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viernes, 28 de octubre de 2016

Joseph Stiglitz: "Cuando un país se independiza, a la larga los demás lo acaban aceptando"

Joseph Stiglitz: "Cuando un país se independiza, a la larga los demás lo acaban aceptando"
DANNY CAMINAL




El Nobel de Economía afirma en una entrevista que uno o dos Estados abandonarán la eurozona


Joseph Stiglitz
AGUSTÍ SALA
@agustisala

Crítico con un proyecto del euro que ve dominado por la ideología, Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001, ha inaugurado en Barcelona la Escuela Europea de Humanidades en el Palau Macaya de la Obra Social La Caixa. Stiglitz lo explica todo en su libro: L’euro. Com la moneda comú amenaça el futur d’Europa (Barcelona, 2016. Edicions 62).

–¿Puede desaparecer el euro?
–No desaparecerá. Lo más probable es que no siga con los 19 países actuales como miembros con las regulaciones y reglas e instituciones actuales. Existe alguna probabilidad de que se hagan reformas y que se cree, por ejemplo, el fondo de garantía de depósitos. Pero me temo mucho que lo más probable es que uno o más países abandonarán la eurozona.

–¿Cuál ha sido el mayor error?
–No desarrollar las instituciones que permitirían que países tan distintos compartiesen una moneda en común. Eso significó que no existía suficiente flexibilidad en el sistema en caso de 'shock'. Se presupuso que el crecimiento de la productividad sería parecido. Pero es distinto y el tipo de cambio fijo implica una rigidez que crea problemas sobre todo a los países más débiles con la productividad y el crecimiento más bajos.

–¿Es posible aún salvar el euro?
–La cuestión es si se pueden construir las instituciones que permitirán que el euro funcione cuando no solo falta la solidaridad política sino que se tiene una visión tan radicalmente distinta de lo que es una buena teoría económica y de lo que se necesita.

–¿El conato de sanción a España y Portugal no es un paso más en un camino erróneo?
–Efectivamente. Para empezar no impusieron una multa a Francia y Alemania cuando vulneraron las reglas. Eso sugiere dos raseros en el sistema de justicia. En segundo lugar, el objetivo del 3% de déficit no se basa en las ciencias económicas, se lo han sacado de la chistera. Pero la cosa es aún peor porque saben que la consecuencia de la política de contracción que exigen es una recesión aún más profunda y lo hacen con países que empiezan a recuperarse. Como anticipación de esto el FMI espera que el crecimiento de España en el 2016 sea más bajo que en el 2015 y aún no hay pleno empleo. Esto demuestra que la Comisión Europea no se basa en las ciencias económicas sino en una ideología. Incluso el FMI ha dicho que las políticas de contracción están asfixiando a estas economías.

–¿Y el optimismo del Gobierno español por el crecimiento?
–Es un poco prematuro. Evidentemente una tasa de crecimiento del 3% es mejor que cero, pero normalmente cuando los países sufren una recesión larga y profunda y empiezan a recuperarse crecen mucho más rápidamente. EEUU, en 1981 y 1982, estuvo en recesión y la tasa de paro llegó al 10%, la mitad de la de España hoy, y cuando se recuperó creció a más del 6%. Solo así se puede lograr que la tasa de paro baje. Por lo tanto, un 3% es una tasa de crecimiento mediocre, no de recuperación. Es lo que crecía EEUU antes de la crisis.

–¿Las reformas las deben hacer los países?
–Lo que se necesita es una reforma estructural en la eurozona globalmente, una estimulación para el conjunto de la eurozona.

–¿Qué opinión le merecen las reformas laborales en Europa?
–Algunas son intentos de hacer mercados más eficientes, otras son para reducir los salarios, y eso implica colocar la carga del ajuste sobre los hombros de los más pobres, de los más débiles. Otras son para reducir el poder negociador de los sindicatos y eso es absolutamente ideológico. Es una agenda de interés específico de las multinacionales con la idea de que los problemas son siempre los sindicatos, mientras que el auténtico riesgo es que en muchas de nuestras sociedades el poder de las multinacionales está creciendo y los trabajadores se están haciendo más vulnerables en parte debido a la globalización.

–Usted ve factible económicamente la independencia de Catalunya, pero ¿es posible?
–Sería una marcha atrás en 150 años de tentativa de alcanzar una integración política, pero el mundo hoy es muy distinto de cómo era hace 150 años y el modo en que organizamos nuestra economía también. Y políticamente también. El peligro es si una Europa con muchísimos más estados podría alcanzar el grado de cooperación que se necesita para resolver los grandes temas. Ya es suficientemente difícil con 28 estados, 27 ahora; si hubiese 40 ¿sería posible que el sistema funcionase? Quizás a través de una democracia más directa y una configuración policía muy distinta...

– Una región puede declararse independiente pero la han de reconocer, ¿no?
–Es cierto, pero la experiencia nos demuestra que una vez un país establece su independencia y la mantiene, con muy pocas excepciones esa independencia es aceptada por el resto. Kosovo, lo fue, muy lentamente. Pero, ¿quién sabe?

Fuente: ElPeriódico

domingo, 18 de septiembre de 2016

El Procès existe: ¿Y ahora qué?


Diada 2016:El independentismo es un movimiento de masas


Roger Palà

Las manifestaciones del 11 de Septiembre del 2016 han consolidado el independentismo catalán como el gran movimiento social de Europa. Hoy en día, no hay nada que se pueda asimilar, ni al norte del continente –donde la sombra de la extrema derecha se proyecta peligrosamente– ni al sur convulso y sacudido por la crisis económica. Ante la manifestación de ayer –menos masiva: entre 800.000 y un millón de personas– hay que mirar el cuadro completo. No es verdad, como dicen algunos, que el proceso no exista, o que sea pura propaganda gubernamental. El proceso ha tenido un impacto profundo. Ha trastornado profundamente la política y la sociedad catalanas. La hora de la verdad, como pasa siempre con todos los movimientos sociales, es cómo se concretan sus demandas a escala práctica. El independentismo es un movimiento de masas, pero… ¿Y ahora qué?

El independentismo hace cinco años consecutivos que moviliza centenares de miles de personas en la calle. Es un hito poco habitual en los grandes movimientos de masas. Las manifestaciones contra la guerra de Iraq tuvieron su punto álgido durante dos años (2002 y 2003). Tampoco las grandes protestas antiglobalización de principio de siglo (entre el 1999 y el 2003) reunieron tanta gente ni fueron tan sostenidas en el tiempo como lo es hoy el independentismo. No mantuvo la constancia y la capacidad de movilización el 15-M, del cual no hace falta insistir en su gran importancia simbólica y política. En la Europa occidental, cuesta encontrar ejemplos recientes de movilizaciones tan masivas y continuadas en el tiempo.

Para evaluar el momento del movimiento independentista no nos podemos quedar sólo con la estampa del domingo. Hay que tener mirada larga y perspectiva histórica. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de equivocarnos, o caer en reflexiones autocomplacientes. Hay quien dice que el proceso no ha supuesto ningún cambio político, que cada año es el último año antes de la independencia y que nunca pasa nada… ¿Seguro? Quienes dicen que el proceso no ha supuesto ningún cambio, harían bien de mirar este gráfico.



El Procés, si hablamos en términos de opinión pública, ha tenido un éxito innegable. La independencia era hace sólo diez años una opción minoritaria compartida por el 15% de la población. Hoy en día es la opción que genera más consenso, superando el 40%. Y el tablero político también se ha movilizado sustancialmente, en gran parte gracias a la pulsión soberanista. El 2011, en Cataluña gobernaba CiU con uno programa partidario del pacto fiscal con el Estado, en alianza con el PP, con una sólida mayoría de 63 diputados al Parlamento y con Artur Mas como líder indiscutible.

Hoy en día la antigua Convergència ha entrado en convulsión interna: dividida en siete sectores diferentes, tiene treinta diputados en el Parlamento, en el marco de una coalición nítidamente independentista con ERC. En la cámara hay una mayoría absoluta de 72 diputados que quieren la independencia. Y los convergentes han tenido que sacrificar a su gran líder por la exigencia impertinente de una asamblea de anticapitalistas. Además, los diputados catalanes son minoría de bloqueo en España. ¿O alguien duda que si Convergència fuera la CiU del 2010 Rajoy lo tendría mucho más fácil para ser investido presidente?

Está claro que en todo ello han influido más factores: la crisis económica, la deslegitimación general de la política, la emergencia del 15M y del mundo de los Comunes… Pero algo –¡aunque sea poco!– tendrá que ver con todo ello este proceso inexistente e inocuo.

¿Ya somos independientes? ¿Y ahora? ¿y ahora?

¿Quiere decir esto que estamos a las puertas de la independencia, que ya lo tenemos todo hecho? No, ¡en absoluto! El sociólogo Manuel Castells describe dos tipologías de movimiento social: los movimientos reactivos o con identidad de resistencia, y los movimientos proactivos o con identidad de proyecto. Durante los últimos años, el independentismo ha dejado de ser un movimiento de resistencia para pasar a ser un movimiento de proyecto. Y aquí llegamos al quid de la cuestión, al que tarde o temprano se enfrentan todas las estrategias movimentistas: la concreción política de este proyecto. Pasa con todos los movimientos sociales: el ecologismo, el feminismo, el antimilitarismo… Una vez han generado relato e impactado en la agenda tienen el reto de la concreción política de sus demandas.

El ciclo político que apenas comenzamos este septiembre tendrá en esta cuestión uno de los puntos centrales, junto con la crisis económica (¿recuperación? ¿sí?) y la carencia de legitimidad política producto de la corrupción. Hace falta no olvidar este triángulo, sin el cual no se explica la situación de la Cataluña actual: Procés – crisis económica – corrupción y deslegitimación del sistema surgido de los pactos del 78. La gran manifestación de la Diada no interpela tanto al Estado español como en el gobierno catalán y los partidos proreferèndum. Ante el veto, ¿qué hacemos?

La correlación de debilidades en la Cataluña del Procés

Manolo Vázquez Montalbán dejó escrito que el resultado de la Transición española había sido producto no de una correlación de fuerzas, sino de una correlación de debilidades: ni la oposición al régimen tuvo bastante empuje para imponer la ruptura, ni el franquismo fue tan monolítico para resistir el embate de las movilizaciones populares. El producto de todo fue esta democracia imperfecta, precaria y anémica en que vivimos hoy.

Hoy tenemos una nueva correlación de debilidades: los independentistas y los Comunes, los dos actores políticos más dinámicos de la Cataluña actual, se han quedado a medio camino, bloqueados. El independentismo no logró una victoria rotunda en votos el 27-S que le permitiera legitimar pasos unilaterales hacia la independencia. Y los Comunes, pese a su gran resultado el 20-D y el 26-J, se quedaron muy lejos de lograr una mayoría en el Estado español que permita la realización de un referéndum pactado. Correlación de debilidades.

Pero también hay debilidades en el Estado español, con un tablero político bloqueado en gran parte por la pulsión soberanista catalana y la incapacidad de adaptarse a un nuevo escenario en el cual el bipartidismo parece definitivamente enterrado. ¿Es posible superar este bloqueo? Si la actual partida se desarrolla entre estos tres espacios –el independentismo, los Comunes y sus aliados en España, y el Estado y los partidarios del statu quo– una opción lógica sería que los dos actores que cuestionan el actual estado de las cosas –es decir, indepes y Comunes– llegaran a consensos sobre qué hacer.

¿Es posible el bloque histórico entre comunes e indepes?

¿Es posible la configuración de un bloque histórico entre ‘indepes’ y Comunes del que habla Jaume Asens? Para que esto pase, los dos sectores tendrían que hacer autocrítica interna importante. El independentismo tendría que dejar atrás la hiperventilación, el “tenemos prisa” y la épica cargada de los días históricos: menos estelada y más barrio. Asumir que la Cataluña ‘indepe’ no es la única Cataluña. Que determinadas palabras –por ejemplo, el uso naturalizado del término “unionistas”– restan más que suman. Vivir como una riqueza la diversidad lingüística y de orígenes del país. En este sentido, es especialmente interesante releer las palabras de Jordi Cuixart, presidente de Òmnium Cultural, en esta entrevista de Critic. Cuixart es un animal político de primer orden, y ayer hizo uno de los discursos más relevantes de la Diada. Sin duda el discurso con más carga de profundidad.

Pero también los Comunes tendrán que hacer una reflexión interna. Asumir que esto del proceso no es una anécdota de cuatro barretinaires. Que la Convergencia de hoy tiene ciertas diferencias con la Convergencia del pasado. Que Cataluña y el Estado español viven procesos políticos paralelos pero con ritmos diferentes, y que en Cataluña hay margen para poner en marcha procesos que en el Estado a estas alturas son difícilmente planteables. Que si la desobediencia es una herramienta legítima para luchar contra los abusos de la banca o el gran capital, también lo tiene que ser para luchar contra los abusos de un Estado español que no reconoce el derecho a la autodeterminación.

En Cataluña, los grandes cambios políticos suelen venir precedidos de una acción de fuerza que a menudo desborda la orden establecido. Fue así durante la proclamación de la República en 31. También fue así, en cierta forma, durante la Transición, con el regreso de Tarradellas –muy criticado como maniobra de desactivación de la izquierda, pero único punto real de ruptura con la orden franquista–. ¿Puede ser un referéndum impulsado por el gobierno catalán esta acción de fuerza? ¿Pueden serlo unas elecciones de carácter constituyente posteriores a la aprobación de las denominadas ‘leyes de desconexión’? El ciclo político que empieza este septiembre estará especialmente marcado por la dinámica de la tortilla: para hacerla, se sabe que primero hay que romper los huevos. ¿Quién se atreverá?

Roger Palà es uno de los editores de Critic

https://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/31402-proces-existe-y-independentismo-es-movimiento-masas-pero-y-ahora.html

Artículo publicado originalmente en http://www.elcritic.cat/blogs/rogerpala/2016/09/12/el-proces-existeix-i-lindependentisme-es-un-moviment-de-masses-pero-i-ara-que/

Fuente: Viento Sur

Librería Traficantes de Sueños. C/Duque de Alba, 13 Tirso de Molina

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lunes, 12 de septiembre de 2016

De los Comunes y los independentistas



Esther Vivas

Algunos independentistas se han sorprendido por la decisión de Barcelona en Comú y de Podem Catalunya de ir a la manifestación del 11 de septiembre. Y algunos incluso, parece, que la presencia de Ada Colau en la marcha les molesta. Curiosa la reacción de determinados sectores del independentismo catalán que todo lo que haga el mundo de los Comunes en relación al procés les parece mal: si van a la manifestación de la Diada, porqué van; y si no van, porqué no van. Entonces, ¿en qué quedamos?

Si se quiere la independencia de Catalunya es condición sine qua non ganar la mayoría social en Catalunya, y esto únicamente es posible no solo contando con aquellos que hoy se declaran fervientemente independentistas sino con aquellos que defienden sin matices el derecho a decidir, algunos de los cuales, por cierto, apuestan o apostarían por un estado independiente siempre y cuando éste significara otras políticas económicas y mayor inversión social.

El entorno de los Comunes, en este sentido, debería ser percibido por el movimiento independentista como un aliado estratégico potencial en la defensa del derecho democrático a la independencia y a la celebración de un referéndum. Sin embargo, a menudo, es identificado como el enemigo a batir, e incluso puede llegar a despertar más animadversión que los férreos partidarios de la unidad inquebrantable del Estado como el Partido Popular y Ciudadanos. ¿Por qué?

Soberanía e independencia

En primer lugar, los Comunes plantean un debate que va más allá de independencia sí o independencia no, señalando la cuestión de la soberanía desde el punto de vista nacional pero no exclusivamente. Con un añadido: su capacidad para llegar a un espectro social difícilmente asequible para el campo independentista. Abrir el zoom del debate y amplificarlo a nuevos sectores, parece ser percibido como una amenaza a las demandas independentistas. ¿Cuál es el peligro? Que más allá del eje nacional se sitúa en el debate el eje abajo-arriba, ciudadanía-poder financiero, que la derecha independentista, ahora reconvertida mayoritariamente en el Partit Demòcrata Català, quiere evitar, así como aquellos que consideran a esta derecha imprescindible para concluir de forma óptima el procés.

Sin embargo, el eje unidimensional sobre la independencia no permite al independentismo llegar a la mayoría social que necesita, pues su credibilidad se ve minada por el sesgo neoliberal de los exconvergentes Me explico. Junts pel Sí dice presentar “los presupuestos más sociales de la historia”, pero esta grandilocuente afirmación se queda en papel mojado cuando vemos que, por ejemplo, el presupuesto del año 2010, con el Tripartit, contenía mayor inversión social que el ahora presentado, por más que éste dejara también mucho que desear. Capítulo aparte merecen otros proyectos defendidos desde las filas demócratas -antes convergents- y republicanas como el Barcelona World, que por más reformulaciones que presente mantiene la esencia original, rebajando la fiscalidad de los casinos del 55% al 10% y dejando dichas salas de juego en manos de compañías como Melco, con vínculos directos con la mafia china y el crimen organizado.

Otro ejemplo es el aval de Junts pel Sí al uso de las pistolas eléctricas Taser por parte de los Mossos de Esquadra, incluso en supuestos vetados por el Comité contra la Tortura de las Naciones Unidas. Un aval, por cierto, conseguido de la mano del Partido Popular y Ciudadanos. Visto lo visto, ¿dónde quedarían los derechos humanos en la república catalana de Junts pel Sí? ¿Son estas medidas, aprobadas “curiosamente” después de las elecciones del 26J, la mejor manera de convencer a quienes tienen dudas acerca del modelo de país por el que apuesta Junts pel Sí? ¿Independencia -una vez más- para qué y en beneficio de quién? ¿Independencia formal sin soberanía real?

Con esto no quiero decir que una mayoría independentista en Catalunya sea posible sin el entorno de Junts pel Sí, pero un nuevo país hegemonizado por una confluencia donde la antigua Convergència y sus políticas copan el 60% de la cuota de poder y la presidencia de la Generalitat difícilmente traerá mejoras económicas y sociales sustanciales. Y este es, precisamente, el debate que plantean con más o menos matices los Comunes. Para los escépticos añadiría una reflexión: en su momento había quien decía que sin Artur Mas el procés descarrilaba, y sin embargo se ha visto que el procés sigue igual e incluso, parece, que el nuevo president genera mayores consensos que su antecesor. Entonces, ¿y si pasara lo mismo con el liderazgo artificialmente mantenido ahora por el Partit Demòcrata Català?


Hegemonía política

En segundo lugar, nos encontramos ante una clara pugna por la hegemonía política y electoral en el tablero catalán. De aquí que en las pasadas elecciones generales del 26J, el enemigo a batir por parte de ERC fuese En Comú Podem, la lista más votada en la contienda del 20D y a quien ERC aspiraba a arañar un buen puñado de votos. Solo hace falta volver a ver algunos de los debates electorales para darse cuenta del cambio discursivo respecto a la campaña del 20D, y la búsqueda del tête à tête con los Comunes. Una pugna que continuó semanas después con la polémica por la estatua del Franco ecuestre que el gobierno de Barcelona en Comú tiene previsto exhibir en el Born Centre Cultural.

ERC ve amenazado el liderazgo de la política catalana al cual aspira. Y el Partit Demòcrata Català teme que el ascenso de los Comunes plantee otros escenarios políticos que rompan con el discurso único de “primero la independencia”, que encadena a todos los actores bajo su rueda, y se ponga encima de la mesa un debate centrado en la cuestión económica y social. Un escenario que de darse y tomar fuerza podría alejar definitivamente a los republicanos de la alianza con los ex-convergentes, de la cual estos últimos necesitan como el agua si no quieren hundirse bajo el nivel de flotación.

Dilemas Comunes

Si para el independentismo la relación con los Comunes es controvertida, al revés tampoco resulta nada fácil. El proceso independentista no encaja del todo en el relato en común, que está obligado a escoger entre una política pasiva y reactiva hacia el procés o una intervención activa en él, en vistas a reformularlo y ampliar sus objetivos. La decisión de participar en la manifestación de la Diada apunta en esta dirección, pero el desarrollo de dicho relato y su consiguiente planteamiento estratégico aún está por hacer.

Apostar por ser activos en el procés requeriría de tener una hoja de ruta propia, con un elemento central: la defensa de un proceso constituyente desde abajo para construir una República catalana que pueda decidir libremente en referéndum su vínculo con el resto de los pueblos del Estado español, y cuya decisión final -ya sea la independencia o la confederación- no esté predeterminada de entrada. Una República catalana que podría ser el punto de acuerdo estratégico para articular una nueva mayoría política y social sin el liderazgo de la derecha.

Tras la tensión entre Comunes e independentistas late no sólo el fin sino también la forma de llegar a él, el debate entre unilateralidad y fraternidad. Lejos de oponerlas maniqueamente, la realidad es que son complementarias y se necesitan entre sí. La unilateralidad, si no quiere quedarse aislada, necesita de la fraternidad y del apoyo entre los pueblos, y dicha fraternidad pasa por respetar la soberanía de los otros y funciona como un apoyo a la decisión soberana del propio pueblo catalán. Así que a pesar del interesado ruido de fondo, una Catalunya al servicio de la mayoría pasa por el necesario entendimiento entre aquellos que apuestan por una independencia real y desde abajo y los que sin ambigüedades defienden el derecho a decidir de los pueblos y la constitución de una República catalana.
Esther Vivas

@esthervivas |facebook.com/esthervivas| www.esthervivas.com

Fuente: Público.es

domingo, 11 de septiembre de 2016

Diada 2016, Catalunya en el centro del tablero español



Catalunya, por acción u omisión, está en el centro de la política española. Y los grandes partidos saben, aunque no lo reconozcan, que una solución en España precisa de una solución en Catalunya. Por eso son tan importantes las iniciativas que intentan tender puentes. Desde la reivindicación del derecho a decidir, del referéndum, hasta nuevas propuestas federales o confederales que puedan ser creíbles.
Josep Carles Rius
Después de tres Diadas con gigantescas movilizaciones destinadas a llamar la atención internacional, Catalunya vuelve a las manifestaciones de siempre. La cadena humana que enlazó toda la geografía catalana (2013) o las disciplinadas escenografías de multitudes en La Diagonal y La Gran Via (2014) o La Meridiana (2015) forman parte ya de la historia del independentismo. Como el 11 de Setembre del 2012, el día que revolucionó la política catalana.

¿Este cambio es un signo de fatiga del independentismo? Quizás la carrera del ‘más difícil todavía’ ya resultaba insostenible. Es probable que ‘el procés’ resulte agotador a buena parte de la sociedad catalana, instalada en una interminable sensación de empate. Con una mayoría política en el Parlament a favor de la independencia, pero sin la hegemonía social suficiente para culminarla. Con dos vidas paralelas. La de quienes ven la independencia en un horizonte cercano. Y la de quienes observan este objetivo con incredulidad.

Pero lo cierto es que casi la mitad de la sociedad catalana mantiene su firme voluntad de irse, de desconectar de España. Porque no ha recibido, por parte de la política española, ningún argumento para cambiar de opinión. Todo lo contrario. El Gobierno del PP sólo ha ofrecido ‘guerra sucia’, amenazas y recursos ante el Constitucional. El PSOE no puede concretar su proyecto federal porque sus graneros de votos y su vieja guardia no se lo permiten. Y la gran esperanza, Podemos, el único partido que entiende la plurinacionalidad del Estado, es eso, una esperanza. Mucho más lejana de lo que podía intuirse hace sólo un año.

Ciudadanos, el otro partido emergente, es un proyecto político que tiene como objetivo frenar las aspiraciones del soberanismo. Ahora en el Congreso de los Diputados. Desde hace diez años,  en el Parlament de Catalunya. Es un partido que nació con el legítimo objetivo de construir un frente político contra el nacionalismo catalán, pero que, a su vez, constituye un renovado instrumento del nacionalismo español. Por eso su irrupción en el Congreso no hace más que incrementar las ‘líneas rojas’ que bloquean la formación de Gobierno. El ‘factor Ciudadanos’ y la expulsión (o ‘autoexpulsión’) de los partidos independentistas del tablero político español están en la raíz de la parálisis que sufre España.

Catalunya, por acción u omisión, está en el centro de la política española. Quizás nunca había sido tan decisiva. Con el bipartidismo, el nacionalismo catalán decantaba la balanza entre PP y PSOE. Completaba mayorías. Ahora Ciudadanos aspiraba a ser la bisagra, pero las cifras han demostrado que no puede jugar este papel. La pieza que representan los 17 diputados independentistas en el Congreso es clave para completar el puzle. Y los grandes partidos saben, aunque no lo reconozcan, que una solución en España precisa de una solución en Catalunya.

Catalunya es decisiva en España como hace 40 años. En aquella ocasión la política catalana y española tuvo el coraje (y quizás la excesiva prudencia) de firmar pactos, de establecer consensos. Catalunya tenía entonces la fuerza de la unidad política de todos los demócratas. Hoy Catalunya está dividida. No es todavía una división civil a pesar del sectarismo y la irresponsabilidad de algunos sectores. Es una profunda división política. Y por eso son tan importantes las iniciativas que intentan tender puentes. Desde la reivindicación del derecho a decidir, del referéndum, hasta nuevas propuestas federales o confederales que puedan ser creíbles. En estos momentos de bloqueo en España, Catalunya tiene que recuperar espacios de unidad social y política para ser decisiva de verdad. Y la Diada del 2016 debería ser la primera expresión de esta voluntad.
Fuente: eldiario.es

miércoles, 3 de agosto de 2016

Pastelería Andreotti

Giulio Andreotti, ex primer ministro italiano



ENRIC JULIANA

La exCDC pierde algo más que un grupo parlamentario, pierde capacidad de proyectar hegemonía política en Catalunya

Ya lo tenían en el horno y se les ha quemado. Francesc Homs ensayó hace quince días un malabarismo increíble. Intentó tender puentes con el Partido Popular en Madrid, mientras en Barcelona, su partido pactaba con la CUP una nueva resolución rupturista del Parlament de Catalunya. Doble objetivo: salvar el grupo parlamentario en el Congreso y garantizar el éxito de la moción de confianza a la que se someterá Carles Puigdemont el próximo 28 de septiembre. Una maniobra que parecía inspirada por la célebre pastelería Andreotti..

(El eterno Giulio Andreotti patentó en Italia la táctica “dei due forni”, de los dos hornos. En un fuego cocinaba unos pactos y en el otro calentaba acuerdos que podían ir en dirección contraria).

Andreotti cocinó maniobras que en la actual Catalunya retórica, sentimental y sobreexcitada darían auténtico miedo, pero pocas veces se quemó. Ese tipo de ejercicios exigen una perfecta sincronización. Y a Homs le han fallado los tiempos. Veamos. El día 29 de julio, la Mesa del Congreso debía tomar una primera decisión sobre el grupo parlamentario de CDC. Apenas habían transcurrido 48 horas de la votación en el Parlament en favor de una ruptura unilateral con el Estado español. Pese a todo, ese día el PP no optó por la represalía. La Mesa decidió aplazar el asunto una semana.

¿Qué ha pasado estos últimos siete días? ¿Qué ha carbonizado a la Minoría Catalana? Han arreciado las demandas de mano dura desde el espectro más derechista de la opinión española. Ciudadanos ha lanzado una campaña en contra del grupo parlamentario de CDC, para reforzarse ante quienes les exigen luz verde a la investidura de Mariano Rajoy mediante un voto positivo. “No podemos dar apoyo a un Partido Popular que pacta con los separatistas catalanes”, era la consigna. El Tribunal Constitucional ha optado por una respuesta cautelosa, para no favorecer un septiembre ardiente en Catalunya. Y Rajoy ha constatado que se halla en zona de peligro. Su ambigüedad después de aceptar el encargo del Rey –“aún no sé si voy a ir a la investidura”– no ha gustado a nadie. Pedro Sánchez no se mueve y veremos qué hace hoy Albert Rivera. Rajoy puede hallarse pronto ante una amarga disyuntiva: si renuncia a la investidura, deja a España en un limbo y se quema; si acepta el envite y pierde la votación, también puede salir calcinado. Presionado por la derecha que sueña con aplicar el artículo 155 en Catalu-nya y necesitado del apoyo de Ciudadanos, el PP ha dejado caer la “geometría variable” que les proponía Homs. El PSOE y Podemos, que no le deben nada a Convergència, no han movido ni un dedo. Así ha muerto la legendaria Minoría Catalana.

Victoria de Ciudadanos y de ERC, que pasa a convertirse en el único partido catalán con grupo propio en el Congreso y en el Senado. El golpe es duro para la ex CDC. No sólo pierde dinero y visibilidad. Rota la vieja jerarquización con Esquerra, los convergentes pierden un intangible muy valioso: la capacidad de seguir hablando como el partido catalán principal, cuando ya han dejado de ser el partido principal.

Rajoy también pierde. El PP no podrá contar durante bastante tiempo con los ocho escaños del nuevo PDC. Sin esos votos, será aún más difícil aprobar presupuestos y techos de gasto. Rajoy no sólo tiene difícil la investidura. También tendrá muy difícil gobernar sin el permiso del PSOE.

ENRIC JULIANA

uente: La Vanguardia

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