jueves, 19 de mayo de 2016

Israel y Palestina sin absolutos



Avraham Burg

Ghaida Rinawie Zoabi


Nadie tiene el monopolio del dolor y el trauma. Hubo un Holocausto, hubo una Nakba, y no tiene sentido competir sobre quién sufrió más.
Somos dos. Compañeros que todavía no son iguales. Similares y diferentes. Él, un varón de la sociedad mayoritaria que lo tiene todo; ella, una mujer de una minoría a la que se despojó de casi todo. Y sin embargo, estamos unidos, en aras de un futuro humano, justo y equitativo, para nosotros y nuestros hijos.
Soy árabe, una palestina nacida en Israel. Toda mi familia ha vivido aquí durante siglos. Lo perdimos casi todo en 1948, y una vez más tenemos mucho que transmitir a nuestros hijos. Soy una musulmana laica que se preocupa por sus hijos y las circunstancias de nuestras vidas. Soy la guardiana de la memoria de mis padres y abuelos, no la olvido, pero no vivo sólo en el pasado. En estos días no puedo encontrar refugio alguno. Hay cada vez menos espacio para mi laicidad en las tormentas que azotan a los países árabes. Como árabe, hija orgullosa de una triste minoría, me rechazan con condescendencia las mujeres judías israelíes; como musulmana, el Occidente cercano no me da exactamente la bienvenida.
Soy un judío nacido en Israel. Con ocho generaciones en Israel por parte de mi madre y la primera de mi padre. Me crié como un privilegiado: un varón ashkenazi de la aristocracia religiosa-sionista y un representante del movimiento laborista. Cuando estaba en el cómodo centro de la corriente principal de un Israel indolente, me di por vencido a mí mismo. Y ahora, cuando me niego a ser definido por el tribalismo, la genética, la etnia judía o la estrechez de miras religiosa, solo me queda un pedacito de tierra para estar de pie.
Somos dos, somos decenas de miles. Somos iguales sobre todo, a pesar de la desigualdad, y sólo después de eso todo lo demás. Sabemos que cuando el mundo y el hombre fueron creados, no había religiones ni instituciones de poder y exclusión; no había fronteras, ni se había creado aun la discriminación. Fue llamado el Jardín del Edén, y eso es lo queremos.
Entiendo que si soy prisionero de definiciones rígidas, tendré que renunciar a parte de mí mismo, para convertirme en absoluto y unidimensional y tendré que luchar contra mi pareja. Pero creo en algo que el fallecido poeta palestino Mahmoud Darwish dijo una vez: "Si no hay un extraño en mi identidad, no me reconozco. Sólo se puede definirme a través de la relación dialéctica entre el yo y el otro. Si estuviera solo, sin mi prójimo, ¿qué comprendería? Estaría lleno de mí mismo, de toda mi verdad ... ". Todos los días doy gracias de nuevo por la existencia mi pareja judía, porque si no fuera por él, caminaría sola con una sensación de justicia suprema despiadada.
Las enseñanzas de Hillel son mi identidad: "No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti" y "Si yo no soy para mí, ¿quién será para mí? Pero si yo sólo soy para mí, ¿quién soy yo? ¿Si no ahora, cuándo?” y su elaboración por Martin Buber: Dios prohíbe que hagamos a los demás lo que se ha hecho contra nosotros.
Tenemos que vernos como si estuviéramos en la posición del otro, el extranjero, y relacionamos con su alma como si fuera la nuestra. "Debo confesar," escribió Buber, "que me horroriza lo poco que conocemos a los árabes". Todos los días estoy agradecido a mi pareja palestina, porque de otra forma mis sentidos democráticos y humanos se hubieran extinguido hace mucho tiempo.
Entendemos que seguir viviendo, separados y juntos, nos obliga a preservar tenazmente ciertas cosas, y hay cosas que son esenciales abandonar para conseguir algo mucho mejor. En primer lugar,  hay que renunciar a la exclusividad. Ninguno de nosotros tiene el monopolio del dolor y el trauma. Hubo un Holocausto y hubo una Nakba, que los palestinos sufrieron con la creación de Israel, y no competimos sobre quién sufrió más. Cada uno de nosotros tiene su sufrimiento y su memoria. Mostramos respeto y acompañamos al otro en su sufrimiento y no negamos nada.
No tenemos ninguna necesidad de monopolio en nuestra presencia. Hay espacio en esta torturada tierra para todos nosotros, a veces juntos, otras veces separados. Yo, como palestina renuncio a una Palestina solo para nosotros. Yo, como judío israelí renuncio a la Tierra de Israel para el pueblo judío en exclusiva. Nuestra paz es un rompecabezas, una paz a completar. Mi parte y tu parte forman un todo que es más grande que sus partes. No podemos hacer la paz sólo con nosotros mismos. La paz se hace con lo disonante, combinando los diferentes tonos en una nueva armonía. Es el violín y el laúd, el mawwal y la octava, Umm Kulthum y Chava Alberstein.
Yo, palestina, estoy dispuesta a romper algunas de las costuras que me unen al espacio árabe que me rodea para volver a conectar con la larga historia de convivencia judía y árabe. Voy a ser el puente entre el nuevo- anciano brote judío y todos aquellos que no tuvieron el privilegio de vivir con él y en su proximidad.
Y yo, judío, me comprometo a renunciar a partes del carácter de Israel; la condescendencia colonialista ashkenazi-europea. Debo abrirme a los componentes árabes de mi identidad, a los judíos árabes y la herencia judía de los Estados islámicos, que nos construirá puentes, espacios culturales y enriquecerá la conversación. Nunca olvidaré a la nodriza palestina de mi madre ya fallecida y a Umm Shaker, que salvó su vida en Hebrón. Mis nietos pequeños ya charlan en árabe. Me resulta evidente que mi monopolio absoluto de tierra y poder, recursos, identidades y libertades en el espacio entre el mar Mediterráneo y el río Jordán me impiden una asociación mucho más rica. Es extraño, pero reducir mi yo judío me puede abrir mundos cerrados.
Y yo, una árabe palestina, tengo que entender la escisión emocional judía. En el interior de las fronteras de "su" Israel, son una mayoría que me está pisoteando brutalmente, mientras que en mi espacio yo soy la mayoría y ellos son una pequeña minoría, razón por la que tienen tanto miedo y son tan agresivos. Por extraño que parezca, soy en realidad la única que puede calmarlos.
No negamos el pasado diferente y violento de nuestros padres y el nuestro propio. No nos olvidamos por un minuto de la injusticia y la locura. Y no vamos a renunciar al futuro de nuestros hijos, tanto separado como compartido. Juntos, nos comprometemos a apartarnos del mal y a hacer el bien, luchar cada uno contra el fanatismo en su propio campo y crear juntos un tercer grupo, el de los muchos miles que son leales a la fe en un espíritu humano atrevido. Somos un grupo que renuncia a lo absoluto y lo limitado en favor de una comprensión, vida y paz que no tengan fin.
(1955) Hijo de otro destacado político, Yosef Shlomo Burg, que formó parte de varios gobiernos israelíes hasta su muerte en 1980, Avraham Burg fue teniente de una brigada paracaidista del Tsahal (el ejército israelí) antes de estudiar ciencias sociales en la Universidad Hebrea de Jerusalén. En 1988 fue elegido diputado de la Knéset, por el Partido Laborista. En 1995 fue nombrado presidente de la Agencia Judía y de la Organización Sionista Mundial. En 1999-2003 fue presidente de la Knéset. En septiembre de 2003, Burg abjuró del sionismo a través de un polémico artículo titulado «La revolución sionista ha muerto», publicado en el diario Yedioth Ahronoth, e inicia su actividad pública en contra del sionismo y del carácter judío del Estado de Israel.
Cofundadora y directora general de la ONG israelí Injaz (Centro profesional para el gobierno local palestino).
Fuente original:
http://www.haaretz.com/opinion/.premium-1.719296
Traducción:
Enrique García  
Fuente: Sin Permiso

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