juicios políticos centristas normales. Hay mucha gente que predice esto. Pero, ¿cuál entonces será la reacción de aquellos que expresaron vocalmente su respaldo por sus candidatos precisamente por no proponer políticas centristas normales? ¿Qué pasará si se desilusionan de sus campeones actuales?
Necesitamos mirar en otro de los cambios que ocurren en Estados Unidos. El New York Times publicó un artículo de primera plana el 23 de mayo acerca de la violencia con armas, a la que calificaba de interminable pero nunca escuchada. El texto no abordaba los tiroteos masivos con armas que llamamos masacres, que están muy documentados y que consideramos aterradores.
En cambio, el artículo persigue los tiroteos que la policía tiende a llamar incidentes y que nunca llegan a los periódicos. Describe uno de tales incidentes en detalle y le llama “la instantánea de una fuente diferente de violencia masiva –una que surge con regularidad anestésica y que resulta casi invisible, excepto para los casi siempre negros, sean víctimas, sobrevivientes o atacantes”. Y los números suben.
Conforme crecen estas muertes por violencia, interminables y nunca escuchadas, ya no es tan descabellada la posibilidad de que vayan más allá de los confines de los guetos negros a las zonas no negras en las que habitan muchos de los desilusionados. Después de todo, los desilusionados tienen razón en una cosa: la vida en Estados Unidos ya no es lo que era. Trump ha utilizado como consigna el de nuevo hacer grande a América. El de nuevo se refiere a la época dorada. Y Sanders también se refiere a una época dorada previa, donde los trabajos no se exportaban al sur global. Aun Clinton parece ahora mirar hacia atrás en busca de algo perdido.
Y no se trata de olvidar una forma más fiera de la violencia –la propagada por un grupo de milicias contrarias al Estado, todavía un grupo pequeño que se hace llamar Citizens for Constitutional Freedom (CCF) o Ciudadanos por la Libertad Constitucional. Éstos son quienes han estado desafiando al gobierno, porque les veta tierra para su ganado y, de hecho, para que la usen. La gente de CCF dice que el gobierno no tiene derechos en esto y está actuando inconstitucionalmente.
El problema es que tanto los gobiernos federal como local no están seguros de qué hacer. Negocian por miedo a que afirmar su autoridad no sea muy popular. Pero cuando las negociaciones fallan, el gobierno finalmente utiliza su fuerza. Esta versión más extrema de la acción se va a esparcir pronto. No es cuestión de moverse a la derecha, sino hacia una protesta más violenta, una guerra civil.
Todo este tiempo Estados Unidos realmente ha ido perdiendo su autoridad en el resto del mundo. De hecho, ya no es hegemónico. Quienes protestan y sus candidatos han estado notando esto pero lo consideran reversible, pero no lo es. Estados Unidos es ahora un socio global considerado débil e inseguro.
Esta no es meramente la visión de los Estados que en el pasado se han opuesto con fuerza a las políticas estadunidenses, como Rusia, China e Irán. Esto es también cierto para los aliados presumiblemente cercanos, como Israel, Arabia Saudita, Gran Bretaña y Canadá. A escala mundial, el sentimiento de confiabilidad de Estados Unidos en el ámbito geopolítico se movió de casi 100 por ciento durante la época dorada a algo mucho, mucho menor. Y empeora a diario.
Y como se ha vuelto menos seguro vivir en Estados Unidos, hay también un incremento estable en la emigración. No es que otras partes del mundo sean seguras, sólo más seguras. No es que los estándares de vida en otras partes sean tan altos, pero ahora han aumentado en muchas partes del norte global.
Por supuesto no todos pueden emigrar. Hay una cuestión de costo y de accesibilidad a otros países. Sin duda, el primer grupo que puede incrementar su emigración es el de los sectores más privilegiados. Pero esto, conforme comienza a notarse, hace crecer los enojos de las clases medias más desilusionadas. Y al crecer, sus reacciones pueden asumir un giro violento. Y este giro violento se retroalimentará en sí mismo incrementando los enojos.
¿Nada puede acaso aliviar las actitudes acerca de la transformación de Estados Unidos? Si dejáramos de intentar hacer grande a América de nuevo y comenzáramos por hacer del mundo un mejor lugar para vivir, podríamos ser parte de un movimiento en favor de un otro mundo. Cambiar el mundo entero de hecho transformaría a Estados Unidos, pero sólo si dejamos de pensar en una época dorada que no fue tan dorada para casi nadie más en el planeta.
Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel Wallerstein
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/06/11/opinion/018a1mun

Seguidores