sábado, 18 de junio de 2016

Jordi Sevilla y la gran coalición: moviendo el tablero para garantizar la gobernabilidad del régimen

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Jordi Sevilla

Pedro Honrubia, Beto Vasques y Luis Juberías
Asesores de Podemos

Jordi Sevilla habla claro y, como se suele decir, no da puntada sin hilo. Una de esas virtudes que suelen hacer las delicias de empresas tan preocupadas por el interés del pueblo, como PriceWaterHouseCoopers. Al sr. Sevilla se le podrá acusar de muchas cosas pero, desde luego, que carezca de sinceridad ideológica no es una de ellas. “Para evita terceras elecciones, si no hay mayorías, debería dejarse gobernar al candidato que consiga mayor apoyo parlamentario”, ha afirmado. Confía en que esta posición favorezca a Pedro Sánchez, en tanto y cuanto logre reeditar el pacto con Ciudadanos y alcanzar con él más escaños que la fuerza vencedora en las próximas elecciones del 26-J; pero también, de paso, defiende públicamente lo que muchos otros dirigentes y portavoces de su partido desean pero no se atreven a decir públicamente: que se deje gobernar al PP si es Rajoy quien logra sumar más escaños en solitario, con el partido de Albert Rivera u otras fuerzas políticas. La gran coalición en diferido de la que algunos ‘malpensados’ vienen alertando desde hace meses. Cualquier cosa, en definitiva, menos que Unidos Podemos pueda llegar al gobierno del estado.

Después de estar durante todo un debate televisado acusando en falso, sin demasiada efectividad discursiva, a Unidos Podemos de querer salir del euro vía documento ideológico del PCE, Jordi Sevilla afina el tiro y dispara al corazón mismo del asunto: el sistema es lo primero. Ya lo decía su antiguo compañero de partido, Nicolás Redondo Terreros, en un artículo publicado en el diario El Mundo este pasado martes: “El inevitable estrés electoral no debería llevar a los partidos del sistema a basar su futuro próximo en el éxito de formaciones que nos amenazan con la viejísima tendencia española de volver a empezar. Tampoco deberían hacer cálculos postelectorales mirando a esos partidos que basan su política en una impugnación general a todo lo realizado desde 1977. Rajoy cometerá su primer error durante la campaña electoral si cree que puede beneficiarse fortaleciendo a Pablo Iglesias, Pedro Sánchez erraría si piensa apoyarse en Podemos para gobernar; en ambos casos estaríamos en el principio del fin del sistema”. O como diría recientemente el ex presidente Aznar: “Es necesario abandonar de inmediato cualquier tentación de polarizar…retomar…tareas destinadas a vincular, acercar, consensuar, ayudar, incluir, confiar y acordar”. Todo por el régimen, todo por el triunfo y la continuidad del sistema. La prioridad es una: que Unidos Podemos no llegue al gobierno de ninguna de las maneras. Todo lo demás es secundario.

Jordi Sevilla, además, sabedor de que las encuestas pintan feas para los intereses de Pedro Sánchez y su equipo, no desaprovecha la oportunidad de intentar dibujar, en el horizonte, un escenario que pueda servir como salvavidas al soldado Sánchez. Se trata de que los “partidos del sistema” sean capaces de llegar a un acuerdo preelectoral que haga posible garantizar que Unidos Podemos no será gobierno pase lo que pase y de paso, valga la redundancia, desplazar a las urnas la decisión final en un cuadro de posibilidades donde el PSOE no quede muerto y enterrado de antemano. O dicho de otro modo, una vez que los partidos del régimen se garantizan que Unidos Podemos no tocará gobierno, que los ciudadanos decidan en las urnas: Un gobierno del PP, apoyado en Cs y con abstención del PSOE, o un gobierno de PSOE con Ciudadanos y la abstención del PP. Si el PP es capaz de sacar más diputados en total que la suma del pacto PSOE-Cs que gobierne el PP. Si, en cambio, la suma PSOE-Cs es capaz de superar en escaños a lo que el PP obtenga en solitario, que gobierne Pedro Sánchez. De fondo ese es el escenario que ha pretendido dibujar Jordi Sevilla con su nada inocente tuit.

Rivera le compra el acuerdo. Ya pactaron hace meses y esta campaña es claro que se han repartido los papeles al gusto de los intereses de cada cual. Lo pudimos ver en el debate del pasado lunes, pero no solo en eso.  Ambas campañas avanzan descaradamente por la senda de un pacto, tácito o explícito, de no agresión mutua (suavidad en las declaraciones cruzadas y puesta en valor del acuerdo de ‘gran centro‘ alcanzado previamente). Cs ataca al electorado joven de Podemos: somos los únicos jóvenes audaces y responsables; queremos un gobierno moderno, dinámico, constitucionalista y europeísta.

Podemos quiere importar el modelo desastroso de Venezuela y Grecia, y ha dejado de ser nuevo porque han pactado con los comunistas, etc. etc. El PSOE, por su lado, ataca al electorado media edad (40-60 an?os) de Podemos: somos pragmáticos, serios, con experiencia de gobierno y los únicos capaces de frenar a una vez a Rajoy y Pablo Iglesias, garantizando un gobierno responsable y progresistas.  Explotan el esquema “centro-extremos” cada cual señalando principalmente un enemigo. Cs se presenta como el centro-derecha liberal, moderno y honesto, frente a un PP viejo y corrupto. El PSOE hace lo propio como el centro-izquierda moderado y reformista, frente a un Podemos extremista. Cuando es necesario se unen a Unidos Podemos para atacar al PP por la corrupción y los recortes, y cuando es necesario se unen al PP para atacar a Unidos Podemos por los sillones (CNI, Defensa, etc.), sus vínculos al radicalismo griego-venezolano, etc. Y siempre que pueden, ambos, ponen en valor su acuerdo de “Gran Centro”. Lo tienen hecho.

Solo falta, pues, que el PP acepte el guante. Basta con que el PP acepte el desafío para que la actual polarización entre PP y Unidos Podemos se convierta, de facto, en una polarización entre PP y el bloque de “Gran Centro” PSOE-Cs. Unidos Podemos, incluso aunque ganara las elecciones, quedaría así eliminado de toda opción de gobierno. González, Guerra, Aznar, Prisa, Unidad Editorial, Vocento, el IBEX, y demás poderes fácticos y mediáticos que llevan meses señalando la “irresponsabilidad” de PP y PSOE, recontentos. La irresponsabilidad de repetir unas elecciones que pueden acabar con Pablo Iglesias en la Moncloa es algo que el régimen no puede aceptar. Con esta fórmula sus llamadas al orden se verían satisfechas y el 26-J sería un mero trámite. Ganase quien ganara, ellos ganarían, que es de lo que se trata. Los experimentos con gaseosa. Bastaría esperar a que las urnas dieran una mayoría parlamentaria a uno u otro, a PP o a PSOE-Cs, y que a quien el Dios-Pueblo se la dé, que el San Pedro-régimen se la bendiga.

El problema es que el PP no está en disposición de aceptar algo así, y eso lo dificulta todo. Arriesga demasiado como partido como para jugar al cara o cruz electoral, por más que le presionen desde los mencionados actores mediáticos y económicos. Sabe leer la historia y ver la realidad, y tomaron nota. Tras la descomposición del sistema de partidos en su día, por ejemplo en Grecia o en Uruguay, fueron Nueva Democracia y el Partido Nacional (Blancos) los que lograron sobrevivir y encontrar su papel privilegiado en tanto fuerza conservadora del nuevo régimen. Al Pasok y al Partido Colorado, respectivamente, les quedó un papel de fuerza residual en el nuevo arreglo partidario. Por eso mismo, el PP se autonomiza respecto a los intereses plutocráticos, apechuga, aguanta. Sabe que si persevera en su posición de fuerza hegemónica del bloque conservador, apenas pase la tempestad, su lugar en el “sistema” estará garantizado como actor decisivo dentro de las dinámicas políticas del nuevo escenario, sea cual fuere ese escenario final y los cambios que puedan producirse en las alternativas políticas. Poniendo con ello a buen recaudo unas decenas de cabezas de sus principales dirigentes.

Pero Jordi Sevilla lo intenta: por intentarlo que no quede. Si deben entregar al PSOE en sacrificio en manos de los intereses del PP al menos que sea pudiendo justificarlo con una puerta abierta hacia la Moncloa que, de otra manera, tiene imposible. El que no arriesga no gana, que se suele decir. Buena jugada si le saliera. Y si para ello hay que entregar la cabeza de Sánchez por la de Rajoy, que así sea; daños colaterales en pos del “bien del régimen”.

Aunque, eso sí, mucho mejor hubiera sido la jugada de haber ido juntos en coalición a estas elecciones PSOE y Ciudadanos. Esa sí que hubiera sido buena de verdad. Pero estaban tan obsesionados con que Podemos les arrebatara la hegemonía de la izquierda, unos, y tan pendientes en presentarse como partido “bisagra” del régimen, otros, tan pendientes, en definitiva, de los movimientos ajenos, que no se dieron cuenta de lo beneficioso que podría haber sido para ambos tal acuerdo. Hubiera bastado con presentarlo como una alianza electoral-coyuntural, basada en los 200 puntos de su acuerdo previo, a objeto de que fuese la ciudadanía, con su voto, la que ratificara o no el acuerdo de gobierno que los “extremos” (PP y  Unidos Podemos) le habían “bloqueado” en las sesiones de investidura pasadas. Todo, por supuesto, por el bien de España y por la gobernabilidad del estado. Habrían conseguido convertir estas elecciones en un plebiscito sobre su acuerdo de “Gran Centro”, ser el centro de todos los ataques, llevar en todo momento la iniciativa electoral y mediática, y convertirse, al menos de partida, en primera opción electoral. Hubiera sido entonces el PP que, sin más remedio, tendría que haber movido ficha para ofrecer un acuerdo pre-electoral a lo Jordi Sevilla. Pero no lo vieron, no pudieron verlo o no se atrevieron. Peor para ellos.

Ahora lo cierto es que una coalición entre los presuntos tercero y el cuarto partido en las elecciones para intentar formar gobierno podría ser todo un espectáculo digno del mejor surrealismo político y restaría bastante credibilidad al intento, algo que en última instancia acabaría beneficiando los intereses a medio plazo de Unidos Podemos. Aunque, ojo, con acuerdo o sin acuerdo con el PP, tal y como van las cosas, no descarten ese escenario. Jordi Sevilla sabe de lo que habla.
Fuente: Público.es

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