martes, 15 de noviembre de 2016

Los votantes no son idiotas



David Cid
Coordinador Nacional de ICV

En este dramático 2016 que parece no tener fin son muchos los resultados electorales que han dejado en shock a buena parte de la opinión pública y publicada. La reelección del partido de la corrupción en España, el Brexit, el No al plan de Paz en Colombia y ahora el colofón final con la victoria de Trump en Estados Unidos, con un discurso fascista, machista y soez.

Ante estas sacudidas existen dos tipos de respuestas. La primera y por desgracia bastante extendida es ponerse las manos a la cabeza, decir que es un gran desastre y qué cutres son los americanos o los británicos (mejor ver la paja en ojo ajeno que no la viga en el propio) para finalmente afirmar que los votantes no saben lo que hacen y que han votado mal. Vamos, que son idiotas.

Este tipo de reacciones son todavía más gasolina para proyectos como los de Trump, que ha sabido conectar con los que despectivamente algunos medios de comunicación llaman la “White Trash” en Estados Unidos, o los “Chavs” en el Reino Unido. Como explica de manera brillante Owen Jones, si a una clase trabajadora que se siente expulsada del mercado laboral, pero también de la opinión pública, encima le dices que no sabe lo que vota, que es idiota, estás haciendo cada vez más grande a Trump y cada vez más grande la distancia con ellos. Este ha sido un error recurrente de la izquierda en muchas ocasiones. La superioridad moral y menospreciar a la derecha. Nos ha pasado con Rajoy.

La segunda respuesta sería buscar entender cómo puede ser que una persona que forma parte evidentemente del 1% y planteando propuestas que claramente benefician al 1%, ha conectado con las clases populares. Por ejemplo en materia fiscal como dijo Ernest Urtasun, eurodiputado de ICV, Trump propone la fiesta del 1%: reducir tramos en el impuesto de la renta, bajar el tipo máximo del 39,6% a 33%, bajar el impuesto de sociedades al 15%, eliminar sucesiones. En definitiva, que los que más tienen paguen menos.

Trump ha apelado a un nosotros, de manera sin duda muy peligrosa, desde valores de la extrema derecha, pero ha puesto en valor una clase trabajadora, que no vive en las grandes ciudades, que siente que no le importa a nadie y menos al establishment político; ha buscado recuperar su orgullo. No hay nada al azar. Le hemos menospreciado y él sabía muy bien lo que hacía. No es casual que le diga a un bebé al cogerlo en brazos que será un gran trabajador de la construcción. El mensaje es claro: es un orgullo ser un trabajador de la construcción y habrá trabajo en la construcción.

El sistema económico y político en el mundo occidental está en crisis. Los de siempre buscan la restauración, salidas gatopardianas, que todo cambie para que todo siga igual. En algunos lugares han ganado tiempo, como en España con el acuerdo a tres bandas entre PP, Ciudadanos y PSOE.

Pero ante un sistema que hace aguas por todos lados, o somos capaces de plantear alternativas reales a la gente desde proyectos de transformación y de cambio, situando nosotros los marcos del debate, utilizando nuevos conceptos y sobre todo con propuestas que den respuesta y sean percibidas por la clases populares como la solución a sus problemas reales del día a día, o esto solo acaba de empezar. Y todos y todas sabemos que vamos tarde. En Francia, en las elecciones presidenciales, de manera dramática la alternativa es Le Pen y su Frente Nacional.

Hay esperanza. En España el 15-M primero y después las candidaturas del cambio en los Ayuntamientos  y espacios como En Comú Podem, Podemos, En Marea, Unidos Podemos, han señalado los verdaderos culpables de la crisis y han conectado con muchos sectores de clases populares y medias que han sufrido las consecuencias de la crisis.

La batalla no es tan solo entre cambio o restauración, también es entre qué tipo de cambio se impone, qué salida existe a la crisis del sistema. Y frente a las propuestas de extrema derecha como las de Trump la respuesta ya no es más de lo mismo, sino un nuevo proyecto que desde la razón y sobre todo la emoción sea percibido y concebido al servicio de los que lo están perdiendo todo aunque no tenían mucho, y como el que tienen la respuestas a las nuevas preguntas que se están planteando. En definitiva si entendemos que los votantes no son idiotas sino que están hartos de determinas políticas.
Fuente: Público.es

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