viernes, 13 de enero de 2017

La derecha se quita la máscara




JUAN CARLOS ESCUDIER

Asociada siempre al engaño, la política empieza a resultar peligrosa cuando las mentiras dejan de ser esporádicas para convertirse en sistemáticas. Sin embargo, ocasionalmente, faltar a la verdad se ha considerado una virtud indisociable del político que, lejos de afectar a su integridad, la reafirma. Entre los diplomáticos es conocida la definición que del oficio hizo ya en el siglo XVII el poeta y embajador inglés Henry Wotton: “Un hombre honesto que se envía al exterior para que mienta en nombre de su país”. En nombre del interés general, el vendedor de alfombras es un patriota.

Vista así, la mentira es una graciosa arquivolta en el edificio de la democracia pero ha tenido que llegar Ruiz Gallardón a decirnos que el PP ha venido usándola como material de construcción en sus propios cimientos. Del exalcalde y exministro se sabía que paseaba a su perro y, más recientemente, que se había puesto al servicio de Bouygues para enseñar a los franceses como se hacen aquí las pirámides, hasta que este jueves reapareció junto a Aznar para reconocer el gigantesco trampantojo levantado por su partido.

Según explicó, los populares han sufrido una grave deslegitimación social porque han renunciado a su ideología para ganar votos. “Hemos estado escondiéndonos, avergonzándonos de aquello que en realidad pensábamos”, lo que en traducción libre significa que han estado simulando ser lo que no son para alcanzar el poder, algo que por otra parte viene siendo moneda común entre sus adversarios políticos. La importancia de su declaración no está tanto en el contenido sino en el continente. De cualquiera podía esperarse que maldijera el disfraz pero no de Mortadelo.

El rey de los camaleones venía a reconocer que si cambiaba de color era por miedo a defender sus ideas, y que siempre fue azul aunque pareciera un poco rojo. Por obvia, sobraba la confesión, y menos ante el estadista con bigote, que ahora es Don Pelayo y presume de armadura pero que durante años simuló ser Moisés llevando a sus huestes hasta el centro político en una interminable travesía, lo que daba idea de lo lejos que le quedaba el destino. De ese viaje por desierto queda constancia en los estatutos del partido: “El PP se define como una formación política de centro reformista al servicio de los intereses generales de España”. ¿Hay alguien de derechas por ahí?

Con Gallardón jamás hubo dudas desde que Peces Barba relató su conversación en el Congreso con el padre del faraón: “¿Conservador yo? Tenías que conocer a mi hijo Alberto; ese sí que es de derechas”. Pero el fingimiento del muchacho llegó a extremos admirables, hasta el punto de que en el PP se sospechaba de su conversión al marxismo tras caerse del caballo y golpearse en la cabeza. La progresía le fue también que en algún momento llegó a afirmar que, alcanzada ya la cima del centrismo, la manera de ganar las elecciones generales era arrebatarle al PSOE votos de izquierda como él mismo había hecho para ser presidente de Madrid. “Hay recorrido”, afirmaba el recomendado de López Rodó con notable desparpajo.

Verso suelto del PP, protegido de antiguo diario independiente de la mañana, “traidor, bandido y farsante” para los apóstoles mediáticos de la derecha, el exalcalde decidió dar por concluido su particular carnaval en el Ministerio de Justicia, pero fue dejar caer la máscara y enfangarse con la cadena perpetua revisable –otra herencia de Trillo- y con la ley del aborto. El verdadero rostro de la criatura causó auténtico espanto hasta el punto de que sólo su dimisión devolvió el sueño a Rajoy, el señor de la siesta.

El hombre que quiso ser lo que no era, que intentó reescribir a Kafka para invertir la metamorfosis en su propio pellejo, denuncia ahora que los populismos “se declaran transversales e intentan seducir mediante las emociones” algo “mezquino” cuando se utiliza electoralmente. La culpa de que él mismo lo hiciera o de que su partido sacrificara sus “principios” para llegar al poder fue, en su opinión, de la izquierda y de sus estrategia deslegitimadora y perversa. Se les obligó a ocultar que eran de derechas para transformar la sociedad. Son mentirosos pero patriotas.
Fuente: Público.es

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