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jueves, 16 de junio de 2016

Alberto Garzón, el candidato al que echaban de menos


Acto de En Comú Podem con Mónica Oltra, Ernest Urtasun, Ada Colau, Pablo Iglesias, Alberto Garzón, Xavi Domènech, Íñigo Errejón y Lucía Martín en Barcelona, el 11 de junio de 2016.
Alberto Garzón durante el acto de En Comú Podem el sábado en Barcelona MARC LOZANO / ECP

Iker Armentia


Si el grito de guerra de Anguita fue “programa, programa, programa”, el de Garzón ha sido “confluencia, confluencia, confluencia”


En España todo aquel que no ha participado en un cara a cara moderado por Manuel Campo Vidal corre el riesgo de ser tachado de radical, violento o antisistema. En ocasiones, también de perroflauta. Bajo la acusación de ser como la ETA, se intentaron arrinconar mareas y plataformas antidesahucios, confiando en que el apelativo ‘proetarra’ ejerciera de perro de Pavlov sobre la ciudadanía y mandará a los salvajes más allá del Muro. No funcionó. Al menos, no del todo.

En estos meses que han transcurrido desde el 20D un nuevo adjetivo se ha unido a la Lista de Términos para Abrir Telediarios con Gente Sospechosa: comunistas. Su uso ha sido más macarthista todavía que el tradicional “¿Y Paracuellos de Jarama, ¿qué?” hasta el punto de que Pablo Iglesias tuvo que aclarar que, si en su día se autodenominó comunista en Intereconomía fue para divertirse en la televisión más anticomunista de Europa Occidental.

A Garzón no le hacía falta. “Yo soy comunista, Unidos Podemos no lo es”, aclaró el 17 de mayo, en medio de la marejada provocada por el abrazo de la Puerta del Sol.

Y, sin embargo, pese a los fantasmas que han unido en un mismo discurso a Susana Díaz y María Dolores de Cospedal, un comunista es el líder político mejor valorado en España. Así lo certifica la última encuesta del CIS, aunque los expertos apostillan que los políticos que no están en la primera línea de los presidenciables suelen obtener mejor nota. El caso es que Alberto Garzón cae bien. Tan bien que hasta en los círculos conservadores la preocupación por el futuro de Izquierda Unida, a veces, parece sincera. Parece.

No es la única diferencia que Garzón ha mostrado frente al resto de candidatos. Rajoy, Iglesias, Sánchez y Rivera han mantenido una competida pugna de tácticas, requiebros, giros locos y comparecencias Kinder sorpresa (ingredientes imprescindibles para vencer en política), mientras que para entender el camino que Alberto Garzón ha recorrido estos meses no hay más que viajar a la noche electoral del 20D. Le tocó lidiar con una botella que no estaba ni medio vacía: IU había sufrido el batacazo de perder 9 de sus 11 diputados y quedarse sin grupo parlamentario propio. No valía ni el consuelo de saber que en su día a Llamazares le había ido todavía peor.

Pero, más allá de los tópicos que se sueltan tras una derrota electoral, Garzón destacó aquella noche que el resultado de las confluencias en Cataluña o Galicia (en las que participaban candidatos de su partido) iluminaban “el sendero que tiene que seguir la izquierda en el futuro". “La unidad popular es el único instrumento posible para transformar el país”, insistió. “Mejor un coro victorioso que un solo fúnebre”, diría a principios de junio en su primer discurso como coordinador de IU citando a Marx en el ‘18 Brumario de Luis Bonaparte’.

En octubre de 2011 ya había dejado escrito: "Desgraciadamente la izquierda institucional tiene gran apego al espíritu de ‘La vida de Brian’ y todavía no ha entendido que ahora lo que más se requiere es unidad y estrecha colaboración”. Pero esta vez el Frente Judaico Popular y el Frente Popular de Judea no se acuchillarían en las catacumbas del palacio.

Si el grito de guerra de Anguita fue “programa, programa, programa”, el de Garzón ha sido “confluencia, confluencia, confluencia”.

Pero mucho antes de que llegaran los botellines con Pablo Iglesias en la sala Mirador, a Alberto Garzón le tocó durante dos meses el papel de figurante: sus dos diputados apenas podían ejercer presión en el combate de acusaciones cruzadas entre PSOE y Podemos. Y, sin embargo, Garzón tuvo su momento cuando el 22 de febrero consiguió sentar en una misma mesa a PSOE, Podemos, Compromís e Izquierda Unida. Lo logró tras un juego de argucias dignas de ‘Con faldas y a lo loco’ que convirtió dos encuentros bilaterales aparentemente inofensivos, en una mesa a cuatro que alteraba los márgenes en los que se había movido la política en las semanas anteriores.

En todo caso, el peligro de IU para el resto de partidos parecía no residir tanto en lo que podía hacer antes de la investidura de cualquier candidato sino en lo que podría decidir más tarde si se convocaban unas nuevas elecciones. Los socialistas intentaron engatusar a Garzón. A finales de abril le mostraron encuestas que le auguraban un futuro mejor si concurría en solitario y evitaba el acuerdo con Podemos. Unos meses antes, le habían ofrecido un sitio en el Gobierno de Pedro Sánchez (los famosos sillones tan de moda). Garzón no les hizo caso.

Tampoco atendió a las voces internas que le acusaban de entreguismo y de desnaturalizar ideológicamente Izquierda Unida por su intención de alcanzar un pacto con Podemos. En ese diagnóstico se unían ‘llamazaristas’ y ‘cayistas’, editorialistas de El Mundo y excargos de Bankia. La mayoría de su partido le apoyó en la estrategia y, esta vez, los dirigentes de Podemos sí estaban interesados en caminar junto a la vieja izquierda. La larga marcha hacia la confluencia de Alberto Garzón había terminado. “Faltaba él y le echábamos de menos”, dijo Ada Colau en el acto electoral del sábado en Barcelona.
Fuente: eldiario.es

martes, 10 de mayo de 2016

Por qué el PSOE tiembla ante Podemos-IU



El PSOE, ¡¡¡ tiembla!!!

Aunque aún resta la ratificación definitiva de las bases, nada parece que tumbará el acuerdo para que Podemos e IU acudan juntos a las urnas el próximo 26 de junio. La convergencia de la izquierda llega tarde, es cierto, pero al menos llega y con el aval de que tiene principios. Y eso es lo que teme el PSOE, que si algo ha demostrado -una vez más- durante el fiasco que ha supuesto el proceso de pactos, es que los socialistas perdieron el norte -lo que había de ser su norte- hace años.
Mientras el PSOE no ha dudado un segundo, no sólo en pactar, sino en casi fusionarse con Ciudadanos -del que en campaña aseguró que era una amenaza para el Estado de Bienestar- para no apearse de La Moncloa, Podemos se ha mantenido firme mostrando su incompatibilidad. IU, por su parte, ha sido el único que ha logrado sentar a la mesa a todos los partidos de la izquierda, materializando lo que los viejos del lugar añoran, el espíritu de ‘los Pactos de La Moncloa’, pero mejorado, porque en esta ocasión no se iba a esconder la basura bajo la alfombra. Ahí el PSOE, que era quien por experiencia y por ser quien aspiraba a gobernar, tenía que tirar del carro, andaba a por uvas… siempre pareció que en lugar de liderar el proceso de pactos ibar a rebufo del resto, reactivo, en lugar de proactivo.
Por otro lado y aunque sea una lástima, parece muy complicado que en las próximas elecciones generales haya algún partido que desbanque al PP del primero puesto por número de votos. Tal y como explica Carlos Enrique Bayo, su electorado de rentistas y pensionistas aún le sostiene -a lo que hay que sumar el incomprensible voto de muchos parados-. Sin embargo, los datos nos engañan al constatar que este nuevo frente de izquierdas es la primera fuerza entre los menores de 55 años y ahí es donde el PSOE se echa a temblar.
Ahí es donde, a las puertas del quinto aniversario el 15-M que servirá de puesta de largo de la convergencia con el regreso de los indignados a las plazas, los socialistas ven peligrar su actual posición como segunda fuerza política. Podemos e IU son más complementarios de los que muchos han querido ver, comenzando por su capacidad para ilusionar. El desencanto que quizás ha podido cosechar Pablo Iglesias durante los pactos, lo aplaca y con creces el candidato mejor valorado de todos, el único que supera el aprobado, que es Alberto Garzón.
El PSOE no teme, está aterrado por la alianza Podemos-IU. A pesar de haber movilizado al partido para vendernos que Pedro Sánchez es su único candidato, en el gran granero de votos socialistas, en Andalucía, Susana Díaz tiene claro que ella es la que atraerá más votos. La campaña que prepara la hija del fontanero es ‘marca Susana’ y así lo pactará con los alcaldes andaluces, cuestionando una vez más el liderazgo de su secretario general. Díaz necesita como respirar sacar buen resultado en Andalucía, aunque el PSOE pierda las elecciones, pues ese será su aval para desplazar a Sánchez de Ferraz.
Imagino que el PSOE entiende a la perfección el enigma de por qué aún hay ciertos electores que siguen votando al PP… es el mismo enigma de por qué en Andalucía, aunque cada vez menos, sigue ganando el PSOE: Mientras el diputado Miguel Ángel Heredia presume de comedores escolares, ese mismo día salta la noticia de un colegio en lugar de servir comida, dan bocadillos a los niños por falta de personal, las listas de espera en el Servicio Andaluz de Salud (SAS) son eternas -a pesar de que las privadas hacen su agosto con las derivaciones que hace el SAS para pruebas diagnósticas-, el paro y el fracaso escolar están lejos de alcanzar cifras dentro de lo razonable… por no hablar de los casos  de corrupción, en los que la falta de transparencia ha sido la tónica general.
Se aproxima el 26-J y hoy más que nunca desde hace cinco años, cuando nació el 15-M, los españoles vislumbran una alternativa real al bipartidismo. Será difícil conseguir que el PP no sea la fuerza más votada por una mera cuestión de desinformación ciudadana -las mentiras de Rajoy en la anterior campaña sobre el objetivo de déficit deberían relegarle al último puesto- y falta de madurez democrática en este país, pero la nueva alianza puede contar con tantos apoyos que sí forje un Gobierno con el apoyo del PSOE. Lo positivo de esa alianza, es que los socialistas estarán en una posición de inferioridad, que sin duda no le vendrá mal para que de una vez por todas sus bases cojan las riendas y regeneren el partido.

David Bollero

Fuente: Público.es

 


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