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jueves, 10 de noviembre de 2016

No te agobies, España, pero puede que el futuro de Europa dependa de ti


"Pedro Sánchez fue depuesto por un golpe de su propio partido, destinado a asegurar la abstención del PSOE en el Parlamento para permitir que Mariano Rajoy volviera al Gobierno". EFE


Los socialdemócratas europeos se están desangrando en múltiples direcciones, con independencia del carácter más o menos progresista o derechista de sus líderes
El PSOE ha iniciado el camino de sus compañeros griegos del PASOK, cuyos votantes naturales se pasaron en masa a Syriza
Si Podemos logra capitalizar el desencanto con los socialistas y los conservadores, serán un ejemplo para toda la izquierda europea; si fracasan, tendrá consecuencias terribles en todo el continente.


Owen Jones  



Con frecuencia, la democracia entra en rumbo de colisión con las élites económicas, y no siempre de forma sutil. La situación actual de España es un buen ejemplo. Pedro Sánchez, líder de los socialistas españoles, fue depuesto el mes pasado por un golpe de su propio partido, destinado a asegurar la abstención del PSOE en el Parlamento para permitir que el conservador Mariano Rajoy volviera al Gobierno.

Muchos de los votantes tradicionales del PSOE lo consideraron una traición. Para ellos, el Partido Popular de Rajoy no es más que el ala política de una élite inescrupulosa, corrupta y de derechas. Sin embargo, las revelaciones posteriores de Sánchez dejaron al descubierto las maniobras de importantes grupos de poder.

Tras dos elecciones marcadas por el colapso del bipartidismo y la imposibilidad de formar una mayoría parlamentaria estable, Sánchez intentó un gobierno de la izquierda al estilo del portugués. Pretendía gobernar con Podemos (un partido nuevo, sugido de los movimientos de protesta contra los recortes que han devastado la sociedad española) y conseguir el apoyo de los nacionalistas catalanes.

Pero esta misma semana Sánchez reveló que un grupo de corporaciones –entre las que están varios bancos y el gigante español de telecomunicaciones, Telefónica– sabotearon su plan. Si no permitía otro gobierno de Rajoy o no aceptaba la convocatoria de otras elecciones, organizarían una feroz campaña contra él a través de uno de sus diarios, El País, el periódico más importante de España. Sencillamente, no iban a tolerar una coalición con Podemos. Era una intervención directa de poderes fácticos para impedir la formación de un Gobierno progresista.

"Sánchez ha reconocido las presiones de la oligarquía, y que cometió un error al no buscar un acuerdo con nosotros", aseguró Pablo Iglesias, líder de Podemos. Y ciertamente, Sánchez tiene motivos para arrepentirse: intentó formar una alianza con otro de los beneficiarios de la implosión del bipartidismo, Ciudadanos, un partido de centro derecha, pero solo fue un ardid. Pidió a Podemos que apoyara dicha alianza, aunque sabía que rechazaría el ofrecimiento porque implicaba renunciar a una política económica de izquierdas. No era nada más que una forma de culpar a Podemos de la posible vuelta de Rajoy al poder.

"Organizarían una feroz campaña contra él a través de uno de sus diarios, El País, el periódico más importante de España. Sencillamente, no iban a tolerar una coalición con Podemos. Era una intervención directa de poderes fácticos para impedir la formación de un Gobierno progresista"
Los socialistas españoles se encuentran ahora en una situación terrible. Sus bases están en rebeldía, y los triunfantes conservadores pueden utilizar la amenaza de nuevas elecciones, de las que el PSOE saldría mal parado, para que apoyen unos presupuestos reaccionarios. Los socialistas han iniciado el camino de sus compañeros griegos del PASOK, cuyos votantes naturales se pasaron en masa a Syriza. Además, los socialistas catalanes están tan descontentos con la jefatura del PSOE que hasta se podría producir una escisión, y Podemos se ha encontrado de repente con la posibilidad de presentarse como la única oposición real; pero eso no es un consuelo para las bases de Podemos, que se pueden ver obligadas a sufrir varios años más de un gobierno conservador del que pretendían liberarse.

La situación de España arroja luz sobre sucesos que están mucho más allá de sus fronteras. En Gran Bretaña, la oposición interna a Jeremy Corbyn señala legítimamente el hundimiento de los laboristas en las encuestas, aunque sus resultados son mejores que los de la mayoría de los partidos socialdemócratas del otro lado del Canal, lo cual dice bastante del estado de la socialdemocracia europea.

En 1997, cuando Tony Blair obtuvo su mayor victoria electoral, los socialdemócratas dominaban todo el continente, desde Alemania, Francia e Italia hasta los países escandinavos. Hoy, los partidos socialdemócratas sufren una hemorragia constante en favor de la nueva izquierda, la derecha populista y el nacionalismo cívico. Puede que los socialdemócratas alemanes sigan comprometidos con las políticas de la "tercera vía" que algunos laboristas quieren recuperar, pero languiceden con el 22% de los votos, según el último sondeo.

Entre tanto, el Frente Nacional podría superar al Partido Socialista Francés en la primera ronda de las elecciones presidenciales del año que viene; los socialdemócratas suecos se aferran al poder por los pelos mientras sus aliados nórdicos lo pierden y, a pesar de que el centroizquierda italiano sea una excepción, está en situación precaria y amenazado por el asenso del populista M5S.

Pablo Iglesias participa el viernes en Mérida en un acto público en el marco de la iniciativa 'Vamos!'



Los socialdemócratas europeos se están desangrando en múltiples direcciones, con independencia del carácter más o menos progresista o derechista de sus líderes. Sus bases se han fragmentado entre votantes jóvenes y viejos, universitarios y obreros, hostiles a la inmigración y favorables a ella. La guerra destatada entre el centroizquierda y la izquierda radical europea oculta con demasiada frecuencia una verdad incómoda: que ninguna de las dos ha ofrecido hasta ahora una solución convincente para dichas fracturas ni una forma viable de organizar una coalición electoral que pueda alcanzar el poder.

Podemos está ahora ante un dilema, y su decisión tendrá repercusiones en toda Europa. A fin de cuentas, Podemos surgió de la frustración ante las élites. Hace cinco años, millones de españoles –hartos de  un poder político decidido a pasarles la factura de una crisis que ellos no habían provocado– se movilizaron por todo el país. Sin los 'indignados', Podemos y sus aliados no se habrían convertido jamás en un partido de masas. Podemos tiene mucho que enseñar a otras izquierdas europeas sobre la forma de comunicarse fuera de las zonas tradicionales de confort; pero sus resultados en las elecciones de junio fueron decepcionantes: esperaban superar al PSOE y convertirse en el segundo partido, y sufrieron el trauma del fracaso.

También han estado por debajo de lo que anunciaban los sondeos en las elecciones locales posteriores. El partido se ha sumido en un profundo examen de conciencia, e intenta encontrar el modo de democratizar sus estructuras para volver a conectar con los movimientos sociales de los que surgió.

Si Podemos logra capitalizar el desencanto con los socialistas y los conservadores, serán un ejemplo para toda la izquierda europea; si fracasan, tendrá consecuencias terribles en todo el continente. El populismo de derechas está en plena ofensiva, y ha hecho grandes avances en comunidades de trabajadores que tradicionalmente optaban por la izquierda. Si el descontento sigue creciendo en el mundo occidental, o si se produce otra crisis, la derecha populista estará en una posición perfecta para hacerse con el poder.

El viejo modelo socialdemócrata se está derrumbando, y no hay garantía de que las fuerzas progresistas puedan llenar el vacío que deja. En Polonia, la izquierda ha dejado de existir: la política se convertido en un debate entre liberales conservadores como David Cameron y populistas de derecha. Si la izquierda fracasa, Europa podía caer en un proceso de polonización.

No te agobies, España; pero puede que el futuro del continente dependa de ti.

Fuente: theguardian - diario.es

sábado, 9 de julio de 2016

Paradojas políticas: ocaso o renacer de la socialdemocracia

Resultado de imagen de Miguel Ángel Moratinos
Miguel Ángel Moratinos


Miguel Ángel Moratinos
Ex–ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación

Los últimos desarrollos políticos en Europa nos han mostrado un proceso acelerado de pérdida de influencia de los partidos socialdemócratas. Elección tras elección, los socialdemócratas han quedado relegados a la segunda o tercera posición y, en ningún caso, logran un apoyo mayor del 23% del electorado. La última victoria relevante de la izquierda socialdemócrata fue la protagonizada por François Hollande en Francia y, en tan sólo cuatro años, esta esperanza de renovación se ha visto dilapidada por las decisiones de una izquierda acomplejada por el pragmatismo y por la reforma neoliberal que conducen, según los últimos sondeos, a no obtener más de un 18% de votos a su favor.

Son muchos los factores y las razones que han afectado a esta pérdida gradual de influencia de la socialdemocracia; muchas equivocaciones, inacciones y coaliciones erróneas son las que, en definitiva, la han llevado a esta situación agónica, a pesar de ser una de las principales fuerzas políticas y que más ha contribuido a la construcción de una sociedad más libre, más justa y próspera.

Esta situación nos brinda la primera paradoja. La socialdemocracia debería ser la mejor respuesta a los desafíos de este nuevo mundo, precisamente cuando sus dos rivales ideológicos, el comunismo y el capitalismo neoliberal, han fracasado estrepitosamente. El primero, se derrumbó con la caída del muro de Berlín en 1989 y el segundo, el sistema capitalista neoliberal, se desplomó con la caída de Lehman Brothers en 2008. El fin de la historia que nos anunciaba Fukuyama, y que nos lleva a la adopción universal del mercado, sólo se tradujo en una orgía desreguladora que deseaba aniquilar el Estado. Sin embargo, esta falsa profecía no sólo no se cumplió, sino que facilitó el derrumbe del edifico especulativo-financiero y llevó al sistema a un colapso general.

En esas circunstancias, cuando la derecha neoconservadora lanzó señales de auxilio, al pedir incluso la refundación del capitalismo, los políticos socialdemócratas pecaron de falta visión y determinación política. Se acudió al rescate del sistema, pero sin exigir ni plantear una profunda revisión, ni reivindicar un nuevo modelo socialdemócrata para estos años de crisis. Es verdad que se intentó reformar las instituciones de Breton Woods en la segunda reunión del G20, bajo presidencia de Gordon Brown, pero el centro-derecha recuperó la dirección y el protagonismo y nos obligó a los países, en particular a los socialdemócratas del momento, España, Portugal y Grecia a sacrificios y medidas estabilizadoras sin margen alguno para adaptarlas a las necesidades y circunstancias de cada país.

Faltó definición de un nuevo modelo económico y financiero que supiera recoger los nuevos cambios de este momento y traducirlos en soluciones más justas y equitativas. Faltó solidaridad, palabra clave en el diccionario socialdemócrata, y creatividad para poder proponer un modelo alternativo.

La crisis fue de tal envergadura que la falta de reacción y visión del momento pueden entenderse e incluso explicarse. Lo que sin embargo es difícil de entender y de explicar es que después de casi 10 años asistimos a una falta de voluntad política por renovar profundamente la socialdemocracia. Año tras año, somos testigos de derrotas políticas, económicas y financieras, todos los analistas señalan de forma unánime que el modelo defendido y aplicado en Europa, por la mayoría de los gobiernos de centro derecha o en coalición con los socialdemócratas, llevan indefectiblemente al fracaso. Se extiende un sentimiento general de crisis existencial-política en la que las formaciones antisistema o populistas se autoproclaman como las mejores plataformas para sacar a la sociedad de este marasmo y, mientras tanto, los socialdemócratas asistimos estoicamente a contemplar nuestra desaparición e irrelevancia. No hay un trabajo serio de reflexión e innovación de las formas de actuación política. Nos preocupamos sólo de unos líderes aclamados por los órganos del partido por simples intereses coyunturales en lugar de abrir un debate serio de ideas con la participación de nuevos sectores sociales. Se repiten eslóganes viejos y huecos, que no interesan ni movilizan a la sociedad. Eso sí, la crisis es la mejor excusa para justificar coaliciones con otras fuerzas políticas de centro derecha que, a corto y largo plazo, nos llevarán a la irrelevancia. En democracia, si no hay alternancia no hay contraste de políticas y de soluciones. Si preferimos apoyar las grandes coaliciones lo que hacemos es diluirnos bajo unas soluciones de cierto interés momentáneo para el “establishment” político-financiero, pero seremos incapaces de dar satisfacción a esa “clase media” que anhela el renacer de una socialdemocracia renovada.

La segunda paradoja es que cuando la corriente descendiente socialdemócrata en Europa parece encaminada a su ocaso final y son muchos los gurús que anuncian su inevitable extinción, en Estados Unidos surge con fuerza un movimiento político y social dentro del propio partido demócrata que pide con rigor e ilusión la creación de un modelo socialdemócrata. Es paradójico que EEUU, la patria del capitalismo, el país que más ha vivido y sufrido las practicas neoliberales y neoconservadoras, la nación que muestra el mayor crecimiento exponencial durante las últimas décadas de la desigualdad y la marginación, sea la que reclame ese cambio de modelo y defienda con orgullo un modelo socialista, palabra hasta ahora tabú en la política norteamericana.

Sería verdaderamente paradójico que los europeos que ideamos, luchamos y aplicamos la socialdemocracia con éxito, seamos ahora los que por falta de visión y liderazgo entreguemos las llaves de nuestro tesoro ideológico al centro derecha y a los neoliberales, y nos resignemos a no dar la batalla por nuestros ideales. Quizás, los dirigentes socialistas actuales se sientan cómodos y resignados ante esta situación, pero muchos millones de ciudadanos europeos no lo vamos a permitir. La renovación de la socialdemocracia en Europa es posible y se hará con o sin los actuales dirigentes socialistas.
Fuente: Público.es

viernes, 8 de julio de 2016

Paradojas políticas: ocaso o renacer de la socialdemocracia

Miguel Ángel Moratinos
Ex–ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación




Miguel Ángel Moratinos
Ex–ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación


Los últimos desarrollos políticos en Europa nos han mostrado un proceso acelerado de pérdida de influencia de los partidos socialdemócratas. Elección tras elección, los socialdemócratas han quedado relegados a la segunda o tercera posición y, en ningún caso, logran un apoyo mayor del 23% del electorado. La última victoria relevante de la izquierda socialdemócrata fue la protagonizada por François Hollande en Francia y, en tan sólo cuatro años, esta esperanza de renovación se ha visto dilapidada por las decisiones de una izquierda acomplejada por el pragmatismo y por la reforma neoliberal que conducen, según los últimos sondeos, a no obtener más de un 18% de votos a su favor.

Son muchos los factores y las razones que han afectado a esta pérdida gradual de influencia de la socialdemocracia; muchas equivocaciones, inacciones y coaliciones erróneas son las que, en definitiva, la han llevado a esta situación agónica, a pesar de ser una de las principales fuerzas políticas y que más ha contribuido a la construcción de una sociedad más libre, más justa y próspera.

Esta situación nos brinda la primera paradoja. La socialdemocracia debería ser la mejor respuesta a los desafíos de este nuevo mundo, precisamente cuando sus dos rivales ideológicos, el comunismo y el capitalismo neoliberal, han fracasado estrepitosamente. El primero, se derrumbó con la caída del muro de Berlín en 1989 y el segundo, el sistema capitalista neoliberal, se desplomó con la caída de Lehman Brothers en 2008. El fin de la historia que nos anunciaba Fukuyama, y que nos lleva a la adopción universal del mercado, sólo se tradujo en una orgía desreguladora que deseaba aniquilar el Estado. Sin embargo, esta falsa profecía no sólo no se cumplió, sino que facilitó el derrumbe del edifico especulativo-financiero y llevó al sistema a un colapso general.

En esas circunstancias, cuando la derecha neoconservadora lanzó señales de auxilio, al pedir incluso la refundación del capitalismo, los políticos socialdemócratas pecaron de falta visión y determinación política. Se acudió al rescate del sistema, pero sin exigir ni plantear una profunda revisión, ni reivindicar un nuevo modelo socialdemócrata para estos años de crisis. Es verdad que se intentó reformar las instituciones de Breton Woods en la segunda reunión del G20, bajo presidencia de Gordon Brown, pero el centro-derecha recuperó la dirección y el protagonismo y nos obligó a los países, en particular a los socialdemócratas del momento, España, Portugal y Grecia a sacrificios y medidas estabilizadoras sin margen alguno para adaptarlas a las necesidades y circunstancias de cada país.


Faltó definición de un nuevo modelo económico y financiero que supiera recoger los nuevos cambios de este momento y traducirlos en soluciones más justas y equitativas. Faltó solidaridad, palabra clave en el diccionario socialdemócrata, y creatividad para poder proponer un modelo alternativo.

La crisis fue de tal envergadura que la falta de reacción y visión del momento pueden entenderse e incluso explicarse. Lo que sin embargo es difícil de entender y de explicar es que después de casi 10 años asistimos a una falta de voluntad política por renovar profundamente la socialdemocracia. Año tras año, somos testigos de derrotas políticas, económicas y financieras, todos los analistas señalan de forma unánime que el modelo defendido y aplicado en Europa, por la mayoría de los gobiernos de centro derecha o en coalición con los socialdemócratas, llevan indefectiblemente al fracaso. Se extiende un sentimiento general de crisis existencial-política en la que las formaciones antisistema o populistas se autoproclaman como las mejores plataformas para sacar a la sociedad de este marasmo y, mientras tanto, los socialdemócratas asistimos estoicamente a contemplar nuestra desaparición e irrelevancia. No hay un trabajo serio de reflexión e innovación de las formas de actuación política. Nos preocupamos sólo de unos líderes aclamados por los órganos del partido por simples intereses coyunturales en lugar de abrir un debate serio de ideas con la participación de nuevos sectores sociales. Se repiten eslóganes viejos y huecos, que no interesan ni movilizan a la sociedad. Eso sí, la crisis es la mejor excusa para justificar coaliciones con otras fuerzas políticas de centro derecha que, a corto y largo plazo, nos llevarán a la irrelevancia. En democracia, si no hay alternancia no hay contraste de políticas y de soluciones. Si preferimos apoyar las grandes coaliciones lo que hacemos es diluirnos bajo unas soluciones de cierto interés momentáneo para el “establishment” político-financiero, pero seremos incapaces de dar satisfacción a esa “clase media” que anhela el renacer de una socialdemocracia renovada.

La segunda paradoja es que cuando la corriente descendiente socialdemócrata en Europa parece encaminada a su ocaso final y son muchos los gurús que anuncian su inevitable extinción, en Estados Unidos surge con fuerza un movimiento político y social dentro del propio partido demócrata que pide con rigor e ilusión la creación de un modelo socialdemócrata. Es paradójico que EEUU, la patria del capitalismo, el país que más ha vivido y sufrido las practicas neoliberales y neoconservadoras, la nación que muestra el mayor crecimiento exponencial durante las últimas décadas de la desigualdad y la marginación, sea la que reclame ese cambio de modelo y defienda con orgullo un modelo socialista, palabra hasta ahora tabú en la política norteamericana.

Sería verdaderamente paradójico que los europeos que ideamos, luchamos y aplicamos la socialdemocracia con éxito, seamos ahora los que por falta de visión y liderazgo entreguemos las llaves de nuestro tesoro ideológico al centro derecha y a los neoliberales, y nos resignemos a no dar la batalla por nuestros ideales. Quizás, los dirigentes socialistas actuales se sientan cómodos y resignados ante esta situación, pero muchos millones de ciudadanos europeos no lo vamos a permitir. La renovación de la socialdemocracia en Europa es posible y se hará con o sin los actuales dirigentes socialistas.
Fuente: Público.es

miércoles, 8 de junio de 2016

Contestación a Susana Díaz: ¿Qué es la socialdemocracia?


 ¿Qué es la socialdemocracia?


Vicenç Navarro

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas, Universitat Pompeu Fabra, y autor del libro ‘Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante’ (Anagrama, 2015)

La Presidenta de Andalucía, que provisionalmente apoya al candidato del PSOE para la presidencia del gobierno español, el Sr. Pedro Sánchez, acusó a Podemos en general, y a Pablo Iglesias en particular, de haberse presentado en un denunciable ejercicio de camuflaje como la nueva socialdemocracia, subrayando que el socialdemócrata de verdad es el PSOE, siendo Podemos un impostor. Y como un indicador de tal impostura señaló que Marx y Engels –presentados por Pablo Iglesias como socialdemócratas- no habían sido en realidad socialdemócratas. Esta declaración por parte de una persona (Susana Díaz) que aspira a ser la Secretaria General del PSOE es sorprendente y preocupante. Marx y Engels fueron  fundadores del proyecto político encaminado a establecer el socialismo, objetivo que podía alcanzarse bien a través de la vía democrática (los orígenes de la socialdemocracia), o bien a través de la vía revolucionaria (el marxismo leninismo o comunismo). Ambas tradiciones políticas han estado basadas en el marxismo, y por lo tanto ambas pueden atribuirse el haber establecido sus bases ideológicas en los escritos de tales autores. Es más, incluso cuando el PSOE renunció al marxismo como ideología de partido, promovió en sus escritos mantenerlo como instrumento de análisis crítico y teórico (véanse los documentos del Congreso Extraordinario de 1979).

La vía leninista se realizó más en los países subdesarrollados (la Unión Soviética, China o Cuba, entre otros) que en los países desarrollados, donde la vía socialdemócrata fue la que prevaleció. En Europa, el Estado del Bienestar (componente importante del socialismo) se alcanzó por la vía democrática, siendo la socialdemocracia uno de los máximos responsables del desarrollo de la Europa Social. Alcanzó su máximo desarrollo en los países escandinavos, que fueron gobernados durante la mayor parte del periodo 1945-1990 por partidos socialdemócratas aliados con partidos comunistas y/o verdes y/o agrarios. Quisiera acentuar que el motor de tal proyecto siempre fue el de desarrollar una sociedad en la que se distribuyeran los recursos según el principio de “a cada persona según su necesidad, y de cada persona según su habilidad y capacidad”, necesidad y habilidad definidas democráticamente. Hoy tales países, gobernados por la socialdemocracia durante más tiempo (los países escandinavos), son los países que tienen menos desigualdades de clase y de género, mayor gasto público social por habitante, mayor progresividad fiscal, y cuyo Estado es más redistributivo, más transparente y más participativo. Son también, por cierto, los Estados más descentralizados con mayor protagonismo del poder local y municipal (ver Democratic Class Struggle, de Walter Korpi).

¿Qué ha pasado con la socialdemocracia española?

 El PSOE ha sido, durante el período democrático, el partido que más ha expandido el Estado del Bienestar, históricamente poco desarrollado y poco financiado. Pero su adaptación al Estado heredado de la dictadura tuvo costes elevados, incluyendo su moderación. Y su integración en el establishment político-mediático significó su acatamiento y complicidad con los establishments financieros y económicos, que solidificaron su creciente moderación, abandonando en su camino muchos principios y muchas demandas, y convirtiéndose en una organización cada vez más vertical, autoritaria y poco democrática. Y lo sé porque lo vi con mis propios ojos.

Desde que volví del exilio he asesorado a todos los gobiernos progresistas (a nivel estatal, autonómico y local) que me lo han pedido. Y en esta condición he asesorado a todos los gobiernos socialistas que ha habido durante el período democrático, sobre todo en áreas de política social, pero también en áreas de políticas económicas. Creo que contribuí sustancialmente al establecimiento del cuarto pilar del Estado el Bienestar (ver mi artículo “El cuarto pilar del Estado del Bienestar”, Público, 15.10.09).

Ahora bien, mi distanciamiento apareció a raíz de la respuesta que el gobierno Zapatero le dio al inicio de la crisis. Fue entonces cuando se interrumpió mi relación de asesoría al PSOE, pues su respuesta era típica del pensamiento neoliberal, equivocándose en su diagnóstico y en sus recetas. Y dentro del PSOE fue la victoria de los liberales, liderados en parte por Jordi Sevilla, al cual conocí bien, y con el cual tuve muchos desacuerdos debido a su postura explícitamente liberal. Fue bajo su consejo que Zapatero indicó que bajar impuestos era de izquierdas (ver mi artículo ” El referéndum es una excusa del PSOE y de las derechas para que no se establezca un gobierno de izquierdas”, Público, 18.02.16). Hoy dirige el equipo económico del Sr. Pedro Sánchez. En su respuesta a la Gran Recesión el PSOE dejó definitivamente de ser socialdemócrata, y antepuso el proyecto liberal al proyecto socialdemócrata. Ello era fruto y consecuencia del maridaje entre el aparato del PSOE y el establishment financiero-económico.

Continué colaborando con la revista Temas para el debate, dirigida por lo que se llamaban “guerristas”, que subrayaban el deseo de estar abiertos, dar la bienvenida y ofrecer colaboración a todas las voces críticas de izquierdas, reputación que no respetaron cuando me vetaron por escribir un artículo crítico con la respuesta del PSOE a la crisis (ver “La ausencia de la necesaria autocrítica en la socialdemocracia”, Público, 13.05.14). Antes había tenido ya tensiones por un artículo escrito donde había defendido una visión plurinacional y no jacobina de España. Su tolerancia hacia tal artículo fue nula, dentro de una sensibilidad (la guerrista) que consideraba que el presidente socialista de la Generalitat, José Montilla, y la vicepresidenta del PSC, Manuela de Madre, estaban “contaminados de nacionalismo”. Y ahí está el problema. No hay izquierda hoy dentro del aparato del PSOE. Este partido es un aparato, parte de la casta, que está defendiendo sus intereses de aparato a ultranza. Es sorprendente la falta de diversidad y debate dentro del PSOE, y también la falta de protesta entre sus bases por su comportamiento. De ahí la interrupción de mi colaboración y asesoramiento. Conocí a gente excelente pero que escogieron permanecer en silencio, por un sentido de lealtad mal aplicado. Las bases del PSOE son claramente de izquierdas, y el gran retroceso electoral de la socialdemocracia en España y en Europa se debe precisamente a la adaptación al neoliberalismo por parte de tales aparatos. El último caso es lo que está sucediendo en Francia.

La aparición de Podemos y mi asesoramiento a tal partido

 Debido a lo narrado anteriormente era, pues, lógico que saludara con gran alegría el 15-M, cuyo éxito fue debido a que pudo comunicarse con las clases populares, canalizando su descontento. Sus demandas no eran demandas a favor de la revolución socialista o del fin del capitalismo. Influenciadas por la Primavera Árabe, sus demandas eran mucho más sencillas y mucho más amenazantes para la estructura de poder. Cuando rodearon las Cortes Españolas y el Parlament de Catalunya (en mi presencia, pues me habían invitado a dar una charla en tales actos) pedían democracia, una demanda que implicaba una denuncia precisamente de la falta de democracia en las instituciones representativas del país. Sus eslóganes fueron muy populares. “No nos representan” lo decía todo. Y el 82% de la población española estaba de acuerdo. “No hay pan para tanto chorizo” era otro eslogan, también muy popular, que señalaba la extendida corrupción del Estado, basada en el maridaje entre el poder financiero y económico por un lado y el poder político-mediático por el otro.

Fue precisamente la certeza del diagnóstico por un lado, y la sencillez y accesibilidad de su discurso por el otro, lo que explica su enorme capacidad de movilización. Y utilizaron ampliamente el libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España (escrito por Juan Torres, Alberto Garzón y yo mismo) como un punto de referencia. El libro mostraba, por ejemplo, que Zapatero congeló las pensiones cuando podría haber conseguido más dinero manteniendo el impuesto de patrimonio o anulando la rebaja del de sucesiones, o que Rajoy podía haber revertido la bajada del impuesto de sociedades de las empresas que facturaban 150 millones de euros al año y que representaban menos del 0,12% de todas las empresas, consiguiendo con ello casi el mismo dinero que el que consiguió recortando 6.000 millones de euros de la sanidad pública. Se habrían evitado los recortes si hubieran seguido las alternativas que nosotros sugeríamos. Estos datos, fácilmente entendibles, mostraban claramente la falsedad del argumento de que no había alternativas, argumento utilizado por la estructura del poder para defender políticas sumamente impopulares. Se mostraba así que el PSOE había dejado de ser socialdemócrata. Y es ahí donde el maridaje entre el aparato del partido y los lobbies financieros y económicos apareció en toda su crudeza, en la aplicación de las políticas de austeridad y de reforma laboral que inició el gobierno del PSOE, y que más tarde el gobierno del PP continuó y expandió.

Hacía falta una nueva fuerza política basada en el rechazo a tales políticas, y que recuperara el proyecto de establecer una sociedad más justa y más solidaria que había sido abandonado por el PSOE. Era, pues, predecible que nos invitaran a mí, junto con el profesor Juan Torres, autores del libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España junto con Alberto Garzón, para que los dos escribiéramos el marco estratégico de sus políticas económicas. Y así surgió “Un proyecto económico para la gente” (ver el documento “Democratizar la economía para salir de la crisis mejorando la equidad, el bienestar y la calidad de vida. Una propuesta de debate para solucionar los problemas de la economía española”). Este plan era de clara sensibilidad socialdemócrata, con acento escandinavo. El programa final de Podemos, y ahora el de Unidos Podemos, encaja, en su gran mayoría, con este marco que definimos.

Referirse a tal propuesta como bolivariana, utópica, irrealizable, y otros epítetos, define más al que insulta que al insultado. Es absurdo, demagógico y profundamente deshonesto. Ellos lo saben, y deberían avergonzarse de tanto insulto. En mi vida he asesorado a muchísimos gobiernos, desde los gobiernos Allende y Fidel Castro (en su reforma sanitaria), por un lado, a los gobiernos socialdemócratas suecos, a la Casa Blanca (en la reforma sanitaria dirigida por la Sra. Clinton), al gobierno Felipe González, así como al tripartito de Pasqual Maragall. Y nunca había encontrado tanta hostilidad (casi odio) como en el caso de este programa, consecuencia de que las derechas (y ahora el PSOE) tienen una cultura democrática muy limitada.

En defensa de Pablo Iglesias

 Y aprovecho para defender a Pablo Iglesias, hoy considerado no el adversario, sino el enemigo nº 1 del establishment financiero-económico-político-mediático del país. El grado de odio expresado hacia Podemos en general, y hacia Pablo Iglesias en particular, es extremo y, francamente, repugnante. Léanse el editorial de El País del pasado domingo 5 de junio, y verán lo que digo. Me apena que profesionales que respeto de ese rotativo hayan permanecido callados delante de tanta mala leche y bajeza. Y verán que pronto los Eduardo Indas de turno “descubrirán” que Pablo Iglesias estuvo envuelto en el asesinato del presidente Kennedy.

Se habla constantemente de la agresividad de Pablo Iglesias hacia el PSOE, con la famosa ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­“cal viva” refiriéndose a Felipe González. Pero no se dice que esta expresión de Pablo Iglesias fue en respuesta a la gran agresividad de Pedro Sánchez, expresada minutos antes en el debate parlamentario, cuando acusó a Podemos de apoyar a ETA, y solo un par de días después de que Felipe González acusara a Podemos de recibir dinero y apoyar a un gobierno dictatorial peor que el liderado por el General Pinochet. Es difícil alcanzar un nivel más alto de mala leche. Y El País nunca se ha referido a la agresividad de tales señores, a los cuales Pablo Iglesias respondía. Y ya no digamos de La Razón o el ABC.

Habiendo demonizado a Pablo Iglesias, ahora la estrategia del PSOE es centrarse en Pablo Iglesias como el responsable directo de que Rajoy continúe en el gobierno, ocultando que había otra alternativa, la alianza de las izquierdas con el PNV, que hubiera terminado con las políticas neoliberales, nefastas para este país.

Una vez más se utiliza la llamada a la Unidad de España para defender intereses financieros y económicos específicos  

La realidad es que la llamada a la Unidad de España se repite una vez más para defender los intereses económicos y financieros que resultarían afectados por la aplicación de las políticas socialdemócratas que propone ahora Unidos Podemos. Hoy el tema nacional y el tema social están íntimamente ligados. Son los que defienden la España uninacional los mismos que están aplicando las políticas neoliberales que dañan a España. Pero otra versión de España, la España plurinacional, está surgiendo desde la periferia hasta el centro. La alianza de todas estas fuerzas, reflejada en la alianza Unidos Podemos, representa una gran posibilidad de cambio profundo en España, revirtiendo las políticas neoliberales que han sido tan dañinas para la calidad de vida y el bienestar de las clases populares de este país.

Fuente: Público.es

martes, 10 de mayo de 2016

La Suecia de los años ochenta, a un paso del socialismo de mercado

Monumento a los brigadistas suecos
Monumento a los Brigadistas suecos que participaron junto a la República en la Guerra Civil Española, situado en Estocolmo
 
 
Algo sucedió en Suecia a mediados de los años ochenta del pasado siglo que podía haber cambiado el mundo y que ha sido conscientemente ocultado. La confederación de sindicatos suecos, Landsorganisationen (LO), y el Partido Socialdemócrata Sueco (SAP) durante un siglo formaron parte del mismo proyecto social y político, lograr una plena democracia política, social y económica.
La primera fase, la democracia política, dio un gran paso en 1911 con la conquista del sufragio universal masculino y fue plenamente consolidada con la extensión del mismo derecho a las mujeres en 1921. Suecia fue uno de los países pioneros en el reconocimiento del voto universal.
La segunda, la democracia social, estaba fundamentada en la igualación de las rentas de la mayoría de la población a través de un robusto Estado del Bienestar y un sistema de negociación colectiva centralizado y solidario en el que los sindicatos jugaban un papel crucial. Esta parte del programa se desarrolló fundamentalmente desde los años 30 hasta finales de los 60. Y en esta fase tuvo un papel central Ernst Wigfors que en los años treinta ejerció de ministro de finanzas durante casi dos décadas. Aunque no es muy conocido fuera de Suecia sus textos de crítica al capitalismo y al marxismo son fundamentales para los suecos.
Los Fondos de Inversión Colectivos de los Trabajadores fueron una original e inteligente propuesta para crear un nuevo espacio entre el capital privado y el capital público- el capital colectivo- con el objetivo de democratizar la economía.
La base de la actuación política, económica y social de la socialdemocracia sueca desde los años treinta fue la consideración de que el cauce para transformar la sociedad capitalista no era la nacionalización de la economía, sino una planificación económica en la que junto a las políticas del Estado del Bienestar también debían intervenir los agentes privados. En esa planificación de la economía tiene un papel muy importante la democratización de la inversión bajo la idea de que no deben ser los cálculos privados sobre beneficios y pérdidas los que determinen el nivel de producción y empleo de un país, ya que eso nos lleva a una economía con crisis cíclicas que fundamentalmente pagan los trabajadores que quedan desempleados. Wigfors desarrolló políticas anticíclicas cuatro años antes de la publicación de la Teoría General de Keynes, que hicieron que Suecia fuese el primer país del mundo en adoptar las modernas políticas de estabilidad macroeconómica.
Es importante tener en cuenta que las exitosas medidas económicas y sociales de Wigforss permitieron que la socialdemocracia sueca permaneciera interrumpidamente en el poder durante más de cuatro décadas, hasta los años setenta.
Una Revolución Tranquila
La tercera y última fase, iniciada en la década de 1970 abordó la democratización de la economía. Si partimos de la consideración de que en el trabajo es donde las personas que formamos parte de la población activa pasamos la mayor parte del tiempo de nuestra jornada, no podemos considerarlo un ámbito ajeno a la democracia. La socialdemocracia sueca no se ha caracterizado por un pragmatismo poco ideologizado, imagen que se ha podido transmitir de un país alejado geográfica y lingüísticamente del centro de las corrientes de pensamiento. Nada más lejos, Suecia a mediados de los años ochenta estuvo a punto de ser el primer país del mundo en transitar democráticamente del capitalismo al socialismo, en llevar a cabo una Revolución Tranquila.
Los Fondos de Inversión Colectivos de los Trabajadores fueron el pilar de la tercera fase del proyecto ideológico socialdemócrata de transformación social, que habría de permitir abandonar paulatinamente las relaciones productivas capitalistas y sustituirlas por unas relaciones productivas democráticas, esto es, socialistas.
La central sindical LO abrió el debate sobre la cogestión de las empresas entre los directivos y los trabajadores exponiendo abiertamente la propuesta de los Fondos de Trabajadores. A finales de los años setenta con los partidos burgueses en el gobierno, un congreso de la LO decide, para sorpresa del partido socialdemócrata, desarrollar el proyecto de los Fondos Colectivos de Trabajadores elaborado por los economistas Rudolf Meidner y Gosta Rehn, muy influenciados por las ideas de Marx, Keynes, James Meade y del propio Ernst Wigforss. Meidner y Rehn llegaron a la conclusión que los tres principales problemas de la economía sueca en aquel momento eran: 1) que se consumía más que se producía; 2) que las inversiones productivas eran muy bajas; y 3) que había un exceso de capacidad productiva en algunos sectores. Para mantener un crecimiento económico con altos niveles de empleo y baja inflación debía tenerse muy en cuenta la interrelación entre el bienestar social y la financiación empresarial.
Para ellos la primera causa de estos problemas era la excesiva acumulación del capital de Suecia en muy pocas familias, el latifundismo de capital, que frenaba la circulación del mismo e impedía financiar nuevas actividades productivas. En lugar de plantear una profunda nacionalización de la propiedad de gran parte de los medios de producción, que centralizaba en el Estado la gestión de gran parte de la actividad económica, como hicieron los laboristas británicos tras la 2ª Guerra Mundial, plantearon que la necesaria democratización de la inversión debía llevarse a cabo mediante instrumentos colectivos y descentralizados, los Fondos de Inversión Colectivos de los Trabajadores.
En las empresas de más de 100 trabajadores, estos accederían a parte del capital de sus propias empresas de forma colectiva a cambio de una moderación salarial que tenía como objetivo no lastrar competitivamente a esas empresas. Las decisiones sobre reinversión de beneficios, creación de empleo, esfuerzo en investigación y desarrollo, etc., tendrían que compartirse de forma creciente entre los trabajadores, los directivos y los accionistas capitalistas. Ello indudablemente haría que el único factor a tener en cuenta a la hora de tomar las decisiones que definen el escenario estratégico de una empresa a medio plazo no fuera la mera rentabilidad cortoplacista del capital invertido.
La democracia social estaba fundamentada en la igualación de las rentas de la mayoría de la población a través de un robusto Estado del Bienestar y un sistema de negociación colectiva centralizado y solidario en el que los sindicatos jugaban un papel crucial.
A la vez se mantenía un marco descentralizado de toma de decisiones sobre qué producir, en qué cantidad y para quién, es decir, mientras el mercado seguía funcionando como asignador de cantidades y precios, la propiedad de los medios de producción se iría colectivizando progresivamente, no nacionalizando, de forma descentralizada. Lo que se llamó “socialismo de mercado”.
El SAP incorporó a su programa político el proyecto de los sindicatos y concurrió a las elecciones con él. En las elecciones de 1982 Olof Pame los defendió públicamente con tanto éxito, fue uno de los temas más debatidos en la campaña, que ganó las elecciones y los puso en marcha.
El Gobierno sueco aprobó en 1984 una ley, que estuvo vigente durante siete años, que repartía entre los trabajadores de las empresas suecas parte del capital de nueva creación. A cambio de una cierta moderación salarial con el objetivo de que no afectara a la competitividad-precio de las exportaciones suecas y evitar que ese dinero significara unos superbeneficios de los accionistas, la empresa estaba obligada a emitir nuevas acciones que se asignaban individualmente a los trabajadores, aunque eran gestionadas colectivamente mediante esos Fondos Colectivos. Cuando el trabajador se jubilaba recibía las acciones como parte de su pensión.
 En 1991 el volumen total que habían alcanzado los Fondos de Inversión Colectivos de los Trabajadores en tan solo siete años era de 2.000 millones de euros, un 7% del total de las acciones cotizadas en la Bolsa sueca. No era nada descabellado imaginar que en unos cincuenta años los trabajadores suecos alcanzarían la mayoría del capital en gran parte de las empresas suecas.
Lo interesante de la original experiencia sueca, además de su tranquila gradualidad, es que fue capaz de vincular al socialismo con el incremento de la riqueza individual, no solo colectiva, lo que tuvo positivos efectos en el conjunto de la sociedad. En el periodo en el que los Fondos de Asalariados estuvieron vigentes el PIB per cápita de Suecia, según datos del Banco Mundial, se multiplicó dos veces y media, pasando de 12.914 $ en 1984 a 31.374 $ en 1991. Si el PIB per cápita sueco en 1984 representaba el 76% del PIB per cápita estadounidense, en 1991 era del 128%. El desempleo en Suecia en 1990 alcanzó la ridícula cifra del 1,7%.
Los Fondos de Inversión Colectivos de los Trabajadores fueron una original e inteligente propuesta que proponía crear nuevo espacio entre el capital privado y el capital público, el capital colectivo, con el objetivo de democratizar la economía.

Bruno Estrada López
Adjunto al Secretario General de CCOO.
Miembro de la C. Ejecutiva de Economistas Frente a la Crisis.

Fuente: Público.es

jueves, 17 de julio de 2014

Francia: ¿Hay que desesperarse con el PS?

 

RUE SOLFERINO, PARIS

 

 

Laurent Bouvet · Éric Fassin · · · ·

 

Una frase reciente del primer ministro francés Manuel Valls –“la izquierda puede morir”— ha desencadenado una oleada de debates y comentarios sobre la situación del Partido Socialista y el Front de Gauche [Frente de Izquierda]. El sociólogo Eric Fassin y el politólogo Laurent Bouvet son entrevistados para el semanario Le Nouvel Observateur sobre estos asuntos por la periodista Aude Lancelin.  

Laurent Bouvet: Los partidos políticos son mortales, hay numerosos casos en la historia. De todos modos, el PS ha conocido en poco menos de un siglo de existencia numerosas crisis de las que siempre ha salido. Hoy en día, el PS debe refundarse sin duda tal como lo hizo en 1969-1971. Los “dos cuerpos” del PS se han visto en efecto tocados. Su “cuerpo inmaterial”, doctrinal, está por reconstruir enteramente. El PS ya no produce ideas, proyecto de sociedad u orientaciones políticas fuertes, identificables, siquiera, desde hace mucho tiempo. La novedad es ya que su “cuerpo material, sus cargos electos, sus militantes, sus redes, su gente de confianza…está gravemente tocado. La pérdida de 30.000 cargos electos en las municipales y de 25.000 militantes desde 2012 es un signo del desmoronamiento del conjunto organizativo y reticular que representaba el PS.

Eric Fassin: Manuel Valls habla a los socialistas, pero prefiere inquietarse, por una vez, por “la izquierda”. Es una forma de no aludir a la muerte anunciada del PS. Es verdad que el PS arrastra hoy en día a toda la izquierda en su naufragio. La crisis de la socialdemocracia es más bien una renuncia ideológica que un fracaso político, un poco por doquier en Europa: Blair y Schröder antes de Valls. François Hollande “asume”, se dice, ser socialdemócrata. Pero el pacto de responsabilidad no tiene nada que ver con la socialdemocracia: en lugar de arbitrar entre capital y trabajo, ¡el presidente negocia con la patronal olvidando a los sindicatos! ¿Será social-liberal? En realidad, no es ni social ni liberal: pone al Estado al servicio de los bancos y de los mercados. Es, por tanto, neoliberal. Pero hay muchos que lo niegan. Fijaos: en Europa, Hollande y Renzi han apoyado a Juncker, y él es de los editorialistas que han saludado “el viraje a una izquierda saludable”.

Más allá de las clases populares, ¿cuáles son las demás categorías de la población cuyo descolgamiento explica la debilidad actual del voto socialista?

Laurent Bouvet:  Más allá de las clases populares que el PS ha “perdido” desde hace mucho tiempo, el conjunto de su base electoral se ha diluido desde hace dos años (parciales, municipales, europeas). Las opciones económicas y “de sociedad” dividen profundamente al electorado de François Hollande de 2012. De este modo, el voto al PS en tal o cual elección se ha convertido en si en un problema. Para muchos electores de categorías medias o superiores, las subidas de impuestos tienen un papel disuasorio, como se ha visto en las encuestas hechas con ocasión de las municipales. Para los funcionarios públicos, la bajada del gasto público se vive como una amenaza a su actividad misma, por no hablar de medidas sectoriales que sientan mal, como los ritmos escolares entre los enseñantes. A eso se ha añadido la desmovilización de ciertos electorados insatisfechos con cuestiones más específicas, como el matrimonio para todos o el género.    

Eric Fassin: El electorado que pierde el Partido Socialista es en primer el lugar electorado de izquierda. ¿Por qué votar por un partido que ya no es de izquierda? Se nos ha querido hacer creer que el PS perdía al pueblo para conservar a los “bo-bos” [“bohemios burgueses”], que sacrificaba las clases populares a las minorías y que se ocupaba del matrimonio antes que del paro. Pero este gobierno no hace nada por los barrios del extrarradio (las “banlieues”) ni contra las discriminaciones. En cuanto a los derechos de las minorías sexuales, ¡es cosa terminada! En resumen, no se podrá decir que es a causa de las cuestiones “de sociedad” por lo que no se ocupa de la “cuestión social”.  

Las decepciones del PS no parecen, sin embargo, aprovecharle en modo alguno a la izquierda de la izquierda, como han mostrado los resultados de las últimas europeas. ¿Cómo lo explican ustedes? ¿Por qué Francia no produce un fenómeno a lo Syriza, partido de izquierda radical que ha quedado en primer lugar en Grecia?

Eric Fassin: Ésa es efectivamente la gran pregunta. Dado que François Hollande aplica la misma política económica que Nicolas Sarkozy, podríamos imaginar que la crítica de la deriva neoliberal beneficiaría tanto a la izquierda de la izquierda como a la extrema derecha. Ahora bien, éste no es el caso. ¿Por qué? Por una parte, el PS da la razón al Frente Nacional, que denuncia la “UMPS” [es decir, la equivalencia política de la UMP, la derecha francesa, y el PS]. Y la alternancia sin alternativa alimenta el rechazo de la democracia, con el voto de extrema derecha, pero también con la abstención. ¿Cómo creer en la democracia si las elecciones no cambian nada? Por otro lado, el FN ha acabado por imponer su lenguaje identitario, no sólo en la UMP sino también en el PS (ya se trate de los inmigrantes, de los musulmanes o de los rom). La hegemonía económica es el frente UMP-PS, pero la hegemonía cultural es el frente FN-UMP-PS. En esa condiciones, no resulta fácil que se escuche otra cosa. La principal esperanza estriba en la “hipótesis Syriza”: el completo hundimiento del PASOK ha acabado por abrir un espacio a la izquierda y, por tanto, una alternativa. De golpe en Grecia hay menos abstención, se vota menos a la extrema derecha y se vota más a la izquierda de la izquierda. Hoy en día, la “hipoteca PS” obstruye el paisaje de la izquierda.

Laurent Bouvet: El Front de Gauche mantiene un discurso desajustado en relación a su electorado. Su discurso se apoya en las consecuencias nefastas de la mundialización y del capitalismo, se dirige de modo prioritario a sus víctimas (a los más expuestos y a los más débiles) . Ahora bien, las soluciones propuestas para ponerle remedio (aumento del gasto público y reforzamiento del papel del servicio público) aparecen como algo que beneficia en primer lugar a sectores (como los funcionarios públicos) menos expuestos a los riesgos de la mundialización (sobre todo, al paro y la deslocalización). Este hiato entre discurso, propuestas y electorado está en mi opinión en el centro de las dificultades del Front de Gauche.  

Sin embargo, usted, Laurent Bouvet, parece considerar que el socialismo encarnado por Valls es la vía correcta para la izquierda, sobre todo en la reconquista del voto popular. ¿Qué responde usted a los que consideran hoy que la izquierda actualmente en el poder no es otra cosa que una “derecha acomplejada”?

Laurent Bouvet: ¡Yo no sé si es la “vía correcta” para la izquierda! Lo que yo constato, más modestamente, es que la posición política de Manuel Valls –resumidamente, el retorno a una forma de autoridad en la que la acción pública se ejecuta articulada en un proyecto abiertamente social-liberal- ofrece una elección clara a los socialistas y a la izquierda en general, con respecto a otra propuesta, más intervencionista en el plano económico, pero también más liberal en lo que respecta a las cuestiones de sociedad (encarnada, sobre todo, por los Verdes de EELV). Habrá que ver en 2017 cómo se encarnan estas dos propuestas y cuál prevalece en la izquierda frente a las de la derecha y la extrema derecha.     

La izquierda se convirtió en electoralmente dominante en 2012, en un momento en que su descomposición doctrinal estaba ya muy avanzada. ¿Qué es lo que, según usted, no se ha hecho, y cuál sería la terapia de choque que hay que adoptar?

Eric Fassin: La hegemonía ideológica de la derecha desacomplejada descansa sobre una izquierda acomplejada. Nuestros gobernantes se creen realistas: de hecho, creen sólo en que la realidad es de derechas. Para compensar, pretenden acercarse al pueblo metiéndose con los rom, por ejemplo.  Eso significa apostar por la idea de que la gente sería de derechas. Hay que invertir esa lógica: reivindicar una ideología de izquierdas. Es así cómo se podrá esperar reencontrar por fin un electorado de izquierdas. 

Laurent Bouvet es profesor de historia de las ideas políticas en la Universidad Versailles-Saint-Quentin y director del observatorio de la vida política de la Fundación Jean Jaurès. Su último ensayo es Le Sens du peuple. La gauche, la democratie, le populisme (Gallimard, París, 2012).   EricFassin (1959) es sociólogo y profesor de ciencias políticas en la Universidad París-VIII-Vincennes-Saint Denis, y miembro del colectivo Cette France-là, observatorio de la situación de los extranjeros en Francia, y autor, entre otros libros, de Démocratie précaire, Chroniques de la déraison d´Etat (La Découverte, 2012) y Roms et riverains. Une politique municipale de la race (La Fabrique, 2014).   

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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