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miércoles, 12 de octubre de 2016

Piqué, el 12-O y la miseria de España

Desfile de legionarios acompañados de la clásica "cabra de la Legión" / EUROPA PRESS


La "patria", al menos terminológicamente hablando, está secuestrada por un ejército formado por corruptos, machistas, xenófobos, inmorales y hasta neofascistas. No insulto, créanme, me limito a definirles de forma objetiva

Carlos Hernández  
 

El diccionario de la RAE, siempre atento a los usos y costumbres del lenguaje, debería cambiar urgentemente el significado de la palabra "patriota". Hoy en día, en nuestro país, la inmensa mayoría de quienes así se definen responden a un patrón egoísta, intolerante y excluyente que ha pervertido la naturaleza original de esa inocente palabra. Los "patriotas" españoles no aman a España, aman exclusivamente el concepto de país que les satisface y les beneficia ideológica, moral y, sobre todo, económicamente. Es una patria fabricada a la carta en la que solo caben ellos y quienes piensan como ellos. Es una España en la que todos los demás no somos bienvenidos.

La "patria", al menos terminológicamente hablando, está literalmente secuestrada por un ejército formado por corruptos, machistas, xenófobos, inmorales y hasta neofascistas. No insulto, créanme, me limito a definirles de forma objetiva. Empezando por los más listos, son los dirigentes del Partido Popular los que se envuelven, día sí y día también, en una gran bandera nacional para que sus largos metros de tela impidan ver la otra "tela", en "B", que aflora de sus bolsillos. Los gobiernos nacionales, autonómicos y municipales más patriotas son aquellos cuyos miembros atesoran cuentas en Suiza y Panamá; son aquellos que desfilan por los tribunales de Justicia de Madrid, Palma de Mallorca o Castellón.

Este tipo de personajes son los que han vuelto a levantar la voz, en los días previos al 12 de octubre, para repartir carnés de españolidad. Hemos escuchado a Esperanza Aguirre, esa gran patriota que tiene el récord mundial de consejeros y asesores imputados por corrupción, rasgarse las vestiduras porque la alcaldesa de Madrid no asista al marcial desfile. Un desfile en el que el muy patriota ministro de Defensa, ese ministro que posee lucrativos vínculos con la industria armamentística, se ha encargado de que participe una bandera de la Legión bautizada con el nombre de un general sanguinario y golpista como fue Millán Astray. No es una casualidad sino una decisión lógica y calculada: en su patria solo caben las víctimas del franquismo si permanecen calladas, humilladas y olvidadas.

La actitud se repite en el mundo empresarial y periodístico. Nadie amaba más a España que Gerardo Díaz Ferrán, David Marjaliza o Miguel Blesa; y qué decir de quienes mejor defienden con su afilada pluma nuestra bandera de feministas, homosexuales, refugiados, inmigrantes, antitaurinos y peligrosos "podemitas"… son los Sostres, Tertsch, Losantos y ese recién llegado nuevo héroe de la derecha llamado Álvaro Ojeda.

Este hooligan que se dice periodista es ahora el gran defensor de los valores patrios. En sus vídeos suda literalmente odio, violencia e intolerancia por cada poro de su cuerpo. No merecería mención alguna si sus exabruptos digitales estuvieran alojados en el lugar que le corresponde, la web de sus correligionarios de Hogar Social Madrid. Pero no es así, su concepto de patria le han hecho merecedor de un espacio privilegiado en un diario digital con millones de lectores, de entrevistas en magazines matinales en televisiones generalistas y hasta de la publicación por un importante grupo editorial del libro titulado, brillantemente, España con dos cojones.

Estos patriotas fueron los artífices de una de las escenas más penosas, desde el punto de vista humano, que hemos visto recientemente. Ellos fueron los que se inventaron, el pasado domingo, una supuesta afrenta del futbolista Gerard Piqué a la gloriosa camiseta de la selección nacional. Sus infundios fueron recogidos, y esto es lo grave, por numerosos medios de comunicación. Quizás lo hicieron más porque el tema vende que por convicción, pero lo cierto es que lo hicieron.

No puedo estar más de acuerdo con la reflexión que hacía en Marca Alberto R. Brasero: "No se concede demasiada importancia a la verdad. En general [en los medios digitales] se trabaja bajo el prisma de que lo amarillo y lo inmediato suponen pinchazos, y de que los pinchazos atraen publicidad, y de que la publicidad genera dinero". Lo triste, añado yo, es que de ello se deduce no solo la miseria periodística sino el gran número de seguidores que tiene ese patriotismo chusquero.

Piqué acabó presentándose ante las cámaras de televisión cabizbajo, como un niño, armado con una camiseta para demostrar su inocencia; tras hacerlo, anunció apenado su marcha de la selección, tiró la toalla porque él tampoco cabe en esta patria. No seré yo, con la que está cayendo, el que me entristezca por la suerte de un privilegiado futbolista, pero su caso es síntoma y consecuencia de una gravísima situación política y social.

Los patriotas criminalizaron y criminalizan a Cataluña porque ese discurso les daba votos y, de paso, les permitía desviar la atención de sus corruptelas, recortes y miserias. Esa es la razón principal, aunque no la única, por la que cada día son más los catalanes que ya no quieren saber nada de esta España. El uso de la bandera como cortina de humo; la falsa pero extendida identificación de los valores nacionales con el aroma rancio del macho hispánico, con el "Una y Grande" porque yo lo digo; con los viejos y nuevos vientos xenófobos que llegan de Europa; con los dos cojones… nos animan a muchos a seguir los pasos de Piqué porque su patria, sencillamente, no es nuestra patria. Mi pregunta es: ¿No será eso, precisamente, lo que están buscando esos patriotas?

Fuente: eldiario.es

martes, 21 de junio de 2016

Reino de España: La patria (glups)





Guillem Martínez
Ctxt


Puede sorprender la introducción del palabro “Patriotismo”, emitido por Podemos, en esta campaña. Particularmente, a mí me sorprende también la denuncia de ello por parte de los grandes partidos -nacionalistas, en muchos de sus tramos básicos-, y el alud de críticas y denuncias aparecidos en la prensa diaria, que parecen denunciar que Podemos es, lo nunca visto en España, un partido nacionalista. ¿Es Podemos nacionalista? ¿Lo es sólo Podemos? ¿Podemos rompe la pauta de partidos no-nacionalistas, iniciada por el PP, autoproclamado primer partido no-nacionalista del Estado en los 90's del siglo XX? ¿Estamos en un periodo de auge nacionalista, vinculado al populismo?
Vayamos por partes. El nacionalismo español es un animal de compañía de creación reciente. Es otro objeto no milenario. Más bien un marco creado en tres grandes etapas. Se puede pensar que nace con la guerra de la Independencia. Ahí, de hecho, nace la bandera española. Igual, ahora que lo pienso, la historia de esa bandera puede dibujar la historia del nacionalismo que invoca. Agárrense.

La actual bandera española es la bandera de la marina borbónica española. La bandera española, como su nacionalismo, no existía antes de Napoleón. Existía la bandera del rey, y la figura del rey como aglutinante de algo que no era aún la nación. Como la bandera del rey -blanca- era la misma que la del rey de Francia y el de Nápoles, se inventó ese distintivo rojo y amarillo. Para evitar equívocos, supongo. En tanto que plaza de marina, era la bandera que ondeaba en Cádiz cuando los bombardeos de los franceses. Lo que le hizo adquirir carácter simbólico. En un reducido grupo: esa bandera fue prohibida por el absolutismo. Posteriormente, sólo estuvo vigente tras el Pronunciamiento de Riego. Tres añitos. En su banda amarilla, esos tres añitos, estaba escrita la palabra Constitución. Como saben, Riego y la Constitución fueron hechos puré tras su trienio. Y la bandera volvió a ser blanca. No obstante, las banderas, en el siglo XIX, parecen importar una higa. Espartero realiza toda su campaña contra el carlismo -en principio, muy patriótica- con una bandera que no es la española -que volvía a ser, oficialmente, la roja y amarilla, gualda para los cursis-, sino un pendón morado. Pretendía ser un homenaje a los Comuneros, pero por un error filológico, en el XIX se entendió que el morado medieval -es decir, el granate, un rojo oscuro- era el morado actual. Ese error, prolongado en el tiempo, dio origen a la bandera republicana. Que tampoco importa una higa. La primera tricolor española es la exhibida por Torrijos en su pronunciamiento. Sólo se sabe que tenía una franja verde. La I República no perdió un segundo en su simbología. En un museo militar con banderas capturadas al enemigo -casi todas son españolas; la historia del Ejército de aquí abajo haría reír, si no hiciera llorar-, vi una bandera de la I República. Era un trapo granate, con estas palabras bordadas: República Federal.

Las banderas -y se supone que los nacionalismos que simbolizan- empiezan a ser importantes por aquí abajo en la Restauración. Que es la formuladora del nacionalismo español. Ya saben: catolicismo + monolingüismo. No existe otra formulación. Es decir, no hubo ocasión de un nacionalismo progresista y republicano, fundamentado en valores cívicos. La Restauración es, también, la que depura los símbolos. Como la bandera, que vuelve a ser aquella rechazada por el absolutismo y, al parecer, desgastada a lo largo de la Restauración. De hecho, es la Restauración quien, en un momento tardío, legisla la obligatoriedad de sus símbolos, es decir, de su nacionalismo. En 1902 se legisla el uso de la bandera y del pack himno y demás simbología. Es decir, en esa época ya existen otras banderas -la vasca, la catalana, pero también, y sobre todo, la republicana, la roja, o la negra- que pugnan con la bandera roja y amarilla, convertida en símbolo de la monarquía o/y del nacionalismo español, en ausencia de otro. Es decir, ya existen otros nacionalismos e ideologías, que entran en colisión con el nacionalismo español. Sobre el carácter hegemónico y excluyente del nacionalismo español: tan tarde como en 1898, Pi i Margall, que a pesar de todo no había perdido el prestigio de haber sido jefe de Estado, sufre una campaña de difamación y vacío desde el nacionalismo, por oponerse a la guerra en Cuba con EE.UU. Esa campaña acaba con su prestigio. Zas.

Por lo que se ve, no hubo tiempo de crear otro nacionalismo posterior. La II República y el exterminio franquista no dio lugar a crear esa identidad abierta, cívica y no identitaria -quizás la palabra sea “republicanismo” a secas- que por aquí abajo se necesita como agua de mayo. Con posterioridad al paréntesis republicano, se opta por el corpus nacionalista y simbólico de la Restauración, adornado con ultranacionalismo fascista. La impronta del fascismo en el corpus, de por sí reaccionario, del nacionalismo español, debe de ser importante, en tanto no tuvo ocasión de ser sometido a juicio, como el nacionalismo alemán, italiano, rumano, húngaro o, incluso, el portugués.

La Transición vuelve a adoptar el corpus nacionalista y simbólico de la Restauración -sin duda, el más sangriento del siglo XX en la Península-. Adornado, en esta ocasión, con imprecisiones de Pi i Margall, como la palabra nacionalidad, que ahora no venía a ilustrar nada, sino a evitar el uso de la palabra “nación” por otro sujeto que no fuera España. No es mucho. Es Restauración, básicamente. La sentencia del TC sobre el Estatut de Catalunya de 2010, por si hubiera dudas, especifica que España no es un Estado federal, que sólo hay un sujeto nacional y que las autonomías son descentralización, no federalización. Es decir, que estamos, de cuatro patas, en el Corpus Restauración y, glups, posfranquismo. Con preciosismos republicanoides, como, lo dicho, la adopción de palabros como nacionalidades, y estados de ánimo como el soportarse mutuamente, del breve Ortega republicano. Ha habido pocas aportaciones posteriores. Y todas, desde la derecha, como el no-nacionalismo, forma de ultranacionalismo español pasado por Habermas -a través de la alocución patriotismo constitucional, adoptada por el Aznar de la II Legislatura- que en su día hizo escandalizar a Habermas. Viene a significar que el nacionalismo de la Restauración, oficializado en la Constitución y en la cultura política democrática, viene a ser una suerte de normalidad, por lo que no merece el término de nacionalismo, que sí que merecen otros nacionalismos.

El nacionalismo -el español, u oficial, en tanto que la Constitución le da la razón que defiende desde la Restauración, cuando aspiró a ser el único nacionalismo en plaza; y los otros nacionalismos, pues también- es un gran motor político en la Transición. En tanto, una vez aplazados otros temas, como la propiedad, la calidad democrática, la forma del Estado, la democracia económica, pasó a ser el único tema de discusión política posible. Es más, canalizó el resto de discusiones, y posibilitó políticas dirigidas a grupos amplios -naciones, nacionalistas- antes que reducidos -clases, por ejemplo-. Es un instrumento usual -es EL instrumento básico- de la Cultura de la Transición.

En España, en fin, sigue aplazada una identidad fundamentada en derechos, en valores éticos y cívicos, no nacionalistas. No ha habido ningún Gobierno que, por ejemplo, rechazara las ventajas del discurso identitario. Ningún partido que aspire al poder puede mearse, al parecer, en ese juego de espejos creado en la Restauración, potenciado en el Franquismo y recreado en la Transi.

¿Es Podemos un partido nacionalista? No lo sé. Su uso, notorio, del palabro patria no viene de la tradición española, sino de la sudamericana. Bolivia y, espero -lo ruego- Ecuador. Es una palabra básica del posmarxismo y paragramscismo de Laclau y Mouffe. Es decir, no viene de una tradición cultural, sino de una dinámica de las ciencias sociales, y de experiencias políticas alejadas a la realidad peninsular. El uso de patriotismo aparece como un intento de crear un nuevo marco para crear hegemonía. Las Repúblicas sudamericanas están equipadas de serie con ese nacionalismo. Y con otros. Por aquí abajo, pues no. El patriotismo español nace en la Restauración y el resto de nacionalismos suponen una fricción carlista o federalista contra la Restauración. Es difícil cambiar un marco. Cuesta mucho tiempo y pasta. Es difícil que Podemos cuele patriotismo como animal de compañía, y que esa palabra no caiga en su antiguo marco. Ese que facilita no emitir políticas para grupos sociales concretos como, pongamos, los asalariados. No es imposible. Pero supone mucho esfuerzo. Quizás, y esto puede ser un indicio para evaluar las futuras evoluciones de la palabra patriotismo emitida por Podemos, costaría menos calorías, pero más políticas, intentar refundar un marco olvidado, denominado republicanismo.

Fuente original: http://ctxt.es/es/20160615/Politica/6683/Patria-Nacionalismo-Podemos-Glups.htm
Fuente; Rebelión.org

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