domingo, 15 de enero de 2017

(Re)municipalizar para recuperar lo nuestro



 Maria Eugenia R. Palop

Arenys de Munt, el Figaró-Montmany, la Granada, Alfés, Vilaba Sasserra, Santa Maria de Palautordera, Montornès del Vallès, Puigverd d’Agramunt, Foixá, Collbató, Vilagrassa y Olèrdola. Son doce los municipios catalanes que han remunicipalizado la gestión del agua desde el 2010, y a esa lista se han de sumar otros casos en España, como los de Torrelavega (Cantabria), Ermua (Bizkaia), Arteixo (Coruña), Manacor (Mallorca), Medina Sidonia (Cádiz), Lucena (Córdoba), Teo (Compostela) o los 22 pueblos de la provincia de Sevilla agrupados en Aguas del Huesna. El Ayuntamiento de Barcelona ha iniciado también el camino hacia la gestión directa del agua que, según una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, Agbar ha venido administrando de manera irregular desde hace más de un siglo, y a Barcelona se empiezan a unir también grandes ciudades como Valladolid, A Coruña, Santiago de Compostela, Vitoria, Sevilla, Zaragoza o Madrid.
Algunas organizaciones como la Red Agua Pública o Aigua es vida han estado detrás de estos procesos elaborando, incluso, una "Guía práctica para caminar hacia una gestión no mercantil y democrática del agua", porque nada es posible sin la presión ciudadana. El encuentro de las ciudades por el agua pública, protagonizado por alcaldes y alcaldesas de diferentes lugares de España, defendió el agua como bien común y bien público, en línea con viejas iniciativas de ámbito internacional, como la que representó en su momento la Carta Europea de los bienes comunes o la Comisión Rodotà para la Reforma de los Bienes Públicos; con la propia Asamblea de la ONU, que en 2010 ya declaró que el acceso al agua había de consolidarse como un derecho fundamental; y con la Observación nº 15 del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (E/C. 12/2002/11) que hace tiempo nos dijo que la gestión del agua como bien común tenía que ser descentralizada y someterse a ciertos principios: disponibilidad, calidad, accesibilidad (física y económica), no discriminación, y acceso a la información.
Según algunos estudios, en los últimos 15 años, se han registrado al menos 180 casos de remunicipalización del agua en 35 países, tanto en el Norte como en el Sur. Entre las principales ciudades que han remunicipalizado sus servicios se pueden contar Accra (Ghana), Berlín (Alemania), Buenos Aires (Argentina), Budapest (Hungría), Kuala Lumpur (Malasia), La Paz (Bolivia), Maputo (Mozambique) y París (Francia). Y los factores que han provocado este giro han sido básicamente los mismos: bajo rendimiento de las compañías privadas (ej. en Dar es Salam, Accra, Maputo), inversión insuficiente (ej. Berlín, Buenos Aires), conflictos sobre los costes operacionales y los incrementos de precio (ej. Almaty, Maputo, Indianápolis), aumento astronómico de las facturas del agua (ej. Berlín, Kuala Lumpur), dificultades en la supervisión de los operadores privados (ej. Atlanta), falta de transparencia financiera (ej. Grenoble, París, Berlín), recortes de plantilla y mala calidad de los servicios (ej. Atlanta, Indianápolis). De hecho, en la mayor parte de estos casos, los contratos privados resultaron ser tan insostenibles que los gobiernos locales optaron por remunicipalizar, aun sabiendo que quizá tendrían que pagar indemnizaciones.
En fin, la recuperación de los bienes públicos y comunes expropiados en forma de ventas, externalizaciones y partenariados público-privados, está empezando a ser una prioridad en todo el mundo, y no solo ha mejorado el acceso y la calidad de los servicios (menos costes y mejores infraestructuras), sino que ha garantizado la transparencia, la rendición de cuentas y la participación ciudadana.
En España, el mismo Tribunal de Cuentas, en el informe de fiscalización del sector público local que presentó en 2011, calculó que la gestión privada del agua era un 22 % más cara que la pública en los municipios pequeños y medianos estudiados, además de tener pérdidas en la red de un 30 % mayores y realizar una inversión para el mantenimiento del servicio un 15,5 % inferior. Por eso no se explica que el PP quiera desactivarlos por completo aplicando su infausta Ley de Régimen Local (LRSAL) y aplicando un marco restrictivo en el ámbito de la contratación que impide a los Ayuntamientos no solo avanzar en esta dirección sino incluso auditar y controlar a las empresas concesionarias. En Catalunya la gestión privada o mixta del agua en ciudades medianas y grandes es un 25 % más cara y, según Aigua es vida, en el caso de Barcelona el diferencial llega a alcanzar un valor del 91,7 %.
Lo cierto es que la privatización de los bienes comunes urbanos ha creado y alimentado una administración paralela que se ha dejado en manos de codiciosos y descontrolados oligopolios. Esta para-administración es la que ha liderado en nuestro país el llamado "impuesto al sol", que no deja de ser una imposición del oligopolio eléctrico, y es también la responsable de la carísima limpieza viaria y recogida de residuos que hemos sufrido en muchas de nuestras ciudades. O sea que, por más que algunos quieran ocultarlo, la gestión privada de los servicios públicos ha sido finalmente opaca, excluyente, cara e ineficiente.
Lo peor es que muchos municipios han consentido y/o alentado este desastre favoreciendo sistemáticamente a las élites urbanas a costa del patrimonio común y orientando la política municipal a la obtención de plusvalías inmobiliarias y a la creación de redes clientelares. Y el resultado de esta nefasta política municipal han sido ciudades encarecidas y devastadas por la corrupción urbanística, la privatización del espacio público y la fragmentación social. De hecho, como nos recuerdan Franziska Schreiber y Alexander Carius en La Situación del Mundo 2016el informe anual de Worldwatch Institute, la polarización, la segregación y la desigualdad urbana se han agudizado profundamente en las últimas décadas.
Así que, frente a esta emergencia social, es lógico que el movimiento de recuperación de lo común haya acabado siendo un clamor planetario, y no solo por lo que hace al acceso al agua. Ahí está, por ejemplo, el referéndum que se realizó en Hamburgo en 2013 para recuperar el control de la electricidad, o el gobierno finlandés, que ha recomprado el 53 % de la red eléctrica nacional; el transporte público en Londres y Kiel (Alemania); la renacionalización del petróleo y el gas en Argentina, Bolivia y Venezuela, o la del sistema energético en Lituania.
Ahí está también en España la operadora eléctrica que pretenden poner en marcha los Ayuntamientos de Barcelona y de Pamplona a fin de abaratar el precio de la energía y de impulsar también el tránsito a un modelo energético más justo y sostenible. Incluso el Tribunal Supremo ha dado un paso en esta dirección con una sentencia que permite a los Ayuntamientos cobrar por el uso privativo que del Dominio Público Local hacen, entre otras, las eléctricas y las empresas gasísticas, y ya son varios los procesos judiciales por los que algunos municipios han logrado recuperar el control sobre las condiciones sociales y ambientales de la contratación pública.
En definitiva, parece claro que hoy es la democracia local la que está canalizando la lucha por lo común, la recuperación de lo público y la resistencia al expolio de la que dependen, sobre todo, los ciudadanos más pobres y vulnerables, y son los Ayuntamientos los que, contra todo pronóstico, están apostando por el horizonte de transformación que tanta falta nos hace. Lástima que muchos gobiernos centrales les den la espalda o, simplemente, se dediquen con entusiasmo a no enterarse de nada.
13/01/2017
http://www.eldiario.es/zonacritica/Remunicipalizar-recuperar_6_600599964.html
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viernes, 13 de enero de 2017

La derecha se quita la máscara




JUAN CARLOS ESCUDIER

Asociada siempre al engaño, la política empieza a resultar peligrosa cuando las mentiras dejan de ser esporádicas para convertirse en sistemáticas. Sin embargo, ocasionalmente, faltar a la verdad se ha considerado una virtud indisociable del político que, lejos de afectar a su integridad, la reafirma. Entre los diplomáticos es conocida la definición que del oficio hizo ya en el siglo XVII el poeta y embajador inglés Henry Wotton: “Un hombre honesto que se envía al exterior para que mienta en nombre de su país”. En nombre del interés general, el vendedor de alfombras es un patriota.

Vista así, la mentira es una graciosa arquivolta en el edificio de la democracia pero ha tenido que llegar Ruiz Gallardón a decirnos que el PP ha venido usándola como material de construcción en sus propios cimientos. Del exalcalde y exministro se sabía que paseaba a su perro y, más recientemente, que se había puesto al servicio de Bouygues para enseñar a los franceses como se hacen aquí las pirámides, hasta que este jueves reapareció junto a Aznar para reconocer el gigantesco trampantojo levantado por su partido.

Según explicó, los populares han sufrido una grave deslegitimación social porque han renunciado a su ideología para ganar votos. “Hemos estado escondiéndonos, avergonzándonos de aquello que en realidad pensábamos”, lo que en traducción libre significa que han estado simulando ser lo que no son para alcanzar el poder, algo que por otra parte viene siendo moneda común entre sus adversarios políticos. La importancia de su declaración no está tanto en el contenido sino en el continente. De cualquiera podía esperarse que maldijera el disfraz pero no de Mortadelo.

El rey de los camaleones venía a reconocer que si cambiaba de color era por miedo a defender sus ideas, y que siempre fue azul aunque pareciera un poco rojo. Por obvia, sobraba la confesión, y menos ante el estadista con bigote, que ahora es Don Pelayo y presume de armadura pero que durante años simuló ser Moisés llevando a sus huestes hasta el centro político en una interminable travesía, lo que daba idea de lo lejos que le quedaba el destino. De ese viaje por desierto queda constancia en los estatutos del partido: “El PP se define como una formación política de centro reformista al servicio de los intereses generales de España”. ¿Hay alguien de derechas por ahí?

Con Gallardón jamás hubo dudas desde que Peces Barba relató su conversación en el Congreso con el padre del faraón: “¿Conservador yo? Tenías que conocer a mi hijo Alberto; ese sí que es de derechas”. Pero el fingimiento del muchacho llegó a extremos admirables, hasta el punto de que en el PP se sospechaba de su conversión al marxismo tras caerse del caballo y golpearse en la cabeza. La progresía le fue también que en algún momento llegó a afirmar que, alcanzada ya la cima del centrismo, la manera de ganar las elecciones generales era arrebatarle al PSOE votos de izquierda como él mismo había hecho para ser presidente de Madrid. “Hay recorrido”, afirmaba el recomendado de López Rodó con notable desparpajo.

Verso suelto del PP, protegido de antiguo diario independiente de la mañana, “traidor, bandido y farsante” para los apóstoles mediáticos de la derecha, el exalcalde decidió dar por concluido su particular carnaval en el Ministerio de Justicia, pero fue dejar caer la máscara y enfangarse con la cadena perpetua revisable –otra herencia de Trillo- y con la ley del aborto. El verdadero rostro de la criatura causó auténtico espanto hasta el punto de que sólo su dimisión devolvió el sueño a Rajoy, el señor de la siesta.

El hombre que quiso ser lo que no era, que intentó reescribir a Kafka para invertir la metamorfosis en su propio pellejo, denuncia ahora que los populismos “se declaran transversales e intentan seducir mediante las emociones” algo “mezquino” cuando se utiliza electoralmente. La culpa de que él mismo lo hiciera o de que su partido sacrificara sus “principios” para llegar al poder fue, en su opinión, de la izquierda y de sus estrategia deslegitimadora y perversa. Se les obligó a ocultar que eran de derechas para transformar la sociedad. Son mentirosos pero patriotas.
Fuente: Público.es

jueves, 12 de enero de 2017

La mató porque era un poco puta


 por Juan Carlos Monedero


En la España democrática, por fortuna, nadie puede decir que una víctima del terrorismo recibió un tiro en la nuca porque se lo había buscado. Saltaríamos con la indignación a punto de reventar en el cuello. Nadie entendería cualquier rebaja de responsabilidad de un asesino endosándole a un guardia civil, un militar, un político o un niño que pasaba por ahí culpa alguna en su muerte. En esa esquina del dolor algo hemos avanzado.

Sin embargo, día tras día, hay necios que escriben con puñal que se atreven a decir que a las mujeres asesinadas les cabe su parte de culpa en su muerte. Amparados en ese lugar que entregan los anuncios a las mujeres, en ese humor repartido en bares y dormitorios sobre las mujeres, en esa ausencia en grandes empresas, iglesias, rectorados, generalatos, secretarías generales, de mujeres. No puedes tuitear sobre asesinos de la dictadura pero puedes echar palas de estiercol sobre los cadáveres de las víctimas del machismo.

Algunos matan a las mujeres dos veces. Hoy, otro sucedáneo de escritor ha vuelto a vomitar -y unos cuantos periódicos, algunos financiados con esos dineros que no quieren fiscalizarse, se lo han publicado – que hay mujeres asesinadas que, en verdad, lo que han hecho ha sido suicidarse.

Escupe Manuel Molares, comentando el asesinato en Rivas Vaciamadrid con el que empezamos dolorasemente el año, que ” Mujeres así se convierten voluntariamente en esclavas sexuales de posibles asesinos. Los siguen suicidamente por el placer físico que les proporcionan”. Por si no queda claro, lo titula así: “Víctimas de su sexismo”. La mujer asesinada en Rivas se lo merecía, porque era “estúpida”. Asesinada y asesina.

Hay algo quizá aún más terrible en estas opiniones indignas y contrarias a la convivencia democrática: la negación de fondo de que una mujer que decide necesita un castigo. La basura que escribe Molares se asienta en una idea extendida que reposa en la cotidianeidad de nuestras sociedades: las mujeres no pueden tener la libertad de los hombres. Una mujer que toma decisiones sobre el placer sexual tiene que estar dispuesta a cargar con la culpa. Incluido el asesinato. Quien piensa así, es, como se decía después de la barbarie nazi, un asesino de escritorio. Esas opiniones no se amparan en la libertad de expresión, sino en la impunidad de sociedades patriarcales que siguen considerando a las mujeres como se consideraba a los esclavos en la Grecia clásica. Horrorizan. No nos las merecemos.

Y si el título de este artículo no nos escandaliza, tendremos que hacérnoslo mirar.


¿Puede Turquía ponerse del lado de Rusia?

Lo que John Kerry hace de día, Victoria Nuland lo deshace de noche.

por Thierry Meyssan

Aunque Rusia tiene históricamente un pasado difícil en su relación con Turquía, y a pesar de que no olvida el papel que el actual presidente Erdogan desempeñó contra ella en la primera guerra de Chechenia, una posible salida de Ankara de la OTAN resulta muy interesante para Moscú. En el bando contrario, el Estado profundo estadounidense, que mantiene su ambición imperial a pesar de la elección de Donald Trump, está dispuesto a todo para mantener a Turquía en la alianza atlántica.

Para garantizar su supervivencia personal, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ha desatado una gran purga contra todos los elementos pro-estadounidenses de Turquía, purga que se suma a la lucha que ya había emprendido contra Siria, contra el PKK [1] y, ahora, contra los mercenarios de Daesh, anteriormente bajo sus órdenes.

La destrucción de la influencia de Estados Unidos en Turquía se inició primeramente con la erradicación del movimiento Hizmet de Fethullah Gulen, el predicador islamista que trabaja para la CIA desde su exilio estadounidense en Pensilvania. Y ahora prosigue con la destitución –y frecuente arresto– no sólo de todos los militares turcos vinculados a Estados Unidos, sino de los militares laicos en general. ¡La prudencia nunca está de más!

El resultado es que 450 de los 600 oficiales superiores turcos destacados en la OTAN recibieron desde Ankara órdenes de regresar a Turquía. Más de 100 de esos militares han preferido solicitar asilo político en Bélgica, país sede de la OTAN.

La primera consecuencia de esa purga anti-laica es que el ejército turco queda decapitado por un largo periodo. En 5 meses, un 44% de los generales turcos han sido separados de sus cargos. Pero anteriormente, el 70% de los oficiales superiores ya fueron destituidos, arrestados y encarcelados en el marco del escándalo Ergenekon. Sin oficiales superiores capaces de garantizar su dirección, la operación turca «Escudo del Éufrates» se ha estancado.

Eso implica que Erdogan se ve obligado a revisar sus ambiciones militares para los próximos años, renunciando incluso a buena parte de ellas, ya sea en Siria, en Irak o en Chipre –3 países donde actualmente ocupa territorios. Eso lo llevó a abandonar el este de Alepo, en Siria, aunque no Idlib, y ahora se dispone a retirar sus tropas de Bachiqa, en Irak.

Desde la perspectiva de Washington, la posibilidad de que Turquía salga de la OTAN, o al menos del Mando Integrado de la alianza atlántica, ya provoca sudores fríos a la facción imperialista del poder estadounidense. En cantidad de efectivos, el ejército turco es el segundo más grande de la OTAN, después del ejército de Estados Unidos.

Sin embargo, también en Washington, la eventual salida turca de la alianza atlántica suscita más bien alivio entre los miembros de la facción del presidente electo Donald Trump, quien estima que Turquía es un país a la deriva.

De ahí el forcejeo de los neoconservadores por traer a Turquía de regreso en el «sentido de la Historia», léase el del «Nuevo Siglo Americano». Para lograrlo, Victoria Nuland, secretaria de Estado adjunta, está tratando de ofrecer Chipre al presidente Erdogan, un proyecto que la propia señora Nuland concibió después de las elecciones de 2015, cuando el presidente Barack Obama ordenó la eliminación del presidente turco.

Chantajeando al presidente chipriota Nikos Anastasiadis, la señora Nuland lo “incitó” a aceptar su «plan de paz» para Chipre: según ese plan la isla sería reunificada y desmilitarizada –en otras palabras, Chipre se quedaría sin ejército– y la OTAN desplegaría allí sus propias tropas, concretamente… tropas turcas. O sea, el ejército turco completaría su conquista de Chipre sin disparar un tiro. Si se negara a aceptar ese absurdo arreglo, el presidente Anastasiadis se vería enjuiciado ante un tribunal de Nueva York por su implicación como abogado en los negocios de la firma Imperium de su amigo ruso Leonid Lebedev que pusieron en juego 2 000 millones de dólares.

Resumiendo, una ruptura con la OTAN le costaría a Turquía el noreste de Chipre, que actualmente ocupa, mientras que quedarse en la alianza atlántica le aportaría el control de toda la isla.

Por supuesto, dentro de unas semanas el futuro secretario de Estado Rex Tillerson, ya nominado por Trump, podría sacar a Victoria Nuland del Departamento de Estado. Pero eso no quiere decir que el grupo que ella representa perdería todo acceso al poder. La señora Nuland es miembro de la familia de los fundadores del «Proyecto para un Nuevo Siglo Americano», que participó en la planificación de los hechos del 11 de septiembre de 2001. Su suegro, Donald Kagan, del Hudson Institute, instruyó a los neoconservadores y a los discípulos de Leo Strauss en la historia militar de Esparta. Su cuñado, Frederick Kagan del American Entreprise Institute, se ocupó de las relaciones públicas de los generales David Petraeus y John R. Allen. Su cuñada, Kimberly Kagan, creó el Institute for the Study of War. Su marido, Robert Kagan, percibe actualmente un salario pagado por el ex emir de Qatar en la Brookings Institution. Cuatro individuos, 5 tanques pensantes… una sola ideología.

Victoria Nuland, por su parte, fue sucesivamente embajadora de Estados Unidos ante la OTAN, portavoz de Hillary Clinton y organizadora del golpe de Estado de Kiev, en febrero de 2014. Ayudó al hoy presidente de Ucrania Petro Porochenko y a Erdogan a crear oficialmente la «Brigada Islámica Internacional» que ha perpetrado importantes sabotajes en Rusia y todo indica que el Estado profundo estadounidense dará continuación a su acción contra la futura administración Trump.

Quien prosigue la guerra en Siria es el grupo que está detrás de los Kagan, y su único objetivo es ahora mantenerse en el poder. El presidente Barack Obama no sólo no logró sacarlos de su administración sino que además una personalidad como Victoria Nuland, considerada figura de proa de la administración Bush, no encontró obstáculo para escalar posiciones en la administración demócrata y organizar una ola de rusofobia. Después de haber trabajado en perfecta armonía con Hillary Clinton, la señora Nuland nunca dejó –junto a su amigo Jeffrey Feltman, el verdadero mandamás de la ONU– de sabotear la diplomacia del secretario de Estado John Kerry.

Conocedor del carácter voluble de Erdogan, personaje siempre capaz de cambiar bruscamente de estrategia, Moscú tendrá que arreglárselas para tranquilizar al angustiado presidente chipriota Anastasiadis, o para proponerle a Ankara algo más interesante y lograr que se mantenga a medio camino entre Estados Unidos y Rusia.
Fuente: Al-Watan (Siria)
[1] El PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) es el partido de los kurdos de Turquía. Nota de la Red Voltaire.

Thierry Meyssan
Thierry Meyssan Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008).

Red Voltaire

Artículo bajo licencia Creative Commons

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Fuente : «¿Puede Turquía ponerse del lado de Rusia?», por Thierry Meyssan, Al-Watan (Siria) , Red Voltaire , 10 de enero de 2017, www.voltairenet.org/article194880.html

lunes, 9 de enero de 2017

¿Hará Trump que "1984" parezca un cuento para niños?




Tom Engelhardt
TomDispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García

El distópico Donald

El futuro según Trump

¿Duda el lector que, aunque todavía falten cuatro semanas* para que Donald Trump entre en el Despacho Oval, estamos en una época distópica? Nunca antes habíamos tenido tan vívidos anticipos de qué podía significar un capitalismo sin restricciones en un país cada día más desigual, ahora que su versión ‘política del 1%’ ha elevado al pináculo del poder a un extravagante multimillonario y su “panda de deplorables”. Por supuesto, no hablo de sus seguidores sino de quienes él ha elegido para los más altos cargos del país. Entre ellos, unos cuantos generales listos para conducirnos a un nuevo ciclo de cruzadas y un equipo de milmillonarios y multimillonarios preparados para adueñarse otra vez de Estados Unidos.

Es un momento que ya sorprende por lo deprimente... y aun así todavía no ha comenzado. Un momento que, lo menos que se puede decir, nos convoca para estar a la altura de las circunstancias. Eso significa aglutinar una imaginación distópica que se ajuste a los tiempos que se vienen.

No tengo dudas de que el lector es tan capaz como yo de crear escenarios inhóspitos para el futuro de este país (por no hablar del planeta todo). Pero solo para mantener la bola rodando en vísperas de las vacaciones, permítame que le ofrezca un par de mis propias fantasías distópicas enfocadas en las posibles acciones del presidente Donald Trump.

Existe ya una vasta literatura –prácticamente, una biblioteca– de textos sobre los conflictos de intereses de nuestro único presidente electo. Después de todo, él es dueño –o usufructúa– de varias torres, exclusivos campos de golf, clubes, hoteles, condominios, residencias y vaya unos a saber qué más en por lo menos 18 o 20 países. Su nombre, invariablemente en impresionantes letras doradas, se alza muy alto en los cielos de todo el planeta. De hecho, en estos días, es difícil librarse de la marca Trump y sus conflictos, desde Bali hasta Filipinas, desde Dubai a Escocia e India; tampoco en el mismísimo corazón de la isla de Manhattan. Aquí, en la ciudad donde vivo, a un costo de más de un millón de dólares por día –pagados por el contribuyente; yo mismo–, la policía está protegiendo su importantísimo tiempo, mientras el Servicio Secreto y las fuerzas armadas agregan lo suyo al crecimiento del campamento en armas en medio de Manhattan. Por supuesto, están defendiendo la torre Trump, el mismo lugar donde en junio de 2015, utilizando el Rockin’ in the Free World de Neil Young, se montó en la escalera mecánica que le llevaría directamente a la campaña presidencial, prometiendo que construiría un “gran muro”, expulsaría a todos los “violadores” mexicanos y haría que “Estados Unidos volviese a ser grande”.

Frente a esa torre en la concurrida Quinta avenida hay ahora una hilera de camiones volquete llenos de arena (“para defender al candidato presidencial republicano de un posible atentado con bomba”); se ha dicho que, pensando en la seguridad del futuro presidente y su familia, el Servicio Secreto está considerando la posibilidad de alquilar un par de plantas del edificio a un costo –para el contribuyente estadounidense– de tres millones de dólares por año que, por supuesto, irán directamente a las arcas de una empresa Trump (oiga, ni hablar de conflicto de intereses y ¡ni se le ocurra sugerir la palabra “cleptocracia”!). Todo esto sin duda garantizará que el edificio más paradigmático de Trump –apodado Casa Blanca Norte– se mantendrá razonablemente a salvo de intrusos, atacantes, suicidas con cinturón explosivo y tipos por el estilo. Pero puede que gran parte de la marca imperial Trump en todo el mundo no tenga tanta suerte. En otros sitios, la vigilancia estará a cargo de guardias privados no de agentes del gobierno; en consecuencia, el dinero disponible para seguridad será mucho más modesto.

Con raras excepciones, la atención mediática se ha centrado en apenas un aspecto –cuando son muchísimos– de la cuestión relacionada con los conflictos de intereses de Donald Trump, por no hablar de su afán por evitar hablar de qué hará con ellos ni de la repetida postergación de su prometida conferencia de prensa para discutir estos temas ni del papel de sus hijos en su presidencia o sus negocios. Por lo general, el énfasis se ha puesto en el tipo de problemas que se presentarían con un empresario con marca propia al acceder al poder y aprovecharse de él, o tomando decisiones basadas en el dinero que se puede obtener de ellas. Generalmente, los medios se han centrado en la posibilidad, por ejemplo, de que líderes extranjeros y otros podrían afectar a la política estadounidense mediante la promesa de enriquecimiento de Trump o sus hijos. Informan de algunos diplomáticos que se sentirían obligados a hospedarse en su nuevo hotel de la avenida Pennsylvania muy cerca de la Casa Blanca, o de jefes de Estado de otros países tratando de hacer amistad con él a través de sus socios comerciales en su tierra de origen, o de acuerdos comerciales con la marca Trump que están avanzando en varios países gracias a su triunfo electoral.

Casi invariablemente, la atención está puesta en cómo arreglárselas con un presidente que, por lo menos en los próximos cuatro años, podría tratar –de mil maneras posibles– de aprovecharse de sus distintos actos de gobierno (o sencillamente por estar ahí, aunque no haga nada). No nos equivoquemos, ciertamente esta cuestión podría convertir a la presidencia Trump en algo verdaderamente peliagudo, por no hablar de quiebre de paradigmas en la historia de la Casa Blanca. Pero no llamemos distópico a esto. Lo que alguna gente (aparte del Servicio Secreto) está pensando es en la forma que los conflictos de intereses podrían agotar al nuevo presidente mediante la amenaza no de enriquecerlo sino lo contrario: de empobrecerlo, a él y a sus hijos. Creedme, si avanzamos por este camino, inmediatamente entramos en el territorio de la distopía.

He aquí un escenario posible:

Es 1 de abril de 2017. Donald Trump lleva en el cargo menos de dos meses y medio cuando un elegante “empresario” consigue entrar en las torres Trump de Estambul, Turquía, un edifico importante del paisaje de la capital turca, que ostenta el nombre del nuevo presidente de Estados Unidos en grandes letras doradas en lo más alto de una de ellas. Una vez en el hall de entrada, el hombre, un recadero del Daesh que se ha abierto paso a través del complejo sistema de seguridad privado portando un chaleco explosivo, provoca su estallido y mata a un conserje, a un agente de seguridad y un número indeterminado de clientes y hiere a una docena más.

Ciertamente, jamás he estado en las torres Trump de Estambul, por lo tanto no conozco sus medidas de seguridad; las torres están en el corazón de una ya de por sí explosiva capital, pero dado que es posible encontrar un edificio Trump en cualquier lugar del mundo, siéntase libre el lector de elegir el que más le plazca: torre, centro turístico u hotel. Puede ser que esa explosión sea apenas la primera. No olvide que se ha informado de que a Osama bin Laden la realización de los atentados del 11-S le costó 400.000 dólares e hizo que la administración Bush se embarcara en una sucesión de guerras fracasadas que costaron un billón de dólares y que se diseminaran las organizaciones terroristas por el Gran Oriente Medio y África. Siendo así, no cabe duda alguna de que los jefes del Daesh (o cualquier otra organización similar) verán la ventaja de enviar a ese recadero de tan poco costo para colarse en los dominios del tan susceptible nuevo presidente de Estados Unidos para embrollarle vaya uno a saber en qué.

Imaginar también este otro escenario: estamos en 2018. China y Estados Unidos no se ponen da acuerdo sobre el estrecho de Taiwan; una vez más surgen presiones y pasiones en el norte de África, donde continuas incursiones militares en Libia y Somalia no han hecho más que incrementar el caos que ya existía antes de Trump; al mismo tiempo, en la zona central de Oriente Medio donde, a pesar del intenso bombardeo estadounidense, el Daesh –otra vez un grupo guerrillero sin territorio– está engendrando el caos. Además, en Afganistán, 17 años después de iniciada la segunda guerra afgana de Estados Unidos, el gobierno de Kabul respaldado por Washington se está tambaleando ante nuevas ofensivas del Talibán, Daesh y al-Qaeda. Nutridos contingentes de refugiados provenientes de todas esas zonas de conflicto continúan amenazando a una crispada Europa, mientras aumenta el antiamericanismo por todas partes, no de una forma generalizada sino centrada furiosamente en el presidente de Estados Unidos y su muy apreciada marca.

Imaginar asimismo durante un momento demostraciones y manifestaciones cada vez más grandes, todas ellas dirigidas contra distintas torres, clubes, centros de vacaciones y condominios de la marca Trump. Solo pensar cómo puede afectar a la rentabilidad de la marca del presidente una combinación de amenazas de ataques terroristas y airadas manifestaciones además del aumento de la animosidad contra el nombre de Trump en todo el mundo islámico. Ahora pensar en las torres Trump en Pune, India, o en la torre de 75 plantas en Mumbay o en el lujoso centro de vacaciones de 6 estrellas en Bali o en la torre que se construye en Century City de Manila (cada uno de ellos, un proyecto por todo lo alto de la marca Trump que se espera estarán terminados en un futuro próximo y escenarios todos ellos en ciudades en las que en el pasado se produjeron devastadores atentados terroristas). ¿Qué harán sus propietarios si los presumibles compradores, temerosos por su comodidad, su salud o incluso su vida, empiezan a esfumarse? ¿Qué pasará cuando los hoteles no puedan mantener la ocupación de sus habitaciones, los condominios ya no interesen y de repente la marca Trump empiece a vaciarse?

En estas circunstancias, sin duda, la política exterior y militar de Estados Unidos acabará centrándose en el defensa de la marca Trump, algo que a su vez será muy difícil de proteger. Si recordamos polémicos nombramientos del pasado –muy bien, sé que no estamos en esos tiempos, pero síganme la corriente–, en 1953, el presidente Dwight Eisenhower tuvo su propio momento estilo Rex Tillerson y eligió a Charles Wilson, el CEO del gigante automotriz General Motors para que fuese su secretario de Defensa. En la sesión de confirmación, Wilson ofreció esta infame fórmula para el éxito: “Yo pienso que lo que es bueno para Estados Unidos es bueno para General Motors, y viceversa”. Si al departamento de Estado y las fuerzas armadas se les encomendara la tarea de rescatar de los escombros a la marca Trump quizá necesitaramos dar vuelta completamente los dichos de Wilson: “Pienso que lo que es malo para la marca Trump es malo para Estados Unidos, y viceversa”.

Por cierto, sabiendo lo que sabemos del presidente electo, si la marca Trump empieza a venirse abajo, casi podríamos tener la certeza de que veríamos una política exterior estadounidense progresivamente dedicada a la protección de la marca del presidente; en esas circunstancias –citando a Peter Van Buren, ex funcionario del departamento de Estado–, ¿qué es lo que posiblemente funcione mal?

Ahora sí estamos en territorio de la distopía.

El asesino en jefe

Permítame el lector que agregue otra fantasía distópica a lo que obviamente podría llegar a ser una interminable sucesión de ellas. Pensemos durante un instante en el tema de los asesinatos presidenciales. Con esta expresión no me refiero a los presidentes asesinados, como Lincoln, McKinley o Kennedy. Hablo del moderno impulso presidencial de asesinar a otras personas.

Al menos desde Dwight Eisenhower, los presidentes de Estados Unidos han estado en el campo de los asesinos. En tiempos de Eisenhower, fue el complot de la CIA contra el primer ministro congoleño Patrice Lumumba; en los de John Kennedy (y su hermano, el fiscal general Robert Kennedy), fue la Cuba de Fidel Castro; durante el mandato de Richard Nixon (y su secretario de Estado Henry Kissinger), fue el asesinato del presidente chileno Salvador Allende en el golpe de Estado realizado por las fuerzas armadas –con respaldo estadounidense– en el primer ataque con fecha 11-S, esta vez en 1973.

En 1976, en la estela del Watergate, el presidente Gerald Ford prohibió el asesinato político mediante un decreto ejecutivo, una prohibición que fue reafirmada por los presidentes que le siguieron (a pesar de que Ronald Reagan estuvo en la dirección de los planes de la fuerza aérea estadounidense para bombardear la residencia del dictador libio Muammar Gaddafi). Sin embargo, con el comienzo el siglo XXI, el más excitante de los ingenios tecnológicos asesinos de todos los tiempos, el dron certeramente llamado Predator, sería dotado de misiles Hellfire y enviado a la acción en la guerra contra el terror dando lugar a la posibilidad del asesinato presidencial en una escala jamás imaginada antes. Las misiones que se le encomendaron forman parte de la creación de este nuestro mundo en versión Terminator.

A instancias de dos presidentes –George W. Bush y Barack Obama– una escuadrilla de esos robots asesinos introdujo en la historia su exclusiva función de cazadores-asesinos que operan fuera de las zonas de guerra oficialmente asumidas por Estados Unidos. Los drones Predator y sus sucesores, los Reaper, serían despachados en juergas asesinas que no han hecho más que comenzar y son mayormente organizadas en la misma Casa Blanca sobre la base de una “lista de la muerte” aprobada y regularmente actualizada por el presidente.

De esta manera, el presidente, sus ayudantes y sus asesores se han convertido en jueces, jurados y verdugos de “sospechosos de terrorismo” (y frecuentemente de quienquiera que acierte a andar por ahí, sea hombre, mujer o niño) prácticamente en todo el mundo. Tal como lo escribí en 2012**, en estas circunstancias, el comandante en jefe se ha convertido en un asesino en jefe a tiempo completo. Hoy en día, los presidentes estadounidenses tienen la tarea de supervisar la eliminación de cientos de personas en tierras lejanas con ciertos visos de “legalidad concedidos mediante memorandos secretos redactados por los abogados de su propio departamento de Justicia. ¡Estamos hablando de distopía! Gorge Orwell se sentiría sobrecogido.

Entonces, cuando se trata de asesinatos, ya estábamos en terreno oscuro antes siquiera de que Donald Trump pensara en aspirar a la presidencia. Pero reconozcamos lo suyo al hombre. Casi sin que nadie lo perciba, quizás esté desarrollando las posibilidades de un novedoso estilo de asesinato presidencial –no en tierras remotas, sino aquí mismo, en casa–. Empecemos por sus notable pericia para los twits y los sorprendentes 17,2 millones de seguidores de sus twiteos –no importa el tema que traten–, entre ellos numerosos integrantes de lo que cortésmente se llama la derecha radical. Créanme, se trata de toda una audiencia si se la provoca, algo que Donad Trump ya ha demostrado que puede hacer con soltura.

En cierto sentido, podríamos verle como una especie de as del Twiter. Ciertamente, su capacidad de arremeter contra quien sea con 140 caracteres no es algo menor. Por ejemplo, recientemente twiteó una repentina crítica a la empresa fabricante de armas Lockheed-Martin por producir el sistema de armas más caro de la historia: el caza F-35 (“El programa F-35 y su costo están descontrolados. Después del 20 de enero, podrán ahorrarse millones de millones de dólares, y lo serán, en gastos militares [y otros]”. Inmediatamente, las acciones de la empresa tuvieron una caída multimillonaria, lo cual –debo admitirlo–, me pareció más divertido que distópico.

Según parece, también le irritó una columna del Chicago Tribune centrada en las críticas que el CEO de Boeing Dennis Muilenburg expresó a los comentarios de Trump sobre el comercio internacional y China, donde esta empresa realiza importantes operaciones comerciales. Muilenburg sugería, con bastante suavidad, que Trump “retrocedía de la retórica de 2016, contraria al comercio, y amenazaba con castigar a otros países con aranceles y honorarios más altos”. La respuesta de Donald fue inmediata: anunció que cancelaría el contrato con Boeing por la construcción de una nueva versión del Air Force One, el avión presidencial (“Boeing está construyendo un nuevo Air Force One 747 para futuros presidentes pero su costo está fuera de control, más de 4.000 millones. ¡Cancelar la orden!”) El paquete accionario de la empresa tuvo una caída similar a la de L-M.

Pero, obviamente, las corporaciones del enorme complejo militar-industrial son capaces de defenderse. Por lo tanto, nada de piedad. Sin embargo, cuando se trata de ciudadanos corrientes, es otra la cuestión. Ahí está Chuck Jones, presidente de Indiana United Steelworkers, un sindicato metalúrgico local. Jones cuestionó la cantidad de puestos de trabajo que el presidente electo había salvado poco tiempo antes en Carrier Corporation. Muchos menos (con bastante agudeza) que los que Trump sostenía. Claramente, esto dañaba el enorme –aunque notablemente frágil– ego del presidente electo. Antes de que supiera qué estaba pasando, Jones se encontró con que estaba involucrado en una típica pelea twitera de Trump (“Chuck Jones, desde 1999 presidente de United Steelworkers ha hecho un espantoso trabajo representando a trabajadores. ¡No nos sorprendamos si las empresas huyen de este país!”). A eso le siguieron llamadas violentas y amenazas; por ejemplo, “Vamos por ti” o, como contó Jones, “Nada que dijera que me iban a matar pero, ya sabéis, a partir de entonces no quitas el ojo de tus hijos. Ya sabemos cómo son las cosas”.

Hace un año, una estudiante de 18 años tuvo una experiencia parecida después de estar en un acto de campaña y decirle a Trump que él no era “amistoso con las mujeres”. Al candidato le faltó tiempo para atacarla por Twiter, etiquetándola de “arrogante”; poco tiempo después, tal como lo describió el Washington Post, el teléfono de la chica “empezó a recibir mensajes amenazantes, a menudo de contenido sexual. La casilla de entrada de su cuenta de Facebook y la de su correo electrónico se llenaron de mensajes similares. Cuando empezó a circular su dirección por la redes sociales y su foto salió en las noticias de la TV, la joven abandonó su casa para esconderse”.

Con estos antecedentes no es nada difícil hacer una predicción. Alguno de esos días de su presidencia, Trump la emprenderá por Twiter contra un ciudadano determinado –¡pobre de él– que estuviese crispándole los nervios. Motivado por eso, algún trastornado integrante de lo que podría ser la futura fuerza aérea de drones de Trump cogerá un arma (de las que hay demasiadas al alcance de la mano en esta trumpiana época de auge de la NRA). Entonces, en un arranque, el tipo decide –armado– “investigar por sí mismo” en la pizzería de Washington que supuestamente servía de sede de “un círculo de adolescentes esclavos sexuales” de Hillary Clinton. En el “Pizzagate”, el tipo –por entonces detenido– dispara su fusil de asalto sin herir a nadie en el establecimiento, cuyo dueño ya estaba harto de recibir insultantes mensajes de voz y amenazas de muerte. Sin embargo, es bastante fácil imaginar un final bastante distinto de un suceso como el descrito. En ese caso, Donald Trump estaría creando una nueva acepción para la expresión “asesinato con dron”. De pasar eso, ¿cuáles serían las consecuencias del primer “ataque” por Twiter de nuestra historia.

Por supuesto, no debemos olvidar que, gracias a George W. Bush y Barack Obama, Trump tendrá todos los drones de la CIA para utilizarlos de la forma que lo desee y golpear a quienquiera que él elija en tierras lejanas. Pero como posible asesino Twiter, incitando al ataque a sus “drones” de la derecha radical, habrá conseguido otro tipo de primacía estadounidense.

Un mensaje al planeta Tierra

Y no he hecho más que aproximarme al universo futuro de Donald Trump, que –por supuesto– está a punto de ser el universo de todos nosotros. Sospecho que su presidencia será la más traumática de todos los tiempos. Créanme, resultará ser una distopía más allá de toda comparación; ¿o debería decir más allá de toda desesperación?

Tomemos la cuestión más distópica de todas: el cambio climático. En las últimas semanas, Trump ha farfullado palabras de amor ante la dirección reunida del New York Times par jurar que, en la cuestión del vínculo entre la humanidad y el calentamiento global, él tiene la “mente abierta”. También, en pleno corazón de la torre Trump, ha hablado de amor a Al Gore (“Tuve una larga y muy productiva conversación con el presidente electo”, dijo Gore más tarde. “Fue una búsqueda sincera de puntos de coincidencia. Fue una conversación sumamente interesante, y eso va a continuar”). Además de todo lo que Donald Trump pueda ser, él es –ante todo y principalmente– un vendedor; esto quiere decir que sabe vender cualquier cosa y, cuando es necesario, hipnotizar casi a cualquiera; la realidad le importa un bledo.

Sin embargo, si el lector desea evaluar los verdaderos sentimientos de Trump respecto de esa cuestión, valen aquellos sentimientos de extrarradio de los años juveniles de Donald, cuando sin duda creció sintiendo cuan lejos estaba de la elite neoyorquina. Entonces, prestar menos atención a sus palabras y dedicar una mirada a lo que hace. En la cuestión del cambio climático, todos sus hechos son devastadores; evidentemente se venga de los muchos verdes, progresistas y de aquellos que solo están preocupados por el futuro de la Tierra y de sus nietos y no le votaron ni le apoyaron.

Hace poco, The Guardian hizo un resumen de las opciones de Trump, tanto para formar su equipo de transición como para los puestos clave de su administración, que no tuvieran nada que ver con los combustibles fósiles ni con el calentamiento del planeta. El resumen comprobó que los negacionistas climáticos y los llamados escépticos estaban en todas partes. De hecho, “por lo menos nueve de los principales miembros” de su equipos de transición –informó Oliver Milman en ese periódico– “niegan el acuerdo básico de los científicos de que el planeta se está calentando debido a la combustión del carbón [en sus variadas formas] y otras actividades humanas”.

Unamos esto con el deseo imperioso del presidente electo de explotar todos los combustibles fósiles con una intensidad que no tiene precedentes en la historia de Estados Unidos y tenemos un mensaje que no podría ser más claro ni más devastador para el futuro de un planeta habitable.

El mensaje no podría ser más claro. Si tuviera que escribirlo con solo tres palabras, éstas serían:

De Trump a la Tierra: ¡Vete al demonio!

Notas:

* El original en inglés de esta nota fue publicado el 22 de diciembre de 2016. (N. del T.)

** En una nota (en inglés) disponible en http://www.tomdispatch.com/post/175551/tomgram%3A_engelhardt,_assassin-in-chief/ (N. del T.)

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176225/tomgram%3A_engelhardt%2C_will_trump_make_1984_look_like_a_nursery_tale/#more

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.

¿Quién necesita la basura en el periodismo? Sobre Eduardo Inda y la mentira





por Juan Carlos Monedero


El filólogo alemán Viktor Klemperer nos dejó un libro escalofriante acerca de cómo el nazismo convirtió la lengua alemana en propaganda de guerra.  Lingua Tertii Imperii: Notizbuch eines Philologen (1947) repasa, como un diario de notas, la banalización del lenguaje y de las formas en los momentos previos al auge de los nazis. Registrando ese giro en mercados e instituciones, en la radio y en los carteles, veía que la falta de respeto a las ideas alternativas implicaba una voluntad exclusiva de arrastrar al fango al adversario para que, una vez allí, sus ideas no valieran nada. El siguiente paso estaba servido: cuando tus ideas no valen nada, estás a un paso de que venga alguien a decir que tú tampoco vales nada. Pasó lo mismo en España, donde ser declarado “antiespañol” te llevaba a una fosa común, donde te podían fusilar por no ir a misa, haber votado a partidos de izquierda durante la República o ser homosexual. Porque todas esas cosas eran contrarias a la nación española, que era un instrumento de Dios, eterna y en lucha contra los herejes.

Desde que la irrupción de Podemos en el panorama político español ya era un hecho, el nivel de debate televisivo con personas de esta formación ha cobrado repetidas veces tintes que, desgraciadamente, recuerdan esa época. Y está manchando la democracia española. La discusión en los programas donde está el “periodista” Eduardo Inda están alcanzando un patetismo y unas formas que en la academia se explican como “telebasura”. No hay posibilidad de sentarse en los platós a donde esté invitado este personaje con pocos escrúpulos sin que el debate se convierta en un vertedero. Anoche, un catedratico de economía respetado mundialmente tuvo que abandonar La Sexta Noche y el conductor, faltando a la verdad, dijo que era la primera vez que eso ocurría. Ya vamos siendo muchos los que nos negamos a ir a determinados programas si está este sucedáneo de periodista. Somos ya muchos los que nos sentimos expulsados de La sexta noche por culpa del mal hacer de Inda.

Es verdad que si un biólogo serio se sienta a debatir con un creacionista que está convencido de la teoría de la costilla de Adán, difícilmente podrá salir limpio, pero la solución no es dejar esos espacios para que los ocupen gentes sin escrúpulos. Algo está fallando en el formato. Los periodistas operan como tertulianos, de manera que la persona a la que se ha invitado como entrevistada se ve obligada a responder a opiniones desinformadas de periodistas que actúan como si fueran ellos los entrevistados, eso sí, sin rendir cuentas. Hace unas semanas, Carolina Bescansa, de Podemos, pidió explicaciones a Inda por su condición de maltratador (no pagar la pensión a su mujer e hijos) y el conductor decidió que eso era un asunto personal que no se debía tratar. Esos periodistas sin escrúpulos obtienen “licencia para matar”. Y que la verdad no estropee una buena ejecución en la plaza mayor de las televisiones. Paga la democracia.

La información es un bien público que se suministra privadamente. Pero esa condición privada no autoriza cualquier comportamiento. Un periodista que miente a sabiendas que miente es como un médico que se presta a poner su conocimiento al servicio de asuntos ilegales. ¿A quién le interesa que estos personajes pululen por las televisiones? Se ha demostrado que Inda miente a sabiendas (por ejemplo, falsificando facturas para colocar titulares contra Podemos), se ha reunido con Comisarios de policía que, igualmente han falsificado información, se ofrece como propagandista para  hacer públicas mentiras en tiempos electorales o, invariablemente, siembra basura con el único fin de desprestigiar a Podemos. Es una persona con pocos escrúpulos, como se demuestra, además, por sus comportamientos privados. ¿Qué democracia es la nuestra que hace que alguien de esta calaña tenga espacio privilegiado en los medios españoles?

La banalización de la información, el intento de envilecimiento de los que opinan de determinada manera, la persecución de Podemos, el insulto a personas de trayectoria académica irreprochable, el machismo, la falta de cortesía, el derecho a mentir son asuntos que explican por qué ganan los Trump y dan cuenta del auge de la extrema derecha. Los que leen esas informaciones aun sabiendo que no son verdad -sólo porque atienden sus gustos políticos- son los mismos que terminan orinándose en la democracia. En los años treinta, el periodismo mercenario terminó poniéndose al servicio del fascismo. Sabemos que el incendio del Reichstag fue obra de los nazis pero al día siguiente los periódicos salieron acusando a los comunistas. ¿Se imaginan ustedes qué periodistas saldría en España haciendo esa tarea encargada por los nazis?

En la Alemania de Hitler, esos periodistas mercenarios chantajeaban con sus informaciones. Tenían sus redes de delatores, investigadores privados, gente sin moral alguna, buscando secretos de particulares, políticos y empresarios, para después cobrar por el simple hecho de no ser publicados. Esas “pantallas periodísticas” chantajeaban de manera recurrente a grandes empresas, que pagaban por ahorrarse salir en los medios. Este comportamiento mafioso convirtió a ese “periodismo de amenaza” en un gran negocio del que, a menudo, formaban parte jerarcas nazis. La extrema derecha siempre -siempre- se forra.

Las derivaciones de la prensa en España ha llevado a la cárcel a Miguel Bernad, Presidente de la agrupación de extrema derecha Manos Limpias. La relación entre Manos Limpias, la UDEF y el falso Informe PISA contra Pablo Iglesias salió a relucir incluso en el juicio en marcha. Aquella falsa información ocupó, por supuesto, unas cuantas portadas del periódico de Inda. Fue este mismo “periodista” quien afirmó: “sigo pensando, y a lo mejor me equivoco, que Miguel Bernad es un hombre honrado”. Un buen periodismo de investigación debiera dar cuenta en España del falso periodismo de investigación. Para que la prensa en España no siga aquellos derroteros. Y si hay empresarios extorsionados, es un buen momento para que hagan sus denuncias.

Volvemos a la pregunta ¿por qué se está permitiendo que ese periodismo basura llene de estiercol el debate político en España?
Fuente: Pública.es

Cien días de gestora dejan un PSOE mucho más roto que cosido

Un aplauso histórico para una abstención histórica al PP.

El único logro de la dirección interina ha sido derechizar el partido y evidenciar la carencia total de líderes


Por Natalio Blanco - 09/01/20170

Cien días después, el PSOE sigue sin cabeza y a su cola con decenas de miles de militantes tremendamente enfadados por la deriva que ha tomado un partido con 137 años de historia después de dar el poder al principal partido de la derecha de este país. Una decisión histórica que tardará en cicatrizar en el hasta ahora partido de referencia de la izquierda de este país.

Todas las encuestas certifican que estos primeros cien días de gestión de una dirección interina presidida por el presidente de Asturias, Javier Fernández, y comandada manu militari por su portavoz, Mario Jiménez, siguiendo los designios de la crucial baronía andaluza, no solo no está consiguiendo reconducir, de cara a su potencial electorado, el tremendo daño causado en su seno –tras el bochornoso comité federal del 1 de octubre que terminó con la dimisión de su secretario general, Pedro Sánchez–, sino que tampoco ha servido para atisbar un nuevo liderazgo claro que sustituya al insistente ex secretario general en su nueva carrera para dirigir Ferraz cuando sea convocado el próximo congreso federal a comienzos de este verano.

Cien días después, las otrora costuras del PSOE son ahora descosidos aún mayores, y lo que es peor, no se ve en el horizonte más cercano una vía que solucione una fractura que a día de hoy parece insalvable. La gestora asegura que sigue trabajando para hacer de este partido un PSOE “ganador”. Pero los hechos son los hechos, y la actividad parlamentaria del Grupo Socialista ha servido para certificar que el bipartidismo es hoy el retrato fijo de un partido, el PSOE, que ha dado alas a la gobernabilidad del país, tras casi un año de estancamiento institucional, a costa de caer en brazos de los designios de su eterno adversario, el Partido Popular.

CUANTO MÁS TIEMPO PASA SIN LÍDER MÁS DESAFECCIÓN RECIBE FERRAZ DE SUS POTENCIALES VOTANTES

Ahora, el enésimo “no es no” que más pronto que tarde se prevé sí o abstención, a tenor de las últimas experiencias ejecutadas por el PSOE, es el de los próximos Presupuestos Generales del Estado. Será el gesto definitivo que certifique si finalmente los socialistas han virado inexcusablemente hacia posiciones políticas no hace mucho impensables, pese a las medidas de tinte social que también han conseguido sacar adelante junto al Gobierno de Mariano Rajoy, como el aumento del Salario Mínimo Interprofesional.

La gestora tomó el mando del partido para reconducir lo que –aseguraban sus integrantes– había sido destrozado después de argumentar que el ya ex secretario general tenía pensado conformar un gobierno con independentistas, afirmación esta que nunca se ha constatado como mínimamente verídica y que el propio Sánchez se ha encargado de desmentir en reiteradas ocasiones.

Cien días después, la gestora ha dirigido al partido muy por encima de sus posibilidades, y sobre todo muy por encima de sus funciones recogidas en los estatutos internos, como así se viene denunciando por parte de numerosos dirigentes críticos con su polémica gestión. Para ser una gestora que apenas se reúne ha tomado numerosas decisiones de calado que determinan la imagen y el devenir de un partido cada vez más alejado de sus votantes, con una caída constante y cada vez más pronunciada, según los últimos sondeos publicados en diferentes medios.

Pedro Sánchez fue descabezado de la dirección socialista tras la rebelión en masa de buena parte de su ejecutiva federal porque había encadenado varias derrotas, sonoras y consecutivas, durante los últimos años. Pero la caída electoral del PSOE ya se empezó a constatar mucho antes de aquel verano de 2014 en que Sánchez asumió el liderazgo de la formación. También en tiempos de Alfredo Pérez Rubalcaba se cosecharon derrotas “históricas”. Hasta el PSOE andaluz, que se vanagloria de ser una máquina de ganar elecciones autonómicas tras elecciones autonómicas, sigue perdiendo votantes a chorros. Que se lo digan si no a Ciudadanos, que es quien ha tenido y tiene que mantener a Susana Díaz en el poder después de no lograr la lideresa socialista andaluza una mayoría suficiente en las autonómicas de 2015.

El PSOE de la gestora ha preferido cambiar el “no es no” a Rajoy por un bipartidismo complaciente que sirva de paso para ganar tiempo y recomponer así supuestamente sus maltrechas filas. La estrategia no solo no ha dado resultado a la vista de las encuestas, sino que lo único para lo que han servido estos cien días de la gestora es para constatar que Pedro Sánchez se ha convertido en un mártir para una militancia desnortada y muy enfadada con sus dirigentes. Los afiliados al partido siguen cayendo a miles por semanas, pero los datos siguen siendo un secreto casi de Estado en Ferraz. Es este uno de los elementos claves que maneja la gestora para prolongar en el tiempo la convocatoria del congreso que sirva para designar a un nuevo secretario general. A nadie escapa el decisivo dato de que quien controla el censo de militantes controla los designios del PSOE. Y esto es lo que está ocurriendo en Ferraz de puertas adentro. Coser para dejar atado y bien atado lo único que se dirime en estos momentos: la lucha por el poder, una pugna encarnizada y sin cuartel. Es aquí donde la estrategia le ha salido rana a Susana Díaz. No supo medir el desgaste que el golpe del 1 de octubre ocasionaría en sus aspiraciones.

Sus más fieles colaboradores, como la secretaria del PSOE de Sevilla, Verónica Pérez –“la única autoridad” del PSOE más breve de la historia–, el diputado Antonio Pradas –recolector de las firmas dimisionarias de la ejecutiva federal que desembocó en el comité federal del 1 de octubre–, o incluso el portavoz de la gestora y también del Grupo Socialista en el Parlamento andaluz, Mario Jiménez, han dado una imagen pública que nunca hubieran deseado que diese su propio partido: el perfil de una federación, la andaluza, autoritaria, impositiva y egocéntrica.

Así las cosas, ahora la gestora ya no tiene margen de maniobra e incluso muchos de los barones que tanto abogaron por apartar fuera como fuese a Sánchez de Ferraz ahora no ven tan claro que la baronesa andaluza sea la candidata idónea para pilotar el futuro del PSOE. Saben que la andaluza no es del agrado de Despeñaperros para arriba y ni tan siquiera ofreciendo un gesto de buena voluntad con los díscolos catalanes del PSC serían capaces de conseguir agrupar en torno a ella una candidatura de unidad que evite un cruento proceso de primarias que deje más dividido que nunca al partido.

Tampoco la tercera vía, si es que en algún momento llegó a serlo, parece que fructifica por mucho empeño que le pongan en ello históricos del partido como el propio Pérez Rubalcaba. Ni el señuelo encabezado por el ex lehendakari Patxi López ni el amago de Josep Borrell de encabezar una candidatura parece que ven la luz. De momento. Y la fecha del congreso y del proceso de primarias previo se desconoce por completo. Y ya han pasado cien días.

Fuente: Diario16

Carta abierta a los sedicentes “defensores de los derechos humanos” en Alepo

 





Jean Bricmont
Que no haya malentendidos: lo que sigue no es en modo alguno una crítica de los derechos humanos como ideal por el que trabajar. El título completo de esta carta debería ser: “Carta abierta a quienes invocan selectivamente los derechos humanos para justificar la política de intervención de las potencias occidentales en los asuntos internos de otros países”.

En realidad, el único asunto a discutir sobre Siria no es la situación sobre el terreno (que puede ser complicada), sino la legitimidad de las políticas intervencionistas en ese país por parte de los EEUU y sus “aliados”, los europeos, los turcos y los estados del Golfo.

Durante décadas, el principio en que se funda el derecho internacional, esto es, la igual soberanía de los estados –que implica la no-intervención de un estado en los asuntos internos de otro— ha sido sistemáticamente violado, y a punto tal, que prácticamente ha sido olvidado por los campeones del “derecho a la intervención humanitaria”. Recientemente, algunos abogados de la intervención humanitaria, autoproclamados izquierdistas inquebrantables, se han sumado al coro del partido de la guerra en Washington reprochando a la administración Obama no haber intervenido más en los esfuerzos militares para derrocar al gobierno de Siria. En una palabra: critican a la administración Obama por no haber violado suficientemente el derecho internacional.

En realidad, casi todo lo que los EEUU hacen por doquiera en el mundo viola el principio de no-intervención: no sólo invadir “preventivamente”, sino también influir en o comprar elecciones, armar rebeldes o sancionar unilateralmente o embargar, a fin de alterar las políticas de los países que son sus víctimas.

Quienes se consideran a sí mismos de izquierda deberían tomar nota de la base histórica de esos principios del derecho internacional. Por lo pronto, de la lección impartida por la II Guerra Mundial. El origen de esa guerra fue el uso que hizo Alemania de las minorías germanas en Checoslovaquia y Polonia, extendido luego durante la invasión de la Unión Soviética. La guerra tuvo finalmente consecuencias catastróficas para las propias minorías que sirvieron de pretexto a los alemanes.

En parte por esta razón, los vencedores que escribieron la Carta de las Naciones Unidas declararon ilegal la política de intervención, a fin de ahorrar a la Humanidad “el flagelo de la guerra”.

Luego, en las décadas que siguieron, el principio de no-intervención se vio robustecido por la ola de descolonizaciones. La última cosa que los países recién descolonizados querían era la intervención de las viejas potencias coloniales. Los países del Sur han sido prácticamente unánimes en la condena de la intervención. En febrero de 2003, poco antes de la invasión de Irak, la cumbre de Países No-Alineados reunida en Kuala Lumpur adoptó una resolución que declaraba lo siguiente:

“Los Jefes de Estado o de Gobierno reafirman el compromiso del Movimiento con el robustecimiento de la cooperación internacional para resolver problemas internacionales de carácter humanitario respetando plenamente la Carta de las Naciones Unidas y, en este sentido, reiteran el rechazo del Movimiento de No-Alineados al llamado ‘derecho’ de intervención humanitaria, que no tiene el menor fundamento ni en la Carta de las Naciones Unidas ni en el derecho internacional.” [1]

Es obvio que esas “intervenciones” sólo son posibles por parte de estados fuertes contra estados débiles. Se trata de un caso en el que el poder impone su ley.

Sin embargo, ni siquiera todos los estados fuertes son igualmente fuertes. Imaginemos por un momento que se aceptara el derecho de intervención como un nuevo principio del derecho internacional. ¿Qué ocurriría, si Rusia tratara de derrocar al gobierno de Arabia Saudí a causa de las “violaciones de derechos humanos” perpetradas en ese país? ¿Y si China mandara tropas a Israel para “proteger a los palestinos? No tardaríamos en llegar a una nueva Guerra Mundial. Para entender el carácter inaceptable de las políticas de intervención, basta pensar en los alaridos del establishment norteamericano a propósito del alegado hackeo ruso a ciertos correos electrónicos publicados por Wikileaks. Obsérvese que la realidad de ese hackeo está por demostrar (véase aquí) y que, aun si fuera cierta, sólo significaría que el hackeo permitió a la opinión pública norteamericana tomar consciencia de algunas maniobras de sus dirigentes políticos, lo que no pasa de ser un pecadillo comparado con las intervenciones norteamericanas en América Latina, el Oriente Próximo o Indochina.

Las consecuencias de las políticas intervencionistas estadounidenses son múltiples y catastróficas. Por un lado, tenemos millones de muertos a causa de las guerras norteamericanas: este estudio llega a computar un total de 1,3 millones de víctimas sólo contando las de la “guerra al terror”).

Además, sería un error imaginar que las víctimas de las intervenciones no reaccionarán a la amenaza de intervención construyendo alianzas y tratando de defenderse por la vía de incrementar la represión interna. Cuando los EEUU fueron atacados el 11 de Septiembre de 2001, Washington tomó unas medidas de seguridad y vigilancia sin precedentes y, lo que es mucho peor, invadió dos países. ¿Cómo puede alguien imaginar que Siria, Rusia o China no van a tomar medidas para protegerse de la subversión foránea?

Por esa senda se ingresa en la lógica de las guerras sin fin. En realidad, tras haber intervenido en Ucrania y Siria, las potencias occidentales entraron luego en conflicto con Rusia y China a causa de las medidas que estos países tomaron en respuesta a aquellas intervenciones. Lejos de ser una fuente de paz, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se convierte en escenario de expresión de acrimonias sin cuento.

En el caso de Siria, si, como ahora parece, la insurrección termina derrotada, se verá que la política occidental de intervención armando a los rebeldes sólo habrá conseguido prolongar los sufrimientos de la población de este desdichado país. Los sedicentes “defensores de los derechos humanos” que secundaron esa política intervencionista cargan con una grave responsabilidad en esta tragedia.

Aun cuando la defensa de los derechos humanos es un concepto liberal y el liberalismo se halla, en principio, en oposición al fanatismo, lo cierto es que los actuales “defensores de los derechos humanos” exhiben a menudo fanatismo. Se nos advierte contra una perfectamente imaginaria influencia rusa en Europa (compárese la influencia comercial, cultural, intelectual y diplomática norteamericana con la de Rusia) y se nos recomienda no consultar los “medios de comunicación del Kremlin”. Pero en cualquier guerra –y el apoyo a la insurrección siria es una guerra— la primera víctima es la verdad. Cualquier mente genuinamente liberal consultaría la “propaganda” del otro lado, no para creerla al pie de la letra, sino para contrapesar y evaluar la propaganda a la que su propio lado está constantemente sometido.

Dejando aparte la “propaganda rusa”, los sedicentes “defensores de los derechos humanos” parecen incapaces de prestar atención al siguiente estudio: “Possible Implications of Faulty US Technical Intelligence in the Damascus Nerve Agent Attack of August 21, 2013.” Ese estudio, realizado por Richard Lloyd, un antiguo inspector de armamento de Naciones Unidas, y por Theodore A. Postol, un profesor de Ciencia, Tecnología y Seguridad Nacional en el MIT, concluía que el ataque con gas cerca de Damasco en agosto de 2013, que estuvo a punto de desencadenar una guerra total contra Siria, no pudo haberlo realizado el gobierno sirio. Resulta difícil de imaginar que expertos que desempeñan cargos de esta categoría mientan deliberadamente para “apoyar a Assad”, o que sean incompetentes en asuntos de física relativamente elementales.

Los sedicentes “defensores de los derechos humanos” también cuestionan si es siquiera posible hablar con Putin “después de Alepo”. Pero la “guerra al terror” librada por los EEUU, incluida la invasión de Irak, con sus centenares de miles de muertes, nunca ha impedido a nadie hablar con los norteamericanos. En realidad, luego de esta guerra que Francia condenó en 2003, Francia se integró más en la OTAN y siguió a los EEUU más fielmente que nunca.

Además, los sedicentes “defensores de los derechos humanos” se hallan en una situación particularmente absurda. Repárese, por ejemplo, en el pretendido empleo de armas químicas en 2013 por parte del gobierno sirio. Hubo amplio consenso en Francia sobre la necesidad de intervenir militarmente en Siria. Pero sin la intervención norteamericana, una intervención puramente francesa resultaba imposible. Los “defensores de los derechos humanos” europeos se ven reducidos a implorar a los norteamericanos: “¡Haced la guerra, no el amor!” Pero los norteamericanos padecen de “fatiga bélica” y acaban de elegir a un presidente opuesto en principio a las guerras libradas para cambiar regímenes políticos. La única posibilidad para los “defensores de los derechos humanos” europeos es que sus pueblos acepten gastos militares masivos, a fin de crear una correlación de fuerzas que haga posibles las políticas intervencionistas. ¡Buena suerte!

Para terminar, hay que distinguir, entre los sedicentes “defensores de los derechos humanos”, a las Almas Nobles de las Almas Bellas.

Las Almas Nobles advierten a sus “amigos” contra la idea de “apoyar” al matarife, al criminal, al asesino de su propio pueblo, Bashar al Assad. Pero eso es confundir completamente la razón de la actitud antiintervencionista.

Los estados pueden apoyar a otros estados con armamento y dinero. Pero los individuos o los movimientos sociales, como el movimiento antiguerra, no pueden hacerlo. De manera que carece completamente de sentido decir, cuando se expresa una crítica de las políticas intervencionistas en nuestra sociedad –necesariamente de un modo marginal—, que “apoyan” a tal o cual régimen o líder, a menos que uno considere que todos los que no quieren que Rusia intervenga en Arabia Saudí o China en Palestina lo que hacen es apoyar al régimen saudí o a la colonización israelí.

Lo que hacen los antiimperialistas es dar su apoyo a otra política exterior, distinta de la practicada por su propio gobierno, lo que es una cuestión completamente distinta.

En cualquier guerra hay propaganda masiva a favor de la guerra en curso. Puesto que las guerras presentes se justifican apelando a los derechos humanos, es obvio que la propaganda bélica se concentrará en “violaciones de derechos humanos” en los países situados en el punto de mira de los intervencionistas.
   
Razón por la cual todos los que se oponen hoy a las políticas intervencionistas tienen que suministrar plena información para contrarrestar esa propaganda: por ejemplo, el estudio antes mencionado sobre el uso de gas venenoso en 2013, o los testimonios sobre Alepo que contradicen el discurso dominante (por ejemplo, el de un exembajador del Reino Unido en Siria). Es harto sorprendente que algunos izquierdistas muy críticos con los medios de comunicación dominantes en lo tocante a políticas nacionales internas se traguen casi por entero la “narrativa” occidental cuando de Rusia y Siria se trata. Pero si los medios de comunicación distorsionan la realidad en nuestros propios países, ¿por qué no habrían de hacer lo mismo cuando se trata de países extranjeros, en donde las cosas son más difíciles de verificar?

Esta crítica de la propaganda de guerra no tiene nada que ver con el “apoyo” a un determinado régimen, en el sentido de que tal régimen pudiera resultar deseable en un mundo libre de políticas intervencionistas.

Las Almas Nobles quieren “salvar Alepo”, ·están avergonzada de la falta de acción de la comunidad internacional” y quieren “hacer algo”. De acuerdo, pero ¿hacer qué? La única sugerencia práctica que se hizo (antes de los recientes acontecimientos) fue la de crear una “zona de exclusión de vuelo” que pudiera prevenir la ayuda de la fuerza aérea rusa al ejército sirio. Pero eso sería una violación más del derecho internacional, porque Rusia fue invitada a Siria por el gobierno legal e internacionalmente reconocido de ese país, a fin de combatir el terrorismo. La situación de Rusia en Siria no es, desde un punto de vista jurídico, muy distinta a la de Francia cuando se la invitó por el gobierno de Mali a combatir a los islamistas en su país, islamistas que, dicho sea de paso, se hallaban en Mali a causa de la intervención, apoyada por Francia, en Libia. Además, intervenir militarmente en Siria implicaría o una guerra con Rusia o una rendición rusa sin combate. ¿Quién querría apostar por la última posibilidad?

Para ilustrar la hipocresía de las Almas Nobles, compárese la situación de Siria con la del Yemen. En Yemen, la Arabia Saudí está cometiendo numerosas masacres, en total violación del derecho internacional. Si estás indignado porque no se hace nada por Siria, ¿por qué no haces algo tú mismo por Yemen? Además, hay una gran diferencia entre las dos situaciones. En el caso de Siria, una intervención militar podría llevar a una guerra con Rusia. En el caso de Yemen, en cambio, bastaría probablemente, para ejercer presión sobre Arabia Saudí, con interrumpir el suministro de armamento al país. Ni que decir tiene que las Almas Nobles saben perfectamente que no son capaces de frenar esos suministros. Pero, entonces ¿a qué viene indignarse con Siria?

Las Almas Bellas, por otra parte, están contra todas las guerras, contra toda violencia. “Condenan” a Assad y a Putin, claro está, pero también a Obama, a la Unión Europea, a la OTAN y a quien haga falta. Denuncian, encienden velas y apagan luces. “Dan testimonio”, porque “permanecer en silencio” significa “ser cómplices”.

De lo que no se percatan es de que sobre el terreno, en Siria, nadie, ni el gobierno ni los rebeldes saben de su existencia, y si supieran de ella, les importarían un higo sus indignaciones, condenas, encendidos de velas y apagados de luces.

Eso no significa que las Almas Nobles y las Almas Bellas no tengan sus efectos. Tienen uno, que es éste: atravesarse en el camino de cualquier política exterior alternativa en su propio país, política que debería fundarse en la diplomacia y en el respeto a la Carta de las Naciones Unidas. Sólo una política así podría favorecer la paz en el mundo, el equilibrio y la igualad entre las naciones y, eventualmente, hacer progresar la causa de los derechos humanos. Pero la demonización de Assad y Putin –y de cualquiera que quiera negociar con ellos— por parte de los sedicentes “defensores de los derechos humanos” hace prácticamente imposible políticamente esa alternativa.

Para los sedicentes “defensores de los derechos humanos”, el realismo político y las consecuencias de sus acciones carecen de importancia: lo que les importa es demostrar que pertenecen al “campo de la Virtud”. Os imagináis libres, mientras secundáis una tras otra las indicaciones de los medios de comunicación dominantes respecto de lo que debería ser objeto de vuestra indignación.

Si yo albergara la menor ilusión respecto de la lucidez que pudierais tener respecto de las consecuencias de vuestras acciones, llamaría a éstas criminales, a causa del daño que hacéis a Europa y al resto del mundo. Pero puesto que no albergo ilusión ninguna, me limito a llamaros hipócritas.


NOTA[1] Documento final de la Décimo Tercera Conferencia de Jefes de Estado y de Gobierno del Movimiento de Países No-Alineados, Kuala Lumpur, 24-25 de febrero de 2003, Artículo 354. (Accesible desde: http://www.bernama.com/events/newnam2003/indexspeech.shtml?declare).

Fuente:
CounterPunch, 4 enero 2017
Traducción:
Miguel de Puñoenrostro

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