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| Los líderes del PP, Mariano Rajoy; del PSOE, Pedro Sánchez, y de Podemos,
Pablo Iglesias (EFE) |
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El Gran Centro no decae, PSOE y Ciudadanos acuerdan seguir juntos
Enric
Juliana, Madrid
06/03/2016 02:00 | Actualizado a 06/03/2016 04:19
Ante la estupefacción de los principales gobiernos occidentales,
España, el quinto país más poblado de la Unión y pilar imprescindible del
castigado Sur de Europa, se adentra en una
crisis política con pocos
precedentes. La pequeña Bélgica, que ostenta el récord europeo de
gobierno vacante, es un artificio inestable dentro del campo carolingio.
Tiene buena red. El parangón con Italia tampoco sirve. Durante más de cuarenta
años, Italia tuvo gobiernos de quita y pon, porque en ese país la figura del
primer ministro es frágil: no puede disolver el Parlamento (competencia del
presidente de la República) y está sometido a un bicameralismo perfecto. Si un
día pierdes la confianza del Senado, adiós. Así cayó Silvio Berlusconi.
El
primer ministro español es mucho más fuerte. Tiene la potestad de
disolver el Parlamento y convocar
elecciones, sólo puede ser derribado
por una moción de censura constructiva, y el Senado no le puede hacer mucho daño
si le es hostil. Una vez elegido, el presidente español manda. Por ello es tan
difícil elegirle en el actual laberinto. Esa es la cuestión: el presidente del
gobierno de España manda, tiene la llave de las elecciones y no es fácil
derribarle.
Una crisis política sin precedentes. Un Parlamento muy fragmentado. Un
sistema de partidos roto por el descontento social y la irritación juvenil. Una
frágil recuperación que no llega a todos. Señales de ralentización de la
economía en los dos primeros meses del año: en parte por la compleja coyuntura
internacional, en parte por la incertidumbre política doméstica. Una monarquía
sometida a prueba. El problema de Catalunya –que no es de convivencia entre los
catalanes–. El debilitamiento de las oportunidades de negocio en Latinoamérica.
Y una cierta desmoralización colectiva. Un país angustiado, que teme haber
entrado en un penoso declive, después de más de dos décadas de optimismo
despolitizado. España 2016. Un problema europeo.
Setenta más sesenta más cincuenta. Ciento ochenta días de rigurosa
interinidad si no se logra un acuerdo antes del 2 de mayo. La primera fase, ya
concluida, la podríamos llamar balnearia. Son los setenta días que discurrieron
entre las elecciones del 20 de diciembre y la primera comparecencia de Pedro
Sánchez en el Congreso, el 1 de marzo.
La segunda fase se inició la madrugada del 2 de marzo, después de la primera
votación de la candidatura de Sánchez. Sesenta días para encontrar gobierno. La
fase seria. La fase agónica.
Tercera fase, si no hay acuerdo: cincuenta días entre la convocatoria de
elecciones y la celebración de estas, el 26 de junio. La fase incógnita. ¿Cuál
sería la reacción de la gente después de más de seis meses de bloqueo? Es fácil
especular con la repetición de las elecciones. Más difícil será afrontarlas. Los
catalanes tienen alguna experiencia al respecto.
Primeros movimientos, ayer, después de la
investidura fallida. El Gran
Centro no decae. Los equipos negociadores del PSOE y Ciudadanos se reunieron en
un hotel de Madrid y acordaron negociar juntos con las otras fuerzas. El Gran
Centro se convierte en un perímetro estable. Un espacio operativo. He ahí una
novedad importante. El Gran Centro cuenta con 130 diputados, ocho más que el
Partido Popular. Presión para Mariano Rajoy. Presión, también, para Podemos.

Mariano Rajoy (Angel Navarrete - Bloomberg)
La mineralización de Rajoy
Después del 20 de diciembre, Mariano Rajoy creyó posible conducir la
situación hacia un limbo constitucional. Ante la imposibilidad de un encargo
viable, buscar la senda que permitiese repetir las elecciones lo más rápidamente
posible. Decir a los españoles: “Bien, ya os habéis desahogado, ahora votad de
otra manera para que el país sea gobernable”. El 20-D podía tener una rápida
segunda vuelta, después de Pascua, en la que el Partido Popular esperaba
reabsorber parte del voto de Ciudadanos, manteniéndose la división de la
izquierda, quizá acentuada por un mayor avance de Podemos. Un Partido Popular
con 140 diputados podía obligar a un PSOE todavía más débil a firmar la “gran
coalición”. Susana Díaz se perfilaba como una excelente interlocutora. Esa era
la idea en Moncloa a mediados de enero.
Encargo imposible. Limbo constitucional. La senda la podía abrir un informe
del Consejo de Estado. La Brigada Aranzadi, siempre a punto. El Rey no aceptó
ese supuesto, que podía poner en cuestión su neutralidad política. Felipe VI
propuso el encargo a Rajoy, y este lo rehusó (22 de enero). Pedro Sánchez
levantó la mano. Tras una segunda ronda de consultas, el jefe del Estado dio el
encargo al secretario general socialista (3 de febrero).
El limbo constitucional se desvanecía. Ya no hacía falta reunir al Consejo de
Estado. Mientras arreciaban las noticias negativas sobre los casos de corrupción
en el PP –“no es una casualidad”, dijo el ministro del Interior–, Rajoy vio cómo
la iniciativa política escapaba de sus manos por primera vez en cinco años. Por
primera vez desde que José Luis Rodríguez Zapatero se vio obligado a renunciar a
su política económica, en el 2010.
Rajoy se ha mineralizado. Aguantar, aguantar, aguantar, hasta que el PSOE
ceda. Esa es su consigna. El PP mantiene la disciplina, pero las tensiones se
acumulan en su interior. En el debate de investidura les ha sorprendido la
audacia de Albert Rivera, pidiendo la indisciplina de los diputados populares.
Algo así no ocurría desde los malos tiempos de UCD. Y ahora, PSOE y Ciudadanos
deciden seguir juntos para negociar. Rajoy puede ser víctima del Gran Centro.

Pedro Sánchez (Gerard Julien - AFP)
Pedro Sánchez, el masovero valiente
Después de su inesperada elección como secretario general socialista, en
julio del 2014, Pedro Sánchez se convertía en el masovero del PSOE. Un masovero
precario, en perfecta sintonía con el nuevo paisaje laboral. Le entregaban las
llaves con un ambiguo contrato de arrendamiento. Si no obtenía pronto buenos
frutos, no tardarían en echarle. El PSOE siempre está peleado consigo mismo. Por
eso es tan duradero. El PSOE es uno de los pocos partidos políticos europeos que
han llegado a protagonizar, en circunstancias muy dramáticas, un golpe de
Estado contra sí mismo (El levantamiento Casado-Besteiro contra el gobierno
Negrín en el Madrid agonizante de 1939). Pedro Sánchez, secretario general del
Partido Socialista Obrero Español AFP Gerard Julien.
“Asesinato en el comité federal”, escribíamos hace un año, ante los primeros
intentos de quitarle de en medio. Susana Díaz quería impedir que fuese candidato
a las elecciones generales. José Luis Rodríguez Zapatero estaba en el ajo, y
Felipe González parecía mirar hacia otro lado. Sánchez resistió gracias a la
recuperación de poder territorial en las elecciones autonómicas de mayo (por
cierto, con la ayuda de Podemos). Después del 20 de diciembre intentaron
liquidarle otra vez. Díaz parecía dispuesta al asalto, pero esa mujer siempre
frena. Hay un fondo de inseguridad en el grupo dirigente de Sevilla. Zarandearon
al secretario general, pero lo no le derribaron. Y le hicieron un favor inmenso
al Partido Popular. Durante varias semanas, el PSOE parecía el gran perdedor de
las elecciones.
Sánchez decidió resistir la misma noche electoral. Levantó la mano y dijo que
estaba dispuesto a gobernar. Los suyos le impusieron condiciones –en realidad,
la condición principal es no pactar nada sustantivo con Podemos–, pero no le
pudieron parar. Si lo derribaban, hundían al PSOE. Tomó la iniciativa y la
disfrutó. Necesitaba un acuerdo para activar la consulta en el partido, ganarla
y convertirla en escudo. Por ello aceptó la condición de Ciudadanos: la máxima
escenificación del pacto. Vistoso matrimonio con Rivera, sabiendo que perdía
capacidad de presión sobre Podemos. No ha obtenido la investidura, pero sigue
amarrado al Gran Centro. Sánchez resiste, resiste y resiste. Y en eso se parece
a Rajoy.

Pablo Iglesias (Javier Lizon - EFE)
Pablo Iglesias, leninista pop
Pablo Iglesias es la cabeza más visible de una de las novedades más
importantes y controvertidas de la política española desde que Felipe González
consiguió convertir al Partido Comunista de España en una fuerza marginal.
El principal partido de la resistencia antifranquista primero se deshidrató
–el PSOE fichó selectivamente a algunos de sus mejores cuadros–, después se
escindió y finalmente se convirtió en un fósil, incapaz de dar verdadero aliento
a su segunda vida: Izquierda Unida. Julio Anguita lo intentó a mediados de los
años noventa, pero ese hombre de recto carácter siempre ha estado muy enfadado
con el mundo.
En el interior de ese magma, entre granítico y fluido, se crio Pablo
Iglesias, militante de la Unión de Juventudes Comunistas, como la valenciana
Mònica Oltra. Con un grupo de profesores de Políticas de la Complutense,
Iglesias intuyó que se podía crear algo nuevo a la izquierda del PSOE. Las
“condiciones objetivas” existían. La ruptura generacional comenzaba a ser
rotunda. Se ofrecieron a Izquierda Unida como corriente renovadora. Y no los
aceptaron. Así nació Podemos, el vendaval.
Cinco millones de votos y 69 diputados el 20 de diciembre. Tan fulgurante ha
sido el éxito, que Iglesias se ha enamorado de su faceta de político pop. Los
ídolos pop pueden equivocarse sin que su público se lo reproche. Rompen la
guitarra en el escenario y les aplauden. Hasta que un día, el viento cambia de
dirección. Iglesias es un hombre de gran instinto y fuerte carácter que oscila,
de manera extraña, entre un realismo moderno y una nostalgia permanente de los
años setenta y ochenta. Como si quisiera corregir ese pasado. Lee sin parar. Un
día cita el compromiso histórico de Berlinguer (la moderación, la búsqueda de
amplios acuerdos) y al día siguiente parece arrebatado por las Tesis de Abril de
Lenin.
Su estreno parlamentario no ha sido convincente. El Congreso es un escenario
difícil y exigente. Podemos es una gran novedad y a la vez es un vector todavía
provisional. Su electorado puede ser inestable. Sus votantes no viven pensando
en la reparación histórica de Julio Anguita y del Partido Comunista de España.

Albert Rivera (Angel Navarrete - Bloomberg)
Expectativas Rivera, una firma al alza
El ganador moral de las elecciones del 20 de diciembre fue Podemos. El
vencedor táctico del periodo de setenta días comprendido entre las elecciones y
la fallida investidura de Pedro Sánchez es Ciudadanos. Albert Rivera es el
político que mejor está aprovechando la gran contradicción del momento español:
la fractura del Parlamento como consecuencia de la protesta social y el deseo de
estabilidad de la misma sociedad que ha provocado el zarandeo. La gente quiere
cambios, muchos cambios, y a la vez desea tranquilidad. Atención, Podemos:
España no se halla en fase prerrevolucionaria.
Ciudadanos no obtuvo el resultado que esperaba en las elecciones municipales
y autonómicas de mayo del 2015. No conquistó ninguna gran alcaldía y sólo ganó
una posición decisiva en la Comunidad de Madrid. Se le escapó de las manos el
arbitraje de Valencia y Baleares. Le sonríen Castilla y León. Y obtiene
aceptables resultados en Andalucía. Es fuerte en Catalunya, donde nació con el
propósito de combatir al nacionalismo sin la etiqueta oxidada del Partido
Popular. Su excelente resultado en las elecciones plebiscitarias catalanas del
27 de septiembre les relanzó. Los propulsores de Ciudadanos, muy visibles en la
prensa de Madrid, inyectaron tanto gas que Albert Rivera llegó muy hinchado a
las elecciones generales de diciembre. Cuarenta diputados eran buen resultado
–nunca los tuvo el CDS de Adolfo Suárez–, pero sabían a poco. No parecían
determinantes.
Aprovechando la alta litigiosidad de sus adversarios, Rivera se presenta como
el principal gestor de la gobernabilidad. El buen chico de la película. Ha
conseguido atraer al PSOE a su campo, explotando las necesidades tácticas de
Sánchez. Y en un gesto de audacia se ha atrevido a pedir a los diputados del PP
que rompan con Rajoy. El Gran Centro es más de Rivera que de Sánchez. Es una
buena embarcación para acercarse a las cataratas de la repetición electoral.
Rivera ha conseguido interpretar el papel de médium. Médium de Suárez y de
poderes que no están directamente representados en el Parlamento. Cuando habla,
siempre parece que habla alguien más. Esa es su fuerza.
Enric
Juliana Madrid
Fuente: La Vanguardia