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jueves, 21 de abril de 2016

Unión Europea - Un naufragio moral





Guadi Calvo

Rebelión

Lo único que parece mantenerse a flote en el Mediterráneo es la hipocresía de la Unión Europea. Como si se hubiera intentado conmemorar, módicamente, el naufragio del 19 de abril de 2015, que costó la vida a entre 750 y 900 personas, cuando en el barco con que intentaban llegar a Italia desde Libia se hundió en el Canal de Sicilia, se informa que el nuevo naufragio esta vez tampoco sacudirá las conciencias europeas.

Se supo en las últimas horas que una embarcación que había partido desde Tobruk, una ciudad libia, a pocos kilómetros de la frontera con Egipto, con unos 200 pasajeros, hace ya diez días, al intentar embarcar su pasaje a una nave de más porte en alta mar, esta último sucumbió arrastrando a cerca de 500 almas, en su mayoría somalíes, etíopes y eritreos.

Es imposible hacer un cálculo mínimamente certero de las naves y pasajeros que parten desde Libia y Turquía rumbo a Europa ya que son absolutamente ilegales, por lo que no existen listas de “pasajeros” y por lo que solo se puede contar los cuerpos rescatados por las autoridades, que desde ya prefieren ocultar los verdaderos números, pero se podría calcular que en los últimos tres años se han ahogado en aguas del Mediterráneo entre 8 y 12 mil personas.

En el caso de Libia, los refugiados de ese origen, que intentan llegar a Italia por ser el país europeo más cercano, unos 300 kilómetros hasta Lampedusa y 400 hasta Sicilia, lo hacen empujados no solo de la guerra civil que desde el 2011 no ha dado una hora de paz al pueblo del Coronel Mohammed Gadaffi, sino también huyendo de la falta absoluta de perspectivas de futuro.

Además de libios al puerto de Misrata llegan otros miles, en su mayoría, de países de África occidental como Nigeria, Mauritania, Ghana, Guinea, Costa de Marfil, Gambia, Senegal, Beni, Togo o Camerún o de países vecinos a Libia como Níger o el Chad. Que tras un recorrido terrestre de más de tres mil kilómetros, en los que son sometidos a las extorciones de las guardia fronterizas de Argelia, Túnez o Mali, además de sortear bandas de al-Qaeda o Estado Islámico como Ansar al-Dine (Seguidores de la fe), que secuestran a los hombres para incorporarlos a sus filas y a las mujeres para esclavizar o venderlas. Para sortear ese destino caen en manos de traficantes de personas que los esquilman y en muchos casos los abandona en pleno desierto.

A pesar de todo, la cifra de personas que hoy esperan en Libia para embarcar rumbo a Europa se aproxima a los 500 mil y nada hace suponer que ese flujo disminuirá alguna vez.

Muchos refugiados de Etiopia, Sudán de Sur, Sudán, República Centroafricana, Kenia, Somalia o Eritrea están intentado hacerlo desde el puerto de Tobruk, a escasos 50 kilómetros de la frontera egipcia, como en el último naufragio.

El muro balcánico

A pesar la claudicación europea frente al presidente turco Recep Tayyip Erdoğan, al aceptar sus extorsiones y cobrar un altísimo precio por contener a los refugiados sirios, iraquíes y afganos, que desde los puertos turcos pretendían llegar a Grecia, el flujo de refugiados sigue. Si bien se ha detenido en parte, solo es cuestión de tiempo para que encuentren otras vías para alcanzar su meta: la Europa blanca, Alemania, Austria, Suecia y en menor escala Francia y Gran Bretaña.

Desde el 20 de marzo en que se puso en marcha el trato con Erdogan, ha mermando en mucho la llegada de refugiados a Grecia. Durante marzo habían llegado solo unos 27 mil refugiados, a diferencia de los más de 70 mil que lo hicieron durante febrero. Por lo que los arribos a Italia se duplicaron, con cerca de 10 mil personas, a comparación con febrero, según la agencia europea de control fronterizo Frontex.

La mayoría de ellos son ciudadanos sirios, afganos e iraquíes, al contrario de lo habitual en las costas italianas a la que llegan casi exclusivamente desde los países africanos.

Este cambio de punto de arribo no solo se debe a las presiones del gobierno turco, sino por el cierre absoluto de las fronteras en los países balcánicos armando un verdadero muro para los refugiados y para no quedar encerrados en Grecia, donde ya hay cerca de 70 mil refugiados, intentan hacerlo por Italia.

Grecia se ha convertido en una verdadera ratonera para refugiados, Atenas solo atina a hacinarlos en campos como los de Idomeni donde cerca de 15 mil refugiados están atrapados, y donde cada tanto son reprimidos por las fuerzas de seguridad de Macedonia con gases y balas de goma para contrarrestar los intentos de los refugiados de filtrarse.

Según Frontex, hasta el 20 de marzo habían llegado 22.900 personas, mientras que en los últimos once días del mes de marzo la cifra fue de 3.500.

Erdogan, a su vez, ha cerrados las fronteras con Siria, donde esperan por pasar a Turquía unos 120 mil sirios atrapados entre el ejército turco y Estado Islámico.

En Turquía ya se registran unos dos millones y medios de sirios, que no solo no pueden seguir rumbo a Europa, sino que están empezando a ser devueltos a su país a pesar de los riesgos que los pudieran esperar, violando todos sus derechos, a lo que la Unión Europea responde con silencio, mirando a un costado y dejando hacer a Erdogan, que se ha convertido en el gendarme mejor pagado del mundo.

Los 500 nuevos muertos en el último gran naufragio del Mediterráneo, que recién el miércoles 19 acabamos de conocer, son solo un episodio más de un naufragio mayor, el de la moral europea.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente: Rebelión

lunes, 21 de septiembre de 2015

Grecia-Europa, ¿cambiar es posible?

 

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Rossana Rossanda

El verano de 2015 quedará como una fecha fatídica para la Unión Europea. Es la primera vez que ha surgido la posibilidad de que un país salga de la zona euro y, al mismo tiempo, la crisis griega ha demostrado, pese al recuerdo de todos los padres constituyentes, que la verdadera naturaleza de la UE no consiste en ser una comunidad destinada a ayudar de modo concertado al desarrollo e integración de sus diversos estados sino una supercontabilidad de sus economías públicas con vistas a constituir un gran mercado de férreas reglas, que funcione como un superbanco y, si no, te largas. No se trata de ayudarse a superar debilidades históricas poniéndose en condiciones de crecer, sino de garantizar que se devuelvan todos los créditos rígidamente en los tiempos previstos por los tratados o similares. No por casualidad el índice de desarrollo de los estados del sur oscila entre cero coma y uno coma, es decir, por debajo de toda posibilidad de crecimiento. 

La pequeña Grecia ha sido el primer terreno de esta experiencia, la victoria electoral de Syriza ha permitido formar, con ayuda de una modesta fuerza heterogénea, un gobierno de gran consenso, que esperaba encontrar en el continente una recepción favorable hasta impulsar el rechazo como interlocutor de la Troika – BCE, FMI y Comisión – porque no representa un órgano electo, y por tanto, no es formalmente válido. Era un rechazo simbólico, porque de hecho este trío ha sido el representante de Bruselas y se ha presentado como contraparte, pero también un símbolo que tiene un valor político, razón por la cual la cosa ha irritado sumamente a las autoridades europeas y a su prensa.  

El programa de gobierno de Syriza ha estado constituido por una serie de medidas favorables a las clases más débiles y ha ido acompañado de la petición de reestructura de la deuda pública y de intentar conseguir de Alemania reparaciones por los ingentes daños de guerra. Dichas medidas, presentadas por el primer ministro Tsipras y por el ministro Varoufakis, han sido rechazadas todas proponiendo como condición preliminar a toda discusión varias reformas estructurales destinadas a satisfacer a los acreedores.

El diálogo no ha sido posible. Antes bien, en el curso de algunos meses, concluyendo en agosto de 2015, las demandas de reembolso se han vuelto perentorias llevando al gobierno griego a chocar con Angela Merkel y el ministro de Economía alemán Schauble, ambos – y sobre todo el segundo – irritadísimos con las tesis y el modo de presentarse de Varoufakis, que ha sostenido la línea griega también con su autoridad de economista contra la filosofía de la austeridad.

En resumen, la UE, le gustase o no a Atenas, ha estado representada por la Troika, que ha hecho de escudo contra Tsipras hasta dejar del todo clarísimo que parte de Europa habría preferido, antes que acceder a sus peticiones, una salida del euro, llamada “Grexit” por el bárbaro alfabeto ahora en uso.  

No han faltado comentarios sobre los retorcimientos financieros del pequeño país, heredados de gobiernos anteriores: una fiscalidad desordenada, que eximía por ejemplo, consignándolo nada menos que en la Constitución, a los armadores y la Iglesia Ortodoxa de pagar impuestos, y además una cantidad juzgada excesiva parar el personal público y sobre todo para la defensa, y una estructura industrial debilísima, situaciones que Tsipras se proponía remediar pidiendo algo de tiempo y algún medio para hacer frente a las necesidades más imperiosas: «Privatizad, renunciad al gasto público y bajad las pensiones» ha sido la respuesta de Bruselas junto a la petición de reembolso de la deuda a acordar con los acreedores, el último encuentro con los cuales se ha revelado insostenible.

En el choque con estos inflexibles gigantes, Grecia ha quedado aislada, y la disponibilidad mostrada por el representante francés, por Juncker y la misma Merkel ha quedado estrictamente limitada al plano personal (algunas palmaditas en la espalda y algunas carantoñas ante las cámaras en el encuentro con Tsipras); por parte de Italia ni siquiera esto, y el intento de conseguir ayudas financieras de los BRICs se ha resuelto en nada, siendo Rusia objeto de sanciones por parte de Europa.

A Tsipras no le ha quedado otra elección que tragarse esa sopa o saltar por la ventana. Varoufakis se ha retirado después del éxito del referéndum de julio y Tsipras tenía que aceptar o rechazar los noes de la Troika en todo la línea del frente. Tsipras ha preferido permanecer en su puesto combatiendo metro por metro, pero proponiendo que el 20 de septiembre el pueblo le confirme o retire la confianza en elecciones políticas extraordinarias. A la UE y la prensa de sus gobiernos les ha sacado de quicio: reacción cínica, qué cínico es el personaje ha sido el reproche más moderado que le han dirigido. Varoufakis queda fuera y Syriza se parte en dos. Con satisfacción de todos los países europeos que no habían ocultado el temor a la imitación por parte de otros países del sur en línea con Tsipras, es decir, el obstinado rechazo de las condiciones puestas por la Troika y en general de la línea de la austeridad. Se ciernen lecciones españolas. Podemos simpatiza con Syriza, y su victoria sobre el Partido Popular de Rajoy es para Bruselas una perspectiva más peligrosa que la revuelta griega. Las dimensiones de  España son ciertamente enormes y una infección de democracia atemoriza al establishment europeo. Mejor la Europa de dos velocidades, auspiciada por el ministro de Economía alemán. Bien distinta de una elección por parte de los pueblos hacia la cual presionan algunas de las izquierdas extraparlamentarias italianas, para las cuales una salida del euro y el retorno a una soberanía plena para cada Estado parece deseable más allá del precio que haya que pagar.

Rossana Rossanda es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso

Fuente: SinPermiso

Sbilanciamoci, 9 de enero de 2015

Traducción:

Lucas Antón

 

jueves, 23 de octubre de 2014

Una nueva ofensiva neoliberal: estamos hablando del Acuerdo Transatlántico (TTIP)

 

 

 

Dolors Comas · · · · ·

19/10/14


 

¿Conocemos estas siglas?: TTIP. Son las siglas en inglés del Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones que se está negociando en secreto desde inicios del año 2013 entre Estados Unidos y la Unión Europea. El objetivo divulgado, facilitar la cooperación. El trasfondo, no explicitado, fortalecer las grandes corporaciones y socavar el poder de los gobiernos. Una nueva ofensiva neoliberal, potente, de la cual no estamos hablando.

El 5 de enero de 2013, Javier Solana, ex secretario general de la OTAN y alto representante de la Política Exterior y de Seguridad Común, publicaba un artículo en el periódico El Paísdonde defendía vigorosamente la necesidad de cooperación económica entre Estados Unidos y Europa que, según él, aportaría crecimiento económico y empleo. El mismo rotativo ha publicado recientemente una entrevista con Anthony Gardner, donde el embajador de Estados Unidos en la UE destaca también los grandes beneficios y oportunidades que ha de aportar el TTIP. Ésta es la perspectiva de quienes satisfacen las aspiraciones de los grandes poderes corporativos, a pesar de que utilicen un lenguaje impregnado de ideas de progreso económico y social, y es la perspectiva que nos arriba mayoritariamente desde los medios de comunicación.

¿Nos podemos imaginar que las empresas multinacionales demanden a los gobiernos porqué han hecho disminuir sus beneficios? Podemos concebir que puedan reclamar (y obtener!) una generosa indemnización para compensar las legislaciones laborales o medioambientales que dificulten su actividad? Así comienza el artículo publicado a Le Monde Diplomatique porLori M. Wallach, presidenta de Global Trade Watch, para hacer notar que lo que nos parece absurdo es justamente lo que posibilita el Acuerdo Transatlántico. El TTIP no se limita a eliminar aranceles y a abrir los mercados a los inversores de una parte y otra del Atlántico: va más allá, como nos explica José Anastasio Urra en la web d’Attac. Se trata de armonizar las normas sociales y ambientales, rebajándolas, y poniéndolas al servicio de las grandes corporaciones.

Las perspectivas que abre el TTIP son terroríficas si las confrontamos con aquel ya viejo “modelo social europeo” que se está haciendo trizas a pasos agigantados. Degradar los derechos laborales, todavía más, para fragmentar a los trabajadores y negar incluso el derecho a hacer huelga. Suavizar las normativas europeas en materia ambiental, para hacer posible el fracking, por ejemplo. Modificar las normativas que afecten a la agricultura y al consumo para que los productos modificados genéticamente puedan entrar sin problemas a Europa. Abrir los servicios públicos (como los sanitarios) a la inversión privada. Reforzar las patentes farmacéuticas, con el encarecimiento de los medicamentos. Desregular de forma definitiva todo el sector financiero. Otorgar más poder a las corporaciones en la lucha contra la piratería, cosa que comporta su acceso a la información privada ciudadana. Y, para colmo, resolver los conflictos entre corporaciones y gobiernos en tribunales especiales, de carácter mercantil, compuestos por miembros escogidos por influencia de las corporaciones y con funcionamiento opaco. Todo ello está pendo para favorecer a las grandes empresas multinacionales, a costa de los intereses de la gente.

El TTIP se inspira en el acuerdo de partenariado transpacífico (Trans-Pacific Partnership, TPP), que entró en vigencia a inicios del 2006. La opacidad es también una característica de este Acuerdo más antiguo: actualmente se quiere incorporar un capítulo sobre propiedad intelectual y se está negociando con total secreto per parte de los 12 países implicados. Vale la pena entrar en la web de WikiLeaks, que revela los contenidos de esta parte del acuerdo. Cubre temas que afectan a las industrias farmacéutica, registros de patentes y derechos de autoría digitales. Los expertos dicen que afectan a la libertad de información, a las libertades civiles y al acceso a los medicamentos. Hacia esta misma dirección se dirige el Acuerdo Transatlántico.

Estamos hablando muy poco de todo esto. En el caso de Cataluña, el ensimismamiento con el proceso soberanista no nos está dejando ver ni analizar cómo operan los verdaderos mecanismos de poder, los que están haciendo avanzar una nueva ofensiva neoliberal: más bienestar para las corporaciones, más mala vida para los trabajadores y trabajadoras: más poder para el mercado, y mucho menos poder para los estados: y ¿aún hablamos de soberanía? ¿Por qué nuestro Parlamento o el Congreso de Diputados no está discutiendo este tema? ¿Qué dice el Parlamento Europeo? ¿Qué están haciendo nuestros gobernantes respecto a este gran acuerdo que se está cocinando desde arriba, de forma antidemocrática, y que nos colará nueves normativas que afectarán gravemente a nuestros servicios públicos, a nuestros derechos como consumidores, a nuestra creación cultural, a nuestros derechos laborales, a nuestro medio ambiente, a nuestras vidas? ¿No es importante? ¿No nos concierne? ¿Por qué no estamos hablando del TTIP?

Dolors Comas d’Argemir es catedrática de antropología social de la universidad pública Rovira i Virgili de Tarragona y presidenta de la Fundació Nous Noritzons

Fuente: SINPERMISO

viernes, 30 de mayo de 2014

Elecciones europeas, continuismos y temblores de tierra

COPHENAGUE-DINAMARCA

 

Jesús Sánchez Rodríguez

Rebelión

Los resultados de las elecciones en Europa

Las elecciones europeas tienen dos características diferenciadoras en relación a otro tipo de elecciones como las parlamentarias, las regionales o las municipales, y estas características son comunes a la mayoría de los países del continente.

La primera de ellas es la alta abstención. En las siete elecciones al Parlamento Europeo celebradas entre 1979 y 2009 la participación ha bajado, cita tras cita, desde el primer 61,99% al 43,08% de hace 5 años. Correlativamente a cada descenso de participación en cada nueva elección se correspondía con un Europa comunitaria más amplia, de los 9 miembros de 1979 se ha pasado a los 27 actuales. A mayor espacio, menor porcentaje de participación. Esto orienta hacia una primera hipótesis interpretativa, los ciudadanos europeos se sienten cada vez más extraños a unas instituciones cada vez más lejanas, siendo percibido, además, el Parlamento Europeo como un órgano sin impacto en las decisiones que les afectan. En las elecciones de este año por primera vez la participación se ha mantenido al mismo nivel que la de 2009 lo que podría interpretarse en el sentido de que la abstención europea ha tocado fondo. Sin embargo utilizar el dato de la participación media entre los 27 Estados de la UE oculta las grandes diferencias entre algunos extremos como la alta participación de alrededor del 90% en países donde es obligatorio votar, como en Bélgica y Luxemburgo, y la muy baja participación en otros, sobre todo en los países de reciente incorporación en el este europeo, donde la participación se situó por debajo del 30%, o casos extremos como la República Checa (19%) o Eslovaquia (13%).

La segunda de las características de las elecciones europeas es que suelen ser utilizadas por los ciudadanos para expresar un voto de protesta de manera más acusada que en otro tipo de elecciones donde los efectos sobre la vida cotidiana tienen consecuencias más inmediatas y directas. El parlamento europeo sigue viéndose como una institución lejana y con poca o nula capacidad de intervención en los asuntos que afectan a los ciudadanos europeos, percepción agudizada con la actual crisis económica en la que esta institución ha tenido un protagonismo absolutamente secundario frente al peso de países como Alemania u otras instituciones como la Comisión Europea y el Banco Central Europeo.

Dicho esto, los resultados generales pueden englobarse dentro de las siguientes tendencias: Permanece el dominio de los conservadores y socialdemócratas aunque con correctivos para los cuatro principales grupos de europarlamentarios, los conservadores pierden 64 escaños (212), los socialistas 10 (186), los liberales 13 (70), y los verdes 2 (55). Por el contrario crecen los grupos que representan un voto de protesta contra la actual UE, tanto por la izquierda como por la extrema derecha, la izquierda gana 8 parlamentarios (43), los ultraderechistas del grupo europeo de la Libertad y la Democracia ganan 5 (36) sin contar con dos grandes vencedores en Francia y Gran Bretaña que no pertenece a este grupo, así, el Frente Nacional ha pasado de 6 a 24 escaños y el UKIP que pasa de 13 a 23.

Efectivamente continua la preocupante tendencia, expresada en las elecciones europeas de 2009 y en otras de tipo nacional en estos últimos cinco años, de implantación y crecimiento de partidos xenófobos y ultraderechistas por toda Europa hasta alcanzar cerca de un 25%, y englobando tanto a países especialmente golpeados por la crisis y las medidas de austeridad, como Grecia donde Amanecer Dorado se sitúa en tercera posición con un 9,4% de votos y Laos con el 2,8%, como a países que han sorteado la crisis con menos problemas como en Dinamarca y Austria donde han obtenido un 25% de los votos. Pero sin duda ha sido la victoria obtenida por el Frente Nacional en Francia el dato que más repercusión ha tenido al situarse como el primer partido más votado, convirtiéndose, de esta manera, en la referencia de toda la extrema derecha en Europa. Este ascenso de las posiciones xenófobas y ultraderechistas tendrá consecuencias seguramente en tres aspectos, primero, servirá de aliciente al crecimiento de estos partidos en toda Europa, segundo, arrastrará hacia posiciones más derechistas a los partidos conservadores para intentar recuperar electorado o evitar mayores pérdidas y, tercero, repercutirá en las decisiones del parlamento europeo. Mucho es de temer que las posiciones xenófobas y ultranacionalistas continúen creciendo en Europa tras este resultado.

En el campo de la izquierda los resultados han sido mediocres con la excepción de Grecia, con la victoria de Syriza, y España con el ascenso de IU y la irrupción de Podemos, pero sobre España dedicaré un análisis más detallado más abajo.

Efectivamente, con la excepción de Syriza, los resultados de la izquierda europea no han supuesto avances significativos. En Grecia por primera vez, y después de varias elecciones, Syriza se ha convertido en la fuerza política más votada, multiplicando por seis los resultados de hace cinco años, esto significa que se ha consolidado como referente de la izquierda tanto en Grecia (donde la izquierda sigue fragmentada y el KKE (comunistas) ha obtenido un 6%) como en Europa. Su gran reto es consolidar este resultado en futuras elecciones nacionales, evitando que una parte de su apoyo sea una expresión de protesta solo en las europeas. Como ya se había comentado en artículos anteriores esta situación de la izquierda en Grecia es fruto de tres circunstancias especiales, primero la dureza de las medidas de austeridad con las que se ha castigado a las clases populares griegas y las continuas movilizaciones de protesta con las que han respondido éstas, segundo, la capacidad de la mayoría de la izquierda griega para levantar una organización unitaria para responder a la crisis y, tercero, al hundimiento de la socialdemocracia griega, inicialmente por la traición a su electorado cuando gobernó en solitario y luego por su alianza con los conservadores.

En el resto de Europa la izquierda ha mantenido unos resultados mediocres para una época de crisis como la actual. En Alemania La Izquierda obtiene 7 eurodiputados, perdiendo uno. En Portugal la coalición de comunistas y verdes alcanzó el 12,4% y el Bloque de Izquierda ha bajado al 4,5%, perdiendo en conjunto un eurodiputado. Y en Francia, el Frente de Izquierdas alcanzó un modesto 6,34% y tres eurodiputados, después de los desastrosos resultados obtenidos en las últimas elecciones municipales.

Los resultados de las elecciones en España

Las elecciones europeas de 2014 han producido un pequeño terremoto político en cuatro países por diferentes circunstancias. En Gran Bretaña por la victoria del partido xenófobo y antieuropeo del UKIP, en Francia por la victoria del Frente Nacional, en Grecia por la victoria del izquierdista Syriza y en España por varios factores que ahora pasaremos a analizar.

El primero de estos factores ha sido el hundimiento del bipartidismo conformado por los conservadores y los socialistas que había dominado el sistema electoral español desde la transición. En concreto, ambos partidos han cosechado ahora un 49,07% de los votos cuando en las anteriores elecciones europeas obtuvieron el 82,05%. Los votos perdidos por el PP y el PSOE han redundado en beneficio de partidos menores ya existentes o de nueva creación. Esta situación ha fragmentado el sistema electoral español, y su consolidación en las próximas elecciones del 2015 obligaría a gobiernos de coalición, entre los que no puede descartarse uno entre los dos principales partidos como evocó el ex-presidente de gobierno Felipe González.

El segundo factor lo representa el fuerte aumento de la izquierda en España, tanto de la ya existente, IU, que pasa de un 3,77% y dos eurodiputados en 2009 a un 9,99% y 6 diputados en las actuales elecciones, como del recién creado partido Podemos que ha irrumpido con un inesperado 7,94% y 5 escaños. España era el país de Europa donde más avanzado estaba el proceso para intentar repetir el modelo de Syriza, el de una izquierda fuerte capaz de ponerse a la altura electoral del PSOE. En España la socialdemocracia, al contrario que en Grecia, que ha sufrido una debacle por los motivos más arriba apuntados, lo que está sufriendo es un fuerte desgaste que hace que la izquierda ascienda, también, de manera progresiva. Los pronósticos daban un mayor crecimiento de IU en estas elecciones, de manera que se aproximase al modelo Syriza. Sin embargo la irrupción de Podemos, como partido representante del movimiento 15-M, ha cortocircuitado esta posibilidad. Lo que resta por ver ahora es si el modelo Syriza de ascenso de la izquierda a primeras posiciones en el terreno electoral queda definitivamente arruinado en España o puede ser retomado por una alianza entre IU y sus socios de una parte, y Podemos de otra. Entre ambas formaciones representan prácticamente un 18% de los votos frente al 23% del PSOE. Este es un proceso lleno de incógnitas que debe resolverse en los próximos meses. Podemos es un partido recién creado sobre la base de una nebulosa de activistas y algunos partidos de la izquierda radical que han tenido como punto de unión un personaje mediático, un proceso de primarias y un discurso anti-partidos y anti-austericidio. Pero ahora, con el peso adquirido, se encuentra ante la obligación de elaborar un programa detallado para llevar a la práctica y una política de alianzas. Veremos si el modelo Syriza se retoma en España a otro nivel o queda definitivamente descartado.

El tercer factor originado en estas elecciones europeas y que ha provocado el pequeño terremoto del que hablamos ha tenido lugar en un territorio concreto, en Cataluña, y como consecuencia del proceso soberanista que está allí planteado. En primer lugar, en Cataluña la participación en las elecciones ha sido un 10% superior a la registrada en 2009 y, en segundo lugar, los resultados han reflejado el contencioso por el derecho a decidir. Así el partido gobernante, CiU, que ha aplicado una política de austeridad similar a la del PP en el resto de España, sin embargo apenas ha sufrido un ligero desgaste del 0,65%, aunque ha sido desbancado por ERC que ha triplicado el número de votos y se ha convertido en la fuerza más votada en Cataluña. La izquierda, ICV-EUiA, que también apoya el derecho a decidir y ha combatido las medidas de austeridad ha duplicado sus apoyos hasta el 10,3%. Estos resultados, especialmente el de ERC, sin duda que servirán para reforzar la voluntad en Cataluña de celebrar el referéndum en noviembre próximo, en contra de la posición del gobierno y el parlamento español.

El conjunto de estos factores plantean un panorama con un desarrollo abierto a múltiples posibilidades entre las que se encuentran la disputa por el liderazgo de la izquierda, la política de alianzas ante una perspectiva de fragmentación electoral, y el conflicto soberanista en Cataluña. Y como telón de fondo de todo ello, la lucha entre las clases populares y la burguesía en torno a la crisis económica y social que sigue pesando sobre España.

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viernes, 23 de mayo de 2014

El ‘austericidio’ de la Troika fomenta un neofascismo maquillado en Europa

 

                         

                          CARLOS ENRIQUE BAYO

  “Vamos a asegurarnos de que dentro de 50 años, un italiano, un francés, un inglés, un irlandés o un alemán aún pueda ser reconocido como europeo, y no confundido con un ghanés o un chino”, proclamó hace pocos días Udo Voigt, cabeza de lista del Partido Nacional Demócrata (NPD) de Alemania, la primera formación política neonazi de ese país que puede obtener representación parlamentaria 75 años después del estallido de la II Guerra Mundial.

Pese a que los servicios secretos germanos clasifican al NPD como “racista, antisemita y revisionista” (defensor del Tercer Reich), un cambio en la ley electoral alemana que suprime el umbral mínimo del 3% de los votos para obtener algún escaño parece ahora garantizar que Voigt será eurodiputado gracias a los eslóganes “Dinero para los ancianos, no para los gitanos” y “El barco está lleno”. Y a una demagogia barata que instiga el odio racial más primario: “Europa es el continente de la gente blanca y así debe seguir”, predica este nuevo führer católico de 62 años.

Él asegura ser “demócrata” y niega contra toda evidencia que su ideología sea racista, pero la realidad es que los dirigentes del NPD no sólo han copiado numerosas ideas del nacional-socialismo, sino que “en su programa de deportar de Alemania a unos 12 millones de personas que no consideran racialmente puras, son incluso más extremistas de lo que era el partido NSDAP de Hitler en su congreso fundacional de 1920”, explicaba recientemente a Reuters el politólogo Hajo Funke. “Porque los nazis en un principio sólo hablaban de expulsar a los judíos, mientras que ahora sus herederos pretenden expulsar a turcos, musulmanes e inmigrantes en general”, acabar con el libre tránsito de personas en la zona Schengen y abolir la libertad de contratación de trabajadores de otros países. En definitiva, acabar con la UE, como arenga Voigt:

“Voy a meter un palo entre las ruedas de los que pretenden crear una sociedad multicultural en Europa e impedir los planes de gastar miles de millones en rescates bancarios, en vez de en los desempleados”.

Un discurso ultrademagógico que suena exactamente igual que la cantinela de la líder del Frente Nacional (FN) francés, Marine Le Pen, que seguramente se alzará con la victoria en Francia, cuando promete: “Voy a formar un grupo parlamentario [en la Eurocámara] porque quiero bloquear cualquier avance de la Unión Europea”.

Por supuesto, ella reniega de alianzas con formaciones tan neonazis como el propio NPD, el Jobbik húngaro, el búlgaro Ataka o el Amanecer Dorado griego. Pero proclama su intención de reunir a los euroescépticos de Francia, Holanda (el PVV de Geert Wilders), Austria (el FPOe que dirigió Jörg Haider), Bélgica (el islamófobo Vlaams Belang), Italia (la xenófoba Liga Norte que fundó Umberto Bossi), Suecia (los populistas de Sverigedemokraterna), Eslovaquia (el ultranacionalista SNS) y Lituania (el Partido del Orden y la Justicia), para obtener las subvenciones y el tiempo de intervención en los plenos reservados a los grupos de al menos 25 diputados de siete países distintos.

Igualmente, el antieuropeísta Nigel Farage –cuyo Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) va camino de alcanzar el primer puesto en ese país– descarta ahora los pactos con Le Pen y Wilders, aduciendo que sus posturas ultra-racistas le perjudicarían en su objetivo prioritario de retirar a su país de la UE. Pero estos últimos dicen abiertamente que cambiará de posición en cuanto vea los beneficios de unir fuerzas en la Eurocámara. La candidata del FN Aymeric Chauprade vaticina que podrán reunir a una docena de partidos y medio centenar de eurodiputados en un grupo de formaciones que han optado por enmascarar su ideología neofascista tras un mensaje de defensa de los intereses ciudadanos y nacionales frente a las imposiciones económicas de la Troika y los desastres de la política de austeridad y recortes.

“Más de la mitad de las leyes en Holanda no parten del Ejecutivo neerlandés, sino del Consejo Europeo, de la Comisión o de la Eurocámara; es decir, de la élite europea”, clama Wilders, que puede acabar siendo el más votado en su país en estas elecciones.

Hasta Amanecer Dorado, con media docena de sus líderes en prisión por sus actividades violentas y su propaganda hitleriana, ha presentado a las europeas candidatos civilizados: abogados, empresarios y académicos que ya no agitan cruces gamadas sino el eslogan: “Por una Europa de las naciones, no de los bancos”. Los neo-nazis de Grecia niegan serlo y piensan aprovecharse de la miseria a la que Bruselas condenó a los griegos: “Nosotros no somos fascistas, sino nacionalistas”, afirma su candidata Georgia Vardoulaki. “La cuestión es que la UE arrancó con el objetivo de ser una familia de naciones y se ha transformado en un bloque de amos y esclavos”.

Por su parte, el líder del antisemita Jobbik húngaro, Gabor Vona, ha aparcado su agresiva retórica racista y aparece en los carteles de campaña acariciando a tres perritos cachorros sobre sus rodillas. Ese profundo maquillaje de la anterior imagen paramilitar de los neofascistas europeos viene acompañado de un fácil mensaje populista con el que la población puede identificarse: los ciudadanos están oprimidos por poderes globales y élites corruptas, frente a los cuales hay que resucitar la soberanía nacionalista. Y casi todos esos partidos fascistas emplean las palabras “Libertad” y “Democracia”, precisamente lo opuesto de lo que impondrían si alcanzasen el poder, en sus nombres oficiales: las tres candidaturas conjuntas ultraderechistas en estas elecciones de 2014 se hacen llamar Movimiento por la Europa de las Libertades y la Democracia, Alianza Europea por la Libertad y Alianza Europea de Movimientos Nacionales.

Está claro que las personalidades narcisistas y egocéntricas de todos esos líderes hará difícil que formen un solo grupo homogéneo en Estrasburgo, pero también es innegable que su meteórico ascenso en la Eurocámara (donde, probablemente, más que duplicarán su número combinado de escaños, hasta superar el centenar) ha sido impulsado por el desastroso austericidio que se ha impuesto a la ciudadanía para compensar el crash financiero global, mientras se rescata a las entidades bancarias y se toleran el fraude y los paraísos fiscales.

Una vez más en la historia de Europa, la tremenda desigualdad socio-económica (con su doble fractura, Norte-Sur y entre el 1% que lo tiene todo y el 99% cada vez más empobrecido) y la tragedia de parados, desahuciados, marginados… está alimentando el monstruo del fascismo.

Como concluía Ignacio Ramonet en el último Le Monde Diplomatique, tras constatar que las clases medias están “en estado de pánico” porque ven cómo se deslizan por “el tobogán que las conduce a reintegrar las clases pobres, de donde pensaban (…) haber salido para siempre”:

“La Unión Europea se dispone a lidiar con la extrema derecha más poderosa que el Viejo Continente haya conocido desde la década de 1930”.

¿Y qué remedio nos recetan desde la Troika? Más austeridad para la gente y más enriquecimiento para la élite. Están jugando con fuego… y lo saben.

FUENTE: PÚBLICO.ES

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jueves, 8 de mayo de 2014

Economía para pobres

 

ALBERTO GARZÓN

Hundamos su Unión Europea

 

Las novelas distópicas operan como antagonistas de las novelas utópicas, y en lugar de relatarnos cómo debería ser el mundo ideal prefieren describirnos un hipotético mundo plagado de injusticias y maldad. 1984 de George Orwell o Un Mundo Feliz de Aldous Huxley son sin duda los ejemplos más conocidos. Sin embargo, con mucho menos conocimiento público, la Comisión Europea está trabajando mano a mano con Estados Unidos en la redacción de un nuevo documento que podría estar prácticamente al mismo nivel. No obstante, el problema del Tratado de Libre Comercio que se está negociando entre la Unión Europea y EEUU es que amenaza con ir más allá de la literatura y podría convertirse en una dramática realidad.

La primera pregunta que nos asalta es ¿cómo es que apenas hemos oído hablar del TLC? Quizás ello tenga que ver con el hecho de que el negociador de la parte europea, Ignacio García Bercero, escribió una carta pública a su contraparte estadounidense para tranquilizarle en relación a la confidencialidad de todo el proceso. Anunció, sin ir más lejos, que la negociación del TLC sería una excepción a la regla 1049/2001 que obliga a las instituciones europeas a hacer públicos sus documentos. Y añadió, para terminar de convencer a su homólogo americano, que los documentos tendrían carácter secreto durante al menos 30 años[1]. El comisario europeo De Gucht suscribiría esa misma opinión en el propio parlamento europeo cuando concedió carácter confidencial a las negociaciones y negó la función negociadora del parlamento[2].

Un TLC es un acuerdo entre varios países o zonas geográficas para incrementar el volumen de intercambio de bienes y servicios. Y generalmente consiste en reducir los impuestos a la importación, lo que permite a los ciudadanos comprar más baratos los productos extranjeros. Sin embargo, la propia Comisión Europea ha reconocido que «las relaciones económicas entre los Estados Unidos y la Unión Europea pueden ser consideradas entre las más abiertas del mundo»[3]. Asimismo, la Organización Mundial del Comercio ha estimado que las tarifas promedio rondan el 3,5% en Estados Unidos y el 5,2% en la Unión Europea. Estamos hablando de niveles extraordinariamente reducidos, lo que nos obliga a sospechar de las intenciones últimas de un TLC entre EEUU y la UE.

Un paso más en nuestro análisis nos lleva al punto crucial. Asegura la Comisión Europea que la clave del TLC está en la armonización de la regulación comercial, lo que dicho así quiere decir poco. Es sabido que las regulaciones de EEUU y la UE difieren en mucho al tratar determinados sectores o productos. Por ejemplo, la Unión Europea opera con un principio regulatorio de precaución que impide la comercialización de los productos si la empresa no ha demostrado previamente que no son lesivos para la salud humana o el medio ambiente. En EEUU tal principio no opera y la regulación es bastante más laxa. Así las cosas, ¿hasta qué nivel searmonizará la regulación? ¿Hacia el de Estados Unidos o hacia el de la Unión Europea?

La pregunta está en el aire, pero las sospechas son crecientes dada la lógica del sistema económico. Y es que cuando se abren las fronteras a la competencia extranjera, como busca cualquier tratado de libre comercio, se inicia unacompetencia a la baja o carrera hacia el fondo que desploma los estándares laborales, medioambientales, sanitarios e incluso democráticos. Es decir, en esas circunstancias económicas cualquier coste es un obstáculo para vencer en la carrera competitiva, y lo mismo da que se trate de un salario alto o de un severo control medioambiental.

El caso del fracking es paradigmático. Esta práctica de extracción de gas y petróleo está extendiéndose como la espuma en EEUU, pero debido a los efectos negativos que tiene sobre el subsuelo e incluso la salud humana su prohibición está ganando terreno en la Unión Europea. Las multinacionales estadounidenses y las multinacionales europeas y algunos líderes políticos han protestado. Las primeras porque insisten en ampliar su mercado, y los segundos porque denuncian que compiten con desventaja. El primer ministro británico, D. Cameron dijo nítidamente que la paralización del fracking promovida desde la UE provocaba que «nuestros competidores vayan por delante de nosotros en la explotación de estos recursos». En suma, que los europeos somos menos competitivos por tener sensibilidad ecológica. Una obviedad, por otra parte.

Así las cosas, la teoría económica nos sugiere que la igualación o armonización de las regulaciones siempre se hace por la baja. Desregulación, en definitiva. No sólo de elementos medioambientales, como el fracking, o sanitarios, como los transgénicos o el etiquetado de productos, sino también laborales y democráticos.

EEUU no ha firmado varios de los convenios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) referidos a la libertad sindical. Bajo una cláusula llamada irónicamenteDerecho al Trabajo se esconde una legislación antisindical que será armonizada con la regulación laboral europea. Y precisamente en un contexto económico y político en el que la Comisión culpabiliza de todo a los salarios y a la excesiva regulación laboral… Intrigante.

Más jugo tiene aún la cláusula de protección de los inversores extranjeros, conocida como ISDS (Investor-State dispute settlement), y que supone la creación de tribunales internacionales de arbitraje donde las multinacionales podrán acudir para denunciar a los Estados cuyos gobiernos aprueben normas que atenten contra sus beneficios económicos presentes o futuros. Se trata de un mecanismo ya existente para otros países y zonas económicas que operaría como una supraconstitución.

Desde que Argentina cambió su política económica tras la crisis de 2001, ha recibido más de 40 denuncias por parte de multinacionales. Las empresas argumentan que sus beneficios presentes y futuros han disminuido notablemente como consecuencia del cambio en la orientación política. Por otra parte, Ecuador fue sentenciado a pagar 2.300 millones de dólares a la petrolera Occidental Petroleum por abandonar la construcción de un pozo de petróleo en las amazonas. E incluso Libia tuvo que pagar 900 millones de dólares de beneficios perdidos por un proyecto turístico en el que sólo se habían invertido 5 millones de dólares. Son sólo algunos ejemplos que revelan las consecuencias de una cláusula de esta naturaleza.

Por cierto, estos litigios son llevados a cabo por gabinetes jurídicos especializados en la materia y que cobran por el volumen de casos. A finales de 2013 había un mínimo de 268 demandas pendientes contra 98 países según la UNCTAD, y en los noventa sólo había una docena. Pocos Estados se pueden permitir igualar la alta remuneración que reciben los abogados de las grandes multinacionales, y mucho menos mantener un equipo entero especializado en el tema.

Al fin y al cabo se trata de un atentado contra la democracia, incluso entendiendo ésta sólo en su aspecto procedimental, y que otorga a las multinacionales un poder y una capacidad de la que carecen los ciudadanos.

Constituye, en definitiva, un nuevo ordenamiento jurídico que a la vez destituye el ahora presente en las constituciones nacionales. Sirve para construir un nuevo marco de reglas profundamente sesgadas hacia el interés individual de las grandes empresas. Supone, a falta de su consecución, una verdadera distopía potencial. Y es, naturalmente, el enésimo intento de lograrlo tras los fracasos del Acuerdo Multilateral de Inversiores y de la Constitución Europea, así como del fallido ACTA que por cierto ahora se rescata en el seno del TLC.

Pero no está todo dicho, afortunadamente. El TLC tendrá que ser aprobado por el Parlamento Europeo, y una movilización social contundente y a tiempo puede suponer una nueva victoria ciudadana y de la clase trabajadora. En España los dos grandes partidos políticos, PP y PSOE, ya se han dado la mano para aprobar el proyecto. El acuerdo firmado en junio de 2013 entre el Partido Popular y el Partido Socialista en el Congreso recogía una petición expresa al Gobierno para «apoyar un rápido comienzo de las negociaciones de un acuerdo de libre comercio entre los Estados Unidos de América y la Unión Europea ambicioso y naturalmente beneficioso». Sin embargo, es aún posible movilizar a las bases sociales para continuar luchando contra esta Unión Europea regresiva y antisocial.

Sugiero que comencemos cuanto antes por la pedagogía política llevando a todas partes esta antidemocrática y miserable actuación de las élites europeas. Y hundamos sus elitistas y distópicos proyectos con la misma fuerza y contundencia con la que tenemos que impulsar nuestras utopías.

[1] Carta de I. García Bercero a L. Daniel Mullany con fecha 5 de julio de 2013 y titulada “arrangements on TTIP negotiating documents”.
[2] Intervención durante el debate en el Parlamento Europeo de 22 de mayo de 2013: “EU trade and investment agreement negotiations with the US”.
[3]Comisión Europea (2013): “Impact Assesment Report on the future of EU-US trade relations”.

 


Alberto Garzón

Economista nacido en Logroño (1985) y criado en Andalucía. Máster en Economía Internacional y Desarrollo por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente portavoz en las comisiones de Economía, Hacienda y Presupuestos en el Congreso de los Diputados. Comprometido con la tesis número 11 sobre Feuerbach, de Karl Marx. Luchando por construir la unidad de una izquierda coherente, rigurosa, austera y responsable y que sea capaz de sentar las bases de otro mundo posible y necesario.

VOTAR/NO VOTAR EN CONCIENCIA

 

EDIFICIO SPINELLI, LA FRIALDAD DE LA UE
Una reflexión sobre el 25 de Mayo
Por: José Ramón Montes
La mayoría de las veces no se reflexiona sobre esta obviedad, para votar por algo es preciso reconocer ese algo y desear que adopte unas determinadas líneas existenciales.
Si ese algo se llama, es la llamada UNIÓN EUROPEA, las opciones electorales que se presenten el día 25 de mayo, han de partir necesariamente de que se quiere que esa entidad política funcione con arreglo a determinadas líneas de pensamiento, de comportamiento, de eficiencia social frente a la ciudadanía. SI SE ACUDE A VOTAR EL DOMINGO 25 DE MAYO, SE QUIERE UNA UNIÓN EUROPEA. SI SE ACUDE A UN CONCIERTO ES QUE SE DESEA ESCUCHAR MÚSICA DE CUALQUIER GÉNERO, PERO SI LA MÚSICA NO INTERESA EN ABSOLUTO LA ASISTENCIA AL CONCIERTO ES UN ACTO INÚTIL Y DESAGRADABLE. NO ME GUSTA LA MÚSICA LUEGO NO VOY A NINGÚN CONCIERTO.
Por lo anterior se deduce que hay personas que no desean ni reconocen a la UE, esta es una realidad que no puede negarse pero no por ello es tenida por deseable, hay quienes quieren que el ente desaparezca, deje de existir. Para los escépticos radicales se plantean dos opciones en ese domingo electoral, no votar o votar en blanco y votar por algún partido anti UE en cuyo programa esté la implosión de la Unión, esa opción no es imposible aunque resulte difícil, tal vez la llamada extrema derecha como el FN de Francia tenga algo de ese camino en sus planteamientos, recuérdese que el europeísmo es ante todo, un emblema de la socialdemocracia, que muchos comunistas no aceptaron ni aceptan.
Los bipartidismos de tronco liberal que mandan desde el final de la guerra fría, satanizan cualquier oposición al poder de Bruselas, quienes se opongan a la UE son retrógrados, nacionalistas, chovinistas e insolidarios, partidarios del Estado y enemigos de la globalización que es la modernidad en sus esencias. En España el diario EL PAÍS sería a todas luces el portavoz de esa línea de pensamiento que va más allá de lo meramente
Político entrando en lo económico y en las formas de configurar las normas generales del funcionamiento social.
Por tanto hay que distinguir con claridad entre formas de europeísmo y la negación del tal europeísmo.
Munchas izquierdas ven con simpatía los planteamientos rupturistas de Cataluña, Galicia o Escocia, ¿por qué no se puede negar la pertenencia a ese artefacto que poco a poco va estableciendo la dictadura inapelable de lo económico sobre lo político o lo cultural? .Lo malo es que como en el caso de Cataluña partidos como Convergencia tienen como ideal una independencia de España pero eso si EN EUROPA dejar Madrid para someterse a Bruselas como suele decirse, es salir de Málaga para ir a Malagón. Los franceses, los holandeses de GERT WILDER y los nórdicos manteniendo sus Estados reniegan de la UE les acusan de todo pero ahí están ganado votos. Las actitudes de los ingleses son bastante difíciles de detectar serán felices siendo la estrella 51 de las BARRAS Y ESTRELLAS aunque en Nueva York haya hoy en día demasiados mejicanos para volver el siglo xviii los mejores ingleses están hoy en el TEA PÀRTY Y EN LA ASOCIACIÓN AMERICANA DEL RIFLE.
Hay que tener las ideas muy claras respecto a lo que se desea como alternativa al Tratado de Roma firmado por unos países derrotados y acomplejados. Hay un miedo vergonzante al restablecimiento pleno del poder de Alemania a la que se permite imponer su banca pero se impide la expansión de su gran acervo cultural y lingüístico. La derrota de 1945 pesa como una losa y el inglés es implacable.
En el Continente está Rusia y es también enemigo, la gran ironía está en que lo inglés es el hegemón cultural mientras los ingleses quieren irse a sus océanos y a sus dominios de raza fija.
Una muy elevada abstención y un fuerte voto en blanco desde España, deslegitimaría a la UE y al bipartidismo oficialista, el PSOE aumentaría su desprestigio y los pequeños en crecimiento deberían repensar sus inercias y liberarse de ellas.
¿Se atreverán a montar un patriotismo europeo? No resulta muy cómodo imaginar en una plaza de París o Berlín abarrotada de gente un grito cerrado de ¡VIVA EUROPA! Tremolando la banderita azul de las estrellitas portada por el Presidente de la Comisión. Ese grito no se puede imaginar si xenofobia ¿Dónde están los ideales del europeísmo?, ¿contra quienes se han de esgrimir?
La aburrida cháchara economicista del euro, la competitividad y el paro deja fuera de los focos, cuestiones como las religiosas con el islam y el vetado ingreso de Turquía, el tema OTAN y la broma de la adscripción fáctica de Israel a Europa.
Hay mucho más pero por ahora es lo que puede decirse
José Ramón Montes
Madrid 6 de mayo de 2014


viernes, 21 de marzo de 2014

LA UE SIN POLTICA NI EXTERIOR NI INTERIOR


Ucrania y unión bancaria: Europa sigue brillando por su ausencia

Carlos Elordi

Los líderes de UE darán una respuesta conjunta a la anexión de Crimea a Rusia
Merkel, a su llegada a la reunión del PPE previa a la cumbre de Bruselas.


Los últimos acontecimientos que se han producido en el territorio político de la UE no están precisamente animando a creer en la trascendencia de las próximas elecciones europeas. La incapacidad de los 28 para acordar una respuesta que esté a la altura de las iniciativas que Vladímir Putin ha adoptado en Ucrania no sólo ha confirmado patéticamente que la UE carece de algo parecido a una política exterior, sino también las enormes limitaciones que los dirigentes europeos tienen a la hora de actuar un palmo más allá de la frontera de sus estrictos intereses nacionales. Y los cicateros acuerdos adoptados en materia de unión bancaria han mostrado que, más allá de concesiones muy restringidas, los países ricos de la UE, con Alemania a la cabeza, siguen sin estar dispuestos a poner el dinero necesario para solventar los problemas de los más endeudados.
Hasta los analistas menos osados coinciden en que la UE ha actuado mal desde el inicio de la actual crisis ucrania. Que propició lo que iba a ser el elemento desencadenante de la misma –el acuerdo de asociación de Ucrania a la UE, que sacaba al país de la esfera de influencia de Rusia– sin poner un solo euro para hacerlo viable. Que cuando el poder entonces dominante en Kiev rechazó dicho acuerdo, provocando una protesta popular que no dejaría de crecer, algunas cancillerías europeas y, particularmente, sus servicios secretos, se dedicaron, en secreto, a apoyar dicha protesta sin tener un plan para hacer frente a las consecuencias que un eventual éxito de la misma podría provocar y, más en concreto, la inevitable respuesta por parte de Moscú.
Los acontecimientos se fueron precipitando –el Maidán ganó la partida al presidente Yanukovich, le depuso sin mayores miramientos constitucionales, se declaró fervientemente antirruso y finalmente Putin ocupó Crimea– sin que a Bruselas se le ocurriera convocar una cumbre para acordar una posición en torno a la peor crisis que el continente ha vivido desde la desintegración de Yugoslavia y que, si los peores escenarios futuros se verificaran, sería bastante más grave que aquella, porque, puestos a lo peor, podría llevar a soluciones militares de amplio espectro. O, cuando menos, a que se plantearan sobre el papel.
Tan necesaria cumbre sólo se ha producido esta semana. Cuando los hechos, al menos en la fase actual, ya se habían consumado. Dos días después de que Vladímir Putin anunciara la integración de Crimea en la Federación Rusa, los líderes de los 28, reunidos en Bruselas, se limitaban a proclamar que eso estaba muy mal, que no podía ser, y a adoptar unas sanciones mínimas en cuya eficacia no podía confiar nadie. Nunca la UE ha demostrado tener tanta cortedad de miras. Tal y como están las cosas, Putin –que él sí que tiene objetivos claros en política exterior, que él sí que sabe que ésta es un ingrediente primordial de cualquier política de Estado– tiene las manos sustancialmente libres para decidir autónomamente. Y si a partir de ahora actúa con prudencia, que eso es lo que parece que va a ocurrir, será porque así lo considere oportuno, de acuerdo con sus propios cálculos e intereses, no porque se lo impongan desde fuera.
La actitud timorata de Europa no se debe tanto al miedo a las eventuales represalias energéticas por parte de Rusia. Distintos informes europeos coinciden que un corte del suministro de gas tendría consecuencias mucho menores de las que pudo tener hace una década y se podían asumir. A lo que Europa tiene miedo es a un enfrentamiento con cualquier potencia que se atreva a cuestionar su supuesta hegemonía en el hinterland que considera propio.
La soberbia complaciente de la clase dirigente europea le ha impedido comprender que la Rusia que se creía sojuzgada para siempre tras el desastroso final del sistema soviético ha resurgido de sus cenizas y quiere contar con voz propia en la escena internacional. Los grandes de la UE no lo tenían previsto. Creían que las inversiones, el comercio y los chantajes financieros bastaban para tener controlado a Moscú. Y ahora no sólo no saben qué hacer, sino que carecen de instrumentos para afrontar lo que se les ha venido encima. La inexistencia de una verdadera unión política europea, con su correspondiente política exterior, aparece como un problema insuperable y paralizante.
Respecto del otro asunto, el Gobierno de Mariano Rajoy se ha quedado solo a la hora de cantar las excelencias del reciente acuerdo en materia de unión bancaria. Las demás opiniones coinciden en que el texto se ha quedado muy corto respecto a las necesidades reales, en que Alemania no ha cedido en su férrea posición de no implicarse demasiado en la solución de los problemas bancarios del resto de países de la eurozona, al tiempo que ha dejado fuera del ámbito de aplicación del acuerdo a buena parte del sector financiero germano. Y, lo que es más inquietante, que si se produce una nueva crisis bancaria, los recursos que se dispondrán para afrontarla sólo serán algo más sólidos y estarán algo más perfilados que los que había en la anterior. Por tanto, nada sustancial ha cambiado.
Por el contrario, se nos repite hasta la saciedad que lo que sí han cambiado, a mejor y mucho, son las atribuciones de los parlamentarios europeos a la hora de influir en las decisiones políticas de la UE. Pero, vistas más de cerca, esas nuevas atribuciones, siendo bienvenidas, tampoco son para tanto. Y, además, todavía está por ver qué incidencia tendrán en la práctica, a medida que vayan rodando y generen anticuerpos con los que los poderes comunitarios reales tiendan a anularlas. Lo que, hoy por hoy, sí que parece seguro es que el Parlamento europeo, aun dotado de esas nuevas atribuciones, no podría haber evitado, en lo sustancial, que la política de la UE se orientara de forma distinta a lo que hasta ahora lo ha hecho en la crisis ucrania ni en materia de unión bancaria

Fuente: Público.es

martes, 28 de enero de 2014

Disputar Europa

 

 

Catedral de Estrasburgo

 

Gerardo Pisarello  [SinPermiso]

 

Para un sector importante de la población, las elecciones europeas son una convocatoria inservible. Si la clase política local se encuentra bajo severa sospecha, en el caso europeo el juicio es aún más duro. El Parlamento Europeo es percibido como una institución lejana, con competencias misteriosas pero más bien inútiles y un papel marginal en el entramado institucional de la Unión Europea (UE). En parte del imaginario colectivo, su mayor servicio al bien común consiste en haber acogido a políticos retirados, asegurándoles una jubilación plácida, sin sobresaltos. Son este tipo de imágenes las que alimentan, no sin razón, las previsiones abstencionistas. De ahí la tendencia a minimizar la importancia de estos comicios, a tratarlos si acaso como una oportunidad para medir fuerzas locales y para ganar músculo de cara a pugnas electorales posteriores.

Y sin embargo, todo ello ocurre en un momento en el que Europa se ha convertido en un terreno de batalla decisivo. Más, sin duda, que hace cinco años, cuando la expropiación política y económica de las poblaciones del continente -sobre todo del Sur y del Este-, no era tan drástica. Es en la UE, de hecho, donde se fraguan parte de los rescates a entidades financieras que hincharon las burbujas especulativas y que ahora se benefician impunemente de su estallido. Es en la UE donde los hombres de negro y el club de amigos de Goldman Sachs ultiman los planes de austeridad que condenan a millones a la precariedad y a la exclusión. Es en la UE donde los lobbies de las principales transnacionales presionan para limitar la libertad de expresión en la red y otros medios o para laminar los estándares laborales, sociales y ecológicos.

Combatir esta ofensiva desde la propia UE no es fácil. Antes de 1979, el Parlamento europeo estaba integrado por delegaciones de los parlamentos estatales. Esto permitía un vínculo algo más estrecho entre la política local y la comunitaria. Cuando se introdujeron las elecciones directas al Parlamento, los diputados de uno y otro ámbito dejaron de reunirse. El cambio dio pie a una paradoja. Había cuestiones que se discutían en Estrasburgo, pero cuando llegaba el momento de plantearlas en los parlamentos estatales, nadie sabía lo que su propio partido había propuesto.

Este alejamiento, sumado al creciente protagonismo de instituciones sin legitimidad democrática como la Comisión Europea, el Banco Central o el Tribunal de Luxemburgo, acabó por dinamitar el carisma del Parlamento. Daba igual que cada nuevo Tratado recordara la conquista de unas cuantas competencias. La percepción generalizada era que allí había poco que hacer. Esto se reflejó de manera nítida en la participación electoral. En 1979, fue de un 63%. Desde entonces, no ha dejado de caer. 61% en 1984; 58,5% en 1989; 56,8% en 1994; 49,8% en 1999; 45,5% en 2004; 43% en 2009.

Para algunas posiciones críticas, esta tendencia señalaría una línea de actuación: dejar languidecer el Parlamento y replegarse en el ámbito local. El europapanatismo profesado por las elites que se han rendido a la Troika y que en estos días desfilan en los salones de Davos hace comprensible esta reacción. Pero afirmarse sin más en ella puede resultar peligroso.

De entrada, ninguno de los partidos responsables de la actual deriva antidemocrática y autoritaria de la UE -incluidos el PP y el PSOE- dejarán de ir a Estrasburgo a cumplir su papel. La extrema derecha de Marine Le Pen o de Geert Wilders tampoco resignará este espacio. Aborrecerá en público la pérdida de “soberanía nacional” en beneficio de la “tecnocracia de Bruselas”. Pero hará todo lo posible por conseguir en el Parlamento un altavoz que le permita propagar sus causas: atacar a la “plutocracia” mientras pacta con banqueros y grandes empresas, convertir a la inmigración en chivo expiatorio de la crisis o azuzar el chovinismo y la islamofobia.

Los movimientos sociales y sindicales partidarios de una radicalización democrática y las fuerzas transformadoras de izquierdas y ecologistas no pueden dejar el campo libre a estas iniciativas. Ni aquí, ni en Grecia, ni en Portugal, ni en Alemania. Quizás el Parlamento europeo cuente poco y su presencia mediática sea escasa. Pero también puede ser una caja de resonancia y un espacio de contrapoder y resistencia. La experiencia de los últimos años lo atestigua: mientras más controladas estén las instituciones europeas por fuerzas tecnocráticas o reaccionarias, mayor será el sufrimiento y la impotencia de las poblaciones locales, comenzando por las más vulnerables.

Dar batalla en las instancias supraestatales no está reñido con la defensa de la organización desde abajo y de las iniciativas cooperativas en el territorio, en los lugares de trabajo, o en las pequeñas escalas en general. Por el contrario, el fortalecimiento de la democracia en estos ámbitos depende estrechamente de lo que se consiga en escalas más amplias. Para revertir el fraude y la regresividad fiscal, para poner fin a las deudas ilegítimas e impagables, para combatir la xenofobia y la homofobia o para contrarrestar, sencillamente, la oligarquización de la vida política y económica. Llevar la necesidad de una ruptura democrática más allá de las fronteras, denunciar los cantos de sirena del repliegue estatal y crear las condiciones para un proceso constituyente, también europeo, no es sencillo. Pero o se hace desde premisas solidarias, internacionalistas, o la serpiente incubará su huevo racista y anti-igualitario también en el corazón del continente.

Gerardo Pisarello es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso

lunes, 18 de noviembre de 2013

UE: El auge de los partidos de extrema derecha es un eco escalofriante de la década de 1930

 

 

Marine Le Pen                        Geert Wilders

 

John Palmer · · · · ·

“Un antídoto contra la extrema derecha requiere que la izquierda europea articule y desarrolle una alternativa global al estancamiento económico, la creciente disparidad de renta y riqueza y la degradación de nuestros derechos sociales, libertades civiles y derechos democráticos.”

Después de haber restado importancia a sus simpatías fascistas, la extrema derecha reaparece, después de un lavado de cara de relaciones públicas. Hay que frenarlos a tiempo.

Desde la crisis bancaria mundial en 2007, los comentaristas de todo el espectro político han predicho con toda seguridad no sólo el inminente colapso del euro, sino la implosión inevitable, más pronto que tarde, de la propia Unión Europea. Nada de ello ha ocurrido. Pero el proyecto europeo, que se inició después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, se enfrenta a la amenaza más grave de su historia. Esa amenaza se ha prefigurado escalofriantemente esta semana con el lanzamiento de una alianza pan-europea de partidos de extrema derecha, encabezada por el Frente Nacional francés y el Partido de la Libertad holandés liderados por Marine Le Pen y Geert Wilders respectivamente, que se han juramentado para acabar con "el monstruo de Bruselas".

Es evidente que el crecimiento del apoyo a los partidos de extrema derecha, anti-europeos, y contra los inmigrantes ha sido alimentado por la peor recesión mundial desde la década de 1930: el desempleo masivo y la caída de los niveles de vida, agravado por la obsesión derrotista por la austeridad de los líderes europeos. Los partidos que se escondía en las sombras, disimulando sus simpatías con el fascismo y el nazismo han reaparecido, después de haberse lavado la cara en una operación de relaciones públicas. Marine Le Pen, la dirigente del FN francés, minimiza el registro antisemita de su partido. El líder de la extrema derecha holandesa ha arado un surco ligeramente diferente, movilizando el miedo y la hostilidad no contra judíos, pero si contra los inmigrantes musulmanes. Al igual que Le Pen, Wilders esta obsesionado por una supuesta amenaza cosmopolita de la Unión Europea a la identidad nacional. Es un coro del que se hacen eco en otros países el Partido Popular danés, el Partido Finés y el Vlaams Belang flamenco, entre otros.

Los populistas franceses y holandeses están manteniendo cuidadosamente la distancia, por el momento, de partidos abiertamente neo-nazis, como Amanecer Dorado en Grecia, cuyas milicias paramilitares (Sturmabteilung) han aterrorizado a los refugiados e inmigrantes en Grecia, y a los fanfarrones húngaros de Jobbik, que acosan a la minoría romaní.

Según algunas encuestas, la extrema derecha podría ganar casi un tercio de los escaños del Parlamento Europeo en las próximas elecciones de mayo de 2014. Los partidos de centro - democristianos, socialdemócratas y liberales – seguirán teniendo muchos más eurodiputados. Pero a la hora de formar una mayoría creíble en el Parlamento Europeo, todos estos partidos podrían verse obligados a una cohabitación cuya proximidad no es precisamente lo mejor para la democracia.

Tal situación recordaría inquietantemente a 1936, cuando el centro y la izquierda - sobre todo en Francia - frenaron temporalmente el apogeo del fascismo a costa de crear una coalición sin principios e ineficaz. Su caída en vísperas de la Segunda Guerra Mundial aceleró la llegada del régimen colaboracionista de Philippe Pétain. La historia no suele repetirse de forma automática, pero sería absurdo correr el riesgo.

Más preocupante que el crecimiento de la extrema derecha son los gestos apaciguadores a los racistas y anti-inmigrantes de los principales políticos conservadores e incluso demócratas liberales y de algunos de los nuevos ideólogos populistas del "laborismo azul". La advertencia de los David Blunkett y similares de que la hostilidad hacia los inmigrantes gitanos podría dar lugar a una "explosión" popular recuerda la retórica de Enoch Powell.

Un antídoto contra la extrema derecha requiere que la izquierda europea articule y desarrolle una alternativa global al estancamiento económico, la creciente disparidad de renta y riqueza y la degradación de nuestros derechos sociales, libertades civiles y derechos democráticos. Pero esa alternativa tiene que construirse tanto a nivel nacional y local como europeo, así como, y requerirá más, no menos, integración europea.

El tiempo se agota, no sólo para los socialdemócratas europeos, sino también para la izquierda socialista en general y los verdes, para demostrar que pueden crear un contrapeso a la deriva hacia la derecha del centro. Sin el, la nueva alianza de extrema derecha sólo tiene que mantener unida y esperar su momento para atacar.

John Palmer fue el editor europeo del Guardian y fundador y director del European Policy Center.

Traducción para www.sinpermiso.info: Enrique García

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lunes, 9 de septiembre de 2013

Partidos políticos, ¿o comités electorales?

 

 

Parlamento Italiano, democracia desacreditada

 

Rossana Rossanda

La requisitoria contra los partidos, hecha incluso por amigos queridísimos además de ciudadanos intachables, como Marco Revelli, ha llegado hasta su exponente más frágil, el Partido Democrático, demostrando que el resultado es la transformación del partido en simple comité electoral. ¿Qué era un partido si no una idea y propuesta de sociedad, que hacía propia una parte de ella, como dice la misma palabra, y se presentaba a una población compuesta por partes sociales diversas y asimismo opuestas? En este sentido es en el que la Constitución del 48 señala en los partidos, agregados de ideas e intereses, los instrumentos típicos de la democracia, los “cuerpos intermedios que organizan la reflexión entre la sociedad y el Estado, y por medio de las elecciones expresan la fracción mayoritaria”. Con un solo límite, el pacto constitucional, dentro del cual y sin salirse de él los partidos son libres de moverse y modificarse.

Esta estructura del pensamiento político moderno lleva estallando desde 1989 en adelante con la crisis de los partidos comunistas y de ese “compromiso keynesiano” que nació tras el desastre económico del 29, el surgimiento de los fascismos y la Segunda Guerra Mundial. Y que ha estado en la base de las constituciones democráticas, como la nuestra. Ésta reconocía que hay intereses opuestos entre capital y asalariados, e intentaba frenar bien una revolución como la rusa de 1917, bien una reacción como la fascista y nazi, poniendo límites a la clase más fuerte, la del capital. Era entonces opinión común que debía corregirse el modo de producción capitalista dominante en Occidente. La oleada neoliberal reiniciada  por Thatcher y Reagan ha proclamada la unicidad y eternidad de la ordenación capitalista con la famosa “TINA” [“There is no alternative” – “No hay alternativa”] y ha puesto fin a los “partidos” como expresión de “partes sociales”, dejando legitimidad solamente a los bilateralismos anglosajones y a un modo en parte diferente de  administrar la única sociedad posible, la capitalista. Y este retorno a Von Hayek se le le ha antojado persuasivo a los herederos de los partidos comunistas; es más, como dijera D’Alema, es la “normalidad” a la que deseaban que llegase Italia.

Desde ese momento, también los partidos que han seguido llamándose de izquierda han dejado de expresar una idea diferente de sociedad, con relativos valores y contravalores, adversarios y objetivos, y su eje se ha desplazado de la propuesta de una idea de sociedad y de país a la promoción de las personas que se presentan como candidatas para dirigirlos. No sorprende que el más afectado y asolado por el cambio sea el heredero del Partido Comunista, el PD. Atravesado por luchas furibundas entre los que se autoproponen ceñirse al presente y los pocos que querrían mantener una diferencia social, ser ,en resumen, no digo todavía comunistas sino todavía keynesianos. La mayoría, también en la llamada sociedad civil, no quiere volver a oír hablar de conflictos y prefiere lamentar la degeneración moral de una política que no puede ser más que ésa. Y no quieren saber nada, no por casualidad, de la propuesta de Fabrizio Barca, consistente en restituir a los partidos solamente el papel de proponentes de ideas de sociedad, separándolos de las instituciones del Estado, con relativos puestos y prebendas. No es una propuesta simple, pero no la han tomado en consideración ni siquiera los dirigentes candidatos a la secretaría general, y el PD ya no es más que un comité electoral, cuyo problema principal consiste en decidir si la base de los electores debe reservarse a quien constituía la base social compuesta por aquellos sin medios de producción (capitales, tierras, minas) o bien el conjunto de la población , capitalista o no. El voto irá exclusivamente a la persona del candidato y a su modo de hacer y aparecer en una sociedad justamente “normalizada” como se ha indicado antes. Un joven como Renzi no duda en decir que no le importa nada del partido salvo como medio sobre el cual elevarse para llegar al gobierno: porque con una sociedad distinta no se identifica en absoluto.

No sé si un partido de ese género estaría en situación de remediar la crisis italiana, un apartado de la crisis mundial en la que nos ha metido el neoliberalismo. Esto no está en sus intenciones, del mismo modo que desconozco el análisis de las causas que hace hasta ahora Barca. Más modestamente, ¿estaría su propuesta en condiciones de liberarnos de esa superposición de bajos intereses e ilegalidad que reprobaba Marco Revelli al desear el fin de los partidos? Quizás sí, pero, aun quedando limpia de nuevo la esfera de la representación, habría que volver a pensar el conjunto de la estructura política. Y sería imposible cancelar el conflicto social como hace hoy toda la política, derecha e izquierda, representados y no representados.

Rossana Rossanda es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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