lunes, 26 de septiembre de 2016

Reino de España: El país más corrupto de Europa

Joaquín Rivero



Gregorio Morán

Sorprender no sorprende, pero llama la atención que seamos el país más corrupto de Europa occidental. No estoy en condiciones de hablar de la Europa oriental poscomunista, porque no la conozco salvo los casos delirantes de Albania, Macedonia y Kosovo. Pero lo más llamativo es que nadie se haga la pregunta en voz alta, y que nuestros talentos mediáticos no se hayan detenido en pensar a qué se debe: si a nuestra tradición, si estará incluido en el ADN de los españoles, a la dieta, al peso de la familia como única institución respetable, es un decir; a nuestro inveterado desprecio por el Estado, primer pozo de corrupción nacional.

Aquí se viene abajo cualquier tipo de patriotismo aldeano. El parecido entre un delincuente económico catalán y otro madrileño, o asturiano, o gallego, es absoluto. Hago una excepción para el caso valenciano, porque cabe reconocer que ahí se han alcanzado cotas de imaginación y desparpajo que asombran incluso a los que creíamos no sorprendernos ya de nada. Ni siquiera al añorado Rafa Chirbes, veterano novelista especializado en la descripción de esas lides, se le hubiera ocurrido cosa tan simple y al tiempo tan sofisticada como la entrega de un billete negro de 1.000 euros para que cada militante del PP lo trasformara en dos billetes blancos de 500. Nada de improvisación, con sistema. De vivir aún, se quedaría de un pasmo; no hay imaginación literaria capaz de llegar tan lejos.

No se engañen. Superamos a los italianos y no por un asunto de finezza, como les gusta decir a los cursis, sino porque nuestra corrupción abarca al conjunto social, desde los jueces a los políticos, desde la banca convertida en una organización de timadores –eso fueron las preferentes– hasta la policía –¿se imaginan a un jefe del cuerpo de inspectores grabando una conversación con su superior máximo? Pues lo hemos vivido–.

Un ejemplo para clarividentes. Es sabido que los jueces italianos y la sociedad organizaron Mani Pulite (Manos Limpias), que arrasó la corrupción en la clase política y empresarial italiana, tanto y de tal manera que el miedo de la clase dominante les trajo a Berlusconi. Pero nosotros fuimos más lejos. La organización Manos Limpias estaba formada por un puñado de delincuentes, de la extrema derecha, yo conocí a uno, un tal Bernard, allá por los primeros años de la transición, que trabajaba de sicario político y económico de Blas Piñar, en Fuerza Nueva. Lo escribí. Nadie dijo nada, nadie se acordaba de nada, como si se tratara de otra persona. Conservo de él una buena colección de fotografías en plena acción fascista. ¡Los restos del franquismo se habían convertido, ante el silencio cómplice de la izquierda, en los justicieros! (La izquierda, como siempre por las nubes, siempre exigiendo lo que la derecha, pero con mayor vehemencia. ¡Nosotros lo que queremos es un referéndum! Volvemos a los éxitos radicales de finales de los setenta, cuando el mayor triunfo de la izquierda radical fue que le proporcionaran, la derecha en el poder, un trabajo seguro. Desde catedrático con mando en plaza hasta asesor áulico).

Estamos atados de pies y manos por la ley de defensa del honor. Una joya creada por decreto para protegerse aquella clase política abnegada, comprensiva y patriota. Proteger y amparar a los delincuentes. En el fondo, digámoslo en voz baja, pero al menos para que quede escrito en alguna parte: en España no hay extrema derecha con peso político, al menos de momento, en ninguna parte de Madrid a Barcelona, de Valencia a A Coruña. Y no la hay por algo tan obvio como que está en el poder.

Buena parte de las leyes de la bendita transición fueron redactadas para proteger a los delincuentes, de ahí el interés en el garantismo. Un garantismo jurídico elaborado por los grandes bufetes para crear la cortina impenetrable que hace imposible que los estafadores, sus clientes, vayan a la cárcel. Soy lego en asuntos judiciales, pero que el tema de las tarjetas de Bankia ocupe el lugar que debería servir para revisar la gestión del banco y llevar a la cárcel a quienes vaciaron el banco, que fueron varios, me llena de zozobra. Y esto es válido para la banca en general, una organización profesional que no dudo tendrá a algún empleado aún con manguitos y cierta dignidad profesional, pero que han acabado siendo auténticos nidos de estafadores. Impunes.

Leo milagrosamente en un diario –una noticia crítica en un diario es cada vez más un milagro laico; ahora lo normal es trabajar con la lengua, y no me refiero al idioma, sino a la lengua propiamente dicha que te permite ser gracioso charlista para amas de casa o tertulianos– el nacimiento del ocupa. No del okupa, de procedencia vasco-abertzale, joven que toma una casa vacía desde hace años. El nuevo ocupa es un señorito atorrante, que dirían en América, porque va con c. Ni siquiera asalta su casa, sencillamente le cambia la cerradura y se instala dentro. Luego usted debe negociar cómo lo saca. No cuente con la policía, porque al menos los Mossos consideran que forzar la puerta manipulada constituiría un allanamiento de la morada del delincuente. El genio del invento es un tal Bruno, sin apellido, la prensa no hará tal desaire a un delincuente, uruguayo. Suele escoger casas con piscina, dueños ausentes y esperar que le paguen, para volver a repetir la hazaña. Una sociedad que permite esto y la policía y los jueces se muestran graciosos y benevolentes sirve para imaginar qué harán con un dirigente de banca, un mafioso de la droga o un blanqueador internacional.

La transición diseñó una legislación para delincuentes; fue uno de sus éxitos más silenciados. Te daban el caramelo de la urna y al tiempo te concedían el derecho a militar en un partido que olía a pescado podrido. Baste como ejemplo el reciente fallecimiento de Joaquín Rivero, el pata negra del ladrillo, de la ganadería de Jerez de la Frontera. Societario del Club de los Constructores Medio Muertos, pero forrados: Luis Portillo, Jové, Fernando Martín, Rafael Santamaría, Díaz de Mera, el Pocero o Bautista Soler. Una sociedad que los plumillas denominan “los señores del ladrillo”. ¡Un respeto!

Me ha emocionado leer la necrológica de este “señor del ladrillo” que le ha dedicado el periódico más influyente. Se le recuerda cuando entró en la lista Forbes entre las mil personas más ricas del mundo. Léanlo, no tiene desperdicio y lo firma un tal Noceda, que precisa de este delincuente del ladrillo que pertenecía “a una familia prócer de Jerez (era primo de Teresa Rivero, esposa de José María Ruiz-Mateos)”. Ya lo saben, “prócer” consiste en estafar como RuizMateos vendiendo acciones por botellas de vino añejo. Ni los chalanes de mi niñez hubieran osado tales desvergüenzas.

Y sigue el plumilla, en otra frase sobre este “señor del ladrillo”: “La burbuja estalló sin que Rivero ni la mayor parte de sus colegas hubieran hecho los deberes”. O lo que es lo mismo, haber soltado amarras y pasarle el muerto a los ayuntamientos y a los ciudadanos. Ahora, a esto se le llama “hacer los deberes”. La Fiscalía Anticorrupción le acusó de información privilegiada. Se lo pasó por sus partes endurecidas de tanto montar a caballo por las dehesas. Lo que sí me gustaría saber es qué ocurría con la condena de cuatro años de cárcel que le impuso el Tribunal Correccional de París, con multa de 375.000 euros y una indemnización de 208 millones por malversación y blanqueo.

¡Ay, estos señores de Jerez! Desde que ganaron la guerra no han dejado de pensar que la vida es breve y la estafa un incidente. Otro prócer. ¡Tú vota, chaval, lo demás déjanoslo a nosotros! Llevamos toda la vida ocupándonos de eso. Ese fue el mayor éxito de la transición: que nos entendiéramos. Pero cada uno en su sitio.

La transición diseñó una legislación para delincuentes; fue uno de sus éxitos más silenciados.

Gregorio Morán Columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia y amigo desde el principio del proyecto SinPermiso, fue un resistente político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo. Periodista de investigación e insobornable crítico cultural, ha escrito libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la Segunda Restauración borbónica. Su último libro: El cura y los mandarines (Madrid: Akal, 2014).

Fuente: La Vanguardia,


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