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jueves, 22 de septiembre de 2016

Las convicciones imperiales en contra de Lula

Moro y Lula


Emir Sader
ALAI Agencia Latinoamericana de Información


Antes incluso de abrir las compras que trajo de un nuevo viaje a los EEUU, el promotor Sergio Moro trasformó a Lula, de nuevo, en reo de su operación jurídico-policial. Son tantos sus viajes al Imperio, que no queda claro si vive allá y viene actuar en Brasil o si vive en Brasil y va regularmente a los EEUU recibir orientaciones para actuar en Brasil. Un buen tema de investigación para el Parlamento.

Lo cierto es que Moro, frente al fracaso espectacular de la nueva farsa montada por sus comparsas en un hotel de Curitiba en contra de Lula, en la que recibió la condena unánime, incluso de los que apoyan esa operación, no tuvo el coraje de tomar una decisión solo. La sensación era que con ese nuevo paso en falso de sus comparsas, que habían tomado una vez más una actitud precipitada, para buscar protagonismo, en medio de la campaña electoral municipal, dejaban a Moro y sus gang en una situación difícil, porque sería imposible, en base a la ridícula demostración del power point y de la falta de pruebas, hacer de Lula reo de nuevo.

Pero frente a esa situación difícil, Moro fue, una vez más,  a buscar nuevas instrucciones, seguramente de aquellos que, según WikiLeaks, le entregaron los materiales obtenidos por EEUU en el espionaje de la Presidencia de Brasil, en el Ministerio de Minas y Energía y en la misma Petrobras, y le han permitido iniciar su operación. Como confesión de que no solamente sus comparsas, sino el mismo, no tienen pruebas, sino tan solamente convicciones, Moro ha refrendado la misma presentación de la farsa del power point. Esto es, no posee ninguna otra acusación con pruebas en contra de Lula, habiendo viajado para reforzar sus convicciones hacia su patria adoptiva, viniendo enseguida a tomar rápidamente la decisión para reforzar la manipulación en el escenario electoral municipal.

Significativamente Lula viaja en este mismo momento al nordeste de Brasil para hablar con el pueblo, mientras Moro fue a los EEUU a hablar con sus patrones. Cada cual en lo suyo, cada uno con su gente. Mientras uno intenta ampliar los espacios democráticos achicados en el país, en medio a tantos golpes en contra de la democracia, el otro refuerza la idea de que su operación Lava Jato no cabe en la democracia brasileña, tiene que destruirla definitivamente para triunfar.

Se trata de dar continuidad al proyecto ambicioso de Moro y de sus comparsas de reescribir la historia reciente de Brasil, como copia ridícula de la Operación Manos Limpias de Italia. Solo que en Brasil es en contra de la izquierda, de Lula y del PT. Con el intento grotesco de intentar invalidar la historia reciente del país, que no sería un momento virtuoso de combate a las desigualdades sociales, sino una farsa montada por la corrupción de recursos públicos.

Había así que destruir la imagen de Lula, para invalidar ese período de la historia de Brasil, revertir su sentido, mostrar que solo habría sido posible gracias a la corrupción, aunque no haya pruebas, solo convicciones. De ahí la decisión estrafalaria de hacer Lula un reo aun con la falta de pruebas, ya ridiculizada en Brasil y en el exterior mediante un power point, con la grotesca alegación de que faltan pruebas pero sobran convicciones.

Moro llega así a su fin de línea. Ha agotado sus investigaciones, los intentos de lograr,  con presiones, delaciones premiadas con tal de que impliquen a Lula y puedan ser fuentes de pruebas forjadas, demuestran  que los malabarismos realizados con espectáculos mediáticos son todo lo que disponen en contra de Lula. Que el departamento y el sitio que atribuyen a Lula no son de él, pero son las únicas convicciones de Moro y de sus comparsas.

Como marioneta de la derecha brasileña y de los proyectos macabros del Imperio en contra de Brasil - que suponen el desmonte de las bases económicos del proyecto de desarrollo con distribución de renta, incluyendo la destrucción de Petrobras y del Pre sal -, Moro se revela así un obstinado militante en contra de la democracia, la distribución de renta y el proyecto nacional de Brasil. Luego se mandará a cambiar a EEUU, donde terminará recibiendo algún oscuro título de alguna universidad de segunda de Miami y gozar de buenas remuneraciones por los servicios prestados al Imperio.

Pero con ese nuevo paso en falso – que se suma a la tentativa frustrada de tomar preso a Lula y a otras denuncias pirotécnicas de sus resoluciones – Moro corre el grave riesgo de ser desenmascarado en público y frenado en sus aventuras por el Supremo Tribunal Federal y por el propio Congreso. La farsa montada por sus amigos ya fue condenada mayoritariamente en Brasil. Si él la reforzó, antes de que fuera desechada completamente, es porque es su última coartada. Por lo menos fue lo que han decidido en la reunión recientemente realizada en el Imperio y cuyas decisiones las tomó así que bajo del avión que lo traía de EEUU, país a quien él se debe de cuerpo y alma.

Es el final de la línea del proceso de corrupción moral de los farsantes que actúan conforme a los intereses extranjeros en el intento de relegar a Brasil a ser una república bananera, sin democracia, ni Poder Judicial, sin proyecto nacional.

Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

Fuente original: http://www.alainet.org/es/articulo/180407
Fuente: Rebelión

martes, 2 de agosto de 2016

La persecución a Lula confirma que ya no hay democracia en Brasil



Emir Sader
Alainet

La obsesión de intentar sacar a Lula de la vida política brasileña, configurando una verdadera persecución política, confirma que Brasil se salió de la democracia y avanza peligrosamente hacia una dictadura, por medio de un golpe, de la acción o inacción de la Justicia y de las campañas sistemáticas de difamación llevadas a cabo por los medios.
Es lo que Lula denuncia, al afirmar que entramos en un Estado de excepción y lo que expresa en su documento a las Naciones Unidas, siguiendo el mismo camino de Julián Assange, amparado por el mismo abogado.

El escándalo político y jurídico de acusar a Lula sin ninguna prueba, por declaraciones sin fundamento hechas por un político confeso, alegando que Lula habría intentado interrumpir investigaciones sobre corrupción; el intento de tomarlo preso sin nada que lo justificara, configuran una persecución política que supera cualquier límite de los espacios democráticos. Cuando el Poder Judicial es cómplice de esa persecución, cuando los medios son los principales agentes que intentan culpabilizarlo en la opinión publica sin ninguna prueba, los marcos del Estado democrático de derecho han sido rebasados y sustituidos por la persecución pura y simple.

Intentar excluir de la vida política brasileña al único líder que tiene prestigio frente al pueblo es intentar imponer en última instancia un golpe en la legitimación de la política brasileña, para abrir espacio a aventureros golpistas y a los salvadores fascistas de la patria. Para ello es indispensable intentar invalidar el liderazgo político que ha rescatado la dignidad de Brasil y la autoestima de los brasileños. Es indispensable intentar medir con la misma vara a los golpistas y corruptos que asaltan al Estado brasileño y al líder popular que más ha contribuido para democratizar el país.

Si continúa existiendo un liderazgo como el de Lula en la plenitud del ejercicio de su liderazgo popular, esos aventureros no podrán continuar con la destrucción sistemática de la democracia que promueven, con la liquidación del patrimonio público, los derechos de los trabajadores, los recursos públicos que han servido para democratizar el acceso del pueblo a los derechos elementales garantizados por las políticas públicas.

Lula es la última piedra en el zapato de esos vándalos que atacan a la democracia y asaltan al Estado brasileño. Están coaligados los más corruptos políticos y los que dicen combatir a la corrupción. La existencia de un liderazgo popular incuestionable como el de Lula desmiente la tesis de que los políticos son todos malos, de que la vida política brasileña está totalmente pervertida, de que no hay esperanza de rescate de Brasil y de que debemos entregarnos, arrodillados, al Imperio que ellos tanto adulan.

La obsesión de destruir la imagen pública de Lula solo puede concretarse por actos dictatoriales de violación de los derechos del expresidente y candidato favorito a volver a ser presidente de Brasil. Si ellos confían en las encuestas que ellos mismos fabrican, dejen que Lula sea derrotado por el pueblo en una competencia democrática. No habría más grande condena a Lula que la practicada por el pueblo, democráticamente.

Ocurre que ellos saben que sus encuestas son forjadas. Pongan a Lula y cualquier otro candidato en campaña, a ver lo que ocurre. Los otros ni siquiera van a ser capaces de organizar los comicios, no se van a exponer públicamente a los escraches de la población. Cada vez que Lula se encuentra con el pueblo, en comicios, en reuniones, por las calles, los golpistas tiemblan y se dan cuenta de que solo mediante un golpe, la persecución jurídica y política, lo pueden sacar de la cancha. Pero al hacerlo, confirman que Brasil ya vive en una dictadura.

Si les incomoda el llamado de Lula a las Naciones Unidas, den la demostración de que Brasil aún vive en una democracia, dejando que el pueblo se pronuncie libremente sobre quien quiere que dirija al país. Abandonen definitivamente la persecución a Lula, renuncien a un gobierno golpista por la forma como accedió al poder y por la perversión de poner en práctica un programa opuesto con el que el golpista fue electo.

No hay más democracia en Brasil si el más grande líder popular de la historia del país es perseguido sistemáticamente sin ninguna prueba en su contra e impedido de someterse a la decisión democrática del pueblo en las urnas. De nada sirven las protestas por las denuncias de Lula al mundo. Hasta hace poco la opinión pública internacional se dejaba llevar por lo que decían los medios golpistas brasileños. Pero cuando los medios internacionales vinieron a Brasil, se dieron cuenta de las mentiras que los medios locales propagaban y han desmoralizado a los medios brasileños en todo el mundo. Ahora han perdido toda credibilidad. Al mismo tiempo que los medios internacionales han constatado que los corruptos están del lado de Michel Temer y de Eduardo Cunha, los golpistas, y no de Dilma y de Lula.

Ahora los medios internacionales reiteran las denuncias de Lula y la apreciación de que el criterio fundamental para juzgar si hay todavía democracia o no en Brasil es terminar de una vez por todas con las persecuciones a Lula y dejar en manos de los brasileños y no de los golpistas y corruptos, el destino de Brasil.

Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

Fuente original: http://www.alainet.org/es/articulo/179199
Fuente: Rebelión.org

sábado, 4 de julio de 2015

BRASIL EN CRISIS




Lula, de mago a francotirador

Raúl Zibechi
Brecha, Montevideo

Lula busca despegarse de “su” Partido de los Trabajadores y del gobierno que contribuyó a elegir, para erigirse en líder de los indignados con la corrupción y la crisis. Si el fin del PT como alternativa de poder parece inminente, el fantasma mayor para el progresismo es la eventualidad de que el propio Lula sea detenido.

Cuando Marcelo Odebrecht, presidente de la principal constructora de Brasil y una de las 25 más grandes del mundo, fue arrestado el 19 de junio en el marco de las investigaciones sobre corrupción en Petrobras, se encendieron todas las alarmas en el gobierno de Dilma Rousseff, en el paralizado Partido de los Trabajadores (PT) y en el conjunto de la izquierda brasileña. El mensaje era claro: el próximo podía ser Lula. El ex presidente fue el primero en advertirlo y en reconocer que su cercanía con Odebrecht, cuya empresa le financió campañas electorales y viajes, lo colocaba inevitablemente en la línea de mira de los investigadores.
Una semana antes, el 13 de junio, en el marco del quinto congreso del partido, Lula formuló una dura crítica al PT. Contrastó el espíritu militante del período fundacional, hace apenas tres décadas, con el estilo imperante ahora. “Hoy sólo se piensa en el cargo, en el empleo, en ser electo, y nadie trabaja de forma militante.” Agregó que sería necesaria “una revolución interna” para atraer a la juventud.
Tres días después de que Odebrecht fuera detenido, la consultora Datafolha reveló que en una eventual disputa electoral el senador Aécio Neves, de la socialdemocracia y principal adversario del PT, le lleva diez puntos de ventaja a Lula (35 a 25 por ciento). Algo así nunca había sucedido ni entraba en los cálculos más pesimistas de los dirigentes petistas.
Lo que está ocurriendo en Brasil es mucho más que una crisis económica aprovechada por la derecha para sacar a la izquierda del gobierno. Es la desarticulación del proyecto de poder elaborado por Lula y su entorno, que le rindió cuatro triunfos electorales. Ese proyecto se apoyaba en la alianza con un sector del gran empresariado, en cuadros de la administración federal (incluyendo la cúpula de las fuerzas armadas), de los sindicatos y del PT. Para hacerlo posible era necesaria la expansión permanente de la economía, o sea de las exportaciones de productos primarios y, muy en particular, la integración de la mitad pobre del país a través del aumento de su capacidad de consumo (la llamada “reducción de la pobreza”).
Tanto las bases materiales como las alianzas sobre las que descansó el lulismo se han deteriorado, al punto que el colapso está cercano. Se registra una suerte de estrangulamiento gradual del gobierno, una desarticulación de la cadena productiva de Petrobras y un cerco judicial al PT en medio de una situación económica delicada que llevó al gobierno a imponer un severo ajuste fiscal que no hace más que aumentar su falta de legitimidad. La popularidad de Dilma, que no para de caer desde que asumió el gobierno por segunda vez, el 1 de enero, se derrumbó hasta el 10 por ciento en las últimas mediciones.
Los problemas que enfrenta el cuarto gobierno del PT no pueden atribuirse a los ataques que recibe de los grandes medios y de la derecha. Eso sucedió siempre y nunca había calado tan hondo en la población, incluyendo a su propia base social. Joaquim Palhares, director de la publicación digital Carta Maior, asegura en un editorial que en Brasil se está “ante un proceso de derribo del gobierno democráticamente electo”. El director del medio que se define como “un espacio de reflexión de la intelectualidad brasileña” explica la situación actual como fruto del “golpismo”, en el que militan la extrema derecha estadounidense y regional, los medios y la derecha local, y de lo que considera el principal error del PT: haber dejado intocada “la hegemonía del aparato de comunicación en las manos de la derecha” (Carta Maior, domingo 28).
Llama de todas maneras la atención que en el largo editorial no haya ninguna referencia a las manifestaciones de junio de 2013, que fueron el inicio de este proceso, al suponer un viraje radical en la política brasileña y segar la base del lulismo. El principal intelectual del PT, Emir Sader, insiste en los mismos tópicos, al responsabilizar de la crisis a “las ofensivas combinadas de los medios de comunicación, sectores del poder judicial y partidos opositores” (Alai, 15-VI-15).
Implosión
Además de ser una de las mayores empresas de América Latina, la constructora Odebrecht mantiene estrechos lazos con el PT y con Lula. No sólo es la encargada de muchas obras en América del Sur que forman parte del plan Iniciativa para la Integración de la Región Sudamericana (Iirsa), sino que es la principal responsable de la mayoría de las obras de infraestructura para los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro en 2016, como la Villa, el Parque Olímpico y el Puerto Maravilla, en la bahía de Guanabara, entre las más emblemáticas.
Cuando Lula firmó la Estrategia Nacional de Defensa, en 2007, que proponía la creación de un potente complejo industrial-militar, Odebrecht decidió participar en el negocio a través de Odebrecht Defensa y Seguridad, creada dos años después. La “translatina” juega un papel clave en el área de defensa, a la par de la aeronáutica Embraer. En 2011 Odebrecht compró la empresa Mectron, líder en la fabricación de misiles y productos de alta tecnología para el mercado aeroespacial.
Pero el paso clave fue la firma, en mayo de 2010, de un acuerdo con la European Aeronautic Defence and Space Company (Eads), empresa de la UE hoy parte de Airbus, para la fabricación de submarinos. Se trata de la segunda corporación del mundo en el campo de la defensa, con la que Odebrecht creó la sociedad Itaguaí Construcciones Navales, que levantó un astillero y una base para submarinos. En este momento se están construyendo tres submarinos convencionales, de los cuatro previstos, y el primer submarino nuclear.
El acuerdo con Eads contempla una amplia transferencia de tecnología, con lo que Odebrecht se sitúa en el corazón del mayor programa de defensa de Brasil. En efecto, al Programa de Desarrollo de Submarinos (Prosub) le corresponde la defensa de la plataforma marítima brasileña, donde se albergan las principales reservas de petróleo descubiertas en el mundo en la última década. Si alguien quisiera dinamitar la estrategia de defensa de una de las principales potencias emergentes, debería colocar a Odebrecht en la mira. Tal vez algo de eso esté sucediendo.
Odebrecht es la principal empresa privada integrada al proyecto del PT, pero no la única. La mayor parte de las constructoras (Camargo Correa, Andrade Gutierres, Oas, entre otras) juegan un papel destacado en el proyecto encabezado por Lula. Las cuatro citadas emplean a 523 mil personas en el mundo, y sólo Odebrecht factura el doble que el Pbi de Uruguay.
Dicho de otro modo: sin el concurso de las constructoras (a las que deben sumarse la propia Petrobras, la minera Vale, las cárnicas y siderúrgicas), un proyecto de desarrollo de Brasil como nación independiente no tiene viabilidad. O dicho de un tercer modo: si para frenar el ascenso de China la Casa Blanca pergeñó el “pivote hacia Asia”, desplazando hacia esa región importantes fuerzas armadas, y ante el ascenso de Rusia generó situaciones de inestabilidad como el golpe en Ucrania, ante Brasil parece haber optado por la estrategia de la implosión, habida cuenta de la calidad y variedad de aliados que la superpotencia tiene en ese país.
Sin embargo, de ahí a considerar que cualquier movilización social le hace el juego a la derecha, como sostiene buena parte de los dirigentes del PT, media un abismo. Precisamente el gran problema del oficialismo consiste en su incapacidad para leer correctamente las demandas de junio de 2013, que pueden ser sintetizadas en mejor calidad de vida (y de servicios), o sea, la necesidad de ir más allá de la inclusión vía mercado y consumo, para obtener derechos plenos. Algo que no se consigue sin tocar privilegios, cosa que nunca entró en los cálculos de Lula y su partido.
Crisis del lulismo
Una contradicción fundamental atraviesa al proyecto lulista. Luego de una década virtuosa, signada por el crecimiento económico mundial, altos precios de los commodities, fuerte crecimiento de los países emergentes, factores que constituyeron un modelo de desarrollo basado en el consenso entre capital y trabajo, se suceden grandes manifestaciones protagonizadas por jóvenes que piden más. Superadas las facetas más dramáticas de la miseria y el hambre, surgen nuevas demandas “por izquierda”. Pero apenas inauguró su segundo gobierno, Dilma se propuso calmar al capital a través de un duro ajuste fiscal que ataca buena parte de las conquistas de la década anterior.
Esa contradicción le está permitiendo a la derecha (desde la mediática hasta la evangélica) capitalizar el descontento contra el gobierno. Con el ajuste fiscal el PT arriesga perder una base social laboriosamente construida, que se había mantenido fiel al partido durante las dos décadas anteriores de derrotas y represiones. Ni los tres fracasos electorales de Lula como candidato a la presidencia, ni la represión del período neoliberal, consiguieron dispersar a ese sector de la sociedad como lo está haciendo el ajuste de Dilma. “No es un fracaso, es un agotamiento, pues el lulismo proporcionó ganancias reales a la mayoría de los brasileños durante más de una década”, destaca Felipe Amin Filomeno, economista y sociólogo por la Universidad Johns Hopkins (IHUOnline, 25-VI-15).
El problema de fondo es que cuando algo se agota, nada menos que un modelo de desarrollo, no se puede seguir adelante poniendo parches. Es todo un período el que toca a su fin. Según Filomeno, lo que podría salvar las cosas sería un nuevo ciclo de reformas (tributaria y agraria, entre las más destacadas) y una onda de crecimiento global. Ninguna de las dos parece que vayan a suceder en el corto plazo.
A escala doméstica, se suma un hecho que no hace más que agravar las cosas. La gobernabilidad lulista se basaba en un amplio acuerdo entre partidos que se denominó “presidencialismo de coalición”, que sumaba más de una decena de partidos, la mayoría de ellos de centroderecha, como el Pmdb. Pero esa coalición está hecha añicos y es poco probable que iniciativas importantes del gobierno pasen por el parlamento más derechista de las últimas décadas.
Si el idilio con los partidos que formaron la base de apoyo del gobierno está roto, la sintonía con los empresarios está fracturada, más allá de los escándalos de corrupción. Paul Singer, secretario de Economía Solidaria en el Ministerio de Trabajo, destaca: “Hay una parte importantísima de la clase dominante, que nunca fue del PT ni de izquierda, con la que tenemos intereses en común. Para nosotros, del Partido de los Trabajadores, tener una industria creciendo sería importante. Por el contrario, esa industria está en proceso de contracción” (Carta Maior, 26-VI-15).
En efecto, la competencia china está encogiendo la que fuera la quinta industria del mundo. Ese solo hecho le crea al PT problemas con los trabajadores, un sector clave de su base social, y además con su aliado industrial. Pero los sucesivos gobiernos brasileños no han sabido reaccionar frente a la competencia china, ante la cual deberían gravar las importaciones provenientes de ese país, aun corriendo el riesgo de debilitar una de sus principales alianzas en el escenario geopolítico.
En síntesis: problemas con los partidos aliados, con su base social popular y empresarial, y demandas insatisfechas de la nueva clase media que no sabe cómo canalizar, generaron las condiciones para una ofensiva de la derecha y los medios que encuentra a Lula (como símbolo de un proyecto de poder) sin capacidad de respuesta.
Con la magia no alcanza
La esperanza de quienes sueñan con un tercer mandato de Lula gira en torno a la construcción de una fórmula del tipo “unidad popular”, como la que plantea el español Podemos, que por lo menos no arrastre con el desprestigio que tienen los partidos políticos. En opinión de Singer, “debería crearse un frente en el que lo fundamental no serían los parlamentarios sino los movimientos sociales. Sería una forma para que el PT y sus aliados hicieran las políticas que la población está pidiendo”.
El despegue de Lula respecto del PT y del gobierno parece indicar que ese es el camino elegido. El analista de la edición brasileña de El País, Juan Arias, señala que “está naciendo una oposición nueva que no es la oposición institucional de los partidos, sino de la sociedad y de las calles” (El País, 25-VI-15). Parece evidente que la experiencia social que llevó a la creación de Podemos y del griego Syriza es una clave de lectura incluso en los grandes medios. Según esta interpretación, Lula podría volver a la oposición para encabezar el malestar social, para “ponerse al frente de la nueva protesta social para metabolizarla, presentándose como su líder”.
Pero las cosas no son tan sencillas. Los millones de brasileños que ganaron las calles en junio de 2013 en 355 ciudades del país sufrieron la brutalidad policial en carne propia, y con su presencia en la calle desnudaron la realidad del poder. En una palabra, se politizaron. Esa politización puede ser canalizada de diversas formas y, en efecto, una parte de la llamada “nueva clase media” puede seguir los pasos de los pastores evangelistas más reaccionarios. Otra parte, como ya quedó en evidencia, sigue en las calles o aprovecha la menor oportunidad para retomar las manifestaciones. Saben que la corrupción atraviesa a todos los partidos, que se robaron entre 2.000 y 3.000 millones de dólares de las arcas de la estatal Petrobras.
Esas multitudes, aun aquellos que volvieron a sus casas y nunca más salieron a las calles, no son arcilla blanda en manos de ilusionistas o de políticos habilidosos. Ni siquiera la magia de Lula puede hacerlos olvidar lo que aprendieron en junio de 2013: que para mejorar su situación necesitan pelear para reducir la desigualdad, en uno de los países más desiguales del mundo


FUENTE: REBELIÓN

martes, 23 de junio de 2015

DE NUEVO LULA




Paradójicamente, cuando logra salir elegido presidente de Brasil, por cuarta vez consecutiva, un candidato del Partido de los Trabajadores,  esta formación vive la que quizá sea la mayor crisis de su historia. Una crisis que no viene motivada, por tanto, por los resultados de una derrota política —en el plano electoral—, sino de una serie de duros golpes políticos que han pasado factura a la imagen del partido.
Es en ese marco en el que el PT realiza su quinto Congreso, que tendrá lugar en Salvador, la capital de Bahia, provincia donde el partido ha logrado que su candidato se reelegido por tercera vez consecutiva como gobernador. Con la presencia fundamental de Lula, cuyas perspectivas de postularse como candidato a las presidenciales del país en 2018 ha concentrado ofensivas provenientes de los medios de comunicación, sectores de la judicatura y partidos opositores, para intentar incluirlo en alguna denuncia que lo inhabilite legalmente como candidato, dado que saben que su nombre es favorito para ganar las próximas elecciones.
De tal forma que la intervención de Lula en la apertura del Congreso cobra especial relevancia. El interés radica en saber cómo abordaría la crisis del PT, los intentos de la oposición por descalificarlo, los problemas que vive el gobierno de Dilma Rousseff, así como las referencias que pudiera hacer a las elecciones de 2018.
Recuperado del tratamiento por el cáncer que padece, con su tono de voz característico también recuperado, sus intervenciones se inician, siempre, a partir de un texto escrito, discurso que termina por abandonar para derivar, de forma espontánea, por caminos que va concatenando conforme habla. Su extraordinaria sensibilidad política no se construye a partir de una reflexión previa, articulada como la que haría un intelectual. Lula piensa mientras se expresa, mientras va avanzando de un tema a otro.
Esta vez, Lula optó por un texto en el que abordaba la gravedad de la situación. Como se esperaba, fue particularmente duro con las campañas opositoras —donde los medios tienen un rol determinante— y frente a los intentos de criminalización del PT, unos ataques que ahora también se vuelcan sistemáticamente contra el Instituto Lula, a partir del cual organiza sus actividades políticas.
Hizo balance de las múltiples veces que se ha anunciado la muerte del PT. Se valió del hecho de que se cumplen 10 años del comienzo del caso conocido como “mensalão” para demostrar cómo el PT supo, rápidamente después de cada anuncio, exhibir su energía y vitalidad. Como siempre, en ese momento se generó un gran silencio, que quedó interrumpido con gritos que coreaban y reclamaban la vuelta de Lula a la presidencia.
La participación de la presidenta Dilma Rousseff, que en un principio no estaba confirmada, tuvo un carácter distinto de lo que se esperaba. Las diferencias del PT respecto a las orientaciones centrales de su segundo mandato —cuyo eje fue un plan de ajuste fiscal, con recortes que afectan a los derechos de los trabajadores y a las políticas sociales, mientras la tasa de interés fue sistemáticamente elevada— planteaban un escenario muy incómodo, por lo que era más que probable la ausencia de Dilma del Congreso, aun contado con el apoyo y la cobertura de Lula.
Este ya había expresado que su candidatura en 2018 dependerá del éxito del gobierno de Dilma, con el fin de tener “una herencia que defender”. Ante la caída en vertical del apoyo al gobierno en las encuestas — siempre sospechosas de manipulaciones— y la recesión, con aumento del desempleo, el escenario actual no es muy halagüeño.
Pero, pocos días antes de la apertura del Congreso, en continuidad con los espectaculares acuerdos económicos firmados con China, el gobierno hizo el anuncio de un gran proyecto de inversiones, basado en la colaboración con el empresariado privado, centrado en inversiones en infraestuctura, especialmente en las comunicaciones: aeropuertos, puertos, carreteras y ferrocarriles. Dilma hizo hincapié en el anuncio de las billionarias cifras de inversión previstas, lo que presumiblemente cierra la etapa de ajustes. Aunque ello depende de la reacción —en principio positiva— del empresariado privado y de los plazos en que esas medidas tengan efectos concretos, el clima económico parece empezar a cambiar, después de un pesimismo acentuado, provocado por problemas reales y por las campañas de terrorismo económico difundidas por los medios de comunicación.
En lo inmediato, las medidas hicieron que Dilma pudiera retornar antes de la reunión en Bruselas entre la UE y la CELAC, para llegar a tiempo de participar con Lula de la apertura del Congreso del PT. A pesar del clima de rechazo a las medidas de ajuste y sus condenas en algunos de los documentos internos del PT, Dilma salió airosa logrando que el PT se alineara con los dictámenes de Lula que pedían apoyarla en un momento difícil como este.
Con el paquete de medidas del gobierno, el anuncio de que se pasa a otra fase del segundo mandato y el discurso de Lula, el PT sale más cohesionado de lo que se podría esperar hace no muchas semanas. Las decisiones sobre los documentos se harán hasta el sábado, pero un clima político más destensado hace prever que la hegemonía de Lula sobre el PT sigue siendo determinante.


FUENTE:Público.es

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