lunes, 2 de mayo de 2016

El precio del morro ha bajado mucho



Gregorio Morán





Gregorio Morán

Cuando hace apenas unos días Pablo Iglesias hizo escarnio de un periodista de `El Mundo´ por la singularidad de sus titulares, exhibió dos cosas. Su escaso conocimiento de cómo funciona un periódico, donde el currito que redacta una noticia no tiene ningún poder sobre los titulares y en general ni siquiera sobre los párrafos que firma. La otra, cierta incapacidad para diferenciar a un jefe de un indio.
Pero lo más llamativo fue el coro de defensores de la libertad e independencia de los periodistas. Todos a una, más que explicar las singularidades de la práctica periodística hoy, insistieron en el punto más débil de su responsabilidad profesional. “La Libertad”. “¡Esto no es Venezuela!” El precio del morro ha bajado mucho.

Incluso la voz de la conciencia crítica de los que la vendieron hace muchos años, El País, le dedicó un editorial titulado “Iglesias ataca a la prensa”, donde figura este párrafo inmarcesible: “Debería saber Iglesias que la regla de juego básica de la prensa en una democracia es la veracidad, y que su labor fundamental es el control del poder para evitar abusos, corrupciones o agresiones gratuitas como la suya”.

La historia, incluso la mediocre de nuestro periodismo, está dominada por la casualidad. Una semana más tarde, el presidente del grupo Prisa y consejero de tantas cosas que aún tardaremos en descubrir, el inefable académico de la Lengua Estofada Española, Juan Luis Cebrián, ponía en la calle al periodista Ignacio Escolar, de la cadena SER, por hacer una referencia a su persona.

Silencio total en los medios más influyentes, porque aquí no estamos en Venezuela sino en la España democrática. Hay libertad para decir lo que usted cree, incluso la verdad, pero se le recomienda que se limite a hacerlo en la intimidad de su hogar. O en los medios virtuales. No salió ni una de esas asociaciones de defensa gremial, ¡hay que ser prudentes! Y nadie, que yo sepa, en un medio de expresión de fuste saltó al ruedo para decir, que lo de Pablo Iglesias había sido un chiste de escaso gusto, pero basado en una realidad, mientras que lo de Juan Luis Cebrián se concretaba en un acto deleznable de tiranuelo. ¿Tendrá algún rubor o mala conciencia el redactor del editorial, o sencillamente dirá, como en los viejos tiempos del Movimiento Nacional que tan bien conoció su patrono, “yo escribo lo que me manden”?

Da ánimo y envidia, mucha envidia, saber que hay países aún más pequeños que el nuestro, como Islandia, donde un modesto periodista Johames Krstjansson, trabajando solo y con el soporte temático del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, ha sido capaz de tumbar al primer ministro Gunnlaugsonn, otro cínico que negaba todo sobre sus dineros en Panamá.

La parte más dura se la lleva el periodista, como el payaso que recibe todas las bofetadas, pero luego hay una sociedad que se reconoce en él y no admite ser gobernada por estafadores. Conviene recordar, ahora que la memoria ha ido desapareciendo, que el escándalo que hizo caer a un Gobierno de la II República, el de Lerroux, se limitaba a la concesión de una ruleta conocida entonces como straperlo; nada que ver con el estraperlo de posguerra.

Tenemos una sociedad tan frágil y corrupta, que los medios de comunicación no son otra cosa que el espejo. De ahí que la diferencia entre hacer un torpe sarcasmo sobre un periodista, que hace lo que le mandan, y las decisiones ejecutivas de un empresario que no consiente que alguien le recuerde su halitosis ética, es tan significativa que nos coloca a los pies de los caballos. Y los caballos son del señorito.

Nos queda el humor. La posibilidad de escribir aquí lo que en otro lugar resultaría un disparo en el Museo. De ahí la importancia de las redes virtuales, esa variante del placer erótico, que tiene un valor similar a una noche fastuosa con una muñeca de Buñuel, de Ferreri o de Berlanga.

Gregorio Morán

Escribe cada sábado en el diario barcelonés La Vanguardia. Ha escrito varios libros, el último: El cura y los mandarines (Madrid: Akal, 2014)

Fuente:

http://www.bez.es/63447147/El-precio-del-morro-ha-bajado-mucho.html


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