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viernes, 7 de octubre de 2016

Cambio de rumbo en Colombia





Por Ricardo Angoso (Bogotá)


El inesperado resultado obtenido en la consulta que debería haber servido para refrendar los acuerdos de paz entre el ejecutivo colombiano que preside Juan Manuel Santos y la organización terrorista Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP) ha provocado notables cambios en todos los actores colombianos implicados en el proceso. Para comenzar, el presidente Santos, que ha cosechado un notable fracaso al haber sido rechazado por más del 50% de los electores su polémico acuerdo, ha tenido que recibir al líder de los que protagonizaban el NO, el expresidente Alvaro Uribe Vélez, e intentar negociar, in extremis, una suerte de pacto nacional con el partido que lidera, el Centro Democrático del resucitado caudillo.

Mientras, al uribismo, junto con sus escasos apoyos en el conservatismo y en las filas independientes, también el resultado adverso les cogió con el paso cambiado y tuvieron que improvisar una nueva estrategia frente al Gobierno. Uribe pronto designó a tres delegados para negociar con el poder, entre los que se encontraban gente de su confianza y del ala más moderada de su partido, y se sentó negociar con el presidente Santos, defendiendo sus criterios e intentando renegociar algunos puntos de los firmados en La Habana y después en Cartagena. Todavía es pronto para vislumbrar acuerdos, pero el punto de partida, en el sentido de que las dos partes se sentaron a hablar, induce a un cierto optimismo y a la apertura de unas conversaciones en las que ambos bandos parecen haber comprendido que necesitan a la otra mitad del país para construir una paz duradera y estable.

AMBOS BANDOS PARECEN HABER COMPRENDIDO QUE NECESITAN A LA OTRA MITAD DEL PAÍS PARA CONSTRUIR UNA PAZ DURADERA Y ESTABLE


Hubiera sido más fácil intentar concitar ese consenso antes de la consulta pero la infinita soberbia y arrogancia de Santos, en la creencia de que obtendría un resultado afirmativo apabullante, impidió siquiera que las dos partes enfrentadas iniciaran un diálogo nacional sobre el asunto. Santos desdeñó un gran acuerdo y se embarcó en las negociaciones con las FARC-EP en un escenario polarizado, dividido y enfrentado como nunca se había visto en la sociedad colombiana en décadas. El proceso de paz, por llamarlo de alguna forma, tuvo su pecado original en el craso error de que más que aunar un gran apoyo social tras de sí sirvió para dividir aun más los colombianos, creándose el insano ambiente de que los oficialistas, junto con todos los partidos que les acompañaban, estaba a favor del fin de la violencia y que los que defendían el NO estaban a favor de la guerra.

La campaña electoral de los que defendían el SI a los acuerdos tuvo como estrategia la polarización del país, en el sentido de que estigmatizó a todos aquellos que criticaban la naturaleza de los acuerdos y que defendían el NO. Con argumentos maniqueos, simplistas y fáciles, tales como decir que estar contra los acuerdos era defender la guerra como única salida para acabar con el conflicto, el oficialismo cargó sus baterías desde todos los medios de comunicación, sin excepciones, y empleó miles de millones de pesos de los fondos públicos para atacar sin piedad al adversario. Uribe y los suyos eran presentados como enemigos de la paz sin matices y sin analizar las causas que les habían llevado a defender sus posiciones.

Necesidad de consenso más amplio

En cualquier caso, y sin entrar en las razones de cada grupo y en las estrategias de campaña, el resultado arrojado por las urnas señala claramente que sin el 50% que votó por el NO no se pueden sacar adelante unos acuerdos de paz con las FARC-EP. Las dos partes tienen que negociar, llegar a un pacto de mínimos que siente las bases para hablar con los guerrilleros, y buscar un gran consenso nacional que enderece el proceso de paz. Subestimar a Uribe, ya que el referendo también tenía como fin su entierro político, ha llevado a esta inmensa e inesperada derrota de las fuerzas del oficialismo, entre las que se encontraban todos las grandes formaciones colombianas -liberales, conservadores, verdes e izquierdistas- y los partidos satélites que apoyan a Santos.

UN PACTO DE MÍNIMOS QUE SIENTE LAS BASES PARA HABLAR CON LOS GUERRILLEROS


Con respecto a las FARC-EP, a las que también les sorprendió el sorpresivo resultado que arrojaron las urnas, sus voceros oficiales ya han anunciado que la paz llegó para quedarse y que el proceso debe continuar. El asunto clave aquí es saber hasta dónde están dispuestos a ceder los líderes guerrilleros, pues una renegociación podría dejar fuera del acuerdo algunos puntos fundamentales, como los relativos a la reinserción de los antiguos combatientes en la vida política del país y al desarrollo rural, y cómo sentar en una misma mesa al gobierno, las FARC-EP y los reticentes uribistas. Uribe, por ahora, se niega a ceder en demasía ante los que sigue considerando como una banda de vulgares terroristas y criminales.

Si ya negociar un acuerdo a dos bandas duró años y estuvo plagado de escollos y reticencias por las partes, ahora el desafío de integrar a los partidarios de Uribe en el proceso hará de estas necesarias conversaciones a tres un arduo y complejo esfuerzo de negociación política que implicará hacer concesiones a todos los grupos, una gran capacidad para alcanzar acuerdos y aceptar al otro, teniendo la dignidad para pasar página sobre las afrentas del pasado, y, sobre todo, intentar llegar a un compromiso de mínimos en que nadie parezca haber perdido ante sus respectivas “parroquias”.


LOS PLEBISCITOS Y LAS CONSULTAS ELECTORALES SE CONVOCAN PARA PERDERLAS


Queda claro, tras el Brexit en el Reino Unido y los resultados de Colombia, que los plebiscitos y las consultas electorales se convocan para perderlas, tal como le ha pasado al presidente Santos, que se vio atrapado en su propio laberinto sin ni siquiera preverlo y de una forma súbita. Recomponer este desaguisado, evitando la ruptura del proceso de paz y el regreso a las armas, que sería la peor opción para todos, implicará asumir, en primer lugar, que se está ante un nuevo ciclo político que implicará un gran acuerdo nacional y, en segundo lugar, pero no menos importante, que ha nacido una nueva forma de hacer política en Colombia al margen de los partidos tradicionales y que este voto de castigo al poder deber ser tenido en cuenta.

Santos ha salido derrotado en esta consulta, pero no menos derrotados han salido los partidos tradicionales, como los liberales, los conservadores, verdes y la izquierda, y una clase política acostumbrada a tratar a sus ciudadanos como vulgares lacayos y despreciarlos llegados el caso. De esa desafección entre la ciudadanía colombiana y sus representantes políticos, de ese profundo divorcio, procede la actual crisis que atraviesa Colombia, nuevamente buscando su rumbo en busca de la necesaria paz que demanda una sociedad cansada de esperar en la cola de la historia.



Fuente: diario 16

lunes, 16 de mayo de 2016

Las técnicas de la propaganda militar moderna


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El término «propaganda» surgió como referencia al órgano romano encargado de propagar el catolicismo frente al protestantismo: la «Congregatio de Propaganda Fide».

La propaganda es tan vieja como las sociedades humanas. Pero se ha desarrollado considerablemente con los medios masivos de difusión y hoy responde a reglas precisas. Thierry Meyssan aborda la historia y principios de esta ciencia de la mentira.

La propaganda es una técnica militar diferente de la estratagema. El objetivo de la estratagema, cuyo arquetipo antiguo es el célebre caballo de Troya, es engañar al enemigo. Con la propaganda lo que se busca es engañar a su propio bando, generalmente para obtener apoyo. Por supuesto, esta técnica militar ha tenido numerosas aplicaciones civiles, tanto en el ámbito comercial como en materia de política.
En una primera etapa, los regímenes monárquicos y oligárquicos se limitaban tratar de dar muestras de poderío, sobre todo mediante la organización de ceremoniales o recurriendo a toda una arquitectura pública. Los regímenes democráticos, desde el momento mismo de su aparición, suscitaron la propaganda. La democracia ateniense valorizó el sofisma, o sea una escuela de pensamiento que trataba de presentar como lógica cualquier aseveración.
En el siglo XVI, los Medicis, una familia de comerciantes, buscaron la manera de rescribir su propia historia, inventándose un origen menos corriente. Para ello recurrieron al «mecenazgo artístico», utilizaron a los mejores artistas del país para dar cuerpo a la mentira a través de sus obras de arte.
Posteriormente, mientras las guerras de religión se generalizaban en toda Europa, el papa Gregorio XV creó un ministerio («dicastere») para defender la fe católica ante el avance del protestantismo: la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe («Congregatio de Propaganda Fide»). De ahí proviene la palabra «propaganda».
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En enero de 2015, a raíz del asesinato de los dibujantes de “Charlie-Hebdo”, Joachim Roncin, un administrador de Reporteros Sin Fronteras, lanza el eslogan «Je suis Charlie» (Yo soy Charlie), que fue retomado de inmediato como medio de disolver la individualidad de cada cual en la multitud anónima. Esta consigna ha sido modificada después, cada vez que ocurre algún tipo de atentado, como en el «Je suis Bruxelles» difundido después de los atentados que enlutaron Bruselas en marzo de 2016. Las personas que rechazan ese tipo de eslogan se ven acusadas de «conspiracionismo».

La propaganda en la era industrial

La era industrial dio lugar a un éxodo rural masivo, a la creación grandes núcleos urbanos y al surgimiento de la clase obrera. Mientras las «masas» entraban en el mundo de la política, el sociólogo francés Gustave Le Bon estudió la sicología de la «muchedumbre», o sea a la infantilización del individuo dentro del seno de un gran grupo. Le Bon identificó así el principio básico de la propaganda moderna: para poder manipular al individuo, hay que “disolverlo” incorporándolo primero a una multitud.
Al inicio de la Primera Guerra Mundial, en septiembre de 1914, los británicos crearon en secreto el Buró de Propaganda de Guerra (conocido como «Wellington House») dentro del ministerio de Relaciones Exteriores. Retomando el modelo de los Medicis, los británicos reclutaron a los grandes escritores de la época, como Arthur Conan Doyle, H. G. Wells y Rudyard Kipling, para publicar textos que atribuían crímenes imaginarios al enemigo alemán, y también reclutaron pintores para que ilustraran aquellas historias. Posteriormente reclutaron también a los patrones de los principales periódicos (The Times, Daily Mail, Daily Express, Daily Chronicle) para garantizar la publicación de aquellas falsedades.
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Este esquema fue aplicado más tarde por el presidente estadounidense Woodrow Wilson con la creación, en abril de 1917, del Comité de Información Pública («Committee on Public Information»). Este órgano se hizo famoso utilizando miles de líderes locales –los llamados «Four Minute Men»– para que difundieran “la verdad”. También desarrolló la propaganda visual, que produjo el célebre cartel «I want you!», y trató de estimular la producción de películas. Lo más importante fue que sustituyó el reclutamiento de grandes escritores por un grupo de sicólogos y periodistas creado alrededor de Edward Bernays (el sobrino de Sigmund Freud) y de Walter Lippmann, confiándoles la misión de inventar diariamente historias extraordinarias, terribles y con algún tipo de enseñanza, para ponerlas a la disposición de los magnates de la prensa. Así se pasó de la orientación que el Poder transmitía a un grupo de artistas, a la narración de historias («storytelling») fabricadas sistemáticamente según ciertas reglas científicas.
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Después de haber dirigido la propaganda estadounidense durante la Primera Guerra Mundial, Walter Lippmann había adquirido la profunda convicción de que las personas son fundamentalmente manipulables. Para Lippmann, la democracia era por consiguiente imposible de alcanzar y debía considerarse sólo como un señuelo para obtener la anuencia de los administrados.

Mientras los anglosajones trataban solamente de marcar la imaginación de su gente y de convertir la aprobación de la guerra en un fenómeno de moda, los alemanes prefirieron tratar de hacer que la gente participara en las historias imaginarias que les contaban. Recurrieron al uso generalizado de los uniformes, que permiten al individuo desempeñar un papel, y la puesta en escena de espectáculos grandiosos –políticos y deportivos– que expresaban la opinión mayoritaria.
Fue sin duda en aquel momento cuando se elaboró la «propaganda moderna», o sea la difusión de creencias que nadie puede criticar y a las que nadie puede dar marcha atrás. El individuo que ha participado en una marcha de las antorchas portando un uniforme negro ya no será capaz de cuestionar sus convicciones nazis sin cuestionarse a sí mismo y tendrá que revisar simultáneamente el pasado y su propia visión del futuro. Joseph Goebbels instituyó además un encuentro diario en el ministerio de Información donde él mismo definía los «elementos de lenguaje» que los periodistas debían utilizar. Ya no se trataba solamente de convencer sino de modificar las referencias de las masas. Los alemanes fueron además los primeros en controlar los nuevos medios de comunicación –radio y cine– y llegaron incluso a penetrar en los domicilios familiares instalando allí la televisión.
Goebbels veía el arte de la propaganda como una lucha contra el individuo. Subrayó la importancia de la repetición constante para vencer la resistencia intelectual del individuo. El problema era particularmente importante en la medida en que el uso de la televisión volvía a apuntar en la dirección inversa, de la masa hacia el individuo.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, la Asamblea General de la ONU, por iniciativa de la URSS y de Francia, adoptó una serie de resoluciones (las 110 [1], 381 [2] y 819 [3]) que prohibían la propaganda y garantizaban el acceso a la información contradictoria. Cada Estado miembro transcribía aquellos principios en su legislación nacional. Pero, el único que puede emprender acciones legales contra la propaganda es el ministerio público, o sea el Estado… y la propaganda es precisamente una práctica de Estado. Así que todo siguió como antes.
Durante la guerra fría, estadounidenses y soviéticos rivalizaron en materia de propaganda. Contrariamente a la idea ampliamente difundida, los soviéticos no hicieron grandes innovaciones, exceptuando la reescritura del pasado. Borraron tal o más cual corriente de pensamiento retocando las fotos oficiales y haciendo desaparecer a los líderes que las habían representado. Mientras tanto, los estadounidenses desarrollaron el uso de la radio contra los soviéticos (Radio Free Europe) y del cine destinado a sus propios aliados (Hollywood). También innovaron creando organismos permanentes –supuestamente privados y de carácter científico– encargados de justificar a posteriori las políticas públicas. Se trata de los llamados «think-tanks», también llamados «tanques pensantes» o «laboratorios de ideas». Como indica su nombre, la función de estos órganos no es estudiar y proponer, como podrían hacerlo los universitarios, sino fabricar argumentaciones, en el sentido sofístico del término.
Algo más interesante es que, al enfrentar insurrecciones nacionalistas en el Tercer Mundo, el ejército de Estados Unidos utilizó técnicas de propaganda para intimidar a los participantes en las rebeliones comunistas y mantener los regímenes neocoloniales. La guerra sicológica se había limitado hasta entonces a hacer creer a los enemigos que no podían confiar en sus comandantes y que la derrota era inevitable. En Filipinas, por ejemplo, el general estadounidense Edward Lansdale inventó un monstruo mitológico que vagaba en la jungla y devoraba seres humanos y fabricó “hechos” que parecían demostrar su existencia. Así logró que la población desistiera de prestar ayuda a los sublevados que se escondían en la jungla.

La propaganda en la era de los satélites y la informática

Tres fenómenos se han conjugado durante los últimos 25 años: la sociedad del espectáculo, los satélites y la aparición de la informática.
1- La sociedad del espectáculo
Por ser la televisión un espectáculo, la propaganda exige, primeramente, la organización de eventos espectaculares.
Por ejemplo, para presentar la reunificación de Kuwait e Irak como una guerra de agresión, en 1990, el Departamento de Defensa de Estados Unidos recurrió a la oficina de relaciones públicas Hill & Knowlton, que orquestó la comparecencia de una supuesta enfermera. La muchacha dijo haber presenciado como los soldados iraquíes robaban las incubadoras de un hospital materno kuwaití, dejando así morir 312 recién nacidos que se hallaban en ellas.
En 1999, la OTAN pasó a una nueva fase organizando un gigantesco acontecimiento para que las agencias de prensa lo filmaran e imponiendo inmediatamente su propia interpretación. En 3 días, 290 000 personas de lengua albanesa emigraron hacia Macedonia. Las imágenes captadas permitieron presentar la respuesta de Yugoslavia al terrorismo del UCK como un plan de exterminio contra la población musulmana (el llamado plan «Herradura», invención del entonces ministro de Defensa alemán Rudolf Scharping), lo cual sirvió para justificar la guerra de Kosovo.
La espectacularidad va en aumento. En 2001, dos aviones de pasajeros se estrellan contra las torres gemelas del World Trade Center, en Nueva York. Los dos edificios se derrumban. Numerosos hechos inexplicables se producen al mismo tiempo: un incendio destruye las oficinas del vicepresidente de Estados Unidos, en el Pentágono se registran dos explosiones y un tercer edificio se derrumba en Nueva York. La incoherencia de la narración fue utilizada para descartar todo cuestionamiento. Durante varios días, las televisiones difunden constantemente las imágenes de los aviones estrellándose contra las torres gemelas hasta debilitar el espíritu crítico de los telespectadores. Un Congreso traumatizado por las imágenes vota el estado de urgencia permanente (Patriot Act) y abre la puerta a una serie de guerras.
La manipulación alcanza la perfección cuando muestra el mensaje prolongadamente, invita a los espectadores a respaldarlo, les revela después que están siendo engañados y sigue obligándolos a respaldar algo que ya saben que es mentira.

Fue así como, en 1991, el mundo vio un grupo de iraquíes destruyendo una estatua de Sadam Husein. El presidente George W. Bush comentó en vivo que un manifestante que golpeaba los pies de la estatua le recordaba las imágenes de la caída del muro de Berlín. El mensaje era que la caída de Sadam Husein era una liberación. Se vio entonces en la pantalla un plano más amplio de la plaza en el que se entreveía que el ejército estadounidense había cerrado el lugar y que los “manifestantes” en realidad eran un pequeño grupo de actores. Pero los comentaristas siguieron adelante con su guion [4].
2- Los satélites
Utilizando los nuevos satélites de comunicación, en 1989, el ejército de Estados Unidos transformó un canal de televisión local de Atlanta en el primer canal internacional de «información continua». El objetivo era utilizar las transmisiones en vivo para certificar la “veracidad” de las imágenes que supuestamente no podían estar falsificadas. En realidad, la difusión en vivo lo que no permite es el estudio y verificación de las imágenes [5].
La CNN presentó el intento de golpe de Estado del ex primer ministro Zhao Ziyang en China como una revuelta popular aplastada a sangre y fuego en la plaza Tiananmen [6]. Magnificó la «revolución de terciopelo» en Chequia, haciendo creer que la policía había matado un manifestante. Validó el descubrimiento de la fosa común de Timisoara, utilizando cadáveres sacados de una morgue y presentándolos como víctimas asesinadas por la policía durante una manifestación o víctimas de torturas para justificar el golpe de Estado de Ion Iliescu contra Ceausescu. Y así sucesivamente.
Siguiendo el esquema de la CNN, el emirato de Qatar adquirió, en 2005, el canal de diálogo arabo-israelí Al-Jazeera para convertirlo en vocero de la Hermandad Musulmana [7]. En 2011, Al-Jazeera tuvo un papel central en la operación de las llamadas «primaveras árabes». Pero su nivel de audiencia ha seguido la misma tendencia que la de la CNN: después de obtener grandes éxitos con sus primicias inventadas, ha perdido la mayor parte de su audiencia al revelarse sus mentiras.
El uso de la radio contra otros países fue perfeccionado con Radio Martí, transmitida por la CIA desde un avión AWACS en vuelo frente a las costas de Cuba. En 2012, se organizó un gran proyecto para desconectar las televisiones sirias de los satélites de difusión y suplantarlas con programas falsos donde se anunciaría la caída del gobierno de Damasco y la huida de sus dirigentes. Para ello se prepararon imágenes fabricadas mostrando la supuesta huida del presidente Bachar al-Assad [8]. Pero, ante las reacciones de Siria y Rusia, se anuló la operación cuando una señal transmitida desde una base de la NSA en Australia ya había reemplazado la señal de la televisión siria en el satélite ArabSat.
3- La informática
Durante el mismo periodo, el progreso de las técnicas numéricas, principalmente la expansión de la informática y de internet, dio lugar a un resurgimiento del papel individual, aunque sin disolver por ello el de las multitudes.
En 2007, la CIA envió SMS anónimos en las regiones pobladas por los luos, en Kenya, acusando a los kikuyus de haber “arreglado” la elección presidencial. Los luos hicieron circular el rumor y hubo motines, con más de un millar de muertos y 300 000 desplazados. Finalmente, varias «ONGs» se ofrecieron como mediadoras e impusieron en el poder a Raila Odinga [9].
Aquel mismo año, la CIA puso a prueba la credibilidad de los videos anónimos filmados con teléfonos celulares. Ese tipo de secuencias, con ángulos muy cerrados, no permiten ver el contexto y su origen incierto no permite determinar dónde fueron captadas. Pese a ello, videos de monjes que se inmolaban prendiéndose fuego y escenas de represión militar durante la «revolución azafrán», en Myanmar, fueron considerados auténticos y retransmitidos por las televisiones, dando así la vuelta al mundo.

La coalición de la mentira

Las técnicas de propaganda no han evolucionado durante los últimos años. Pero han recibido refuerzos con la creación de una coalición de la mentira. Hasta ahora cada Estado realizaba su propia campaña. Pero, durante la guerra contra Irak, en 2002, se creó una coordinación entre los ministerios de Defensa de Estados Unidos, del Reino Unido y de Israel, y posteriormente se extendió a Qatar y Arabia Saudita. Esta coalición trató primero de manipular a los inspectores de la ONU en Irak para hacerles creer en la existencia de armas de destrucción masiva. Como no lo logró, intoxicó a los medios de prensa internacionales [10].
En 2011, fue esta misma coalición la que filmó, en un estudio a cielo abierto en Qatar, las imágenes de la llegada de los “rebeldes” a la Plaza Verde de Trípoli. Transmitidas primeramente por el canal británico Sky News, esas imágenes fabricadas hicieron creer a los libios que el enfrentamiento había terminado, cuando en realidad estaba comenzando, y la OTAN pudo tomar la ciudad sin grandes pérdidas… pero hubo 40 000 muertos del lado libio. Saif al-Islam Kadhafi, uno de los hijos del líder libio, tuvo que hacer acto de presencia en la Plaza Verde, donde fue aplaudido por los partidarios de la Yamahirya, para desmentir las imágenes supuestamente captadas allí el día anterior por Sky News.
Esta coalición de la mentira alcanzó su apogeo con la guerra contra Siria, en la que participaron al principio 120 países y 16 organizaciones internacionales –la mayor coalición de toda la Historia.
En octubre de 2011, la OTAN montó en el norte de Siria una aldea-modelo, Jabal al-Zuia. Uno tras otro, los periodistas occidentales fueron llevados allí por el servicio de prensa del entonces primer ministro turco, Recep Tayip Erdogan. Allí “comprobaron” el respaldo de la población al Ejército Sirio Libre. La operación terminó cuando un periodista español reconoció allí a los jefes de aquel Ejército «Sirio» Libre: los líderes de al-Qaeda en Libia, Abdelhakim Belhajd y Mahdi al-Harati [11]. Un detalle sin importancia porque ya se había impuesto al mundo la imagen falsa de que había un gran ejército de ex soldados desertores sirios que luchaban contra la República Árabe Siria.
En 2012, el mundo oyó hablar durante todo un mes de los «revolucionarios» de Baba Amro, rodeados y cañoneados por el ejército del régimen en aquel barrio de la ciudad de Homs [12]. Era cierto que Baba Amro estaba rodeado por el ejército regular, pero no había sido bombardeado ya que 72 soldados sirios estaban a su vez rodeados dentro de un supermercado de aquel barrio. Los yihadistas volaron las casas de los cristianos para imputar los daños a la República Árabe Siria. Y también quemaban neumáticos sobre los techos que se viera un espeso humo negro. La televisión internacional francesa France24 y Al-Jazeera pagaron como corresponsales a varios «periodistas ciudadanos» que además presidían un “Tribunal Revolucionario”. Los cuerpos de los 150 mártires condenados y degollados públicamente por orden de ese tribunal fueron filmados y mostrados en las pantallas de televisión como víctimas de los bombardeos [13]. Un escritor franco-israelo-estadounidense de moda, Jonathan Littell, incluso declaró desde Baba Amro que la «revolución» era bella. Finalmente había imágenes y un testimonio sobre la «crueldad del régimen».
En 2013, el Reino Unido creó InCoStrat, una empresa de relaciones públicas al servicio de los grupos yihadistas. InCoStrat diseñó logos, filmó videos con teléfonos celulares e imprimió folletos para un centenar de grupos yihadistas, dando así la impresión de que existía todo un amplio movimiento popular contra la República Árabe Siria. En un trabajo conjunto con el SAS (Special Air Service, las fuerzas especiales británicas), montó la presentación mediática de Yesh al-Islam (el Ejército del Islam), el más importante de esos grupos yihadistas en las afueras de Damasco. Arabia Saudita proporcionó 4 blindados, enviados a través de Jordania, que pasaron varias veces ante las cámaras. Los yihadistas recibieron uniformes fabricados en España para montar una ceremonia de promoción de oficiales. Todo lo anterior fue convenientemente filmado por profesionales para dar la impresión de un ejército organizado como fuerzas regulares y capaz de rivalizar con el Ejército Árabe Sirio [14]. Se impone así la imagen de que existe una guerra civil cuando en realidad las imágenes muestran sólo unos cientos de figurantes que en su mayoría son además extranjeros.
[1] «Mesures à prendre contre la propagande en faveur d’une nouvelle guerre et contre ceux qui y incitent», Réseau Voltaire, 3 de noviembre de 1947.
[2] «Condamnation de la propagande contre la paix», Réseau Voltaire, 17 de noviembre de 1950.
[3] «Renforcement de la paix par la suppression des obstacles au libre échange des informations et des idées», Réseau Voltaire, 14 de diciembre de 1954.
[4] «¿El fin de la guerra?», por Jean-Sébastien Farez, Red Voltaire, 15 de abril de 2003.
[5] «El efecto CNN», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 20 de junio de 2005.
[6] «Tiananmen, 20-años después», por Domenico Losurdo, Red Voltaire, 31 de julio de 2014.
[7] «Wadah Khanfar, Al-Jazeera y el triunfo de la propaganda televisiva», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 27 de septiembre de 2011.
[8] «La OTAN prepara la mayor operación de intoxicación de la Historia», por Thierry Meyssan, Komsomolskaïa Pravda (Rusia), Red Voltaire, 10 de junio de 2012.
[9] «El Premio Nobel de la Paz 2009, entre bastidores», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 14 de octubre de 2009.
[10] «Un réseau militaire d’intoxication», Réseau Voltaire, 8 de diciembre de 2003.
[11] «Islamistas libios se desplazan a Siria para “ayudar” a la revolución», por Daniel Iriarte, ABC (España), Red Voltaire, 19 de diciembre de 2011.
[12] «Los periodistas-combatientes de Baba Amro», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 5 de marzo de 2012.
[13] “The Burial Brigade of Homs: An Executioner for Syria’s Rebels Tells His Story”, Ulrike Putz, Der Spiegel, 29 de marzo de 2012.
[14] «El Reino Unido promociona a los yihadistas», Red Voltaire, 14 de mayo de 2016.
Thierry Meyssan
Thierry Meyssan Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).
 
Siria, cómo limitar la guerra


Fuente: Red Voltaire
Voltaire, edición Internacional
Artículo bajo licencia Creative Commons

miércoles, 30 de marzo de 2016

La seguridad no se garantiza con la guerra




Enrique Javier Díez Gutiérrez y Víctor Álvarez Terrón

Rebelión

Las guerras y quienes las financian son la causa principal de los atentados y del drama de los refugiados y refugiadas. Federico Mayor Zaragoza, ex director general de la Unesco, considera que no rebelarnos contra esa barbarie es un “delito de silencio”, porque la indiferencia, asevera, equivale a complicidad.

Detrás de los atentados, como denuncia el Papa Francisco, están los fabricantes de armas que quieren sangre, y no paz; quieren guerra, y no fraternidad. Los emails de Hilary Clinton, la actual candidata demócrata a la presidencia de EEUU cuando era secretaria de estado, explican cómo “promovimos la guerra de Siria para beneficiar a Israel”.

La barbarie de Bruselas la viven casi diariamente en Siria, Yemen, Irak, Nigeria, Turquía, Somalia, etc. Eso es de lo que huyen las personas refugiadas. Solo unos días antes de los atentados de Bruselas no fueron una, sino dos, las bombas que acabaron con la vida de casi medio centenar de personas en Ankara, capital de Turquía, causando al menos 37 muertos y más de 100 heridos. En 30 días ha habido atentados de los que no hemos oído informar en nuestros medios occidentales y que poco parecen importarnos. El 20 de febrero en Damasco (Siria), 83 muertos y 178 heridos. El 21 de febrero en Homs (Siria), 90 muertos y 160 heridos. El 26 de febrero en Mogadiscio (Somalia), 38 muertos y 53 heridos.

El 28 de febrero en Baidoa (Somalia), 5 muertos. El 13 de marzo en Ankara (Turquía), 37 muertos y 125 heridos. El mismo día, 13 de marzo, en Grand Bassam (Costa de Marfil), 18 muertos. El 16 de marzo en Maiduguri (Nigeria), 27 muertos y 17 heridos. El 16 de marzo también en Peshawar (Pakistán), 15 muertos y 30 heridos. El 19 de marzo en Estambul (Turquía), 4 muertos y 36 heridos. El 21 de marzo en Anbar (Irak), 30 muertos. El 22 de marzo en Bruselas (Bélgica), 35 muertos y 200 heridos.

El 25 de marzo en Bagdad (Irak) y Adén (Yemen), 30 personas murieron y 95 resultaron heridas en el primero, y 26 personas murieron y decenas heridas en el segundo. El 27 de marzo en un parque público de Lahore (Pakistán), 72 personas y 360 heridos, la mayoría mujeres y niños. Por eso, mucha gente se está preguntando dónde están las muestras de solidaridad con todas estas poblaciones, como en su día hubo con Charlie Hebdo, con París y actualmente hay para Bruselas.

Pero no olvidemos que los misiles occidentales y las bombas del ISIS matan a más inocentes en una semana de los que mueren en atentados en suelo europeo en un año. La diferencia es la respuesta de los medios. “Un musulmán muerto es un perro con mala suerte en el lugar equivocado y en el momento equivocado, mientras que un europeo muerto es una noticia de portada”, denuncia el periodista de The Guardian Simon Jenkins.

Los gobernantes occidentales reaccionan de forma convulsiva, usando los atentados para aumentar su popularidad, instaurando un clima de terror contra “los otros”. Se buscan “otros” en cada esquina, se anima a la delación y a la sospecha permanente, incluso en los colegios. Se crea un clima de inseguridad permanente. La histeria se amplifica con el aterrizaje del lobby de la seguridad. Todos los implicados en esta reacción tienen intereses en el terrorismo. “Se puede hacer dinero, mucho dinero: cuanto más terrorífico se presente, más dinero se hace”, explica Jenkins.

Se reacciona así anunciando que se bombardeará inocentes que viven en Siria para combatir al ISIS, como si por esa regla de tres se debiera bombardear la ciudad de Bruselas de donde eran esta vez los presuntos terroristas. Se da forma al terrorismo de Estado, amparado por un Estado de excepción y terror, impuesto a una población que se encuentra inmersa en un auténtico estado de shock, ante la histérica reacción de sus dirigentes, que compiten en esta alocada carrera por ver quién gasta más en armamento y control, quién contrata más compañías de seguridad privadas para restringir aún más las libertades y quién decreta el estado de excepción más permanente y aterrador.

La población aprende así a socializar el terror, sintiendo que ha empezado a formar parte de algo más grande que él, una especie de renacer cruzado junto a sus líderes, enfatiza el analista Daniel Bernabé. Qué otorga más valor a una vida carente de sentido que el sentimiento de pertenencia al grupo frente a la amenaza externa, se pregunta este experto. El terror y un mensaje repetitivo, “estamos en guerra”, es insertado en el imaginario colectivo. Porque, efectivamente, nuestros dirigentes han conseguido que estemos en guerra con prácticamente el mundo entero, aunque nunca nos hayamos querido enterar.

De esta forma, todo un conjunto de prejuicios, manipulaciones y exacerbación de pasiones nos quieren hacer formar, disciplinadamente, parte de ese nosotros que se enfrenta con un “ellos”. Y con la única finalidad de mantener el triunfo de la codicia de unos pocos y su “estilo de vida”, denuncia la periodista Rosa María Artal. El que ha convertido Europa en frontera deshumanizada, con una crueldad que hasta esforzadas organizaciones no gubernamentales se ven incapaces de asumir.

Repetir llamadas a la unidad de todos los demócratas, hablar de seguridad con tono de firmeza marcial y prometer acciones decididas para acabar con el terror, lo que busca, realmente, plantea Bernabé, no es acabar con el yihadismo, sino convertirlo en una amenaza prolongada que anule cualquier posibilidad de disidencia en Europa y retrotraer a la Edad Media a aquellos países árabes que, como ya sucedió con Irak o Afganistán, van a suponer un suculento negocio de reconstrucción de sus infraestructuras y sistemas públicos desechos para los lobbies y multinacionales occidentales. Además de su control geoestratégico y el dominio sobre sus recursos naturales.

Por eso compartimos plenamente con Bernabé el análisis de que el terrorismo no es más que el enésimo problema de este sistema fallido, que habla de derechos humanos pero sólo defiende el derecho a entender el mundo como un negocio mediado por la guerra. Los atentados no son fruto de una barbarie sin motivo, sino que son el resultado de nuestra política. Concluimos, con él, que el legítimo derecho a la seguridad de occidente no va a ser garantizado con más injerencia, invasiones, bombardeos y militarismo, sino por un desarrollo del mundo árabe autónomo, laico y democrático.

Enrique Javier Díez Gutiérrez y Víctor Álvarez Terrón. Universidad de León y UNED.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

viernes, 25 de marzo de 2016

¿Estamos en guerra?


Primer ministro francés: "Estamos en guerra y la vamos a ganar"


“Estamos en guerra”. El gobierno francés ha vuelto sobre esa idea. “Europa no puede permanecer de brazos caídos”, “estamos ante una amenaza global que exige una respuesta global”, “el terrorismo es una amenaza contra nuestra civilización”, “hemos de luchar conjuntamente contra bárbaros, enemigos de las libertades y de la democracia”. Con estas y otras palabras se han pronunciado gobernantes y responsables políticos europeos a propósito de los atentados de Bruselas.

Para cualquier persona razonable resulta evidente que hay que combatir contra quienes, en nombre de ideas políticas o religiosas, se encuentran de cualquier manera implicados en matanzas como las que tuvieron lugar este martes en Bruselas, como las del 13 de noviembre pasado en París o la de hace 12 años en Madrid. Conviene señalar esa evidencia sin descanso, siempre y en cualquier circunstancia, de lugar o de tiempo, y ensanchar al mismo tiempo todos los canales y mecanismos de solidaridad con las víctimas de esas acciones criminales, teniendo en cuenta además que, desgraciadamente, es más que probable que en los próximos tiempos veamos nuevos episodios de terror. Por ese último motivo sobre todo, conviene reflexionar muy a fondo sobre qué se hace y qué se puede hacer contra un mal que viene de lejos, porque también es evidente que las actuales políticas no sirven para atacar de raíz el problema del terrorismo.

Tal como explicó el filósofo francés Alain Badiou tres semanas después de los atentados de París, “hay que apartarse de toda la propaganda que acompaña a las declaraciones de guerra”.

“Estamos en guerra”, había dicho ya entonces el primer ministro francés, Manuel Valls. Este martes lo repitió, tras los atentados de Bruselas. Y como él otros tantos gobernantes. No lo dicen en balde. Occidente combate en Medio Oriente y alimenta maquinarias de guerra en todo el mundo. Lo saben bien los habitantes de países como Siria, Iraq, Yemen, Libia, Afganistán… que han comprobado en los últimos años o décadas los ‘efectos benéficos’ de las alianzas militares, los bombardeos, y las intervenciones armadas  en su vida cotidiana: muerte, destrucción, miedo, miseria y exilio.

Recordó Badiou, en una conferencia, que muy pronto aparecerá en forma de ensayo en las librerías editado en castellano*, que Barack Obama calificó justamente los atentados de París de “crimen contra la humanidad”. Echó en falta el filósofo, no obstante, que el presidente norteamericano no diga algo parecido cuando matanzas similares se cometen en países como Iraq, Pakistán, Nigeria o Congo, y se quejó de quienes habitualmente establecen una equivalencia peligrosa: Humanidad = Occidente.

No puede ser que, en nombre de la justicia, se dé respuesta a las acciones sangrientas de los islamistas con actos de venganza, primitiva y peligrosa, porque entonces la razón desaparece.

Cuando se intenta combatir al terror con más terror belicista  se hace justamente lo que quieren los asesinos.

Para evitar que las organizaciones terroristas crezcan, se extiendan e incrementen su capacidad de actuar, hay que intentar entender qué ocurre en la cabeza de los jóvenes que las integran, nacidos en Europa muchos de ellos, descendientes de inmigrantes, con estudios, marginados del mercado laboral, sin dinero para consumir ni expectativas de tenerlo, humillados ante la arrogancia de los que poseen casi todo… Forman parte de un sector de la sociedad, cada vez mayor, despojado de cualquier fuente de riqueza, ignorado por el capitalismo, porque no producen y no consumen. La religión para estos jóvenes sin porvenir se convierte en signo de identidad antioccidental y se vuelven criminales que rinden culto a la muerte. Si su vida deja de tener valor,  la de los otros mucho menos.

Hay que entender también, indica Badiou en su ensayo, que el triunfo del capitalismo a escala mundial ha traído consigo el debilitamiento de los Estados, en beneficio de “monstruos transnacionales”. Para una mejor defensa de los intereses de unos pocos, hace tiempo que Occidente dejó de construir y fomentar la existencia de Estados dependientes. Ahora se les destruye y se les despieza en pequeños trozos, enfermos y corruptos. Cuando los Estados desaparecen, ocupan su espacio bandas de mercenarios y organizaciones armadas.

Algunos negocios, así, funcionan todavía mejor que antes. Incluso ese Estado Islámico, que ha asumido la autoría de los atentados de Bruselas, se ha convertido en una empresa comercial. Se sabe que vende petróleo, algodón, arte…, que compra armas y equipamiento militar. Y si vende y compra significa que tiene clientes y proveedores. Habrá que identificarlos.

*Alain Badiou. Nuestro mal viene de más lejos. Seminario excepcional tras las matanzas de Paris en noviembre de 2015. Madrid. Clave Intelectual






Marià de Delàs
Director editorial de Público

Fuente: Público.es

jueves, 24 de marzo de 2016

Gracias, señora CIA



Gracias, señora CIA

A lo largo de mi vida he oído ya muchas veces el mismo mantra repetido en diversas variantes: “tú no sabes lo que es vivir una guerra”; “somos la primera generación de españoles que no vamos a vivir una guerra”; “por suerte, en Europa ya no hay guerras”. Ocurre que la guerra, como dijo el juez Holden enMeridiano de sangre, siempre ha estado ahí: “Antes de que el hombre existiera la guerra ya lo esperaba”. Nunca pasa de moda, así sea vestida con palos y piedras, con hachas de hueso, con lanzas de bronce o con espadas melladas. En 1139, en el Concilio de Letrán, el Papa Inocencio II prohibió el uso de la ballesta por considerarla un arma diabólica. El 1 de julio de 1916, durante el primer día de la batalla del Somme, los soldados británicos al asalto de las trincheras alemanas sufrieron más de 50.000 bajas sólo porque los generales todavía no habían comprendido el lenguaje tartamudo y mortal de las ametralladoras. En agosto de 1945, cuando los pobres civiles ya se habían acostumbrado a soportar bombardeos, los cielos de Hiroshima y Nagasaki estallaron con un resplandor semejante a mil soles.

Desde entonces la humanidad creyó que el siguiente conflicto sería un horror atómico, un borrado general de la especie en que dejaríamos el planeta en herencia a ratas y cucarachas. El mundo contuvo la respiración durante la crisis de los misiles cubanos y fantaseamos con la posibilidad de la destrucción general animados por un temor que quizá ocultaba un deseo secreto. Pero la especie no tenía ninguna gana de cancelar el juego mientras seguía despellejándose meticulosamente a base de matanzas locales. A cada generación humana le ha tocado vivir una guerra -una por lo menos- y la única característica común a todas ellas es que ninguna se parece a la anterior. La época de las guerras napoleónicas dio paso a la guerra de trincheras y de la guerra de trincheras con defensas estáticas, se pasó al blitzkrieg. La nuestra, la guerra que nos ha tocado vivir y en la que llevamos inmersos más de una década, es una derivación de los conflictos imperialistas en Oriente Medio, una guerrilla terrorista urbana que dio comienzo oficialmente el 11 de septiembre de 2001 con el ataque contra las Torres Gemelas. A todo el mundo le sorprendió, aunque lo vivimos como una película anunciada desde mucho tiempo atrás. Lo raro es que no hubiese ocurrido antes, después de los sanguinarios golpes de estado promovidos por la CIA en Irán, Guatemala, Indonesia, Grecia o Chile.

Debemos agradecer una vez más a la CIA que ayer las calles de Bruselas se tiñeran de sangre y que toda Europa ande acojonada de miedo. Del mismo modo que Bin Laden aprovechó a fondo el entrenamiento proporcionado por el ejército estadounidense en Afganistán, los mercenarios del Daesh, antes ISIS, no dejan pasar la ocasión de devolver los favores prestados por sus patrocinadores saudíes y por el desmantelamiento de las fuerzas de Sadam en Irak. Cuando Hollande, tras los atentados de noviembre en París, amenazó con bombardear al ISIS, se olvidaba de que la aviación francesa ya había bombardeado campos de entrenamiento en Siria un par de meses antes. Las bombas no explotan porque sí, porque lo diga Alá o porque a un talibán se le caliente la barba. El espanto, la atrocidad que estamos viviendo en Europa en los últimos años (Madrid, Londres, París, Bruselas) no es más que una metástasis de la devastación causada en Alepo, en Kabul, en Bagdad. Millones de muertos, millones de refugiados, millones de huérfanos. Sólo en el último mes se contabilizan una docena de atentados terroristas en el mundo (dos en Siria, tres en Somalia, dos en Turquía, uno en Costa de Marfil, uno en Nigeria, uno en Pakistán, uno en Irak), pero para nosotros sólo cuentan las víctimas europeas. Donald Trump, el infernal papanatas que los republicanos han elegido como candidato, ha hecho una pregunta que destapa el hedor de su lógica racista e islamófoba: “¿Se acuerdan cuando Bruselas era bonita y segura?” El problema no es que no recordemos cómo eran Irak o Siria antes de que los estadounidenses empezaran a meter las narices allí. El problema es que no nos acordamos de nada.



David Torres
FUENTE: PÚBLICO.ES

jueves, 18 de febrero de 2016

La batalla por A’zaz




La OTAN contra los Kurdos

José Antonio Gutiérrez D.

Rebelión
Cuando se cierra al cerco en contra de la reacción fundamentalista armada en Siria, el régimen de Ankara, que los ha patrocinado generosamente durante un lustro de carnicería, comienza a ponerse nervioso. Se les está acabando el juego desde la irrupción con fuerza de las guerrillas kurdas del YPG en contra del Estado Islámico, desde la intervención rusa y la participación decidida de milicias de Hizbullah en la lucha en contra de esa abigarrada alianza de oportunistas y fundamentalistas en armas que no buscan sino derrocar a Assad y acabar con las milicias kurdas. Por eso han procedido a intensificar sus bombardeos en contra de los kurdos que operan en el norte del país, a la vez que dan cada vez síntomas más claros de buscar una intervención directa en el conflicto sirio, para alargar la vida a una aventura militar criminal que no ha logrado sino traer dolor y muerte.
Acá se terminan de caer las caretas. La OTAN, representada por el Estado turco, lleva dos días bombardeando despiadadamente a las milicias kurdas del YPG que avanzan al norte de Aleppo hacia las ciudades de A’zaz y Tal Rifaat[1]. Los bombardeos, que han matado al menos a 23 civiles[2], se han centrado en la base aérea de Menagh, conquistada el 2013 por una coalición de “rebeldes”, entre los cuales participaba Al-Qaeda (el frente Al-Nusra) y otros que después terminarían en el Estado Islámico. Ese es un punto clave para abastecer la “rebelión” al servicio de las petro-teocracias y de los intereses de EEUU y la UE. Ahmet Davutoğlu ha dicho que ha informado de estos bombardeos al vicepresidente de EEUU Joe Biden, quien aunque públicamente no aprueba la intervención militar, tampoco la ha condenado ni ha tomado acciones para frenar al Estado turco, el cual jamás actuaría sin la certeza absoluta de que EEUU terminaría apoyándoles. Recordemos que la OTAN había dicho, en medio de la crisis con Rusia, que defenderían a capa y espada la “integridad territorial” del Estado turco, argumento que el régimen de Ankara esgrime para atacar a los kurdos, diciendo que son una amenaza para su monolítico concepto de unidad nacional. Esto puede ser apenas el preámbulo para la intervención directa, por tierra, de las tropas de Erdoğan, idea con la cual ya amenazó la semana pasada. La fachada de la supuesta unidad contra el Estado Islámico es una farsa: el Estado turco, y con ellos la OTAN, apuestan por la desestabilización y la prolongación del baño de sangre sirio, a la vez que luchan en contra del movimiento libertario kurdo.
Apostando por la estrategia del yunque y el martillo, a la vez que golpean a los kurdos en territorio sirio, y alimentan a grupos retrógrados en armas para acabar con las milicias del YPG, el Estado turco golpea también a los kurdos en su propio territorio, buscando aplastar su espíritu rebelde. Llevan meses imponiendo el estado de sitio en territorio kurdo en el Estado turco, adelantando operativos militares y represivos, bombardeando. Mientras los medios occidentales se escandalizaban con la destrucción del patrimonio cultural, histórico y arqueológico del Estado Islámico en lugares como Palmira (Siria) y lo denunciaban a los cuatro vientos, se han quedado mudos de la sistemática destrucción del patrimonio de la Humanidad que el Estado turco está realizando en la región kurda en sus fronteras: según información del a Municipalidad de Diyarbakır (10/02/16) el distrito Sur de Diyarbakır ha sido bombardeado y sus históricos muros, considerados patrimonio por la UNESCO han sido severamente destruidos. El 70% de los edificios en la sección este de la ciudad antigua también han sido afectados, mientras 50.000 personas de Sur han debido desplazarse de sus hogares por la violencia y el terror del Estado.
Creyeron, desde Occidente, poder utilizar a los kurdos para oponerse a los sectores fundamentalistas “incontrolables”, pero les salió el tiro por la culata. Los kurdos son un actor político maduro, con demasiada experiencia de lucha a cuestas como para dejarse utilizar como simples marionetas por las potencias. Cuando EEUU comenzó su estrategia de rediseñar el Medio Oriente, imaginándose que surgirían por todas partes regímenes títeres, asociados con las teocracias del Golfo y deseosos de regalar su petróleo a cambio de nada, no contaban con los kurdos, ni con su proyecto socialista libertaria y de democracia radical; tampoco contaban con las enormes fuerzas populares que esta estrategia intervencionista desencadenó. Es verdad que aún no termina de florecer un Medio Oriente libertario que se anuncia en el poder popular que nace desde el Kurdistán y que se irradia hacia toda la región; pero también es cierto que los EEUU han sido incapaces de imponerse, han terminado de erosionar su hegemonía en la región, y sus socios se han mostrado al desnudo: no ha habido un momento en las últimas décadas en que los jeques hayan estado más nerviosos que ahora. De ahí la violencia del califa improvisado de Ankara en contra de los kurdos.
De la misma manera que la batalla por Kobanî fue clave para revertir el avance del Estado Islámico, hoy, la batalla por A’zaz es clave para erradicar al fundamentalismo armado y para defender la expansión, consolidación, y el derecho a existir del proyecto autonómico, libertario y confederal kurdo.
Notas
[1] http://www.aljazeera.com/news/2016/02/turkey-shells-kur....html
[2] http://aranews.net/2016/02/dozens-of-civilian-casualtie...yria/
Fuente: Rebelión 
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

sábado, 13 de febrero de 2016

Vuelven los 'perros de la guerra'



 
Emine Saner
The Guardian

Gobiernos como el de Estados Unidos encargan algunas de sus operaciones militares en el extranjero a empresas privadas, que a menudo operan en un vacío legal sin control de sus actividades. El sector se disparó a raíz de la invasión de Irak, ganó mucho dinero con las operaciones subcontratadas y fue legitimado por los grandes contratos concedidos por el Gobierno estadounidense.
 
Cuando eres soldado en el Ejército, y estás atacando a un enemigo junto a otros soldados, no sabes si ha sido tu arma, tu bala, la que ha matado a alguien. "Preferiría no saberlo", dice Stephen Friday, que pasó doce años en el Ejército británico antes de convertirse en 2008 en PMC (siglas en inglés de personal militar privado). Trabajó en Irak y en Afganistán. La primera vez en la vida que disparó a alguien y lo supo "fue como PMC". "Los tiroteos eran mucho más cercanos, más personales", explica. También más peligrosos. Como soldado, estuvo una vez bajo el fuego durante siete horas en Bagdad, pero como PMC "diría que fue peor".
"Cuando estás en el Ejército, tienes un ejército detrás de ti. Como PMC, no puedes pedir respaldo, no puedes pedir misiones de apoyo. Sin duda, los peores incidentes que he sufrido han sido como PMC y no en el Ejército", afirma. Friday ha sido disparado por francotiradores, ha sobrevivido a varias bombas escondidas en la carretera y a un ataque con granada. Una vez, una bala impactó contra el cristal blindado de su vehículo a unos centímetros de su cabeza. "Hubo una época en 2009 en la que, durante unos tres meses, probablemente perdíamos compañeros cada dos o tres días. Era violento, y duro emocionalmente".
¿Por qué lo hizo? Por dinero, por supuesto. Había épocas en las que podía ganar hasta 10.000 libras al mes (unos 13.000 euros) libres de impuestos. Sus contratos, como muchos de los de los PMC, se hacían deliberadamente para favorecer la evasión fiscal, al limitar la cantidad de tiempo que pasaba en Reino Unido. ¿Cómo se sentiría si le llamaran mercenario? "Me parecería ofensivo", dice Friday.
"Sin duda había mercenarios ahí fuera. Yo estoy aquí sentado diciendo que lo hacía por dinero y eso es algo que podría sonar parecido a ser un mercenario, pero hay ciertos estereotipos que no se cumplen en mi caso", explica. Nos reunimos en el pequeño negocio que montó con el dinero que había ahorrado antes de dejar el trabajo en 2014, y a pesar de las primeras impresiones –está lleno de tatuajes, tiene una voz ronca y está cuadrado como una roca–, parece sorprendentemente amable y considerado.
Asegura que había diferencias importantes entre él y la idea estereotipada del mercenario. Se esforzó en integrarse en las comunidades locales y se hizo amigo de compañeros iraquíes y afganos con los que sigue teniendo contacto. Veía el sorprendente comportamiento de otros PMC, en especial de los estadounidenses, y pensaba que al menos no era como ellos. Pero no deja de ser una cuestión de dinero.
"No puedo dar lecciones de moral", admite mientras se recuesta en la silla. Trabajar de soldado en el Ejército debe de ser bastante fácil para tu conciencia: pienses lo que pienses de la política exterior, la decisión de ir a la guerra la tomaron parlamentarios electos en una votación, se supone que estás protegiendo los intereses británicos y puede haber algún tipo de factor humanitario, aunque sea erróneo. Pero cuando eres PMC haciéndolo por dinero y trabajando en representación de una empresa, ¿eso hace diferente apretar el gatillo? "Sin duda. Como digo, no puedo dar lecciones de moral".
Esta semana, la organización War On Want publicó un informe que destaca que las empresas británicas dominan la amplia industria militar y de seguridad, que, según se estima, está valorada entre los 100.000 y los 400.000 millones de dólares al año. El sector se disparó a raíz de la invasión de Irak, ganó mucho dinero con las operaciones subcontratadas y fue legitimado por los grandes contratos concedidos por el Gobierno estadounidense. Muchas de las grandes empresas actuales están gestionadas por antiguos altos mandos militares.
El lenguaje se suaviza y se hace más corporativo: se "gestionan" riesgos y "oportunidades" y hay "servicios sobre el terreno", "contratistas" y "asesores". También se hacen lavados de imagen: Blackwater, la infame empresa militar estadounidense cuyos empleados abrieron fuego contra civiles iraquíes en septiembre de 2007, mataron a 17 e hirieron a 20, ha pasado por dos cambios de nombre.
"Hicimos nuestra primera investigación sobre esto hace diez años, cuando se desató la locura en torno a Irak y Afganistán", explica el director ejecutivo de War on Want, John Hilary. "Nos dimos cuenta de dos cosas. La primera: las empresas militares privadas operaban en un vacío legal, no hay ninguna regulación de sus actividades. La segunda: a consecuencia de eso, algunas estaban implicadas en situaciones cada vez más cuestionables".
"Su función de seguridad se amplió al área de lo que consideraríamos operaciones militares privadas, y se emplearon casi como fuerzas mercenarias en zonas de conflicto. Diez años después, el Gobierno británico ha dicho explícitamente que no está interesado en ningún tipo de regulación (de las empresas de seguridad privada), solo en la autorregulación", lamenta Hilary. El Gobierno suizo ha prohibido a las empresas de estas características radicadas en Suiza que participen en conflictos.
El activista hace referencia a los cientos de combatientes colombianos desplegados en Yemen para luchar junto al Ejército saudí, y a los "soldados de fortuna" sudafricanos de la época del apartheid que se enfrentan a Boko Haram en Nigeria. Considera que es "el regreso a la idea de los 'perros de la guerra', de que puedes llamar a mercenarios para que luchen en cualquiera de los bandos". "Lo que ocurre con los mercenarios, que conocemos por los testimonios de quienes lucharon en Irak, es que no tienen cadena de mando, no hay control de lo que hacen", explica. La acción de esos "ejércitos", afirma Hilary, "está generando disturbios y desestabilización en países que ya tratan de combatir la amenaza de una potencial guerra civil".
La industria militar privada es muy sensible a ese tipo de críticas. El Grupo de Seguridad en Entornos Complejos fue creado para desarrollar estándares para empresas británicas de seguridad que trabajen en el extranjero. Su comité ejecutivo incluye a representantes de los gigantes del sector, como G4S y el grupo Olive, y del Ministerio británico de Exteriores. Su director, Paul Gibson –exdirector de operaciones antiterroristas en Reino Unido– explica que el mundo de la seguridad privada ha cambiado desde la época de Irak en 2004 y 2005, cuando algunas empresas "operaban de un modo bastante rápido y libre".
"Ha habido una serie de procesos para llegar a un punto en el que las empresas de seguridad privada responsables están gestionadas y reguladas adecuadamente y tienen los derechos humanos muy en el centro de su modelo de negocio", afirma. Dice que "hay en marcha una gran cantidad (de procesos) para garantizar que la gente opere de forma apropiada y transparente y se responsabilice de sus acciones". Señala que eso incluye el Código de Conducta Internacional para los Proveedores Privados de Servicios de Seguridad.
No obstante, ese código es voluntario. Hay algunas que han decidido no firmarlo. ¿Cómo regular lo que hacen? "No puedo. Siempre va a haber empresas deshonestas en cualquier sector económico. Si un cliente está preparado para asumir un riesgo utilizando una empresa privada de seguridad que no está regulada, es problema del cliente. Esa no es para nada la manera en que las empresas británicas privadas de seguridad están operando actualmente", responde Gibson.
¿No sería mejor una legislación internacional? "Podría ser algo que se alcance en algún momento. No creo que sea sensato hacerlo salvo que lo haga todo el mundo, a nivel global. Hay un par de grupos de trabajo de la ONU explorando este asunto, pero les está costando alcanzar un consenso".
Le pregunto si entiende por qué algunas personas consideran que las empresas privadas de seguridad son algo desagradable, o incluso abominable, y hace una pausa. "Las personas tienen sus propios puntos de vista. Las empresas privadas de seguridad que operan en este momento están proporcionando un servicio a sus clientes. Sin ese servicio, hay una gran cantidad de comercio y de asuntos gubernamentales que no tendrían lugar", contesta Gibson.
"Estas empresas están protegiendo a los embajadores británicos que trabajan en lugares del mundo muy complicados, están ayudando a la industria extractiva a llevar a cabo sus negocios lícitos, están garantizando que los barcos puedan atravesar el océano Índico sin ser interceptados por los piratas somalíes. Creo que todo eso es muy meritorio", añade.
John Geddes dirige Ronin Concepts, radicada, como muchas empresas privadas de seguridad, en Hereford (Reino Unido). Ahí tiene su sede principal el SAS (las fuerzas especiales del Ejército) –al menos 46 empresas tienen entre sus empleados a antiguos miembros de esas fuerzas especiales, según el informe de War on Want–. Estuvo en las Fuerzas Armadas durante 22 años, donde fue oficial técnico del SAS, antes de ser PMC en Irak en 2003. En la dramática introducción del libro que escribió sobre esa época, Highway to Hell, Geddes describe vívidamente el momento en el que un vehículo en el que estaba con un equipo de reporteros británicos estuvo a punto de ser atacado por insurgentes que iban en un BMW con los cristales tintados. Él abrió fuego desde el coche con su AK-47 y mató al conductor al instante.
Su empresa se ocupa de algunas operaciones de seguridad, pero principalmente se encarga de formar a combatientes. Más de 1.000 exmilitares han pasado por sus cursos. ¿Qué tienen en común? "En muchos casos son inadaptados sociales que no pueden o no van a encajar en la vida civil", responde. Suelen ser mayores. "En las guerras luchan jóvenes de 18 y 19 años. El promedio de edad de los PMC está entre los 35 y los 40. En algunas empresas hay un límite máximo de edad: 49 años", explica.
Geddes insiste en que en realidad no es una cuestión de dinero: "Es la camaradería, estar con gente que piensa como tú, las armas, la aventura, la diversidad de las actividades. Es por eso por lo que lo hacen". Para muchos soldados, estar en el Ejército se convierte en una parte esencial de su identidad y, cuando se van, están vacíos. "Yo mismo pasé por eso. Este tipo de trabajo es terapéutico. Cuando están de permiso, solo quieren volver".
El empresario explica que no le gusta el término 'mercenario'. "Como PMC, trabajas en el bando correcto la mayor parte del tiempo. Los mercenarios trabajan para todo el mundo, se van con el mejor postor a un lado o al otro. Esa es mi percepción de un mercenario. La principal diferencia es que el papel del PMC es proteger y salvarse, más que enfrentarse y atacar", razona.
Friday está de acuerdo, pero dice que no todos los PMC –o las empresas para las que trabajan– lo ven así. Cuenta que las empresas adoptan el estilo y las prácticas de las Fuerzas Armadas, pero eso también promueve una actitud militar. "Sacan hombres de los ejércitos y ellos están acostumbrados a salir en misiones activas, a buscar problemas. (Al ser PMC) seguirán con esa mentalidad ofensiva, aunque deberían pensar en modo defensivo. Nuestro trabajo era defender. Pongamos que eres un cliente: si somos atacados, te metemos en el vehículo y huimos lo más rápido posible. Esa es una misión exitosa", ejemplifica.
Sin embargo, el trabajo atraía a muchos exsoldados que querían ver más acción. "Era muy de machotes, muy egoísta, y ese no era mi estilo. Todo el mundo tenía que tener la última mira telescópica, la última tecnología. Había quienes solo querían estar guapos con sus equipaciones", asegura Friday. Había combatientes a los que describe como de gatillo fácil, que buscaban pelea. "Y en esencia nuestro trabajo era salir corriendo, no quedarse y meterse en problemas. Por supuesto, algunas empresas eran responsables de infracciones de disciplina o de las normas de combate (y de promover) una mentalidad ofensiva, al hacer las cosas de una forma tan parecida a la militar".
Friday dejó su trabajo hace 18 meses. Va a cumplir 40 años en los próximos meses y ha pasado casi la mitad de su vida en algún tipo de empleo militar. En ese tiempo ha experimentado –y provocado– actos de violencia extrema. Admite que, como personal privado, "se vivía bien; por muy arriesgado que fuera, merecía la pena en términos económicos".
Pero hay otros costes. Sabía que, cuanto más tiempo estuviera haciéndolo, llegaría un día en el que se le acabaría la suerte, así que se cansó y se desilusionó. Pensó que la guerra nunca debería haber empezado. "Se ganan grandes cantidades de dinero en las empresas militares privadas y esa gente tiene sus intereses políticos, como cualquier empresa", afirma. "La guerra es dinero, la guerra es beneficio".

NOTA: Algunos nombres han sido modificados.
Fuente: http://www.eldiario.es/theguardian/Apretar-gatillo-empresa-pais_0_481552025.html
Traducido por: Jaime Sevilla
Fuente: Rebelión

lunes, 8 de febrero de 2016

Unos cuantos cadáveres a los postres de Felipe González y Alfonso Guerra


Los comienzos




Se han dado un buen festín tanto Alfonso Guerra como Felipe González en los últimos tiempos pero han olvidado el postre.
Parece que queda bastante lejos todo lo que sucedió durante el felipismo y supongo que ese es el motivo por el que la mayoría de los medios de comunicación presentan a ambos, sin ningún pudor, como grandes analistas y hombres de estado. Ayuda no poco la lamentable falta de independencia informativa.
Alfonso Guerra comparó a Podemos con los golpistas del 23F, además de llamarles niños malcriados, mientras Felipe González afirmó que Pinochet respetaba más los derechos humanos que la Venezuela de Maduro, que “peleó contra todos, y casi sin ningún apoyo, para devolver la democracia a los venezolanos” y, hace poco, propuso un gobierno de concentración PP-PSOE.
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No es que les vaya a echar en cara a ambos que durante el 23F se agacharan quedando como marionetas de trapo en comparación a la valentía de Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado o Santiago Carrillo. No. Tampoco es que sea mi intención relatar toda la corrupción socialista, hablar del hermanísimo de Alfonso, el tal Juan Guerra, o de las promesas incumplidas, que no son pocas. No. Y no, sobre todo, porque no da este blog para ello. Es algo más profundo.
No es enroscarse cuando suenan los tiros, lo que es humano, es más bien la falta de lealtad democrática que mantuvieron durante el gobierno de Adolfo Suárez y la desmedida ambición que les situó en demasiadas ocasiones en los parámetros de los golpistas e, incluso, haciéndoles el juego. Fue ese comportamiento lo que les colocó en posturas antidemocráticas y terminó por escribir el nombre de Felipe en el fallido gobierno de concentración de Alfonso Armada. Gobierno antidemocrático al que ni el Rey ni ellos jamás se opusieron (hasta se reunieron con el propio Armada).
No solo es esa evidente traición, muy parecida a la de Juan Carlos I, la que debería haberlos silenciado para siempre. También son los muchos años de gobierno en los que no emprendieron regeneración alguna de la justicia militar, sus órganos de control o el mundo militar. Es, desgraciadamente, su complicidad con los golpistas y sus mentiras y promesas incumplidas como aquello de la desmilitarización de la Guardia Civil.
Es que bajo su gobierno los golpistas tenían mayordomo, marisco y vino de reserva o el Rey, con su aquiescencia, mostraba simpatía públicamente (según el embajador alemán del momento) por los que asaltaron la democracia a tiros.
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La cuestión no es que Felipe González fichara por Gas Natural a razón de 126.500 euros brutos anuales y luego decidiera dejarlo porque es “muy aburrido”. No es eso. Es cierto que lo de fichar para cobrar semejantes cantidades como consejero no queda bonito en un expresidente y deja un aroma un tanto pestilente, pero ya digo que no es eso.
Y no es eso porque hasta ahora, aunque muy repugnante casi todo lo narrado, la mayor parte de ello no es noticia en el sucio mundo de la política española. Basta pensar en el PP para darse cuenta de la dificultad que cualquiera tendría para decidir si son un buen ejemplo de partido político o de banda mafiosa y/o criminal.
Hay algo mucho más profundo, de lo que casi no se habla, lo que les tendría que haber hecho desaparecer del mundo, pedir perdón y no volver a abrir la boca. El gran problema es que Felipe González estaba tras los GAL según José Amedo (y según cualquiera que tenga un mínimo de entendederas). Era la famosa “X”.
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Que dos personas que han permitido la organización de una banda criminal en el Estado (siendo benévolos al no considerarles impulsores y parte activa de la misma), pretendan impartir seminarios de derechos humanos y democracia o iluminar el camino a seguir es bastante vergonzoso. Que lo hagan con la complicidad de los medios de comunicación es revelador.
Cualquiera que lea, aunque sea por encima, lo que hicieron los GAL y otros grupos que actuaron durante aquellos años con la complicidad o la permisividad del Estado (secuestrando, torturando, traficando con drogas y asesinando), se percatará de la ignominia de estos dos personajes, que más que hombres de estado se comportaron como vulgares delincuentes.
Combatieron el terrorismo desde la total inmoralidad, la más absoluta falta de valores democráticos y el mayor de los desprecios por los derechos humanos. Respondieron de la misma forma que lo habría hecho una dictadura: usaron las pistolas, los cuchillos y la droga en lugar de la legalidad, los derechos humanos y la democracia.
Felipe González y Alfonso Guerra pasarán a la historia como infames, corruptos y ambiciosos políticos que no tuvieron el más mínimo problema en apuñalar a la democracia con su connivencia golpista, como el Rey y gran parte de la sociedad, y menos aún en dejarla desangrar en las manos de una banda criminal que despellejaba y arrancaba las uñas a sus víctimas.
Con semejante historial, dado que han tenido la fortuna de esquivar la cárcel (digo fortuna por decir algo), lo mejor sería que alimentasen sus vidas con el silencio y no nos recordasen cada cierto tiempo que nada es lo que nos han dicho que fue.
Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra y autor de las novelas “Código rojo” (2015) y “Un paso al frente” (2014).
Fuente: Público.es

lunes, 1 de febrero de 2016

Yemen, una guerra muy británica

Reino Unido confirma su participación en la guerra contra Yemen.

 El canciller británico, Philip Hammond, confirmó el martes que su país está apoyando al régimen saudí en su ofensiva contra Yemen.




Dan Glazebrook
Russia Today

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos.


Gran Bretaña es uno de los principales causantes del desastre humanitario de proporciones épicas desatado sobre Yemen.
Desde que en marzo de 2015 empezó la campaña de bombardeos saudíes contra Yemen han muerto al menos 10.000 personas, incluidos más de 630 niños. Según UNICEF, las violaciones de derechos humanos se han disparado hasta llegar a un nivel de unas 43 personas y más de 10 niños asesinados al día. La ONU afirma que el 73% de las muertes de niños son consecuencia directa de los ataques aéreos.
Se ha atacado una y otra vez a objetivos civiles. A los pocos días de empezar los ataques aéreos se bombardeó un campo de refugiados, lo que provocó la muerte de 40 personas y más de 200 quedaron mutiladas, y en octubre fue atacado un hospital de Medecins sans frontieres. Se ha atacado a escuelas, mercados, depósitos de grano, puertos y una fábrica de cerámica. Sobra decir que según el derecho internacional todo ello supone crímenes de guerra, como lo es toda la campaña de bombardeos que carezca, como esta, de un mandato de la ONU.
Más allá de sus víctimas inmediatas, los ataque aéreos y el bloqueo que les acompaña (un crimen atroz contra un población que importa el 90% de sus necesidades básicas) están creando una tragedia de dimensiones épicas. En agosto de 2015 Oxfam advirtió de que aproximadamente 13 millones de personas luchaban por encontrar lo suficiente para comer, lo que supone la mayor cantidad de personas que padece hambre registrada nunca. “Después de cinco meses Yemen parece Siria al cabo de cinco años”, comentó en octubre el presidente de la Cruz Roja Internacional. Al mes siguiente la ONU informó de que 14 millones de personas carecían ahora de acceso a la atención médica y que el 80% de la población de 21 millones de personas del país depende de la ayuda humanitaria. “Calculamos que más de 19 millones de personas no tiene acceso a agua segura ni a servicios sanitarios, más de 14 millones de personas carecen de seguridad alimentaria, entre los que se incluyen 7.6 millones de personas en unas graves condiciones de inseguridad alimentaria y casi 320.000 niños está extremadamente desnutridos”, declaró a los periodistas en noviembre el Coordinador Humanitario de la ONU. Calculó que unos 2.5 millones de personas se han convertido en refugiados a causa de la guerra. El diciembre la ONU advirtió que el país estaba al borde de la hambruna y millones de personas corrían peligro de morir de hambre.
Las declaraciones de los ministros del gobierno británico se preparan para dar la impresión de simpatía por las víctimas de esta guerra y oprobio por sus responsables. “Tenemos que ser claros, el uso de la violencia para obtener logros políticos y la pérdida vana de vidas que ello implica son completamente inaceptables. La reciente violencia no solo daña el proceso de transición política de Yemen, sino que podría alimentar nuevas tensiones y fortalecer la posición de al-Qaeda en la península Arábiga, lo que supone una amenaza para todos nosotros. […] Quienes amenazan la paz, la seguridad y la estabilidad de Yemen o violan los derechos humanos tienen que pagar un precio por sus acciones”, afirmó en septiembre de 2014 el secretario de Estado de Asuntos Exteriores Philip Hammond.
Desde luego. Por lo tanto, se podía haber pensado que cuando los saudíes empezaron su escalada generalizada de la guerra seis meses después de que Hammond hiciera estas declaraciones lo lógico era que el gobierno británico se hubiera indignado.
Pero no. El día después de que los saudíes empezaran la “Operación Tormenta Decisiva” David Cameron llamó personalmente por teléfono al rey saudí para insistir en el “firme apoyo político de Gran Bretaña a la acción saudí en Yemen”.
A lo largo de los meses siguientes Gran Bretaña, suministrador desde hace tiempo de armas a la monarquía saudí, aumentó su suministro de material de guerra hasta lograr el dudoso honor de superar a Estados Unidos y convertirse en su principal suministrador de armas. Desde que empezaron los bombardeos el gobierno británico ha concedido más de cien nuevas licencias de exportación de armas y solo en los seis primeros meses de 2015 Gran Bretaña vendió por valor de más de 1.750 millones de libras a los saudíes, más del triple de la media bianual normal, casi obscena, de Cameron. La inmensa mayoría de este equipamiento parece ser para aviones de combate y misiles lanzados desde el aire, incluidas más de 1.000 bombas. Actualmente los aviones de fabricación británica suponen más de la mitad de la fuerza aérea saudí. Como señaló The Independent, “los aviones suministrados por Gran Bretaña y los misiles de fabricación británica han participado en los ataques aéreos casi diarios contra Yemen llevados a cabo por la coalición de nueve países dirigida por Arabia Saudí”.
Las organizaciones benéficas y los grupos de defensa de los derechos humanos son unánimes en considerar que sin lugar a dudas el patrocinio británico ha facilitado enormemente la carnicería en Yemen. “El gobierno [británico] está alimentando el conflicto que causa un sufrimiento humano insoportable. Es el momento de que el gobierno deje de apoyar esta guerra”, afirmó el director ejecutivo de Oxfam Gran Bretaña, Mark Goldring. La directora de Amnistía Internacional Gran Bretaña UK, Kate Allen, afirmó: “Reino Unido ha alimentado este conflicto atroz a través de temerarias ventas de armas que violan sus propias leyes y el tratado mundial de comercio de armas que en su momento defendió [...] la opinión legal confirma lo que afirmamos desde hace mucho tiempo, que la venta continuada de armas por parte de Reino Unido a Arabia Saudita es ilegal, inmoral e indefendible”.
En opinión de Edward Santiago, director de Save the Children en Yemen, “la renuencia de Reino Unido a condenar públicamente el coste humano del conflicto de Yemen da la impresión de que las relaciones diplomáticas y las ventas de armas acaban con las vidas de los niños de Yemen”, mientras que Andrew Smith de la Campaign Against the Arms Trade [Campaña contra el Comercio de Armas] ha escrito que “los aviones de combate y las bombas de Reino Unido han desempeñado un papel fundamental en la catástrofe humanitaria que se está desatando sobre el pueblo de Yemen”. Destacados juristas, incluido Philippe Sands, han afirmado que Gran Bretaña viola claramente el derecho internacional por vender armas que sabe que se utilizan para cometer crímenes de guerra.
Ahora se ha sabido que en esta guerra no solo se están utilizando armas británicas sino también personal británico. Según Sky News, seis asesores militares británicos están integrados en las fuerzas aéreas saudíes para ayudar con la selección de objetivos. Además, 94 miembros de las fuerzas armadas de Reino Unido sirven en el extranjero “desempeñando tareas para fuerzas desconocidas que se cree que es la coalición dirigida por Arabia Saudí”, según The Week, aunque el gobierno se niega a decir dónde están exactamente.
De hecho, puede que incluso los ataques aéreos británicos en Siria estén en parte motivados por el deseo de apuntalar la cada vez menor guerra en Yemen. Al ser preguntado recientemente en el parlamento Philip Hammond tuvo que admitir que ha habido una “disminución de las misiones de combate aéreas de los aliados árabes” en Siria desde que Gran Bretaña entró en la campaña aérea ahí debido a los “retos” del conflicto de Yemen.
Para el parlamentario nacionalista escocés Stephen Gethins, esto sugiere que “al intensificar los bombardeos en Siria, los países occidentales estaban disculpando [a los Estados árabes] de hacerlo para permitirles centrarse en el conflicto Yemen”, lo cual era especialmente necesario dado que ha ido disminuyendo el apoyo de Estados como Jordania, Marruecos y Egipto a la campaña de Yemen. Resulta particularmente irónico que el supuesto compromiso de los parlamentarios británicos de destruir al ISIS en Siria en realidad esté facilitando una guerra en Yemen cuyo beneficiario directo es el ISIS.
Por último, vale la pena examinar el apoyo británico a la candidatura saudí a ser miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Los informes del Consejo pueden ser muy influyentes. De hecho, fue la condena incriminatoria (y ahora sabemos que fraudulenta) este Consejo a Gadafi lo que proporcionó el pretexto “humanitario” para la la guerra de la OTAN en 2011 contra la Jamahiriya libia. Y la reciente expulsión por parte del gobierno de Yemen del enviado de Derechos Humanos de la ONU muestra lo sensibles que son a las críticas los fiscales de la guerra yemení. Por lo tanto, sería particularmente útil para quienes están desencadenando el infierno en Yemen tener el Consejo de la ONU lleno de simpatizantes para ahogar cualquier crítica este trimestre.
Así pues, Gran Bretaña es la principal fuerza externa que facilita la guerra contra el pueblo de Yemen encabezada por Arabia Saudí. Al igual que los saudíes Gran Bretaña está deseando aislar a Irán y trata de destruir a los hutis como el medio principal para lograrlo. Al mismo tiempo Gran Bretaña parece encantada de ver que al-Qaeda y el ISIS sustituyen a los rebeldes hutis a los que están bombardeando, se supone que al considerar que nueva base para operaciones de desestabilización terrorista en toda la región sirve a los intereses británicos.

Dan Glazebrook es un escritor político independiente que escribe para RT, Counterpunch, Z magazine, The Morning Star, The Guardian, The New Statesman, The Independent and Middle East Eye, entre otros. Su primer libro, Divide and Ruin: The West’s Imperial Strategy in an Age of Crisis, fue publicado por Liberation Media en octubre de 2013. Consta de varios artículos escritos desde 2009 en los que examina las relaciones entre el colapso económico, el auge de los BRICS, la guerra contra Libia y Siria y la “austeridad”. Actualmente investiga para un libro sobre el uso por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña de los escuadrones de la muerte sectarios contra Estados y movimientos independientes desde Irlanda del Norte y América Central en las décadas de 1970 y 1980 hasta Oriente Medio y África hoy en día.
 
Fuente original: https://www.rt.com/op-edge/328560-yemen-war-saudi-bombing-uk/
Fuente: Rebelión

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